revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Juan Carlos Martínez García
     
               
               
En la tradición cultural de Occidente la idea de belleza
proviene de la cosmovisión aristotélica, la cual le asocia como formas principales: el orden, la simetría y la precisión. Implícita en esta conceptualización está la noción de equilibrio, esto es de balance; así, un objeto, sea físico o mental, es bello solamente si está en equilibrio. Al extender esta noción clásica de belleza a los sujetos, que han sido caracterizados por el pensamiento filosófico como seres dotados de la capacidad de ser actores de sus actos, se puede decir que son bellos únicamente si están en equilibrio consigo mismos y con su entorno. Por tanto, la existencia de la belleza en un individuo concreto necesita de la vigencia de la armonía en las interrelaciones de lo que lo compone en el plano individual, además de lo biológico, lo que lo constituye en tanto que entidad sociocultural dotada de la capacidad de actuar bajo la guía de sus propias decisiones, al interior de las limitantes impuestas por el espacio social al que pertenece.
 
En términos biológicos, a un ser humano concreto lo forman no sólo la inmensa comunidad de todas y cada una de las células que dan forma y sustancia a los diversos tejidos (todas ellas descendientes del cigoto), sino también el conjunto de las diversas especies de microorganismos constitutivos de la microbiota normal, que en simbiosis comensal con la comunidad celular coadyuvan al establecimiento de una armonía dinámica; de ésta depende en gran medida el bienestar corporal. La salud del individuo es un reflejo del equilibrio ecosistémico de la comunidad celular que lo constituye. La dinámica de dicha comunidad, cabe mencionar que está sometida en permanencia a perturbaciones provocadas por el entorno, lo cual incluye la presión ejercida por la acción de virus y de parásitos que, de una o de otra manera, positiva o negativamente, actúan sobre el desarrollo biológico del individuo.
 
Debido a que la existencia humana transcurre en sociedad, la armonía en lo individual depende del equilibrio dinámico y continuo que el individuo sostiene con sus entornos ecológico y sociocultural. La dinámica de la comunidad de entidades biológicas que constituyen al individuo en sí, resuena con la dinámica que constituye al individuo en tanto que entidad social. Siguiendo entonces esta lógica, la enfermedad en el ser humano, entendida como la alteración de la armonía en el individuo afectado, constituye en consecuencia un atentado a la belleza, que toma la forma concreta de una alteración indeseable del equilibrio que sostiene su integridad biológica, ecológica y sociocultural. Así, el cuerpo humano es bello cuando se encuentra en equilibrio, esto es cuando está sano, lo cual se da cuando los entornos ecológico y sociocultural están también sanos, esto es cuando son bellos, debidamente equilibrados. La belleza resulta entonces de la sintonía armónica de los diversos flujos de materia, energía e información que ritman la interacción del individuo con sus elementos constitutivos y con el entramado de entornos con los que interactúa.
 
Lo anterior no significa que no haya belleza en la enfermedad. La plasticidad biológica y sociocultural, esto es la capacidad de modificar los patrones de interrelación que el individuo posee con sus diversos entornos, permite que nuevos equilibrios se establezcan de manera continua y con ello el cuerpo enfermo puede adaptarse a nuevas circunstancias dinámicas, redefiniéndose así la armonía. No es arriesgado afirmar que es en esta capacidad de lo humano donde reside la simbiosis entre dignidad, sufrimiento y belleza. La relación entre las nociones de salud y enfermedad que en esta reflexión establecemos podría llevarnos a concluir que su asociación con lo que aceptamos como belleza, bajo el canon clásico, requiere la inclusión de una escala que gradúe su potencia estética. Esto es, hablar de belleza en términos absolutos introduciría una barrera difícil de franquear al introducir una relación de equivalencia entre salud y belleza.
 
