revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Raúl García, Elena Álvarez-Buylla, Eréndida Cohen,
Laurel Treviño, Octavio Miramontes y Julio Muñoz
     
               
               
Entre 1981 y 1983, un movimiento estudiantil ecologista
surgió en la Facultad de Ciencias de la unam el cual contribuyó a la creación de una de las reservas urbanas más grandes del mundo: la Reserva ecológica del Pedregal de San Ángel. Este movimiento se enmarcó en circunstancias locales, nacionales y globales que desempeñaron un papel fundamental para su éxito, y fue expresión de una búsqueda compleja, pero inquebrantable por preservar la raíz social y el entramado comunitario —ni mercantil, ni estatal— de la universidad pública nacional.
 
Los autores participamos en el movimiento cuando éramos estudiantes, lo mismo que otras personas que hoy realizan actividades académicas en la unam y otros centros de investigación. Creemos que es el momento y el lugar para recordar esta historia, dado el papel de nuestra universidad y su comunidad científica y estudiantil en luchas fundamentales para México y el resto del mundo: por la soberanía alimentaria y energética, el derecho a la comunicación y el acceso a la información, y el derecho a un ambiente sano y biodiverso, entre otros. El que llamamos primer movimiento estudiantil ecologista de México emergió como un vástago de las fuerzas sociales que intentaban construir espacios de democracia directa dentro de la unam y de México. Estas fuerzas fueron fuertemente reprimidas el mismo año en que se decretó la reserva, lo cual ha quedado como uno de sus legados, pero éstas se siguieron expresando en diversas luchas en defensa de la educación pública desde 1986 hasta 2000; el zapatismo a partir de 1994 y están resurgiendo bajo diversas formas y causas décadas después en iniciativas como la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales, la Red en Defensa del Maíz, la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y el movimiento Sin Maíz no hay País, entre otros.
 
Antecedentes
 
El Pedregal de San Ángel es un ecosistema situado en el petrificado derrame de lava que produjo el Xitle, aproximadamente mil seiscientos o dos mil años atrás. En el suelo andosol que fue formándose se estableció una vegetación única, con una gran riqueza de especies, un ecosistema que se encuentra imbricado con Ciudad Universitaria desde su creación, en 1946, cuando el gobierno mexicano otorgó a la unam poco más de 720 hectáreas de terreno en el pedregal. Los eventos históricos ocurridos inmediatamente tras su construcción dejaron claros tres hechos: el patrimonio de la unam en el Pedregal de San Ángel sería objeto de la codicia especulativa, económica y política; algunos universitarios opinarían que el patrimonio universitario se puede capitalizar con provecho, por motivos de eficiencia privada o pública: una parte relevante de la comunidad universitaria siempre creería que la capitalización de la Universidad y el espíritu universitario no son, en lo general, compatibles —en 1946 esta fracción de universitarios incluía a varios rectores, como Salvador Zubirán y Gustavo Baz.
 
Entre los años de 1978 y 1981, el presupuesto público, incluido el de la unam, aumentó significativamente, ya que México experimentó un importante desahogo económico por la expansión de las reservas petroleras, el acceso al crédito internacional abundante y a que su economía creció a tasas cercanas a 9% anual. En consecuencia, se impulsaron obras carreteras y urbanas importantes; en este contexto, casi 500 hectáreas de pedregal universitario se volvieron atractivas para potenciales obras públicas y privadas, y los rectores Guillermo Soberón Acevedo primero, y luego Jorge Rivero Serrano, autorizaron diversos proyectos propuestos por el entonces regente de la ciudad de México, Hank González. Con el apoyo de varios académicos, incluido Mario Pani, coautor del proyecto de Ciudad Universitaria, se decidió dedicar el pedregal a la construcción de ejes viales, estaciones del metro y otros desarrollos urbanísticos que serían “un beneficio y un don que se le regalaba a los universitarios”. Pero este plan de desarrollo hubiera implicado la destrucción completa de lo que hoy se enmarca dentro de la reserva ecológica de la unam y, como veremos más adelante, situar a la Universidad en condiciones de enorme incertidumbre económica.
 
