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José Rafael Martínez Enríquez
     
               
               
In memoriam Alba Rojo Cama
...Ora invoca le Sante Muse,
affinchè la poesia che ha cantato
la morta gente risorga.

Dante, Purgatorio, Canto i
     
Tocó a Giotto y a Dante la fortuna de repensar su mundo
y su tiempo. Compañeros en el despertar del siglo xiv, el pintor rindió homenaje al poeta situándolo en el Paraíso en un fresco que se conserva en Florencia, en el Palacio Bargello. A su vez, el legendario artífice de la lengua, en el Canto xi de Purgatorio ya había entronizado al alumno que como pintor superó al maestro: “Creía Cimabue en la pintura tener el cetro y ahora es del Giotto, y la fama de aquel ahora es oscura”. Ambos tomaron de la novedosa “perspectiva” —que era sinónimo de óptica, la ciencia de la visión, entre los siglos xiii y xv en la Europa medieval— las herramientas para renovar su arte, ya fuera induciendo la sensación de profundidad en una pintura o rescatando palabras y conceptos que sustentaran la inteligibilidad de nuestro mundo, otorgando una especie de “visibilidad” a los territorios de lo divino, algo en sí mismo portentoso, lo que apenas podría ser vislumbrado, en gran medida gracias a Dante, con los ojos de la mente.
 
La obra de Dante es una de las más estudiadas en la literatura y, sin embargo, relativamente poco se ha escrito sobre sus vínculos con la ciencia de su tiempo y la óptica en particular. Tal situación es extraña dado que su imaginería descansa notoriamente sobre metáforas extraídas del acto de visión o aparece a manera de comentarios explícitos acerca de los fenómenos ópticos: sean los efectos de las miradas, la acción de la luz, los fenómenos de reflexión en espejos o de refracción de los rayos lumínicos.
 
Que la óptica medieval o perspectiva —como vino a ser llamada a partir de los textos escritos en el siglo xiii por Roger Bacon y Alberto el Grande— desempeña un destacado papel, en la obra de Dante y no sólo en tanto que trasfondo discursivo es algo que fue firmemente establecido por el poeta y traductor italiano Alessandro Parronchi en su clásico estudio “La perspettiva dantesca”, publicado primero como artículo y cinco años más tarde como capítulo del multicitado libro Studi su la dolce prospettiva.
 
En su texto, Parronchi buscó establecer la deuda intelectual de Dante con los autores que llevaron a la óptica a ocupar el lugar de privilegio que se le confirió en los siglos xiv y xv. La conclusión a la que éste llega es que Dante poseía un conocimiento excepcional, no sólo de los textos aristotélicos y platónicos que circulaban en los medios académicos, sino que además había consultado y digerido los escritos de autores cercanos a su tiempo, desde los que como Tomás de Aquino apuntaban a cuestiones de orden teológico hasta quienes constituían la vanguardia del pensamiento óptico más avanzado, entre ellos sus contemporáneos Roger Bacon, Witelo y John Pecham. La obra de estos últimos representó el núcleo de la corriente denominada “perspectivista” e incluía el análisis de la luz desde diferentes enfoques: ontológico, epistemológico y, sobretodo, geométrico.
 
En la Grecia clásica, dos posiciones, grosso modo, buscaban explicar el proceso de visión y lo hacían en términos de un objeto que es observado, un sujeto —sus ojos— que observa y un medio o una sustancia situada entre ambos. La primera, que se podría denominar “intromisionista”, sostenía que había algo —ya fueran átomos o eidolas, que son cubiertas, o efluvios, que se desprende del objeto manteniendo la forma de éste cuando se desplaza hacia el ojo— que emana del objeto, recorre el medio y finalmente ingresa al ojo para que ahí se lleve a cabo el acto de percepción. La segunda, la “extromisionista”, sostenía que una especie de fluido emana del ojo, el cual, ya fuera alterando el medio o extendiéndose hasta el objeto, colecta la información pertinente y la pone a disposición del ojo. A ellas se sumaría una tercera: la propuesta aristotélica que sostenía que la emanación de un objeto luminoso, como podría ser el Sol, altera el medio diáfano para hacerlo transparente y permitir el paso de un flujo que va del objeto al ojo. Dante, como se desprende de sus escritos, recurría a una y otra posición en función de sus necesidades expresivas.
 