Nada nos impide entonces evitar tal trampa cognitiva, fijando para ello la equivalencia entre salud y belleza más deseable. Esto conlleva necesariamente la inclusión de las expectativas, individuales y colectivas, como factor regulador de la actitud individual y colectiva ante el infortunio, lo cual permite adaptar la conceptualización de lo estético a las circunstancias cambiantes del estado de salud. Así, la percepción social de la salud y de la enfermedad está condicionada por decisiones tanto individuales como colectivas, no necesariamente conscientes, que dan sentido y caucionan el significado vital del sufrimiento.
 
La acepción científica de lo individual
 
Esta manera de comprender aquello que conforma al individuo, a la vez cuerpo físico dotado de vida y sujeto sociocultural cambiante, inmerso en un contexto ecológico sometido al accionar humano, desafía los enfoques tradicionales de la práctica científica, la cual ha estado regida hasta nuestros días por una lógica de la hiperespecialización en la adquisición y gestión del conocimiento científico. Es una característica de la así denominada megaciencia contemporánea que se gestó en el contexto socioeconómico de las conflagraciones bélicas de la primera mitad del siglo xx e hicieron posible la asignación de grandes recursos materiales y humanos a dicha empresa científica en las naciones económicamente desarrolladas.
 
Esta dinámica se fortaleció en el contexto de la Guerra Fría durante la segunda mitad del siglo xx, dando lugar a la sociedad tecnológica de nuestros días con sus pros y contras socioculturales (incremento de los flujos globales del capital en todas sus vertientes y degradación acelerada de los ecosistemas planetarios, por ejemplo).
 
Desafortunadamente, con la megaciencia se impuso en la mecánica de evaluación de este quehacer el así denominado productivismo científico, el cual asocia dicha actividad a procesos de cuantificación del conocimiento que se sirven de métricas de utilidad del conocimiento publicado en revistas especializadas. El productivismo científico ha dificultado de sobremanera no sólo el desarrollo de enfoques multidisciplinarios en el quehacer científico, sino también de aquellos tratamientos que requieren por necesidad la interdisciplina y la transdisciplina.
 
Este enfoque ha sido puesto en evidencia por el ecologismo, cuyos orígenes se remontan al Romanticismo europeo de fines del siglo xix, estrechamente asociado a la dinámica sociocultural del movimiento pacifista global gestado en respuesta a la amenaza termonuclear surgida de la Guerra Fría, principalmente en la comprensión de fenómenos complejos tales como los que se han manifestado en el contexto de la evolución del clima planetario a consecuencia de la consolidación de la civilización industrial y sus formas contemporáneas.
 
El estudio de fenómenos resultantes del comportamiento de sistemas dinámicos cuyos componentes interconectados por vínculos que dan lugar a propiedades del sistema no admiten explicación a partir de las propiedades de los elementos aislados, los así llamados sistemas complejos, se está traduciendo en nuestros días en la creación de las ciencias de la complejidad. En plena efervescencia, éstas colocan el estudio de las consecuencias de las interdependencias dinámicas como foco central del proceso cognitivo en la indagación científica. En el contexto del estudio del individuo, dicha perspectiva científica se acerca a su comprensión sin aislarlo de los diversos contextos que lo explican.
 
Las interdependencias que ligan a los conglomerados celulares con la microbiota y los entornos ecológico y sociocultural, moldeadas en permanencia por fuerzas evolutivas naturales y socioculturales, dan lugar a dinámicas informacionales que sólo pueden aprehenderse, en toda su complejidad, mediante la aplicación de herramientas científicas y socioculturales que requieren la interacción continua de enfoques cognitivos diversos en los que conviven niveles elevados de especialización junto con tratamientos multidisciplinarios.
 
Esta manera novedosa de tratar la complejidad informacional necesita también de la intradisciplina y la transdisciplina para edificar una verdadera visión holística del ser humano que evite la tentadora constitución de oquedades epistémicas en las que se enquisten vicios intelectuales regidos por el interés, tales como los que hacen de la práctica biomédica una extensión de la lógica de mercado que impera en nuestros días, dominada por el interés económico. Dicha práctica concibe la salud del individuo como un proceso generador de ganancias para los proveedores de tecnologías biomédicas y condiciona la práctica científica a la obtención de conocimiento útil para sus fines, llegando incluso a la simulación de lo científico cuando esto sirve a fines mercadotécnicos caracterizados por la ausencia de lo epistémico. Si bien la diversidad de enfoques en la adquisición y el uso del conocimiento profundiza la comprensión de los fenómenos de la vida, no todos los enfoques ni todos los usos están plenamente justificados, en particular cuando éstos no colocan su prioridad en el bienestar objetivo del individuo.
 