El movimiento estudiantil ecologista
 
Para 1980 estaban presentes de nueva cuenta en la unam: el interés especulativo por los terrenos del pedregal y el apoyo a éste por parte de algunos universitarios, que ahora incluía a las autoridades. Pero la resistencia apareció pronto, surgió con las denuncias del autogobierno de la Escuela Nacional de Arquitectura en junio de 1981 y se concretó en las protestas de los estudiantes de la Facultad de Ciencias, que dieron lugar a un movimiento universitario muy amplio. Esta fuerza no apareció por generación espontánea, se fincó en dos procesos previos, uno de carácter político y otro de carácter académico, que se originaban en los profundos cambios culturales que ocurrieron en décadas previas.
 
Desde 1973, los estudiantes de la Facultad de Ciencias combinaban un alto rendimiento académico con un fuerte compromiso con la democratización y transformación socialista de la Universidad y del país. Este compromiso se anclaba en tradiciones revolucionarias como la cubana o vietnamita, así como en el movimiento de 1968, que se expandió en todo el mundo en respuesta al fracaso de las políticas de posguerra por avanzar en la democracia, la liberación de los pueblos y las mejoras sociales prometidas.
 
También la Guerra sucia de los presidentes Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, que fue la respuesta de los intereses nacionales a las presiones de la guerra fría, y en la que más de quinientos jóvenes ligados a las guerrillas urbanas y rurales fueron desaparecidos o muertos, contribuyó a sustentar la postura crítica de los estudiantes universitarios. El ejercicio brutal del autoritarismo mexicano de esos años ocurrió de manera casi oculta para la mayor parte de la población y por ello a México se le conoció como la “dictadura perfecta”, a la que ahora el “nuevo PRI” aspira.
 
En este contexto, los profesores y estudiantes de la Facultad de Ciencias y de otras facultades de la unam resonaron con el espíritu de lucha de los tiempos y adoptaron posiciones éticas y políticas muy críticas y exigentes. En Ciencias, junto con los órganos colegiados y democráticos, se erigió desde 1973 la Asamblea general como máxima autoridad. Pero para 1980 esta estructura había sufrido un considerable desgaste. Hubo varios factores. Uno de ellos fue que las organizaciones de profesores y estudiantes más serias, con una voluntad de lucha de clases/masas inmediata contra el sistema de explotación capitalista en su conjunto, decidieron “ir al pueblo” para vincularse de manera más directa con movimientos nacionales de masas que se agrupaban en torno a cuatro grandes coordinadoras: la Coordinadora Nacional Plan de Ayala, la Coordinadora del Movimiento Urbano Popular, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y la Coordinadora Sindical Nacional. Este éxodo restó potencia política y seriedad analítica a la Asamblea. Otro factor fue la actitud de enfrentamiento sistemático que adoptaron las autoridades universitarias y la reacción sectaria de organizaciones caracterizadas como ultraizquierdistas de aquellos tiempos, que provocaban enfrentamientos estériles y desmoralizadores. Finalmente, a dicha situación se sumaron los irresolubles conflictos entre las distintas corrientes enfrentadas en la Asamblea (social­demócratas, leninistas, guevaristas, maoístas, trotskistas, anarquistas, etcétera). Esto debilitó la Asamblea quedando frecuentemente como órgano autorreferido, autocomplaciente.
 
Un ejemplo relevante se refiere justamente a la manera en que dicha Asamblea calificó al movimiento en defensa del pedregal, y mostró las dificultades de algunas organizaciones “ultra” para entender la emergencia de los nuevos movimientos sociales. Algunos miembros de estas organizaciones coincidieron con las autoridades de la unam en el sentido de que los terrenos del Pedregal de San Ángel no se debían preservar en una reserva, sino destinarse a la construcción de preparatorias populares. Fue por todo esto que el movimiento estudiantil ecologista se vio obligado a evitar la Asamblea general como un foro para su lucha y, a partir de ello, fue acusado de pequeño burgués. En la actualidad este calificativo parece de broma, en todo caso era infundado.
 
