revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Oscar Prospéro García
     
               
               
Una adicción se puede definir como una conducta que hemos
adoptado, sobre la cual perdimos el control y que nos lleva al consumo de algo o a la ejecución de algo; es un proceso de aprendizaje. Entre los factores que influyen en el establecimiento de una adicción, en primer lugar está la existencia de la sustancia, si no hubiera sustancias de abuso, nadie sería adicto. Pero sobre todo hay elementos sociales y elementos neurobiológicos. Los elementos sociales sugieren la disponibilidad del producto; está fácilmente disponible el alcohol y el tabaco, un poco menos la marihuana y todavía menos la heroína y la cocaína. Éstas últimas tienen más restricciones, ya sea por el precio o por la dificultad que hay para conseguirlas. Marihuana y tachas son más fáciles de obtener a pesar de que son ilegales.
 
El gobierno ha dividido las sustancias adictivas en aquellas que son legales y las ilegales; consumir las segundas implica una ruptura de la ley y hay sanciones ya establecidas por haberlas consumido. Ésta es más o menos la parte social, muy someramente, pues hay muchos más elementos a considerar. Luego viene la parte neurobiológica; para que una persona se vuelva adicta debe consumir y producir en el cerebro cambios plásticos de aprendizaje iguales a los que suceden cuando aprendemos a decir “Parangaricutirimícuaro”. Básicamente, el cerebro responde igual y cambia su función y sus estructuras acorde con la sustancia que está recibiendo.

Generalmente considerada como una enfermedad, la adicción se caracteriza por la dependencia del organismo a una sustancia o actividad y por la imposibilidad de controlar su consumo o realización a pesar de tener consecuencias negativas. Siempre han existido personas adictas, pero con el paso del tiempo la incidencia es cada vez mayor y la edad en la que las personas comienzan a consumir sustancias de abuso es cada vez menor. Debido a la creciente preocupación de la población y del sector de salud mundial ha habido una serie de investigaciones científicas y antropológicas que intentan abordar las adicciones desde diferentes perspectivas, las cuales deben ser integradas para lograr un mejor entendimiento de este padecimiento.

En México, una de las personas dedicadas a estudiar las adicciones desde el aspecto neurobiológico es Óscar Prospéro García, egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro en psicología y doctor en neurociencias por la misma casa de estudios. A él entrevistamos para recabar sus opiniones, presentadas aquí a manera de un texto corrido, siempre más ameno y fácil de leer.

Inés Gutiérrez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México. 

Ahora, hay quienes se vuelven más fácilmente adictos que otros; por ejemplo, calculamos que 65% de la población entre doce y sesenta y cinco años ha probado alguna vez el alcohol y solamente 6.5% de la población en esa edad tiene un problema en el control del consumo de alcohol. Eso nos habla de que mucha gente lo prueba y no se vuelve adicta, lo consume y tiene control (me refiero nuevamente a mi definición de adicción). Cuando uno pierde el control, en ese momento ya se volvió adicto o dependiente, términos que aquí usare como sinónimos. Las personas que se vuelven adictas o dependientes al alcohol —con esto estoy tratando de ejemplificar el abuso de una sustancia— tienen una vulnerabilidad. Entramos a dos niveles, la vulnerabilidad puede ser genética, es decir, mamá o papá han sido adictos y tienen hijos y esos hijos tienen —de acuerdo con estadísticas y estimaciones— 75% de probabilidad de adquirir la adicción, o sea, de heredar uno o varios genes (tenemos algunos genes candidatos que se modifican) que los hacen vulnerables a la adicción, entonces, si mamá es adicta o papá es adicto y peor aún si ambos son adictos la probabilidad aumenta considerablemente y entonces el sujeto desde que nace tiene una vulnerabilidad a la adicción.
 