Dada la gran complejidad que involucra la salud humana —esto es la preservación de la belleza (deseable), que de cierta manera puede ser utilizada para definir lo humano—, ésta se inscribe de lleno en las líneas de acción de las ciencias de la complejidad, en conjunción con virtuosos esquemas socioculturales de acción centrados en el cuidado de la armonía sociocultural y ecosistémica. Tales pautas de acción se fortalecen al alimentarse del sustrato cultural que las sustenta, a su vez nutridas por acuerdos colectivos motivados por la resistencia a las dinámicas de desintegración de los tejidos sociales y naturales, lo cual puntualiza la inevitabilidad de la inclusión de lo político en toda praxis científica promotora de la integridad epistémica.
 
De la misma manera que a la protección de los ecosistemas se le ha teñido con la significación cultural que acompaña al poderoso concepto de paisaje, con su gran carga estética asociada que moviliza al cuerpo social en la protección de la armonía de lo natural ante su interacción con el ser humano y sus necesidades, la protección de la salud humana se enriquece al ser moldeada por lo estético.
 
En su sentido más profundo, lo estético actúa como aglutinador de lo culturalmente deseable con la práctica médica derivada de la interacción de ciencia y cultura, acopladas éstas a la observación de normas sociales sustentadas en la aceptación de obligaciones sociales reacias al egoísmo. La biología de sistemas, forma contemporánea en plena gestación de la ciencia biológica, marca así la pauta cultural de construcción de una nueva manera de abordar la comprensión del fenómeno de la salud humana. El entendimiento de lo que significa la salud humana en toda su complejidad requiere para su preservación los equilibrios naturales y socioculturales que sean necesarios para la sobrevivencia de nuestra especie, lo cual no puede ser ajeno a la preservación de los entornos en los cuales se da su existencia.
 
Biología y ciencia de los datos
 
Los avances espectaculares de la ciencia y de la tecnología contemporáneas han incrementado de manera notable nuestra comprensión del fenómeno biológico y con ello también los riesgos que han acompañado desde siempre, la adquisición de toda empresa humana centrada en la gestación de conocimiento. Los progresos de la biología actual se dan en un contexto que trasciende las aspiraciones culturales de la ciencia, debido sobre todo a sus implicaciones en la conformación de la tecnología biológica.
 
La interrelación de ciencia y tecnología es inevitable, para bien y para mal. Así, la evolución científica y tecnológica de la biología molecular hizo posible el planteamiento del proyecto del genoma humano, que inició en 1990 y fue declarado completo en el año 2003. Un ambicioso proyecto financiado básicamente por los Institutos Nacionales de Salud y el Departamento de Energía de los Estados Unidos, este último heredero directo del Proyecto Manhattan que llevó a los Estados Unidos (y a sus aliados ingleses y canadienses) a la obtención de la bomba atómica y con ello a la consecuente destrucción de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial.
 
El proyecto del genoma humano se inscribió desde sus inicios en el contexto de los esfuerzos continuos de los países anglosajones por sostener su predominio sobre los asuntos del mundo, sirviéndose para ello de la ciencia y de sus frutos instrumentalizados bajo la forma de tecnociencias —concebidas como medios de producción de mercancías. Los fondos presupuestales consumidos por el proyecto, alrededor de tres mil millones de dólares estadounidenses, hicieron posible el lanzamiento de las llamadas tecnologías de cribado de alto rendimiento. Aunque este costo es importante, no deja de ser irrisorio cuando se le compara con los gastos en armamento o con los consumos de videojuegos o de tiempo aire en el mercado de la telefonía móvil. En lo que respecta a las tecnologías de cribado, estas innovaciones tecnológicas asociaron técnicas básicas de la biología celular con métodos automáticos que se sirvieron de la óptica, la química y el análisis de imágenes, entre otras —dependientes en gran medida del cómputo—, para determinar en el humano la secuencia de pares de bases químicas que componen el ácido desoxirribonucleico (adn), la celebre molécula informacional fundamental de la vida.
 