En realidad, el movimiento estudiantil ecologista se desprendió de un grupo de alumnos que participaban activamente, desde fines de los años setentas, tanto en los órganos de gobierno representativos de la Facultad como en la “ida al pueblo”, y que tenían también un profundo compromiso con el desarrollo académico de la Facultad. De su ejemplo surgió en agosto de 1981 un grupo de estudiantes muy activos y propositivos que se reunían en los jardines de la Facultad, al pie de varios árboles de nísperos, y que por ello se autonombraron Los Nísperos. Sus fines eran más pragmáticos y, aunque mantenían una posición crítica y de izquierda, eran explícitamente no doctrinarios, flexibles, adaptables y creativos, lo que dio al movimiento ecologista en defensa del Pedregal de San Ángel su cariz distintivo.
 
El segundo proceso, el académico, surgió en la década de los sesentas y se expresó en una profunda crítica al sistema educativo positivista imperante. Debe comprenderse que en la Facultad de Ciencias, aun en los momentos más álgidos de la lucha por la democratización, nunca fue una opción abandonar el trabajo académico serio, así que éste se cultivó siempre con celo y vehemencia.
 
Fue justo por eso que se intentó construir un modelo de “ciencia con conciencia” que retara al investigador en su torre de marfil y rechazara la neutralidad y objetividad de una ciencia modulada en los países desarrollados y no siempre conforme a los mejores intereses epistémicos y pedagógicos. Se estudió cuidadosamente a Marcuse, Freire, Lévy­Leblond y Foucault, y se habló mucho de la unidad de la investigación y la docencia y el desarrollo de los estudiantes mediante una formación menos técnica y más ligada a una visión crítica, al campo y la práctica. En las aulas de biología también influyó una pedagogía participativa, en donde el aprendizaje se facilitaba por la dinámica de grupo alrededor de mesas redondas; y los biólogos formaban equipos para trabajar en laboratorio o campo. Esta filosofía se reflejó en varias iniciativas: los Grupos Estudiantiles de Trabajo Académico, instaurados en 1973, con sus propios programas de investigación, activos durante diez años. Un año después inició el Programa de Ciencia y Sociedad, que combinaba la crítica de la ciencia y sus teorías hegemónicas, la defensa de la unidad teoría­práctica con el quehacer científico cotidiano y el llamado a construir una “ciencia para el pueblo”, atrayendo a más de cien estudiantes semestralmente en cada seminario. Ambos eran referencias cruciales cuando inició el movimiento de defensa del pedregal.
 
Estos procesos académicos y políticos no fueron del agrado de las autoridades, que desde 1973 habían reforzado sus lazos con el Estado. En 1979, Soberón emitió un acuerdo que separaba las funciones de investigación, que realizarían los institutos, de las de docencia, que corresponderían a las facultades. No eran raros los comentarios que atribuían a los investigadores de centros e institutos mayor capacidad intelectual, que les hacía partícipes de lo que las autoridades en turno llamaron la “universidad de excelencia” para diferenciarla de la “universidad de masas”. Esta última, se decía, había crecido protegida por los movimientos sociales y estudiantiles de los sesentas y setentas y era un mal nacional inevitable que debía ser atendido por los profesores de carrera con menores capacidades de investigación. Esta ofensiva y prejuiciosa propuesta fue explosiva y causó muchísima controversia y malestar e incluso conflictos personales.
 
Muchos de los académicos de la Facultad de Ciencias respondieron a esta política adoptando una o varias de las siguientes estrategias. En buena parte por la inhabilitación que vivía la Asamblea, ninguna de estas acciones pudo ser colectiva o institucional, pero todas fueron influidas por las tendencias democráticas del momento. Consistieron en: 1) profundizar el compromiso como científicos con la democratización de la sociedad y la Universidad, y en algunos casos con los procesos revolucionarios; 2) apoyarse intensamente en la masa estudiantil para realizar actividades de investigación y enseñanza, que por fuerza tenían que ser más democráticas y participativas; y 3) retornar a la academia con mayor vigor. Las iniciativas de los Grupos Estudiantiles de Trabajo Académico y del programa de Ciencia y sociedad fueron ejemplos claros de estos procesos; en cualquier caso, ocurrió un empoderamiento de los estudiantes del proceso de investigación y educación a niveles que serían prácticamente impensables actualmente, y esto fue un hecho fundamental para lo que siguió.
 
