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Elizabeth Balladares Gómez
     
               
               
La búsqueda de los 43 estudiantes de la Normal rural de
Ayotzinapa desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 y la exigencia de justicia por el asesinato de seis personas esa misma noche —tres de ellos estudiantes de la Normal— ha volcado la mirada sobre estos centros educativos, uno de los últimos reductos de los ideales de la Revolución mexicana de inicios del siglo xx, no obstante, poco se conoce sobre ellas y de sus estudiantes (en las páginas pares de este artículo se muestran pequeñas semblanzas de los 43 desaparecidos).
 
Las escuelas normales rurales son centros de formación para profesores de nivel básico en distintas regiones campesinas del país. Actualmente subsisten diecisiete normales de este tipo, dos de ellas en proceso de transformación a escuelas técnicas. Estas escuelas normales se apegan al programa de estudio determinado por la Secretaría de Educación Pública, por lo cual, la actividad agrícola y la capacidad organizativa de sus estudiantes son elementos que las distinguen de las otras normales.
 
Las normales rurales funcionan como internados para hombres o mujeres, aunque existen algunas escuelas, en cinco estados de país, que son mixtas. La precaria condición social de los estudiantes y su activismo político ha motivado el desprecio de algunos sectores de la sociedad, e incluso la discriminación por parte de otros normalistas. Un ejemplo de ello se muestra en un estudio sobre las normales de Aguascalientes realizado en 1996, que recogió la opinión emitida por alumnas de la Normal del Estado de Aguascalientes, quienes orgullosas de su historial “limpio” en lo relativo a movilizaciones estudiantiles (adoptaban la idea difundida entre algunos habitantes de esa ciudad) se consideraban a sí mismas como símbolo de la mujer de clase media de la ciudad, distintas a la cultura “de huarache” o “de rancho”, representada por las alumnas de la normal rural de Cañada Honda, Aguascalientes.
 
Después del gobierno nacionalista de Lázaro Cárdenas, en la década de los cuarentas, las normales rurales han luchado por sobrevivir a los ataques y al abandono al que han sido relegadas; desde entonces, los normalistas se han movilizado año con año con peticiones como el mantenimiento de sus instalaciones, las becas de los estudiantes o la asignación de plazas para los egresados.
 
La organización de los estudiantes normalistas se explica por los principios que le dieron origen a su institución. Como parte del proyecto modernizador del país que buscaba la integración de los campesinos a la nación mexicana, los primeros gobiernos de la Revolución impulsaron centros educativos dirigidos a los campesinos. Así, en la década de los veintes se crean las Escuelas Regionales, pensadas para formar maestros que pudieran alfabetizar y enseñar nuevas técnicas agrícolas a las poblaciones campesinas. Asimismo, se crean las Escuelas Centrales Agrícolas con la finalidad de impulsar la organización cooperativista de los campesinos y la introducción de técnicas para mejorar la producción agrícola. De la fusión de éstas nacen las Escuelas Regionales Campesinas.
 
Las primeras escuelas regionales se instalaron en antiguas haciendas y en locales prestados o rentados, su creación y mantenimiento dependió del esfuerzo de estudiantes y maestros. En ellas se promovió una educación racional y útil para la vida; por ejemplo, en la enseñanza de las asignaturas como aritmética y geometría se buscaba que el alumno comprendiera las lecciones, para después ejercitar su conocimiento en problemas relacionados con la producción agrícola o los talleres de oficios; y en la enseñanza de las ciencias naturales y sociales se le dio importancia a las habilidades de observación y experimentación a partir de excursiones y salidas de los alumnos. Asimismo, los estudiantes participaban en los talleres de oficios, las prácticas agrícolas y en diversas actividades como círculos de lectura, bailes y organización de festejos patrios.
 