La luz
 
El auge del conocimiento óptico durante el Medioevo inicia en el siglo xiii con la traducción latina del Kitab al Manazir (Libro de óptica) de Ibn AlHaytam, mejor conocido en Occidente como Alhazen en el siglo xi. Bajo los títulos en latín De aspectibus o Perspectiva, esta obra recupera y sintetiza la tradición óptica griega —anatómica, física y geométrica— y defiende una variante intromisionista, modulada por la doctrina aristotélica acerca de la naturaleza de la luz. Relevante para nuestro caso es que éste recurría al análisis geométrico de los rayos de luz y con ello daba cuenta de las apariencias de los objetos en la manera como lo había hecho Euclides en su Óptica en el siglo iii a.C.
 
La propuesta de Alhazen se impuso durante el siglo xiii en los círculos académicos europeos y, entre sus principales impulsores, contó con figuras como Bartolomeo el Inglés, Roberto Grosseteste, Roger Bacon, Witelo y Alberto el Grande. Fueron ellos los principales responsables de llevar la óptica, en particular la corriente llamada “perspectivista”, al sitial más elevado de la filosofía natural en el Medioevo. No obstante hubo otros que le añadieron una componente teológica a la óptica, como Tomás de Aquino.
 
En particular, algo que resultaba especialmente atractivo era la idea que hacía de la luz el vehículo superior de la visión de lo divino. Mediante la proyección de sus rayos —directos, intersecados, reflejados, refractados— la luz proporcionaba existencia a las cosas o disolvía su existir, regía y dirigía la vida. Se multiplicaba a sí misma, generando más luz, y todo ocurría en un instante a partir de un punto. Concebida así, la luz era, como lo sostuvo Roberto Grosseteste: “la primera forma corpórea [de la creación]”.
 
Era una época en la que filosofía, ciencia y teología convivían a placer, y gracias a la luz algunas de las mentes más lúcidas creían encontrar el vínculo que permitía entender los métodos y propósitos de dios mediante las formas de acción de la naturaleza. Para los filósofos y los poetas, esta doctrina permitió expresar lo que hasta poco antes quedaba en el terreno de lo inefable.
 
La óptica evoca poesía
 
Conocedor profundo de los escritos de los escolásticos ya mencionados, y en especial de las propuestas amparadas bajo el manto de la perspectiva, Dante diseñó un banquete para los eclécticos: tomó tanto del extromisionismo de corte galénico como de las propuestas intromisionistas los argumentos para adoptar el tropo que más conviniera a su afán de transmitir poéticamente los caminos hacia el conocimiento y la iluminación, pauta que encuentra expresión tanto en el Convivio como en su opus magnum, la Commedia. El Convivio, obra inacabada de la que sólo escribió cuatro tratados de los quince que constituían el proyecto original, incluye múltiples discusiones sobre cuestiones ópticas, con un contenido técnico relativamente sofisticado para alguien que como Dante no se dedicaba a la filosofía natural. Fiel a su vocación, en dicho texto no duda en desplegar la imaginería poética que prefiguraba las cimas que alcanzaría en la Commedia.
 
El uso de la óptica para convocar imágenes poéticas tiene antecedentes predantescos; por ejemplo, a principios del siglo xiii, en El romance de la rosa, Guillaume de Lorris acumula una pléyade de referencias a las propiedades de reflexión de los espejos, tan explícitas como la descripción que hace del efecto que los rayos solares tienen al incidir sobre las aguas de un estanque, provocando la aparición en el fondo de cientos de colores debido a que los rayos se tornan amarillos, azules y rojos por su acción sobre los cristales ahí depositados. Sin entrar en detalles, este pasaje fácilmente se puede interpretar como una alegoría del proceso de visión, simplemente sustituyendo estanque-agua-cristal por ojo-humor-cristalino.
 