Pero no solamente eso, sino que también podemos ir al nivel epigenético, es decir a la expresión genómica. Lo que ocurre en este caso lo voy a poner muy simplistamente: el infante nace con su carga genética normal, no vulnerable a adicciones digamos, pero en el medio ambiente tiene estrés temprano (porque hay negligencia de los padres, maltrato de los padres, abuso verbal, humillación, abuso físico o abuso sexual); todo ello lo hemos explorado y hemos encontrado que en nuestras sociedades existe. Los niños que de alguna manera han pasado por estas situaciones adversas tempranas en su vida parece ser que tienen cambios epigenéticos que los vuelven vulnerables. Voy a decir de manera breve que un cambio epigenético es un cambio en la manera en la que se expresa el gen.
 
Nosotros hemos explorado a una población universitaria a la que hemos clasificado en cuatro tipo de cuidados, lo que nos interesa en dicha clasificación no es cómo realmente ocurrieron los primeros años del desarrollo del sujeto sino cómo los vivió él o ella (hay gente que se siente mal aunque no haya habido mal, por decirlo así). A partir de cómo vivió, el individuo genera sus estrategias y sus genes se modifican en la expresión. Lo que hacemos es explorar con una serie de cuestionarios la manera como recuerdan haber vivido sus primeros dieciséis años. Encontramos que quienes recuerdan que sus cuidadores primarios los trataron muy bien tienen una tendencia baja a consumir marihuana y una alta tendencia a consumir alcohol.
 
Por lo mismo pensamos que es cultural; el alcohol viene acompañando al humano desde tiempos ancestrales, no hay fiesta en donde no se invite a comer y beber. El punto es que si alguien “bien cuidado” es invitado a una fiesta que incluya beber, se presenta consumo pero no abuso.
 
Ya de manera muy anecdótica, no tendría datos fuertes para sustentar lo que voy a decir, tengo alguna experiencia asesorando a las familias que normalmente me preguntan: “mi hijo esta consumiendo alcohol, tabaco o marihuana, ¿qué va a pasar?”. Y entonces les pregunto sobre la familia: “¿se ven bien integrados?, ¿son una familia muy querida entre sí?” y normalmente lo que ha ocurrido es que si el hijo abandona el uso de sustancias —en caso de que sí las haya estado consumiendo—, se debe a una buena comunión o cohesión familiar. Una familia “funcional” propicia que el hijo quede como un consumidor. Es muy difícil que un muchacho o una muchacha bien cuidada sea adicta.
 
Estas observaciones son documentadas, mas no probadas. Trabajamos con modelos y la mayoría de mis estudios son en ratas. Hemos modelado este punto del mal cuidado y la vulnerabilidad a sustancias y lo que hemos hecho es separar a las crías de rata en el segundo día posnatal. Tenemos a la mamá embarazada y estamos vigilantes para ver cuándo nacen los “niños ratita”. Si nacen hoy, por decir algo, a éste le llamamos el postnatal uno y a partir del postnatal dos (o sea mañana en mi ejemplo) lo separamos de su mamá por tres horas diarias. Es decir, están veintiún horas con su mamá y tres horas sin su mamá. Ésta es una situación extrema porque en esas tres horas no está acompañado de nadie, ni está alimentado artificialmente, ni nada, o sea, tres horas difíciles donde está completamente estresado. Lo hacemos por las dos primeras semanas de vida y una vez que se completa este periodo de separación entonces ya los regresamos a su mamá, y se quedan como entre el día quince y el veintidós, cuando sucede lo que llamamos el destete, que es cuando hemos visto que la mamá “los manda a volar”. Entonces los separamos permanentemente de su mamá, pues ya están grandecitos y empiezan a comer y beber solos.
 
Los custodiamos hasta que los consideramos adultos, esto es cuando pesan 250 gramos o más, los dejamos crecer y entonces les ofrecemos alcohol. Por otro lado están los hermanos a los cuales no separamos de mamá y que sirven como grupo control. En ese momento comparamos cómo bebe el hermano separado y cómo lo hace el hermano que se quedó con mamá. Hemos observado que el hermano separado bebe mucho más alcohol que el que estaba con su mamá.
 