En 1981, en el contexto de las prácticas de campo del curso de ecología vegetal que daban las maestras Patricia Moreno y Julia Carabias en el pedregal, se inició un estudio formal de la vegetación en este terreno. Este ecosistema había sido estudiado por Rzedowski, quien había descrito su extraordinaria riqueza y unicidad florística, pero fueron dichas prácticas estudiantiles las que retomaron y actualizaron los estudios para confirmar y sustentar mejor la unicidad de la vegetación. Al realizar su trabajo de campo, los estudiantes de este grupo reconocieron que estaban por iniciar ciertas obras de construcción y, siguiendo los usos y costumbres de la época, lo informaron a finales de 1981 a la comunidad de la Facultad, en una reunión pública realizada en un Aula magna. A esta junta acudieron Los Nísperos y varios otros miembros de la comunidad de la Facultad, y se formó el Comité pro defensa del Pedregal de San Ángel (el Comité), al que luego se integrarían más estudiantes y trabajadores.
 
En esta reunión quedó claro que en adelante habría dos métodos de lucha. Por un lado, los estudiantes y las maestras del curso de ecología vegetal se inclinaban por utilizar un lenguaje especializado para la descripción de lo que ocurría y métodos moderados de convencimiento. En contraste, el Comité privilegiaba un lenguaje radical que motivaría la adhesión y participación activa de la masa estudiantil y de los trabajadores, aunque desde luego reconocía la importancia de los hechos y argumentos científicos y los utilizó de manera habitual en su discurso y propaganda. Estos estudiantes estaban dispuestos a movilizar con actos no violentos, siempre junto con una profunda disposición a dialogar con la autoridad, permitiendo la comunicación entre las partes en conflicto —esto fue fundamental.
 
Las dos formas y visiones de lucha cooperaron involuntariamente, y su acción dio como resultado emergente un fortalecimiento mutuo por un objetivo común: evitar la destrucción del ecosistema. Por un lado, los miembros del curso siguieron adelante con importantes investigaciones y la elaboración del plan de manejo, realizaron labores de rescate de plantas y atrajeron el interés y consenso de algunos profesores e investigadores clave. Por otro lado, los estudiantes del Comité ejercieron la resistencia no violenta de manera directa y con ello detuvieron de facto el avance de las obras y la asignación de presupuestos. También se encargaron de informar a la población universitaria y capitalina del problema para presionar de manera indirecta a las autoridades de la unam. Esto se logró mediante reuniones públicas, marchas, entrevistas y otras acciones de difusión.
 
Hechos y anécdotas
 
Para corroborar las denuncias del autogobierno de Arquitectura y conocer la escala de la lucha que se emprendería, varios miembros del Comité pro defensa del pedregal visitamos las oficinas de gobierno del Distrito Federal y nos entrevistamos con el entonces director general de obras, Francisco Noreña Casado. A partir de entonces, y con una gran fotografía aérea de dos metros cuadrados, los estudiantes del Comité nos empeñamos en informar ampliamente al resto de la Facultad.
 
¡En enero de 1982 las obras ya habían iniciado! Un amplio camino que anunciaba el eje vial 11 sur avanzaba sobre el pedregal frente a la Facultad. Para detenerlo, más de cien estudiantes obligamos a los camiones de la empresa contratista a depositar la tierra que cargaban en la entrada, bloqueando las obras e impidiendo el avance de la construcción. Tras la acción, acudimos inmediatamente a las Oficinas de la Dirección General de Obras de la unam para hablar con su director, Francisco J. Montellano, quien se mostró profundamente molesto por el hecho, pero luego, y por muchos meses, mostró una apertura y disposición al diálogo excepcionales. En lo que a nosotros concierne, Montellano jugó un papel nodal en la gestación de la reserva, y por su honestidad y apertura le dedicamos este ensayo.
 
A esta acción le siguieron, durante muchos meses, varias actividades para conocer y difundir la riqueza de fauna y flora del pedregal y sus peculiaridades biogeográficas y ecológicas. Los estudiantes del curso de ecología vegetal rescataron y resembraron, por ejemplo, ejemplares del pedregal amenazados por el relleno de camellones.
 
