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Delfín Montañana y Natalia Gálvez
     
               
               
Durante miles de años la humanidad ha logrado avanzar
en la carrera por sobrevivir gracias a la enorme capacidad que tiene la especie humana para desarrollar herramientas de conocimiento que le permiten adaptarse a condiciones adversas por medio del desarrollo de distintas tecnologías con las que modifica el entorno que le rodea. A nuestro parecer, es ahora, más que nunca antes en la historia, que dichas capacidades están siendo puestas a prueba y sabremos si el ingenio característico de nuestra especie logra librarnos de la difícil situación socioambiental en la que nosotros mismos nos hemos metido.

Derivado de lo anterior, pareciera que todas y cada una de las estructuras tangibles e intangibles diseñadas por nuestras sociedades se encuentran cercanas a los límites de sus propios paradigmas. A todo el rededor del mundo las principales disciplinas de diseño se encuentran bajo un profundo proceso de cuestionamiento, tal vez en búsqueda de nuevas soluciones para una realidad a la que ya no alcanzan a dar respuesta. Si partimos de la premisa de que todo en este mundo que hemos creado y del cual nos hemos rodeado ha tenido que ser diseñado por alguna mente humana, podemos considerar que no sólo el problema está en el diseño, sino que también la solución radica, en gran medida, en la capacidad que tengamos de transformar la forma en que diseñamos las cosas y el propósito que perseguimos al hacerlo.

No cabe duda de que, en la actualidad, disciplinas como la arquitectura, las ingenierías, el diseño industrial, la economía y demás áreas del conocimiento encargadas de diseñar el mundo producido por la humanidad, están atravesando un momento de rompimiento y análisis de los fundamentos teóricos que las sostienen.

También es claro que la profundidad del cuestionamiento que nos exige la realidad no puede ser respondida de manera satisfactoria si seguimos atacando los problemas que enfrentamos en forma aislada a través de los silos de conocimiento propios de cada disciplina. Cada vez es más frecuente encontramos con el fenómeno de la íntima convergencia de distintas disciplinas, en la multidisciplina, donde logramos tener a distintos especialistas pensando en un mismo problema, o en la interdisciplina, en la que dichos especialistas no sólo se sientan juntos y comienzan diálogos y conversaciones, cada cual con su propio lenguaje técnico, sino buscando en conjunto la respuesta a un problema en común. Hoy dichas barreras del lenguaje y del conocimiento se empiezan a desvanecer sin que esto signifique que lleguen a desaparecer, emergiendo una nueva forma de colaboración: el trabajo trans
disciplinario. Pareciera que cuanto más hemos podido avanzar en la generación de complejidad en el mundo del cual hemos decidido rodearnos, más podemos observar la necesaria complementaridad e interdependencia de distintas áreas del conocimiento con las que lo hemos creado.

Una de las áreas que, en particular, comienzan a incluir de manera más acelerada diferentes disciplinas en su quehacer cotidiano es la del urbanismo, dedicada al entendimiento y determinación del desarrollo y diseño de las ciudades que habitamos. Y no parece ser un desacierto si tomamos en cuenta que son las grandes urbes del mundo las principales responsables de la creciente demanda de recursos y de la paulatina pérdida de hábitat natural derivada de su continua expansión. Ya se ha pronosticado que, en escasos treinta años, 80% de la humanidad habitará en asentamientos de tipo urbano y dichas aglomeraciones ocuparan tan sólo 2.7% de la superficie terrestre, pero demandarán satisfactores para sus necesidades a la restante área planetaria sin urbanizar.

Entre las últimas teorías de diseño y desarrollo que han logrado generar soluciones plausibles a los problemas actuales en el entorno urbano se encuentra la del “Diseño y desarrollo regenerativos”, que no sólo es eminentemente un quehacer transdisciplinario sino que también aborda de manera integral y holística el proceso urbano. Su punto de partida es el conocimiento y análisis necesarios para la toma de decisiones respecto de lo urbano, pero siempre desde el entendimiento profundo del sistema que le ha dado origen y brinda sostén y que, sobre todo, le ha permitido constituirse como una expresión única e irrepetible propia del lugar en el que se encuentra.