Además del reparto de las tierras, un asunto prioritario para los primeros gobiernos posrevolucionarios fue la organización y la educación en las comunidades campesinas. El proyecto de las normales rurales surgió bajo el espíritu de justicia social para los campesinos, cuya misión era preparar a profesores “debidamente capacitados para actuar como mentores y líderes sociales” en las pequeñas comunidades. Posteriormente, las escuelas regionales campesinas adquieren el nombre de Normales Rurales.
 
Los maestros egresados de las normales rurales, además de tener como misión alfabetizar un país con una población mayoritariamente campesina, debían ser los promotores de su organización a partir de la lucha contra la superstición o el alcoholismo y fueron los encargados de promover hábitos de higiene, técnicas agrícolas, así como de difundir entre la población los símbolos de la nación y la historia de los héroes nacionales.
 
Fue con el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-­1940) que las normales se apegan al proyecto de educación socialista, que se tradujo en la convicción de que la escuela sería el motor para la transformación social. De acuerdo con el maestro Rafael Ramírez, uno de los impulsores de la educación socialista, la escuela debía proporcionar una enseñanza básica que permitiera a los proletarios —en este caso campesinos—, tener conciencia de clase y herramientas necesarias para “luchar contra las clases explotadoras, como para rehabilitarse él mismo, económica y socialmente”.
 
La educación descrita por Ramírez debía ser “nacionalista”, difundir el aprecio a los valores culturales propios y crear un sentimiento de defensa ante las agresiones extranjeras; “igualitaria”, defendiendo los derechos para todos, sin importar el origen social de las personas; “desfanatizante”,combatiendo fanatismos y prejuicios que impedían el progreso económico y social del país; y “funcional-activa”, enseñando a partir de las necesidades y conduciendo ese conocimiento a su satisfacción y “en donde los alumnos aprendan las cosas haciéndolas, para que sean ellos mismos, dirigidos por sus maestros, los agentes de su propia educación”.
 
Se pretendía de este modo integrar a la población indígena al proyecto nacional, modificando sus costumbres e inculcando los valores patrios. Aunque en sus comienzos las normales rurales contaron con el apoyo del Estado, los maestros rurales fueron perseguidos por los sectores más conservadores, que cuestionaron el hecho de que la religión no fuera incluida en su proyecto. Sus detractores las llamaron “escuelas del diablo”, y los maestros sufrirían persecuciones y asesinatos durante la Guerra cristera. Bajo el cobijo del cardenismo se formaron cuarenta y seis normales rurales en el país.
 
Aunque oficialmente se eliminó este tipo de educación en 1944,la búsqueda de una sociedad más justa, abanderada por la educación socialista, se mantendría en las normales rurales. Sobre estas bases, el análisis de los problemas en el campo mexicano y del contexto nacional generó, con el tiempo, una sólida organización entre los normalistas y una actitud solidaria con diferentes causas sociales.
 
Al finalizar el sexenio cardenista, el proyecto de las normales rurales dejó de ser una prioridad para los gobiernos mexicanos y los normalistas representaron, debido a su capacidad organizativa y a los ideales revolucionarios que enarbolaban, un sector incómodo, así que se buscó la desaparición de varios centros o la transformación de su proyecto educativo. Durante el movimiento estudiantil de 1968 también los estudiantes normalistas se movilizaron y algunas de las escuelas se fueron a huelga. El gobierno de Gustavo Díaz Ordaz vio en la organización estudiantil una afrenta a su gobierno, por lo que decidió desaparecer quince normales rurales de las veintinueve que existían en ese entonces y reprimió duramente a los estudiantes. A partir de ese momento, los normalistas rurales comenzaron a sufrir la represión que caracteriza su relación con el régimen político mexicano.
 