En la segunda mitad del siglo xiii, otro autor, Jean de Meun, en su Miroër aus Amoreus se refiere al “espejo generador” o al “bello reflejo de mi dama”, términos que remiten al lenguaje científico propio de la óptica. También hay que mencionar, como antecedente inmediato de Dante, a Guido Cavalcanti quien, en la misma época, en su poema a la joven dama de Tolosa ofrece la siguiente descripción del alma que un amante envía a la amada:
 
“El alma mira en su dulce mirada,
en la que hace alegrarse a Amor,
tanto es a la de su dama parecida;
luego vuelve suspirando al corazón,
herida de muerte por cortante dardo
que esta dama al partir le arroja”.
 
Esto nos enlaza con Dante, que bajo el mismo tenor nos deja las siguientes líneas en el “Donne ch’avete intelletto d’amore” del capítulo xix de la Vita Nouva:
 
“De sus ojos, como sea que ella te mira
surgen espíritus inflamados de amor,
perforan los ojos y prosiguen directo al corazón
de cualquier hombre que [su mirar] encuentra.
Pintado sobre su faz el Amor brilla con tal fulgor
que nadie puede sobre él fijar la mirada”.
 
Existen múltiples evidencias del uso de Los meteorológicos de Aristóteles por parte de Dante; en el Canto x de Paraíso, por ejemplo, encontramos lo siguiente:
 
“Vi yo más fulgores vivos y triunfantes
que de nos hicieron centro y de ellos corona,
más dulces en la voz que en el aspecto lucientes;
así tan ceñida de un cerco a la hija de Latona
vemos a veces, cuando el aire está preñado,
que retiene el hilo que su cintura forma”.
 
Estas líneas ilustran el entendimiento del poeta sobre el proceso que lleva a que un rayo de luz de la esférica Luna forme una figura circular o halo en una atmósfera saturada de agua. Pero además exhibe su incertidumbre, heredada de las disputas entre los doctos autores que ha leído, sobre otras cuestiones como son la naturaleza de la sustancia que compone la Luna. En el Canto ii de Paraíso describe su paso por ésta comentando:
 
“Estar me pareció todo circuido
de nube clara, sólida, infinita,
como diamante por el Sol herido.
Envueltos por la eterna margarita,
nos recibió, como agua que recibe
rayo de luz, y el agua no se agita”.
 
Si la Luna es como nube, entonces es insustancial, pero si asemeja al diamante o a la perla, entonces posee sustancia, es material. Cabe entonces preguntarse: ¿refleja la luz como lo hace la perla o la refracta como el diamante? Y líneas más adelante viene a colación el por entonces problema sin respuesta acerca de la naturaleza de las manchas lunares. Sobre este punto, Beatriz responde a Dante que la causa no puede radicar en la existencia de zonas con diferentes densidades que se extendieran sólo hasta cierta profundidad bajo la superficie lunar; y para justificar su aseveración recurre, haciendo gala de una sorprendente sutileza en su argumento, a un experimento con tres espejos:
 
“Tú dirás, que al mostrarse oscurecido
el rayo aquí, proviene de que en parte
más hacia adentro su refracto ha sido.
A esa instancia, tú puedes contestarte,
con la experiencia que comprueba todo,
y es fuente humana de la ciencia y arte.
Tres espejos prepara, de tal modo,
que dos cercanos, lejos el tercero,
entre los dos promedie tu acomodo.
Si a tu espalda se enciende un candelero,
verás que en todos tres la luz se enciende,
en ti repercutiendo por entero;
y bien que menos grande se trasciende
en el que está de ti más apartado,
verás que igual la triple luz esplende”.
 