Los conocimientos científicos adquiridos en el marco del proyecto del genoma humano, así como las soluciones tecnológicas derivadas, se han traducido en nuestros días en la constitución de numerosas bases de datos que almacenan información de índole celular relativa al genoma, el proteoma (proteínas codificadas por el genoma) y el transcriptoma (moléculas del ácido ribonucleico mensajero), que dan soporte empírico a las denominadas ciencias ómicas: genómica, proteómica, metagenómica, metabolómica, epigenómica, transcriptómica, etcétera.
 
El análisis de tal información, plagada de incertidumbre por las limitaciones tecnológicas y la misma naturaleza de la información biológica, ha coadyuvado a la comprensión de fenomenologías biológicas por demás importantes, como la elucidación del hecho de que la inmensa mayoría de los pares de bases constitutivas del adn no codifican proteínas, esto es que los genes codificantes de proteínas constituyen sólo una pequeña fracción de la información almacenada en el genoma, únicamente entre 1 y 2% del genoma humano consiste en exones que codifican alrededor de los veinte mil genes humanos codificantes de proteínas. Los resultados del proyecto del genoma humano constituyen un gran logro, aunque matizado en cuanto a sus ambiciones originales; secuenciar el genoma de un organismo no significa comprender en su totalidad los pormenores de la dinámica de su realidad biológica. Vista como un paisaje de gran riqueza informacional, incluye al genoma como una de las numerosa entidades que la constituyen, ninguna de las cuales existe en aislamiento.
 
Con el advenimiento de las ciencias ómicas llegó también la tentación de inscribir a la ciencia biológica en los dominios de acción de la denominada ciencia de los datos, la cual se enfoca en la comprensión de los fenómenos que dan origen a éstos mediante la aplicación de procedimientos computacionales diseñados para reconocer patrones repetitivos en ellos, una visión que depende en gran medida de esquemas conceptuales dominados por la conocida metáfora computacional, la cual considera a los sistemas biológicos como computadoras vivientes (de hecho hay quienes denominan procesos de computo líquido a las reacciones bioquímicas).
 
Desde tal perspectiva el adn es visto como un software y la evolución biológica como una suerte de proceso algorítmico. Es una visión informacional de lo biológico que deriva en gran medida de la conceptualización de los genes como las entidades informacionales que constituyen el objeto central del proceso evolutivo —conceptualización en proceso de caducar ya que no resiste la confrontación con la integración en curso de la ecología con la biología del desarrollo y la evolución. Sin embargo, la influencia cultural de la metáfora computacional en biología es muy fuerte, en gran medida debido a la presión constante que ejercen los intereses de la industria global del cómputo en colusión con las colosales industrias farmacéuticas. No se puede pasar por alto que esta simbiosis entre el imaginario colectivo (sometido en permanencia a la presión de la industria de medios) y los agentes económicos dominantes a escala planetaria influyen en la formación misma de los investigadores científicos y la selección de pautas de investigación en el campo biológico.
 
Conforme se consolida la orientación computacional en la ciencia biológica, se propagan en ésta los enfoques tecnocientíficos que dieron lugar a los modos contemporáneos de la astronomía observacional y de la física de altas energías; sin embargo, a diferencia de éstos, en donde prevalece la homogeneidad estructural por la interacción de objetos relativamente simples (átomos) vinculados mediante asociaciones también relativamente simples (regidas por las leyes fundamentales de la interacción materiaenergía), los sistemas biológicos a todas las escalas (desde lo biomolecular celular hasta lo ecosistémico) se caracterizan por la predominancia de la heterogeneidad.
 
