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Una familia
metódica
R035B03  
 
   
   
Francisco Gabilondo Soler    
                     
Por aquel tiempo Cri-Crí conoció a la familia Romesgánchez
o Ranchosgómez (Cri-Crí tiene el defecto de equivocar apellidos). Recuerda que era gente muy metódica. A las siete: el padre al trabajo; a las ocho: los niños al colegio. La madre se quedaba en casa laborando bajo un horario riguroso. Para visitarlos era preciso saber a qué hora recibían, so pena de interferir en el puntual programa de los Ranchasguínez. Los metódicos casi siempre prosperan; esta familia, no. A pesar de su excelente distribución del tiempo, estaban más cerca de la pobreza que de la holgura.
 
Cierta noche que Cri-Crí visitaba a los Guemesronchas, cuando sólo le quedaban seis minutos y veinte segundos para despedirse a gusto de los de la casa, tuvo la torpe ocurrencia de aconsejarles la compra de un billete de lotería para tentar a la suerte. El señor Rinchesgrandes enrojeció de cólera. ¿Arriesgar su escaso dinero en algo tan vago, remoto, problemático y fuera de método? Cri-Crí balbuceó que se perdería poca cosa, y como excusa, aseguró haber visto un billete: el 12345 (o sea uno, dos, tres, cuatro, cinco) exactamente a las seis y siete del octavo día de ese noveno mes; billete en venta en la cigarrería del señor Diez. Tanto por quedarle ya sólo medio minuto de visita como por no alterar más al indignado Chinchesromas, Cri-Crí se despidió apresuradamente. Pero quizá esa extraña sucesión de cifras progresivas haya impresionado a la familia Ronchisguantes; el caso es que a la mañana siguiente el billete fue vendido a primera hora.
 
Varios días después los diarios locales y foráneos soltaron el notición: el gran premio internacional de muchos millones había tocado al billete en poder de la familia Granjasrollos. Con esa debilidad suya de confundir apellidos, Cri-Crí se preguntó si después de todo le habrían hecho caso y, para cerciorarse, se dirigió a la humilde casa de los Gimesrunches. De la familia no quedaba rastro; un par de desconocidos vaciaban la casa de triques, trastos y trapos que eran comprados casi en nada por el Tlacuache o Zarigüeya, mamífero que lleva consigo un saco natural, como los canguros.
 
Más equivocaciones de Cri-Crí
 
Con la fabulosa riqueza adquirida, la familia Churrisbrantes quedó muy por arriba de Cri-Crí. Tentado estuvo éste de hacerles una visita para felicitarlos por su buena suerte, pero ignorando el nuevo horario de recibimiento, se abstuvo de ello, limitándose a seguirlos en los periódicos. Porque los diarios y las revistas reproducían sus retratos en todas las ediciones cotidianas y semanales, sin dejar de fotografiarlos desde todos los ángulos posibles.
 
Pareció que al fin se hacía justicia al espíritu metódico de los Gorrisnucas. Fue fácil enterarse de que a las nueve en punto de la mañana se desayunaban en la terraza de su castillo. Entre las diez y las doce recibían en otro palacio a personas notables (cinco minutos para cada celebridad). A mediodía, cuando el Sol tocaba exactamente el meridiano, chapoteaban descalzos en su extensa playa privada. A las dos de la tarde presidían un banquete de 200 cubiertos; si por torpeza de las cocineras hubiera que comer a las tres, los comensales eran 300. A las cinco de la tarde, en trasatlántico propio, daban un paseo de seis millas debidamente registradas en los aparatos de a bordo. A las ocho se dirigían en tranvía particular a un cinematógrafo reservado para ellos y sus amigos, en donde cada noche se proyectaba la misma cinta: una historia del Oeste americano en la que un vaquero heroico triunfa de los villanos gracias a su magnífico par de relojes.
 