La experiencia de un maestro rural
 
Otra manera de combatir las normales rurales ha sido mediante las reformas a los planes educativos. A finales de la década de los setentas, sus estudiantes comenzaron a egresar con el grado de licenciatura y el gobierno impulsó la apertura de normales rurales en todo el país que, en ocasiones, funcionaron como paliativos a la demanda de más centros educativos de nivel superior. Ante la imposibilidad de los jóvenes para acceder a una carrera universitaria, “aunque sea entraban a una normal”. Para Donato Pérez Márquez, un egresado de esa época de la normal rural de El Mexe en Hidalgo, estos cambios provocaron que muchos maestros no tuvieran el compromiso necesario para asumir la problemática a la que se enfrenta un maestro en una comunidad rural.
 
Donato recuerda su época de estudiante como un momento en el que las ideas de transformar la realidad de sus alumnos y de las poblaciones a las que asistiría a dar clases era posible con el conocimiento y las técnicas educativas que aprendía durante su formación. Él y sus compañeros pensaban que sólo con el conocimiento se podían modificar las estructuras mentales de los alumnos y, con ello, generar cambios en su situación social. Además, se encontraban entusiasmados con el uso de diferentes herramientas para la enseñanza, como grabadoras y sonoramas (diapositivas que incluyen audio).
 
Al comenzar su labor como maestro en una comunidad apartada en la sierra de Puebla, la realidad lo llevó a enfrentarse a una situación distinta a la que había imaginado: ahí no había electricidad y su convivencia cotidiana con los niños y la población en general lo condujeron a considerar la importancia del contexto particular de cada niño: “no sólo eran números, eran caritas, niños con sueños” y con situaciones familiares particulares que influían en el desempeño escolar.
 
Ante la falta de recursos y material para llevar a cabo sus clases, el maestro rural debe considerar los elementos que existen en la comunidad para poder realizar su labor. Así, Donato cuenta que en sus clases de ciencias naturales era imprescindible recorrer la comunidad en busca de elementos que le sirvieran para explicar los diferentes temas que debía cubrir; por ejemplo, para conocer los tipos de rocas organizaba excursiones con sus alumnos de quinto grado para que ellos pudieran identificarlas.
 
Otro problema al que se enfrentan los maestros y los alumnos en las escuelas rurales es la diferencia que existe entre los contenidos del programa y la realidad concreta de las comunidades. Recuerda que los niños protestaban cuando en un libro se hablaba de su región y las descripciones no coincidían con lo que ellos conocían; o cuando se hablaba sobre medios de transporte, los niños no entendían los del tipo acuático, pues en su comunidad no existen ríos o mar. Estas dudas le servían al maestro para abordar diferentes contenidos temáticos, por ejemplo, cuando los niños cuestionaban las razones de que una vaca tuviera manchas diferentes, el maestro aprovechaba la duda para explicar el tema de la herencia. El maestro procuraba que la enseñanza funcionara de manera transversal, así una lección de ciencias naturales se combinaba con contenidos de las asignaturas de español y ciencias sociales cuando los niños escribían sus reportes de las diferentes exploraciones a su entorno.
 
A diferencia de otros maestros que sólo asistían a sus clases y luego se regresaban a las poblaciones en las que vivían, Donato se instaló en la comunidad y creó lazos con su gente. En poco tiempo llegó a cumplir las funciones de cura, doctor, psicológo y enfermero. Se ganó el respeto de la población cuando orientó a los pobladores con técnicas de cultivo y apicultura. Para él, la formación que obtuvo en la normal rural fue imprescindible para hacer esto posible, pues allí existían diferentes talleres extracurriculares que alimentaron su formación. Éstos eran de distintos tipos: agronomía, industrias rurales o manualidades; allí aprendió técnicas para sembrar diferentes productos, regar un sembradío, preparar carnes, embutidos, quesos, hacer un jabón e incluso en esos talleres aprendió a coser.
 
La sensibilidad con la que se dirigió a las comunidades en las que trabajó tuvo que ver con su aprendizaje en la normal rural. Donato recuerda que en su época de estudiante se hizo consciente del compromiso que se requería para ser maestro rural: el conocimiento de las desigualdades sociales y el ideal de contribuir para cambiar a la sociedad. La organización de los estudiantes fue el medio que le sirvió para comprometerse con su labor.
 