Estas líneas no sólo constituyen una descripción correcta del comportamiento de la luz reflejada por espejos bajo diferentes circunstancias, la distancia de la fuente luminosa en este caso, sino que además funciona como una metáfora de las propiedades que exhiben las almas después de la muerte de quienes las portaron. Tomadas de manera conjunta, tanto en estas líneas como en las que se refieren previamente a la Luna se puede entender que las almas reflejan con mayor o menor brillo la luz de lo divino —el Sol—, dependiendo de la bondad de la persona y lo hacen, no a la manera de espejos, sino a semejanza de un cuerpo diáfano. En este caso también aparece una confusión que comúnmente se daba en el uso de las palabras en latín: refracto, refrangere y reflectere.
 
El cader della pietra
 
La obra de Dante expresa una voluntad por conjugar los saberes de su época, y si bien existen aún diversas interpretaciones en lo que se refiere a sus fuentes, el grado de asimilación de los textos que tuvo a su disposición y los significados de sus estanzas hacen evidente el grado de madurez de su discurso “científico” y su elaboración al servicio de la poesía como medio para consolar su alma y alcanzar la paz espiritual. Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho hasta el momento, hay que advertir al lector interesado que aún queda mucho por esclarecer en cuanto a los significados y las intenciones que se ocultan bajo el velo de sus disquisiciones óptico poéticas acerca de la Creación, las Inteligencias angelicales, la luz que emana del Empíreo y las relaciones entre la voluntad divina y la humanidad.
 
Para ilustrar lo anterior e invitar al lector a que se sumerja en las rimas y desvaríos dantescos, a manera de final quedan las siguientes líneas del Canto xv de Purgatorio, primero en el italiano de Dante (edición de Baldassarre Lombardi, 1821), para apreciar su sonido y los velos lingüísticos que dificultan su lectura:
 
 
“Come quando dall’ acqua o dallo specchio
Salta lo raggio l’opposita parte,
Salendo su per lo modo parecchio
A quel che scende, e tanto si diparte
Dal cader della pietra in igual tratta,
Si come mostra esperienza e arte;
Cosi mi parve da luce rifratta
Ivi dinanzi a me esser percosso
Perch’a fuggir la vista mia fu ratta.”
 
La traducción del Padre Mitre, de 1897, nos ofrece una versión de dicho pasaje. Si partimos de que en la Edad Media “reflejada” y “refractada” se empleaban como si fueran sinónimos, dejo al lector interesado el descifrar el fenómeno óptico que en el texto se desata con el cader della pietra.
 
“Cual de un espejo o de agua en que se espeja,
salta rayo de luz a opuesta parte,
subiendo en línea por igual, pareja,
al que desciende; y tanto se departe,
del caer de una piedra desplomada,
según lo enseña la experiencia y arte:
tal la luz parecióme, refractada
al herir mi pupila, y deslumbrado
aparté de sus rayos la mirada”.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Alighieri, Dante. 1304-1307. Convivio. Ediciones Cátedra, Madrid. 2005.
Bosco, Umberto (ed.). 1225. Enciclopedia dantesca. Istituto dell’Enciclopedia Italiana, Roma. 1986.
Grosseteste, Roberto. 1225. “De luce”, en Metafisica della Luce: Opuscoli filosofici e scientifici, Rossi, Prieto (ed.). Rusconi, Milán. Pp. 113-123. 1986.
Parronchi, Alessandro. 1964. Studi su la dolce prospettiva. Aldo Martello, Milán.
     

     
José Rafael Martínez Enríquez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.

José Rafael Martínez Enríquez obtuvo la licenciatura en física en la Facultad de Ciencias, en la UNAM, hizo un master en filosofía en The Open University en Inglaterra. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias, UNAM. Ha publicado artículos de investigación, de difusión e historia de la ciencia. Sus áreas de interés son la historia de las matemáticas, la filosofía natural y las relaciones entre las ciencias y las artes desde la época antigua hasta el Renacimiento.
     

     
 
cómo citar este artículo
 
Martínez Enríquez, J. Rafael. 2017. Metáforas ópticas en Dante, lo divino asoma bajo el velo de la perspectiva. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 4-9. [En línea].
     
       

 

 

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