El proceso de entendimiento tan característico de la teoría regenerativa de diseño y desarrollo deriva de un método que, de manera integral, cruza diferentes niveles y escalas a lo largo de la historia del lugar en el que se encuentra algún centro o asentamiento humano. Esto se puede apreciar claramente al analizar el caso de la ciudad de México, cuya transformación en lo que ahora conocemos como una de las mas grandes megalópolis del mundo es de gran interés para comprenderla a fondo.

Geología

Para empezar este viaje de entendimiento tendremos que adentrarnos en el origen primigenio de la superficie terrestre en la que algunos millones de años después existiría nuestra ciudad capital, es decir, el proceso geológico. En primera instancia, éste dio origen a la región geográfica ahora conocida como Eje Neovolcánico Transversal, que posteriormente derivó en la formación de la cuenca de Anáhuac y, como su nombre lo indica, es una cordillera que cruza de manera transversal la parte central del país, compuesta en su totalidad por estructuras derivadas de una intensa actividad volcánica. En él se encuentran tanto las mayores elevaciones montañosas del país como numerosos cuerpos volcánicos de menor tamaño y su origen se remonta a la intensa actividad tectónica ocurrida en la primer época del periodo Terciario de la era Cenozoica, hace aproximadamente 55 millones de años.

En este sistema montañoso, aproximadamente hace 38 millones de años, surgió el Grupo Balsas que dio origen a la región hidrológica del mismo nombre y de la cual era parte la cuenca de Anáhuac. Durante millones de años la actividad volcánica continuó siendo sumamente intensa y no fue sino hasta el Plioceno, a finales del periodo Terciario y principios del Pleistoceno —primera época del periodo Cuaternario, aproximadamente cuatro millones de años atrás—, que la actividad tectónica generó la Sierra de Chichinautzin, donde se encuentra el Ajusco, y posteriormente las últimas formaciones de la Sierra Nevada, en donde se encuentran el Iztaccihuatl y el Popocatepetl. El proceso culminó entre un millón de años y 600 mil años atrás con el cierre de la cuenca de Anáhuac, convirtiéndola en una cuenca endorreica (sin salida o contacto de drenaje o escurrimientos con el mar) y separándola de la del Balsas durante el proceso geológico que daría la forma actual a la región.

El cierre de la cuenca de Anáhuac derivó en la formación de un sistema fisiográfico distinto, en el cual se distingue una importante columna de hasta más de mil metros de profundidad compuesta por materiales de origen volcánico y arcillosos en la base y en la parte media de gravas originadas por la actividad volcánica posterior al cierre de la cuenca. El todo cubierto por capas de arrastres aluviales (originados por escurrimientos de agua) y materiales de depósitos lacustres.

En resumen, el origen de la cuenca de Anáhuac, donde está asentada la ciudad de México, no ha sido producto de un solo evento geológico, aunque la mayor parte del territorio se configuró en el Cenozoico (aproximadamente hace 63 millones de años). Los eventos más recientes datan del cuaternario, cuando ya comienza la formación de suelo a partir de la roca madre volcánica y de una configuración especial de actividades volcánicas y sedimentación de material poco consolidado en la cuenca. En el último periodo se creó un cuenco o presa natural que fue rellenada o azolvada por cenizas volcánicas derivadas de las mismas erupciones que dieron origen a la serranía. Durante el largo proceso de sedimentación de la parte baja de la cuenca se formaron suelos compactos y permeables, de grandes profundidades, cubiertos por los materiales impermeables de la superficie lacustre de hasta ochenta metros de espesor en las zonas más profundas, generando extensas planicies en el fondo de un valle montañoso.

En términos fisiográficos, la parte baja de la Cuenca de Anáhuac está situada entre 2 200 y 2 400 metros sobre el nivel del mar. El límite norte está dado por la Sierra de Guadalupe y el Cerro del Tepeyac, en donde uno de los elementos más representativos es el cerro del Chiquihuite. Hacia el centro-oriente se localiza la Sierra de Santa Catarina, cuyo Volcán de Guadalupe o El Borrego es el más alto (2 780 metros). La Planicie es interrumpida por pequeños cerros y lomeríos; al este se destacan El Peñón de los Baños y El Peñón Viejo, en el extremo oeste se eleva el Cerro de Chapultepec, que da inicio a la cordillera de la Sierra de las Cruces, la cual corre por todo el poniente hasta el sur, separando la cuenca de Anáhuac de los Valles de Toluca, al poniente, y del de Cuernavaca Morelos, por su conexión con el Ajusco al sur-poniente y el Sistema Chichinautzin al sur.