Las palabras de agradecimiento contenidas en una canción que Donato escribió en esa época nos dan un ejemplo de lo que significa para un maestro ser egresado de una normal rural: “Gracias campesino, albañil, pescador y marmolero / y a todos esos hermanos que la gente llama obreros. / No podría devolverte con dinero los años que explotado trabajaste, / tendré que hacer escuelas, hospitales. / Defender al oprimido en tribunales / y luchar para ofrecerte realidades”.
 
La organización estudiantil más longeva
 
De las normales rurales del país egresaron luchadores sociales y maestros que, como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, encabezaron movimientos armados en la década de los setentas en el estado de Guerrero. La asociación de los líderes sociales con su origen normalista llevó a los opositores del proyecto de las normales rurales a catalogarlas como “semilleros de guerrilleros” o “kínderes bolcheviques”. La idea de que las normales rurales son centros de adoctrinamiento se repite en la actualidad, y encuentra eco en el temor a su organización estudiantil: la Federaciónn de Estudiantes Campesinos de México (FECSUM).
 
Fundada en 1935, la fecsum se describe como una agrupación de tendencia marxista­leninista, y es la encargada de mantener la organización dentro de cada una de las normales por medio del Comité Ejecutivo Estudiantil y las diferentes carteras y comités que cubren todas las actividades de los estudiantes como: finanzas, deporte, primeros auxilios, transporte, prensa y propaganda, y asuntos académicos. Los estudiantes participan en casi todas las decisiones que se toman dentro de las normales. Al ingresar a la normal, automáticamente los estudiantes forman parte de la fecsum, adquiriendo la obligación de participar en las asambleas y en diferentes tareas de la organización estudiantil.
 
La formación de los normalistas cuenta con cinco ejes: 1) académico, terreno en el que deben mantener un promedio mínimo de 8 y presentarse a 85% de sus clases; 2) módulos de producción, enfocados a los trabajos agrícolas y la crianza de ganado dentro de la normal; 3) cultural, la participación danza folclórica o el desarrollo de diferentes oficios; 4) deportivo, en el que participan en diversas actividades como el atletismo y el futbol; y 5) político, que incluye actividades académicas organizadas por la fecsum. Las autoridades escolares sólo participan en lo concerniente al eje académico.
 
Como parte del eje político, los estudiantes deben asistir a los círculos de estudio organizados por el Comité de Orientación Política e Ideológica. El análisis de la realidad social es parte medular de la formación de los normalistas rurales. Algunos de estos talleres extracurriculares son “Elementos de economía con orientación socialista”, “Conocimiento de los problemas que afectan a la vida del campesino mexicano” y “Orientación socialista y legislación obrera y campesina”.
 
El desarrollo de la conciencia política de los normalistas ha generado una participación activa en la defensa del proyecto de las normales rurales, adoptando los principios que le dieron origen: la idea de que la escuela es una vía de transformación de la realidad social.
 
Los integrantes de los Comités Ejecutivos de la fecsum se renuevan cada año y, debido a la persecución que sufren sus integrantes, no dan a conocer públicamente el nombre de los miembros de su estructura ni las fechas y lugares de sus reuniones y congresos. Las fuentes documentales desclasificadas de las últimas décadas demuestran
 
el acoso y espionaje al que fueron sometidos los estudiantes, por lo cuerdo con los informes de lo que fuera la Dirección Federal de Seguridad, organismo de inteligencia del Estado mexicano.
 
La normal rural de Ayotzinapa
 
Ubicada en el municipio de Tixtla, en el corazón de la región centro de Guerrero, uno de los estados con mayor índice de pobreza del país, la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa se funda en 1926. En ella se imparten dos licenciaturas en educación primaria, una de ellas con enfoque intercultural bilingüe dirigida a los hablantes de náhuatl, amuzgo, tlapaneco y mixteco.
 
