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Recuerdos de Chernobyl
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Guillermo Sheridan  
                     
Para Alicia y Pancho
 
Cuando la planta nuclear de Chernobyl, en la URSS,
explotó y roció de plutonio enriquecido a varios millones de habitantes y hectáreas del continente europeo, convirtiéndolo en una probeta llena de carcinomas, yo vivía con mi familia en Norwich, al noroeste de Londres, una ciudad que por cierto era bastante mona.
 
Recuerdo, lleno de nostalgia, que fue espantoso. Todas las noches, como todos los ingleses, veíamos dónde andaba la nube. La nube era la nube radioactiva que había salido de Chernobyl: era una nube que tenía, aproximadamente, el tamaño de Francia y que se movía con los caprichosos vientos del continente. Cuando la locutora de la BBC decía que la nube se había movido hacia Finlandia, dejábamos de aguantar la respiración. A la mañana siguiente volvíamos a aguantarla hasta saber en dónde andaba la nube. Esto era realmente incómodo, sobre todo a la hora de estornudar. La paranoia no había tardado en desatarse. La gente se arremolinaba en los supermercados tratando de comprar agua embotellada, leche en polvo empolvada y colecitas de Bruselas congeladas ante de la explosión.
 
Los verdaderos problemas comenzaron la tarde en la que mi hijo de cinco años regresó del jardín de la casa muy emocionado por haber encontrado un pájaro muerto, que traía en la manita. Después de que lo tallamos dos horas con el equivalente inglés del FAB, informó que se lo había encontrado junto al pond (es decir: el estanque). Al fondo del jardín que había en nuestra casa, vecino al patio de la escuela llena de aprendices de punk, estaba ese pond cuya profundidad siempre ignoramos y donde vivían una ranas sumamente histéricas.
 
Enterré el cadáver del pájaro en un montón de abono, cubriéndome las manos con unas bolsas de plástico y le prohibimos al niño acercarse al estanque. Esa noche estábamos más ansiosos que nunca, esperando que la locutora dijera dónde andaba la nube. Si anda por arriba del pond, me dije, andamos en problemas.
 
Andaba por Alemania Federal. Sin embargo, al día siguiente hubo dos pájaros muertos y tres el día después. Lo que había comenzado como un pánico normal comenzó a convertirse en pánico excesivo. Cada mañana me metía entero en una bolsa de plástico para ir a inventariar pájaros muertos al pond.        
 
Estábamos hartos de aguantar la respiración. Nos salía leche en polvo y colecitas de Bruselas de las orejas.
 
El día que hubo siete pájaros muertos, decidí consultar a Dora, la vecina, que era bióloga. Nunca imaginé la cantidad de problemas que eso nos iba a meter. Su nombre completo era Dora Highbrow, casada con Bobby Highbrow. Otro vecino nos había comentado antes que era un escándalo, pero que se sospechaba que Dora y Bobby no estaban del todo casados. Bobby era un gato calicó de treinta kilos. Yo, que respeto la unión libre, no me escandalicé. Dora estaba convencida de que hablaba muy bien el español, a causa de mi impecable inglés, no obstante lo cual se empeñaba en vocalizar muy lentamente cada rara vez que hablaba conmigo. Después de que le canté lo de los pájaros, dio tres pasos en reversa hacia su casa tapándose la boca con la mano y enunciando la famosa expresión inglesa: Oh, dear (que literalmente traducida significa “Ay, querido” —no es que entre Mrs. Highbrow y yo hubiera algo: Bobby era celoso y ella era vieja—, pero que en realidad significa algo como “qué barbaridad”, “qué horror”, “qué cosa”, “habráse visto”, etcétera).
 
Me sentí como un apestado. Una vez adentro de su casa, la escuché llamar a gritos a Bobby para contarle. Regresé a mi casa pensando qué hacer. Esa noche la nube se acercó al norte de Escocia. Ahora sí el pánico comenzó a desbordar. Se organizaban brigadas que soplaran hacia el norte con objeto de impedir que la nube cruzara la Muralla de Adriano. Pensé en la conveniencia de regresar a México. Me imaginaba a mi hijo eructando burbujas de zonzilio fosforescente por la boca que iba a salirle en la nuca a su tierna edad. Lo que ignoraba era que Mrs. Highbrow, quizá aconsejada por Bobby, ya había tomado cartas en el asunto y nos había delatado.
 
A la mañana siguiente, temprano tocaron la puerta. Afuera había dos hombres vestidos de astronautas de 2001: Odisea del espacio y un camión lleno de antenas y radares. Cuando iba a preguntar que qué se les ofrecía, me metieron en la boca un contador geiger bastante desabrido. Los hombres eran cruelmente eficaces, como deduje del hecho de que se negaron a beber una taza de té. Comenzaron a leer con su contador geiger toda la casa: el pan blanco sobre la mesa, el excusado, los pasaportes, un disco del “Flaco Ibáñez”.
 