Después vamos a buscar qué pasa en el cerebro, cuáles son los cambios. Hay sistemas que propician el placer en condiciones normales: no degustaríamos de unas buenas enchiladas si no tuviéramos un sistema de placer. Hay algo que nos produce placer y el cerebro lo censa, y este mismo sistema es el que también censa el placer que provocan las sustancias de abuso. Nosotros nos dedicamos a estudiar dicho sistema, el cual se vale de neurotransmisores para realizar sus funciones. Uno de los neurotransmisores es la dopamina con sus diversos receptores, otros neurotransmisores que nos interesan (hay muchos más) son las “marihuanas endógenas” o endocannabinoides y sus respectivos receptores. Estudiamos el cerebro de las ratas que fueron separadas antes de ofrecerles alguna sustancia de abuso para saber en qué condiciones se encuentra ese órgano cuando se las vamos a ofrecer. Lo que hacemos es investigar cómo están sus receptores, por ejemplo, para marihuanas endógenas, que son el cb1 y cb2. Encontramos que el cb1 se modifica en las ratas que han sido separadas de la madre, por lo que asumimos que es el estrés temprano el que ocasiona los cambios en la expresión de dicho receptor. Los cambios que hemos visto son un aumento en la expresión en una zona del cerebro llamada núcleo accumbens, que tiene que ver con los sistemas de recompensa, así como una disminución en otra parte del cerebro llamada corteza prefrontal, involucrada en la toma de decisiones y en tareas cognitivas complejas.
 
Estos cambios hacen a la rata estresada diferente de su hermano que se quedó al cuidado de mamá. Aún no sabemos si podemos atribuir estos cambios a una causalidad o relacionarlos directamente con una susceptibilidad a la adicción, pero sí se aprecia una correlación fuerte entre el aumento y la disminución de los receptores, el estrés temprano y, conductualmente, con el aumento en el consumo de alcohol.
 
Actualmente estamos observando también algunos otros indicadores sin manipulación que nos digan si una rata o ratón que ha crecido normal en el bioterio tiene ciertos rasgos o características que puedan ser indicadores de una predisposición a abusar de sustancias. Por ejemplo, si posee una buena capacidad en la toma de decisiones. Creamos un sistema en el cual la ratita tiene que estar decidiendo en dónde mete la nariz para que le demos su reforzador; le damos indicaciones y demás, pero tiene que estar tomando en cuenta las indicaciones que le proporcionamos para tomar su decisión. Otro ejemplo es observar cómo duerme, si duerme más o si duerme menos y si eso nos dice algo: “como duerme menos es más vulnerable o como duerme más es más vulnerable”.
 
Buscamos así marcadores conductuales, neurobiológicos y electrofisiológicos. Cuando hacemos pruebas con humanos para ver cómo duermen les tenemos que poner electrodos en la cabeza, que no son invasivos ni duelen, es decir, cualquier persona aceptaría que le pusieran unos electrodos, solamente tendrían que estar durmiendo en el sitio que nosotros digamos porque allí están los equipos. Si vemos que hay quien tiene un patrón de sueño específico, el cual está por determinarse, entonces le podríamos decir a esa persona que es positiva a un marcador de vulnerabilidad a volverse adicta a sustancias. Eso sería lo ideal.
 
La adicción a la marihuana
 
Hay quien dice que de todas las drogas la marihuana es la menos adictiva, se lo he oído decir incluso a personalidades de gran trascendencia en el país. Creo que la comparación no es justa porque dicen: “mira el alcohol, mira el tabaco y mira la marihuana; el alcohol y el tabaco son altamente adictivos mientras que la marihuana no tanto”. Lo que yo pienso es que están comparando dos sustancias que puedo comprar en el súper (si tengo más de dieciocho años) y consumirlas cuando yo quiera y nadie puede decir nada, especialmente si lo hago en casa. Me fumo dos cajetillas al día si quiero y me tomo la cantidad de alcohol que me permita mi cuerpo antes de caer noqueado y nadie puede decir nada. Eso no es comparable con alguien que se tiene que esconder para fumar marihuana.
 