Para ingresar a esta normal rural el requisito más importante es ser pobre, aunque también deben aprobar un examen de conocimientos generales. La publicación de la convocatoria y el mantenimiento del número de estudiantes que se incorpora a la escuela son defendidas por los estudiantes con la movilización continua. En los últimos años han logrado sostener las 140 fichas de ingreso que, cada cierto tiempo, las autoridades estatales buscan reducir. La tarea de difundir las convocatorias también correa cuenta de los estudiantes, que se encargan de visitar las comunidades campesinas de las cinco regiones de Guerrero, e incluso otros estados, para invitar a los jóvenes a unirse a la Normal.
 
Dentro de la Normal, la disciplina es importante para su funciona cargados de velar por el cumplimiento de su reglamento. De acuerdo con su código disciplinario, en el caso de incurrir en faltas como vestir de manera informal en los espacios dedicados a las actividades académicas, causar daños a las instalaciones o introducir y consumir enervantes dentro de la institución, se hacen llamadas de atención, cartas a los padres y, de ser grave, la expulsión.
 
 
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En los cuatro años que dura la formación de los normalistas, deben cumplir con diferentes actividades como cuidar el ganado o cultivar las tierras donde tienen sus milpas y siembran productos como la flor de terciopelo y el cempasúchil; además deben realizar las tareas que les corresponde de acuerdo con la comisión a la que pertenezcan. En teoría, la permanencia de los estudiantes dentro de la Normal debe ser subsidiada por el Estado, pero la beca otorgada a los alumnos suele ser insuficiente, por ello los normalistas realizan diferentes labores para mantener el proyecto, como “boteos” o la venta de los productos que se cosechan en los terrenos que pertenecen a la escuela.
 
Las carencias a las que se enfrentan los estudiantes de la normal se extienden a la escasez de materiales para realizar sus actividades académicas; relatan que en ocasiones existe un solo libro en la biblioteca para toda una academia o grado, por lo que el trabajo en equipo resulta imprescindible para llevar a cabo sus labores.
 
Conscientes de que acudirán a trabajar en las regiones más pobres de México, reivindican la formación de maestros integrales que conozcan la problemática del campesino mexicano y del país en general, así como el desarrollo de los saberes prácticos relacionados con el campo y diferentes oficios, pues saben que no sólo se enfrentarán con alumnos en un aula de clases, sino que pasarán a ser actores importantes dentro de las comunidades, apoyando en la gestión de las demandas por diferentes servicios y participando activamente en la vida de las comunidades.
 
Dada la incesante hostilidad del gobierno y a la reducción constante del presupuesto correspondiente a las normales rurales, la actividad política resulta imprescindible para su sobrevivencia como proyecto educativo dirigido a campesinos. Las movilizaciones de los estudiantes son continuas, pues sólo así les es posible exigir los recursos que permiten el funcionamiento y la continuidad de la normal; por ello han sufrido represión e incluso asesinato. El 11 de diciembre de 2012, durante una manifestación en la autopista México­Acapulco, policías vestidos de civil atacaron a los estudiantes, asesinando a dos de ellos. A pesar del peligro que las movilizaciones conllevan para sus vidas, los estudiantes continúan con éstas por considerarlas una vía legítima para defender sus derechos.
 
En los medios de comunicación masiva es común encontrar opiniones en las que se refieren a la historia de la normal de Ayotzinapa como violenta, haciendo referencia a la actividad política de los estudiantes y se asevera que el nivel educativo es de baja calidad. Estas ideas, similares a las opiniones expresadas en la prensa desde mediados del siglo pasado, concluyen que las normales rurales ya no tienen razón de ser. Ante estos ataques, los normalistas afirman que, mientras exista la pobreza en el campo mexicano, la labor de las normales rurales debe continuar; además, defienden una de las pocas opciones de educación que tienen los jóvenes de las comunidades más pobres del país. La criminalización de los estudiantes, a quienes tildan de “revoltosos”, y los ataques mediáticos que sufren año con año —no exentos de tintes racistas y clasistas— no han mermado la participación de estos jóvenes en la defensa de las normales.
 