Hacia el norte, la cuenca llega hasta el valle de Pachuca en el estado de Hidalgo, y entre este punto y el valle de Cuautitlán no se encuentran elevaciones importantes. La cuenca está conformada por cuatro planicies conocidas como valles: el Valle de México al sur, al noroeste el de Cuautitlán, al norponiente el de Apan y al norte el de Tizayuca. Una característica importante de esta cuenca es que las sierras que dividen dichos valles son discontinuas y nunca cierran por completo la conexión entre los valles.

Hidrología

En términos de la hidrología de la cuenca, comúnmente se piensa que en la parte central existían cinco lagos: Zumpago, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco. La realidad es que estos cuerpos de agua no califican por completo para ser lagos, ya que la dinámica hidrológica de la cual derivan pertenece más a un sistema de humedales y zonas pantanosas que se anegaban en época de lluvias debido a que el nivel freático sobrepasaba el nivel de la superficie del suelo, así que la zona lacustre no se llenaba por la acción de la precipitación pluvial directamente, sino por el aumento del agua filtrada por las montañas al manto acuífero que incrementaba el nivel freático hasta hacer que el agua emergiera del subsuelo, cubriendo la superficie del terreno.

De esta manera, en época de lluvias, los cinco cuerpos de agua que se encontraban separados terminaban uniéndose en un solo continuo superficial de agua, fragmentándose nuevamente en época de secas, dejando en los puntos medios grandes áreas de pantanos y humedales. La principal razón para que este sistema lacustre funcionara así proviene de la característica historia geológica que le antecedió. La peculiar mezcla de componentes volcánicos, cenizas, arenas, gravas y materiales de arrastre que produjeron el azolve del cuenco rodeado de volcanes, permitieron que durante aproximadamente los últimos 600 mil años, desde el cierre de la cuenca, dicha zona acumulara y captara el agua que llega a ella en una especie de esponja que absorbe agua sin cesar.

La zona lacustre es además alimentada por alrededor de catorce ríos perennes que nacen en las partes altas de las montañas y 31 ríos más, formados de mayo a octubre durante las lluvias, que se conectan con los cuerpos de agua ubicados en la parte mas baja del sistema, donde actualmente se ubica la ciudad de México. El agua de dichos ríos forma en la parte baja de la cuenca cuatro áreas lacustres: la primera situada en el valle de México, que se integró con los antiguos lagos de Chalco, Xochimilco, Texcoco, San Cristobal, Xaltocan y Zumpango; las otras tres son las ya mencionadas lagunas de Tochac, Apan y Tecocomulco, aún existentes. De la superficie total de la cuenca, la mayor parte, 50%, pertenece al Estado de México (4 800 kilómetros cuadrados), 26.5% a Hidalgo, 13.8% al Distrito Federal, 8.7% a Tlaxcala y 1% a Puebla.

Cuando los conquistadores españoles vieron este lugar, pensaron inmediatamente en el único referente de sistema hidrológico que conocían, por lo que lo describieron como un lago, como la Venecia de las Américas, una impresionante y majestuosa ciudad flotante que encontraron al centro de la cuenca y que entonces era llamada la Gran Tenochtitlán.

Biología

Si observamos un lugar como el resultado de una secuencia de sucesos geológicos a la que siguen los flujos hidrológicos, su conjunción determina el asentamiento de las especies biológicas, ya que éstas establecen de manera inicial el acceso a recursos como el suelo o las pendientes, así como el acceso al agua. En la cuenca de Anáhuac se conformó una gran variedad de ambientes: zonas húmedas que daban lugar a complejos sistemas de humedales, pantanos y ecosistemas acuáticos llenos de peces, tanto de agua dulce como salada por las diferencias en los sustratos de los distintos cuerpos de agua, mientras que las laderas de las montañas, llenas de cañadas, eran surcadas por ríos que mantenían distintos tipos de bosques, en donde crecían fresnos, liquidámbar, ailes, encinos y pinos en las partes altas, los cuales hacían contraste con los ahuejotes y ahuehuetes que dominaban las zonas cercanas a los cuerpos de agua. Estas comunidades vegetales permitían la presencia de una innumerable cantidad de especies de animales, entre las que se destacan venados, pumas, coyotes, quizás el lobo mexicano, armadillos, tlacuaches, ardillas, águilas, palomas, garzas y otras aves migratorias propias de zonas lacustres.