En febrero de 1982 se decidió emprender otra movilización. Todo el tránsito de la avenida Insurgentes en dirección de sur a norte se desvió hacia el circuito exterior de Ciudad Universitaria y de ahí a los terrenos del pedregal, para mostrar a los automovilistas su riqueza viva y detallar con carteles su composición de flora y fauna. Después de varias horas, nos dirigimos a las instalaciones de TV Azteca para realizar una manifestación que ampliara el impacto en la opinión pública. Siguió luego una marcha por todo el campus de la unam en la que se logró aglutinar a centenares de estudiantes: la primera manifestación estudiantil ambientalista de México. Con ella se propagó la discusión sobre la relevancia de defender la integridad del pedregal y el tema resonó en muchos ámbitos de la Universidad. Pronto se sumó el descontento de los investigadores del Instituto de Geofísica, quienes en marzo y abril denunciaron que las explosiones de la construcción del metro afectaban negativamente su trabajo, lo que suscitó acciones conjuntas con el Comité. Los hechos fueron cubiertos por la revista Proceso (números 283 y 284 de abril de 1982). Las acciones de información y resistencia continuaron hasta agosto, por ejemplo, un taller sobre el ambiente en Chapultepec y la clausura con barras de hierro y cadenas del portón por el que la basura de la Universidad se introducía a los terrenos del pedregal, que entonces se utilizaba como basurero a cielo abierto. Esta acción obligó a las autoridades a cambiar de estrategia para disponer de los desechos.
 
Una crisis decisiva
 
Mientras que a nivel local seguía activo el movimiento de defensa, en México se desplomaba el desarrollismo efervescente, a causa de la caída de los precios internacionales del crudo y el aumento en las tasas de interés sobre el servicio de la deuda, que se volvió impagable, por lo que en agosto de 1982 el gobierno declaró una moratoria temporal unilateral y en septiembre se decretó la nacionalización de la banca privada y el estricto control de cambios en todo el país. México se sujetó a un proceso de refinanciamiento y, desde entonces, a las políticas de austeridad del Fondo Monetario Internacional. El presupuesto de la unam de 1983 se redujo en términos reales 25% y la contracción económica desvaneció la posibilidad de desarrollar los terrenos universitarios. Sin tener plena conciencia del significado de estos hechos para el movimiento, después de agosto de 1982, los estudiantes del Comité pro defensa realizaron otra acción, que consistió en recabar siete mil firmas en toda la Universidad demandando al rector Rivero Serrano la creación de la reserva. El documento con las firmas fue entregado en sus oficinas en noviembre de ese mismo año. Poco después, una de las autoras de este ensayo dio una entrevista a Radio Educación en la que de nuevo se daban a conocer los planes de destrucción del pedregal y la petición firmada. Pronto recibiría una llamada de la rectoría informándole que la administración estaba considerando seriamente la creación de la reserva y solicitándole que no hiciera más presión por los medios. ¿Qué había ocurrido?
 
Resulta que el grupo del curso de ecología vegetal se había entrevistado con el rector y el director del Instituto de Biología, José Sarukhán, a quien el propio rector había consultado sobre el asunto. Sarukhán apoyó el proyecto de la reserva, en consecuencia, se decidió plasmar un polígono potencial para la misma y eliminar los planes desarrollistas, que se habían vuelto inviables. Con base en este documento se procedió a un decreto oficial, cosa que ocurrió hasta octubre de 1983. ¡Se había triunfado!
 
Desafortunadamente, las negociaciones finales del decreto se vieron empañadas por algunos hechos. En primera instancia, el Comité pro defensa del pedregal fue excluido de estas reuniones y negociaciones, y sólo uno de sus miembros se enteró casualmente el mismo día en que se realizó la ceremonia de firma del decreto y corrió la voz. Debimos acudir de manera extra oficial y, al encontrar las puertas cerradas, irrumpimos por una ventana para presenciar la celebración. En los discursos oficiales y oficiosos de esos días, la participación, las movilizaciones y el papel global del Comité pro defensa del pedregal se ignoró y se dio a conocer el decreto como resultado de negociaciones de oficina entre personalidades “políticamente correctas”. Con este ensayo se corrige esta apreciación de los hechos.
 