Finalmente preguntaron por el pond. Se meneaban como osos mientras nos dirigíamos a él. Había tres pájaros muertos y uno agonizante. Mientras le pasaban el contador geiger, vi a Mrs. Highbrow y a Bobby pertrechados en la ventana de su casa, cubiertos con sendos tapabocas. Los hombres tomaron muestras del agua, secuestraron una rana y pidieron ver los otros pájaros muertos. Cuando exhumaron los cuerpos del cementerio de pájaros exclamaron:
 
Oh, dear, dear…        
 
Pusieron todo lo que confiscaron en respectivas bolsas de plástico que sellaron con cautela, me advirtieron muy cortésmente que se pondrían en contacto conmigo, se subieron a su camión y se fueron.
 
Para entonces ya veíamos el fondo del jardín como una terra ignota de la que, en cualquier momento, emanarían unas ranas mutantes de dos metros, con colmillos de cristal goteantes de sangre, rugiendo como un mofle mexicano. Por si fuera poco, Dora y Bobby se encargaron de platicarle a los vecinos lo que sucedía en el mexican’s pond, por lo que el cartero comenzó a aventar las cartas desde lejos, a mi hijo lo sentaron en un banco hasta atrás del salón, y el chofer del autobús nos negaba la parada. Hasta la princesa Diana nos miraba feo, cuando bautizaba un submarino, desde la televisión.
 
Días más tarde llegó un oficial de la oficina de salubridad. Explicó que los pájaros se habían muerto por la culpa de la escuela que colindaba con el jardín. En la escuela rociaban la basura con un veneno especial para aniquilar ratas inglesas. Este veneno operaba del siguiente modo: provocaba una sed terrible en las ratas, y cuando bebían agua, el veneno hacía efecto y las desfondaba. Pues bien: los pájaros también comían de ese veneno, bebía agua en nuestro pond y se morían junto a él. No había ni rastro de radiactividad y nuestra casa era tan segura como el palacio de Buckingham. Le pedí, por favorcito, que repitiera eso a Mrs. Highbrow.
 
Todo volvió a la normalidad. La nube iba y regresaba por el mapa de la BBC con cierta indecisión hasta que, eventualmente, dejó de aparecer. Desde luego que toda Europa, las islas y el continente, estaba saturada de “polvo de Chernobyl”, pero quedaba cada vez más claro que la intención general era olvidarse de ello y ya. La locutora regresó a las catástrofes habituales: la migraña de la reina o el clima. Regresó a la pantalla la princesa Diana, que no miró y se sonrojó, como apenada por lo que hacen en la escuelas inglesas para matar ratas. Meses más tarde, Bobby asesinó a Dora para quedarse con la herencia. Regresamos a México. Descubrí que prefería la certeza de salmonela en las carnitas a la posibilidad del estroncio 2000 en el roast-beef; la certeza de la mierda en el aire nacional a la posibilidad de berilio en el europeo.
 
Pero ya existía la amenaza de Laguna Verde, la planta nuclear orgullosamente diseñada y construida por ingenieros mexicanos en el estado de Veracruz que, según el presidente en su informe, ya casi va a estar lista. Inevitablemente, pensé en la que se va a armar el día en que Laguna Verde estalle, porque va a estallar, arrastrando detrás de sí un buen porcentaje de la cultura occidental. Decidí precaverme: calculé esconder billetes de cincuenta mil pesos para pagar las mordidas que exigirán los inspectores cuyos contadores geiger ni siquiera van a servir. Consideré ir almacenando agua, leche en polvo, huauzontles congelados. Supuse luego que todo era inútil porque, cuando suceda, nadie va a enterarse. El gobierno no va a decir nada, y en caso de que diga algo (cuando no sea posible evadir más el hecho de que el Golfo de México se ponga amarillo canario y amanezca junto a la ciudad de Puebla), seguramente será algo como que todo estaba calculado, cómo todo funcionó adecuadamente, cómo nuestros heroicos juanes, etcétera... La tragedia de Laguna Verde se mutará en un gran triunfo; nosotros nos mutaremos en unas como marimbas de tripas; una de las bocas de Lolita Ayala dirá que no hay ni una sola nube en ningún lado y el PRI declarará, encendido de fervor, que ahora sí, por fin “¡La radiactividad es para todos!”.        
 
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Nota
 
Tomado de Cartas de Copilco y otras postales, Editorial Vuelta, México 1992.
     
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Guillermo Sheridan      
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cómo citar este artículo    →
 
Sheridan, Guillermo. 1997. Recuerdos de Chernobyl. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 66-67. [En línea].
     

 

 

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