Los primeros asentamientos humanos

Debido a su privilegiada ubicación y sus abundantes recursos hídricos, la zona del valle de México lleva siglos ocupada por asentamientos humanos. Se dice que a principios del siglo xvi, en la cuenca de México había un millón de habitantes.

Los mexicas y las demás civilizaciones que se asentaron alrededor de la cuenca basaron el diseño de sus ciudades en un profundo entendimiento de los procesos naturales y del flujo hidrológico de la misma. Se dice que la mayoría de las viviendas eran construidas en pilas de madera enterradas en el agua. Por medio de la construcción de islas artificiales, crearon canales, calles, acueductos, y magníficos templos, conectando así los diferentes lagos.

En esa época las chinampas sustentaban buena parte de la alimentación de esta zona, diseñadas como un sistema de parcelas de tierra artificialmente construidas en los lagos bajos, sostenidas primeramente por varas y troncos de madera y por las raíces que estos últimos generaban. Los lagos de Xochimilco y Chalco, al sur de la cuenca, eran los mejores para las chinampas, ya que se abastecían de múltiples riachuelos de agua dulce que posteriormente drenaban hacia el Lago de Texcoco.

Desde aquellos tiempos las inundaciones eran un problema regular en el valle de México. Todo el agua que bajaba de las montañas se juntaba con la pluvial (la zona tiene uno de los índices más altos de precipitación anual). Los mexicas temían que en una inundación el agua salada del lago de Texcoco se mezclara con las aguas dulces del sur, desabasteciéndolos de agua fresca y afectando terriblemente sus cosechas. Debido a este temor crearon un avanzado sistema del manejo de agua por medio de diques, los cuales no sólo evitaban las inundaciones, sino que también regulaban los niveles de los distintos lagos por medio de un drene natural, canalizando los ríos, creando canales y zanjas que servían para la irrigación, navegación y transporte acuático, y conectando toda la zona del lago por medio de un complejo sistema de control hidráulico que los abastecía de agua fresca y los ayudaba a cosechar sus alimentos.

Tenochtitlan se encontraba en la laguna de agua dulce, separada de la salada del lago de Texcoco por un gran dique que Nezahualcóyotl construyó en tiempos de Moctezuma Ilhuicamina. La zona del lago comprendía dos kilómetros cuadrados y 50% de ella estaba cubierta de agua. Localizado en el punto más bajo del valle, Texcoco recibía el afluente pluvial así como el agua de todos los ríos que venía del sur y el poniente, por lo que en época de lluvia, cuando el sistema hídrico funcionaba de manera regular, su nivel de salobridad se reducía notablemente.


El desecamiento de la cuenca

Cuando los Españoles llegaron a Tenochtitlan por primera vez en 1517, describieron la ciudad con absoluto asombro, como una provincia redonda cercada por altas sierras, con cuatro calzadas de entrada por medio de puentes de madera, todas hechas a mano, tan grande como la ciudad de Sevilla o Córdoba, con calles muy derechas y la mitad de ellas de agua, por las cuales se transitaba con canoas. La variedad de productos y la organización de los mercados, así como la de la ciudad, maravilló a los europeos.

El manejo del agua juega un papel clave en la conquista. Los accesos controlados por medio de puentes, que fueron diseñados para defenderse de invasores, más tarde servirían para sitiar a los Aztecas en su propia ciudad. Después de la conquista, ignorando por completo la complejidad del sistema hídrico desarrollado por los mexicas, los españoles edificaron entre 1521 y 1527, bajo las ordenes de Cortés, los primeros canales convertidos en calles para así poder lograr más ventaja en la repartición de tierras.

En 1586, una gran inundación hace que los canales y ríos se desborden. En 1604, otra gran inundación producida por la lluvia acongoja al valle; los españoles entonces se ven obligados a reforzar el sistema de diques creado por Nezahualcoyotl, en específico el dique que iba de Tepeyac a Guadalupe en Texcoco.

La primera obra hidráulica de mayor escala en la Nueva España se proyecta en 1607: el túnel de Huehuetoca, con siete kilómetros de largo y cincuenta metros de profundidad, construido para desaguar y tratar de prevenir inundaciones. Sin embargo, rápidamente fue insuficiente, pero además es la causa de que la ciudad se inunde entre 1629 y 1634, el periodo más prolongado de inundación hasta la fecha. Aun así, tras la independencia, la ideología europea de entubar y tapar canales y ríos para convertirlos en calles se siguió replicando durante los siglos xix y xx.