Lo anterior, evidentemente, limita los alcances de los enfoques computacionales en el contexto de la biología, pero no evita que constantemente se emitan promesas de corte mercadotécnico los cuales afirman, de manera por demás acrítica, que las tecnologías ómicas permitirán en el corto plazo la resolución de una gran diversidad de problemáticas de interés humano, entre las que se incluye desde la cura de las enfermedades crónico degenerativas (el cáncer y el Alzheimer), mediante esquemas de intervención individualizados, hasta la administración sustentable de los ecosistemas planetarios para satisfacer las necesidades de la población humana.
 
Si bien es innegable la importancia de las tecnologías ómicas en la comprensión de una rica diversidad de fenómenos biológicos, su verdadera utilidad se incrementa cuando se les asocia con esquemas de indagación científica que toman en cuenta las particularidades y especificidades de la realidad biológica.
 
La heterogeneidad estructural y organizacional de los sistemas biológicos, que involucran una gran riqueza de especies biomoleculares (componentes informacionales tales como el adn y las diversas clases de moléculas de ácido ribonucleico —mensajero, de transferencia, ribosómico, interferente—, proteínas, metabolitos primarios y secundarios, etcétera), vinculados funcionalmente mediante diversos esquemas informacionales en los que predomina la retroalimentación, dificulta en extremo la aplicabilidad de metodologías de exploración empírica que privilegian la búsqueda estadística de patrones recurrentes en los datos extraídos de la exploración tecnológica de dichos sistemas. Afortunadamente, la evolución científica y tecnológica ha dado lugar al desarrollo de nuevos métodos de exploración de la funcionalidad biológica, entre los cuales se encuentran la microfluídica, la citometría de flujo y la secuenciación a nivel de célula única, entre otros, los cuales permiten minimizar las restricciones que han acompañado el uso de métodos estadísticos, que observan la realidad biológica por medio de medidas que invisibilizan las especificidades del comportamiento espaciotemporal de células individuales y de comunidades celulares altamente organizadas (incluso cuando están compuestas de números relativamente pequeños de células, tales como los nichos de células troncales en organismos multicelulares).
 
Es necesario puntualizar y reiterar que la innovación en la ciencia y la tecnología biológicas son un resultado importante de los condicionantes socioculturales, lo cual da lugar a dinámicas retroalimentadas que influyen en la formulación misma de las agendas de la investigación científica.
 
La formalización en biología
 
La utilidad de nuevas tecnologías de indagación de lo biológico se enriquece al ser acompañada de metodologías formales de descripción de las dinámicas de los sistemas biológicos. Tales métodos formales consisten en medios de representación del conocimiento que se sirven de objetos lógicos ligados entre sí con base en reglas de interacción, codificadas a su vez por reglas inmersas en un entramado conceptual de corte axiomático. Debido a las diversas ventajas que presentan, la aplicación de métodos de modelado matemático y computacional permiten la formalización del conocimiento adquirido en el marco de la ciencia biológica. Tales métodos han progresado enormemente, expandiendo hacia el dominio de lo biológico metodologías provenientes inicialmente de la descripción formal de los sistemas dinámicos físicos, que usan básicamente para ello herramientas del cálculo.
 
La interrelación de métodos estadísticos de reconocimiento de patrones —aplicados a la información generada por las tecnologías de cribado de alto rendimiento— y las metodologías formales de modelado matemático y computacional de sistemas biológicos aporta sustancia al tratamiento conceptual de la biología de sistemas —al cual se suele denominar enfoque abajoarriba—, que parte de la caracterización detallada de los procesos básicos subyacentes a la funcionalidad biológica y luego se enlazan para elucidar procesos de mayor complejidad, sosteniendo en todo momento una perspectiva holística.
 