No es lo mismo traer una cajetilla de tabaco en la bolsa, sacarlo y fumarlo en los sitios que me permitan con la frecuencia que yo quiera, que fumar marihuana, pues si quiero consumirla me tengo que esconder, tengo que ir a cierto sitio, buscar un ámbito protector para que no me juzguen, no me vean mal y en la última de las instancias no me manden a la policía para que me lleve. Bajo tales condiciones no es posible comparar esas sustancias. Si dijéramos: “a ver, yo traigo mi cajetilla de marihuana y tú traes tu cajetilla de tabaco, vamos a ver quien se vuelve adicto al cabo de cinco años”, eso tal vez sería comparable.
 
Hay que tomar en cuenta, además, que el potencial adictivo de cada sustancia es distinto. Farmacológicamente, aquellas sustancias que entran y salen rápido del cerebro son más adictivas que aquellas que entran rápido pero salen lentamente. La marihuana entra y sale rápido del cerebro pero no se elimina, se queda secuestrada en nuestro sistema adiposo y ahí se está liberando por dos o tres semanas, y en las personas de bajo metabolismo hasta cuatro semanas; podemos encontrar rastros de tan sólo unas cuantas fumadas que alguien le dio a un carrujo de marihuana. La marihuana se va muy lentamente del cuerpo y el hecho de que sea retenida en nuestros “gorditos” quiere decir que se está liberando al torrente sanguíneo paulatinamente, vuelve al cerebro y, a pesar de que no produce los mismos efectos, sí evita el de abstinencia. Por eso algunos pueden decir: “ah, yo fumo una vez al mes y eso no es adicción”; pues sí, pero la tiene todo el mes en su sistema.
 
Si la sustancia se va rápido del cuerpo, entonces el sistema la requiere más rápido. Es el caso de la cocaína. Además, los cambios plásticos son más rápidos; la cocaína y heroína son más adictivas justamente porque inducen cambios plásticos más fuertes y no se quedan a satisfacerlos, mientras que la marihuana sí se queda a satisfacerlos. Estos cambios involucran no sólo el sistema de recompensa, sino también la corteza prefrontal. Es el caso del fenómeno de tolerancia; una persona que se emborrachaba con una lata de cerveza ahora se emborracha hasta que se toma seis y a veces más. Son éstos los cambios plásticos. El cerebro dice: “ya no quiero”, se resiste: “no ya no voy a responder a eso” y, sin embargo, el sujeto lo sigue consumiendo. ¿Si ya no le hace efecto para qué la consume? Consume más para que haga efecto. El problema va más allá de la recompensa, está afuera, muy probablemente en la corteza prefrontal, porque el sujeto insiste en consumir algo que ya no le está produciendo gusto.
 
La adicción es un asunto complejo. De entrada, para establecer si una persona que consume drogas se volvió adicta es necesario combinar frecuencia y cantidad. Hemos observado que las personas que consumen una o tres veces como máximo cualquier sustancia, incluida la cocaína, no se vuelven adictos por el sólo hecho de probarla. Lo repiten pero no se vuelven adictos. Aquel que ha probado una droga menos de cinco veces, muy probablemente no se vuelve adicto. Aunque existen personas que “nada más de ver cierta sustancia” se vuelven adictos. Es posible que una persona haya probado alguna sustancia por curiosidad y a éstos les llamamos “experimentalistas”.
 
Es por esto que nosotros también nos dedicamos a estudiar qué parte del cerebro dice: “ya la probé, ya supe a qué sabe pero no voy a seguir porque me puedo enganchar”. A esa parte le llamamos corteza prefrontal porque es la que mide las consecuencias de cualquier actividad que llevamos a cabo.
 