La existencia del proyecto educativo de las normales rurales va a contracorriente de las políticas neoliberales que se han implementado en los últimos años en México y que se traducen en políticas de privatización, para las cuales la educación gratuita representa un gasto innecesario. Los gobiernos actuales han buscado la desaparición de las normales rurales, reprimiendo a sus estudiantes y transformándolas en escuelas técnicas o secundarias. Incluso la que fuera líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, Elba Esther Gordillo, propuso convertir las normales rurales en escuelas de turismo.
 
Como expresó Talanís Padilla, una estudiosa de la historia del normalismo rural, respecto de la satanización de los jóvenes por sus manifestaciones, debemos cuestionar el sistema político que hace de la educación una mercancía y preguntarnos: “¿quiénes son los verdaderos delincuentes?”.
 
Actualmente, el gobierno mexicano se empeña en buscar una salida rápida al escándalo que se ha desatado por el caso de los 43 estudiantes desaparecidos de la normal de Ayotzinapa, elaborando teorías poco creíbles sobre lo sucedido el 26 de septiembre, mostrándose renuente a investigar la participación de agentes estatales y criminalizando a los estudiantes normalistas.
 
En los últimos años se ha develado en México el involucramiento de agentes del Estado (gobernadores, policías, militares, etcétera) en casos de desapariciones y asesinatos, cuya responsabilidad había recaído únicamente en bandas del crimen organizado. El caso de Ayotzinapa destapó la cloaca que significa la corrupción de la política nacional y se presenta como símbolo de una lucha contra el olvido, por nombrar a los miles de desaparecidos en el país y recuperar el nombre de los cuerpos abandonados en fosas clandestinas.
 
Los estudiantes de la normal de Ayotzinapa aseguran que continuarán en la lucha que han emprendido junto a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos, en su búsqueda y exigencia por justicia, así como en la protección de su proyecto educativo. Esta lucha se suma a la historia de la defensa de una educación incluyente en México y sus repercusiones han impactado seriamente la vida social del país entero.
 
     
Agradecimientos
Agradezco a los dos estudiantes de la normal “Raúl Isidro Burgos” y al profesor Donato Pérez Márquez, que me facilitaron parte de la información que aparece en este trabajo.
     
Referencias Bibliográficas
 
Civera, Alicia. 2008. La escuela como opción de vida: la formación de maestros normalistas rurales en México, 1921­
1945. El Colegio Mexiquense a. C., Toluca.
Martínez Pérez, Roberto y Salvador Camacho Sandoval. 1996. Normalistas: ¿Actores y /o ejecutores del cambio en las normales? Gobierno del Estado de Aguascalientes, Aguascalientes.
Padilla, Tanalís. 2009. “Las normales rurales: historia y proyecto de nación”, en El cotidiano, núm. 154, pp. 85-93.
Ramírez, Rafael. ca. 1976. La escuela rural mexicana.
Secretaría de Educación Pública, México.
 
en la red
 
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Elizabeth Balladares Gómez
Ciencias Sociales y Humanidades,
Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa.
 
Es licenciada en Historia por la UAM-Iztapalapa y candidata a maestra en Ciencias Sociales y Humanidades, con especialización en Historia de la Ciencia por la UAM-Cuajimalpa, con una investigación sobre los estudios químicos del pulque en el siglo XIX.
     
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cómo citar este artículo
 
Balladares Gómez, Elizabeth. 2015. Normales rurales: esperanza educativa para los campesinos en México. Ciencias, núm. 115-116, enero-junio, pp. 42-53. [En línea].
     

 

 

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