La pautada regularidad de los acaudalados Torresmochas admiró a la sociedad entera. Se puso en boga la puntualidad, cosa desconocida desde los tiempos de María Castaña, y la ciudad adquirió un ritmo exacto, riguroso. Hasta los incendios y los choques tuvieron que suceder a horas fijas. Los bohemios, los abogados y todos aquellos afectos a hacerse esperar fueron considerados enemigos públicos. Cri-Crí mismo, que tampoco se mata por llegar temprano, se vio amenazado por la intransigencia horaria. “¡Nos estamos volviendo más británicos que los ingleses!” exclamó, y sacó pasaporte para dirigirse a Jauja, a Ronconia. ¡Adonde fuera! Cri-Crí se marchó lo más lejos posible, hasta la estepa rusa, donde es fama que hay lobos que muerden las pantorrillas, pero sin cuidarse de la hora.
 
Final inesperado
 
Después de algún tiempo, Cri-Crí retornó a sus lares. No fue dichoso en sitios lejanos. “¡Sea!” dijo suspirando. “Me someteré a vivir por el reloj; acataré ser puntual y mecánico”. Así lo encontramos de regreso a aquella ciudad. En cuanto salía de la estación central presenció un accidente espeluznante: un salvaje ciclista atropelló a un ómnibus repleto de pasajeros gordos. El ciclista se alejaba indiferente al daño hecho. Cri-Crí se lanzó al teléfono más próximo para llamar a un hospital. Pero transcurrió una hora, dos horas, tres, medio día. Los auxilios no llegaban. Cri-Crí volvió a telefonear al hospital. “Ya salió la ambulancia”, se le contestó con un bostezo. Mucho después, cuando se escuchó la sirena, fue innecesaria la llegada de la ambulancia: ¡los heridos ya habían sanado! “¿Qué sucede aquí con la puntualidad?”, se preguntó Cri-Crí inquieto. Y, poco a poco, fue notando un cambio enorme en las costumbres: los relojes públicos habían sido apedreados; los despertadores yacían en las calles hechos añicos; los espectáculos comenzaban cuando se le daba la gana al empresario; las tiendas abrían tarde sus puertas, si es que llegaban a abrirlas.
 
¿A qué se debió ese cambio tan enorme? Pues, mientras duraron los millones de los Brincasgomas, su espíritu metódico siguió inspirando a la comunidad; mas llegó un día aciago en que no hubo ni un céntimo para sostener castillo, palacios, trasatlántico, banquetes, tranvía particular, ni película del Oeste americano. Cuando el señor Mangasbroncas se confesó incapaz de pagar tres mil facturas y no poder desembolsar siquiera la limosna acostumbrada al ciego del organillo, la sociedad se desmoralizó. ¿Cómo traicionar a los números en dinero y los vencimientos en números de calendario y de reloj? Todos aquellos que antes hicieron gala de puntualidad, de la noche a la mañana se tornaron aún más informales que los bohemios y que los abogados. El propio Cri-Crí llegó a escandalizarse de tanta tardanza, desidia e indolencia, pero sintió mucho que los vaivenes de la fortuna hubieran vuelto a empobrecer a la familia Romesgánchez o Ranchosgómez (creo que así, sí es). Trabajo le costó dar con ella, porque ahora los infelices no tenían siquiera una casita humilde. Se habían instalado en unas viejas ruinas fuera de la ciudad. Aquellos murallones derruidos tenían cierto encanto bajo la luz de la luna. Y Cri-Crí advirtió con asombro que a pesar de la miseria aquella familia persistía en sus hábitos. El señor Roncasbrincas tomó el brazo de Cri-Crí y, con mucha parsimonia, le dijo: “Aprecio su visita, pero se acerca la medianoche y en cuanto se junten las agujas del reloj tengo una cita con las siete brujas de estas ruinas”. Cri-Crí comprendió que era finamente despedido y, alzándose de hombros, se alejó en la oscuridad.
  articulos
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Francisco Gabilondo Soler, Cri-Crí
     
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cómo citar este artículo 
Gabilondo, Francisco. 1994. Una familia metódica. Ciencias núm. 35, julio-septiembre, pp. 84-86. [En línea].
     

 

 

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