Desafortunadamente, el tratamiento abajoarriba no es aún predominante en la ciencia biológica, la metáfora computacional tiene una gran influencia en la representación del conocimiento de lo biológico y domina la biología de sistemas mediante el enfoque arribaabajo, que privilegia la obtención de resúmenes de los sistemas bajo estudio, sin especificar detalles. Este modo de abordar la complejidad de lo biológico sustenta a la denominada biología computacional; por su parte el modo abajoarriba da forma a la biología matemática. La convivencia virtuosa entre la biología matemática y la biología computacional es el gran reto en la construcción de la biología de sistemas. En lo que concierne el estudio de los procesos biológicos que sustancian el desarrollo, el enfoque abajoarriba ha dado lugar al formalismo del paisaje epigenético, cuyos méritos y logros crecen de manera constante, además de poseer una inspiración de corte estético que acentúa la importancia del envolvente cultural que orienta la construcción de medios de representación del conocimiento de índole biológica en el caso que nos concierne.
 
Una perspectiva estética
 
Para la ciencia biológica contemporánea la comprensión del desarrollo de los organismos multicelulares, la elucidación de los pormenores del proceso que va de la constitución del embrión a la edificación del organismo adulto, constituye su máximo foco de atención. En él conviven: la teorización del proceso evolutivo, la narrativa que puntualiza el significado de lo contingente y la evidencia empírica restringida a los modos de acción de las tecnologías, los cuales dominan el proceso de adquisición del conocimiento, obligando a la comprensión de procesos dinámicos dominados por la heterogeneidad estructural y funcional en los componentes constitutivos, así como de los vínculos dinámicos que los asocian. Los sistemas biológicos son complejos y, como tales, en ellos la autoorganización y la adaptibilidad, a la luz de lo evolutivo, instrumentan procesos que potencian características fundamentales de los seres vivos, tales como la plasticidad y la evolvabilidad, encausando así la evolución misma de lo evolutivo.
 
El indeterminismo probabilista omnipresente en las reacciones biomoleculares, aunado a la predominancia de lo contingente en el desenvolvimiento de la existencia de los ecosistemas, cataliza la edificación de estructuras dinámicas que dan forma a lo vivo y en ellas se proyecta la potencia estructurante de la materia moldeada en permanencia por los procesos de minimización de gradientes que regulan la termodinámica de la vida. Ésta es la realidad evidenciada empíricamente en la que se da el desarrollo de los organismos multicelulares y para cuya comprensión se ha elaborado el formalismo del paisaje epigenético. A este respecto, y de manera general, la noción de paisaje está claramente anclada en lo estético, al dar un rol principal al observador en la apreciación de lo vivo. La responsabilidad con la que el observador asume su papel fundamental en la dinámica de lo vivo depende de la calidad de las construcciones científicas, que guían sus procesos adaptativos de toma de decisiones bajo las normas del espacio social en el que está inmerso.
 
La realidad innegable de la influencia de las actividades humanas en los ecosistemas terrestres, lo que dio lugar al Antropoceno, da soporte a la hipótesis que asocia la evolución de la vida en la Tierra con las explicaciones humanas, lo cual incluye necesariamente el posicionamiento estético que guía la organización del conocimiento obtenido mediante la indagación empírica en función de las pautas propuestas por las construcciones teóricas de la ciencia. Reiteremos entonces que en la práctica social de la ciencia hay presencia de lo estético.
 
La noción cultural de paisaje se genera en Occidente en el campo del arte pictórico renacentista, comprendido inicialmente como un decorado que dispone de valor estético, que hace de la representación de la naturaleza en el espacio cognitivo social una entidad estética. Este modo cultural de representar la naturaleza ha influido en la construcción de los modos de adquisición y representación del conocimiento, moldeando culturalmente a la ciencia misma.
 
La idea de paisaje epigenético fue acuñada por el biólogo inglés Conrad Hal Waddington a principios de los cuarentas como una metáfora del desarrollo biológico. El concepto propuesto por Waddington representa la manera en que en los organismos, entendidos como entidades informacionales asociados a la transmisión de los caracteres hereditarios del organismo concernido, los genes podrían interactuar dinámicamente con su entorno para producir el fenotipo, las características observables del organismo. Es altamente probable que la construcción metafórica de Waddington haya sido resultado de la interacción de su mente entrenada para la teorización científica y el análisis filosófico con su trabajo analítico en torno a la relación entre las ciencias naturales y la pintura en el contexto de la corriente modernista en el arte del siglo xx.
 