Pero más preocupante que la exclusión fue el hecho de que el polígono decretado, de 124.5 hectáreas, era menor al propuesto y acordado con Montellano, además de corroborado en campo por los estudiantes del Comité. El decreto final redujo el área inicial en más de la mitad del terreno. Aun así, toda el área cedida estaba destinada para edificios o infraestructuras universitarias y ninguna para proyectos externos, por lo que la victoria, aunque limitada, era un hecho, y con ella se sentaron las bases para que la distorsión se corrigiera lo largo de los años con nuevos decretos que ampliarían la reserva hasta el tamaño actual de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel: 237.5 hectáreas.
 
Debería de ser claro, a partir de esta narración, que la historia de gestación de la reserva fue compleja. Indisciplinadamente compleja, diría Peter Taylor. En este tipo de complejidad, límites, fronteras y categorías son problemáticas, niveles y escalas no están claramente separados, las estructuras están sujetas a restructuración, los componentes experimentan una continua diferenciación y evolución en relación con sus interacciones, el control y la generalización son difíciles y no existe una perspectiva privilegiada desde la que el observador o evaluador pueda involucrarse y controlar la situación. Podemos, sin embargo, destilar de tal complejidad una conclusión que, resulta importante decirlo, hay que manejar con cuidado.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
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Keen, Steve. 2011. Debunking Economics: The Naked Emperor Dethroned? Zed Books, Nueva York.
Muñoz Rubio, Julio. 2013. “Pseudociencia, biologicismo vulgar y dominación capitalista”, en Ciencia y sociedad: pinceladas, Viscaya, Eduardo, Lucero Pacheco y Octavio Miramontes (eds.). CopIt-arXives, México. pp. 113-122.
Paré, Luisa. 1982. “La política agropecuaria 1976 -1982”, en Cuadernos Políticos, núm. 33, pp. 59-72.
Piketty, Thomas. 2014. Capital in the Twenty-First Century. The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge Massachusetts.
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Nacional, núm. 8, pp. 59-129.
Taylor, Peter J. 2005. Unruly Complexity: Ecology, Interpretation, Engagement. University of Chicago Press, Chicago.

 
     
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Raúl García Barrios
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Estudió biología en la Facultad de Ciencias, UNAM; es maestro en Economía por el Colegio de México y es doctor en economía agrícola y recursos naturales por la Universidad de California en Berkeley.
 
Elena R. Álvarez Buylla
Instituto de Ecología y Centro de Ciencias de la Complejidad,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias en la unam. Realizó el doctorado en Genética y Botánica en la Universidad de California en Berkeley.
 
Eréndira J. Cohen Fernández
Departamento de Ciencias-Preparatoria,
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.
 
Estudió la licenciatura y la maestría en biología en la Facultad de Ciencias de la unam. Tiene una especialización en museos en la Universidad de Harvard. Es doctora en ciencias biológicas por la uam. Fue subdirectora de los Centros de Educación Ambiental del Gobierno del Distrito Federal.
 
Laurel Treviño
Facultad de Ciencias Naturales,
Universidad de Texas en Austin.
 
Estudió biología en la Facultad de Ciencias, UNAM; estudió la maestría en Botánica, recursos silvestres en la Universidad de California en Berkeley.
 
Octavio Miramontes
Instituto de Física,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Estudió la licenciatura en Física en la Facultad de Ciencias, UNAM; es doctor por el Imperial College de Londres.
 
Julio Muñoz Rubio
Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es biólogo y maestro en Ciencias por la Facultad de Ciencias, UNAM; estudió el doctorado en Filosofía de ciencia en la Universidad Autónoma de Barcelona.
     
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cómo citar este artículo
 
García Barrios, Raúl; Elena Álvarez Buylla; Eréndira Cohen; Laurel Treviño; Octavio Miramontes y Julio Muñoz Rubio. 2015. La gestión de la reserva ecológica de Ciudad Universitaria, memorias e implicaciones. Ciencias, núm. 115-116, enero-junio, pp. 98-107. [En línea].
     

 

 

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