Justo ahora estamos estudiando esto en animales de experimentación, modificándoles la función de la corteza prefrontal para ver si de alguna manera hacemos que evite la utilización de sustancias o se la propicie. Nosotros nos orientamos a un solo sistema, preferencialmente al sistema de marihuanas endógenas, entonces cuando nosotros modificamos estos sistemas de modulación de la conducta como es la corteza prefrontal y algunos núcleos de la base, les modificamos el tono endocannabinérgico. Por ejemplo, hemos visto que propiciamos que la rata consuma mucho más alcohol, que cuando no se lo modificamos, es decir, hay sistemas que están inhibiendo la conducta y son los que parece que se dañan y están bajo la regulación de endocannabinoides, aunque no exclusivamente, también hay otras sustancias, como el alcohol, que no es un problema pequeño, y que las drogas de mayor abuso en el mundo son el alcohol y el tabaco. El tabaco hace más ruido porque mata más claramente a la gente; a pesar de que pasa mucho tiempo antes de enfermarte, sí se han podido hacer asociaciones más claras con la generación de cáncer, enfisema pulmonar, problemas cardiovasculares, por lo que sí se asocia muy fuertemente con la muerte de muchas personas. En México se ha calculado que alrededor de 150 000 o 200 000 personas están muriendo por enfermedades asociadas al uso de tabaco.
 
Prevenir y rehabilitar
 
Ahora, ¿cómo rehabilitar adictos o evitar que siga habiendo adictos? Tengo dos hipótesis y la verdad es que no creo llegar a ver que se pongan en práctica en la sociedad, la vida se pasa muy rápido. Una es preventiva: si lográramos tener indicadores de vulnerabilidad y a una persona se le tomara una muestra de sangre y encontráramos una gran cantidad de genes que digan: “éste lo hace vulnerable a tal cosa” o “mira, tienes estos tres indicadores, por lo cual eres vulnerable, allá tú, es tu vida y demás”. Esa sería mi fantasía: encontrar indicadores que le dijeran a la persona que debe actuar a nivel preventivo.
 
En cuanto a la pregunta que interesa a muchos cuando una persona dice: “¿cómo me rehabilito?, un día decidí hacerlo, pero ya no quiero”. En este punto entra fuertemente la parte del aprendizaje. Aquí estoy ocupando toda la información que generan Federico Bermúdez Rattoni, Roberto A. Prado Alcalá, Gina Girard y muchos otros en el mundo dedicados al estudio del aprendizaje. Para mí y para mucha gente, las adicciones son un aprendizaje con síntesis de proteínas y formación de nuevos botones sinápticos, por lo que la pregunta es: ¿cómo evitamos que tal aprendizaje se dé? La respuesta es simple: con inhibidores de síntesis de proteínas. Pero, ¿cómo hacemos que algo que ya se aprendió se rehabilite? La solución se halla en la reconsolidación de la memoria, en sustituirla con un nuevo recuerdo o interferir su reconsolidación, lo cual también depende de proteínas.
 
Esas son mis dos aproximaciones en cuanto a la prevención y la rehabilitación. Claro, llegar a aplicarlas en humanos es más difícil, aunque no tanto, ya que el humano toma inhibidores de síntesis de proteínas cuando está enfermo de la garganta o de la panza o de alguna enfermedad bacteriana. Yo creo que hacemos investigación que se puede traducir a la clínica, pero todavía no la hemos hecho llegar allá pero creo que estamos cerca.
 
     

     
Óscar Prospéro García
Facultad de Medicina,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Óscar Prospéro García es médico cirujano por la UNAM y maestro en psicología por la misma casa de estudios. Se doctoró en neurociencias en el Instituto de Fisiología de la unam. Durante siete años fue investigador en la Clínica Scripps en La Joya, California, Estados Unidos. Es ex presidente de la Sociedad Mexicana para la Investigación y Medicina del Sueño. Actualmente es investigador titular del departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM y sni nivel III. Ha sido autor de aproximadamente ochenta y cinco artículos originales de investigación y escribió el libro ¿Cómo ves? Las adicciones.
     

     
 
cómo citar este artículo
 
Prospéro García, Óscar. 2017. Cerebro, aprendizaje y adicciones. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 56-63. [En línea].
     

 

 

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