Así, tres siglos más tarde, en 1938, el arquitecto Carlos Contreras propone edificar un anillo de circulación sobre los ríos La Piedad, Consulado y Verónica. El cambio de cultura impuesto por la conquista había convertido los canales de la ciudad en desagües de aguas negras —situación que prevalece hasta la fecha—, cuya insalubridad, a cielo abierto, representaba un riesgo para la ciudad, por lo cual la solución más sencilla parecía esconderlos y mantenerlos como drenaje. El régimen cardenista impide dichos cambios al paisaje natural de México, pero los modelos presidenciales que lo suceden permiten que en 1952 se inaugure sobre el río La Piedad el Viaducto Miguel Alemán.

A partir de entonces, la tendencia en todo el país a entubar ríos, reemplazándolos por avenidas, se acrecenta, manteniendo de alguna manera los patrones de los ecosistemas naturales, ya que la movilidad vial sigue el camino del río. No obstante, éste pasa a un segundo plano, se vuelve casi imperceptible. Para 1964 ya se había entubado ochenta kilómetros de los ríos Churubusco, Magdalena, San Ángel, Tequilazco, Barranca del Muerto, La Piedad, Becerra, Tacubaya, Consulado, San Joaquín y Miramontes, dando paso al nuevo sistema vial del Distrito Federal e ignorando por completo el deterioro ambiental que, posteriormente, conllevará al estado actual de nuestra calidad de agua.

Décadas después de su entubamiento y uso como desagüe, varios de los ríos de México siguen naciendo cristalinos en las montañas, pero al tocar la mancha urbana se suman a la red de drenaje de la ciudad. Se estima que 4 465 kilómetros cuadrados de la cuenca, casi la mitad de su extensión, son terrenos montañosos con pendiente superior a 15° y ubicados a más de 2 250 metros de altitud. Debido a la altura, el abastecimiento de agua se vuelve prácticamente imposible, motivo por el cual casi la mitad de la cuenca no se encuentra urbanizada.

La cuenca de Anáhuac es un territorio privilegiado en cuestión hídrica por la considerable precipitación anual que prevalece en ella. Lamentablemente, esta agua se desperdicia en el momento en que se combina con las aguas negras, además que, debido a la creciente urbanización, cada vez hay menos infiltración al subsuelo y nuestros recursos se agotan de manera veloz. Aunado a esto, el agua que consume el Distrito Federal se extrae actualmente del subsuelo y se bombea de otras cuencas. En pleno siglo xxi replicamos sistemas de hace más de tres siglos.

Para solucionar los problemas hídricos urbanos a largo plazo debemos de plantear un cambio social en nuestra relación con el agua. El trabajo empieza cuenca arriba, donde nuestros ríos todavía nacen cristalinos y el ecosistema persiste. La nueva infraestructura planteada debe ser trasformativa para así poder frenar por completo los patrones degenerativos que hemos replicado hasta ahora. Debemos de trabajar en nuestras barrancas y ríos, sólo así podremos generar el balance hídrico necesario para la abastecimiento de agua de la ciudad a largo plazo.

articulos
Referencias bibliográficas
Legorreta, Jorge. Ríos, lagos y manantiales del Valle de México. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2009.
Muñoz, Peter. Natural Systems International. nsi.
Nicolau D’Olwer, Luis. 1981. Cronistas de las culturas precolombinas. Lito Ediciones Olimpia, Sevilla.
semarnat. 2008. The Lake Texcoco Project. México.

     
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Delfín Montañana
Taller 13, Arquitectura Regenerativa

Biólogo, consultor ambiental. Biólogo por la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México y egresado de la Maestría en Proyectos para el Desarrollo Urbano de la Universidad Iberoamericana.
 
Natalia Gálvez Farías
Taller 13, Arquitectura Regenerativa
Es arquitecta egresada de la Universidad Iberoamericana y actualmente cursa el posgrado en Urbanismo en la UNAM, en el área de economía política. Es docente en el taller integral de primer semestre de la carrera de arquitectura de la Universidad Iberoamericana.
     
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como citar este artículo
 
Montañana, Delfín y Natalia Gálvez. (2013). El sistema hídrico de la ciudad de México. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, pp. 4-13. [En línea]
     

 

 

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