Uno de los primeros grandes logros de la biología de sistemas es la formalización rigurosa de la metáfora de Conrad. En efecto, la noción actual de paisaje epigenético se sirve del enfoque de estado de los sistemas dinámicos para caracterizar el destino celular, esto es el proceso que lleva a la célula desde un estado indiferenciado hasta un estado plenamente diferenciado (potencialmente reversible). En el contexto celular suele caracterizarse a los sistemas biomoleculares de interés como redes de agentes (genes, en el caso de las redes de regulación de la expresión génica), vinculados mediante interacciones funcionales (complejos compuestos por sitios de amarre del adn y los factores de transcripción correspondientes, por ejemplo).
 
El estado de una red específica (el conjunto de variables que describen en el tiempo al sistema de manera completa) está constituido por el conjunto de las concentraciones de los agentes en el medio en el que ocurren las reacciones. Los puntos de equilibrio del sistema (los estados específicos en los que el sistema se estaciona) se corresponden directamente con fenotipos celulares.
 
En el caso del desarrollo, se ha concluido que éste es coordinado por redes genéticas de regulación estructuradas funcionalmente de manera modular, cada módulo coordinando un proceso de desarrollo específico. Un ejemplo de esta fenomenología biológica lo constituye el módulo de regulación genética que coordina la construcción floral. Un conjunto sorprendentemente pequeño de genes interactúa en este módulo y con el entorno para coordinar en el tiempo y el espacio el proceso de diferenciación celular que produce los linajes celulares que van dando forma a los órganos florales (sépalos, pétalos, estambres y carpelos), esto en función de la interacción del módulo con su entorno dinámico, el cual modifica las probabilidades con las que el sistema cambia de circunstancia de equilibrio. Así, cada célula en un órgano específico posee una identidad fenotípica propia que se corresponde con un punto de equilibrio dado del módulo de desarrollo. El paisaje epigenético asociado a este módulo caracteriza las circunstancias intrínsecas (dependencias del sistema con respecto de las fluctuaciones probabilistas en los niveles de concentración de los agentes biomoleculares involucrados: el ruido molecular endógeno) y extrínsecas (interacción con el entorno: ruido molecular exógeno, así como los estímulos externos que codifican la interacción del módulo con otros sistemas intra y extra celulares).
 
El formalismo del paisaje epigenético reconoce y promueve de manera explícita la naturaleza multiestable del sistema biológico asociado, así como la dependencia que presentan las transiciones fenotípicas con respecto de las interacciones del sistema con su entorno. En la práctica, el paisaje epigenético suele formularse mediante herramientas propias del cálculo y de su exploración con la finalidad de elucidar fenómenos asociados a la dinámica del sistema descrito, empleando diversas clases de herramientas computacionales, lo cual permite caracterizar posibles experimentos y también darle sentido biológico a datos almacenados en los repositorios que almacenan los resultados de la aplicación de las tecnologías de cribado de alto rendimiento.
 
De la metáfora de Conrad Hal Waddington a la explotación del formalismo del paisaje epigenético se ha recorrido un largo trecho. En la actualidad, el formalismo comienza a emplearse para darle sentido a los datos provenientes de la investigación biomédica, es decir, la ciencia de la biología de sistemas está en proceso de gestar una nueva clase de tecnología médica.
 
La estética en el ámbito de la medicina
 
Hemos dicho que la enfermedad en el ser humano puede ser vista como un hecho estético, o sea, como un atentado a la belleza. La noción de fealdad en este sentido captura la negatividad que produce en nuestro ser sociocultural la alteración indeseable del equilibrio que sostiene la integridad biológica, ecológica y sociocultural. También hemos puntualizado que el cuerpo humano lo consideramos como dotado de belleza cuando está en equilibrio, condición que ocurre cuando los entornos ecológico y sociocultural son sanos, cuando son bellos. Si bien hasta cierto punto la enfermedad está inscrita en el orden natural de las cosas, por la realidad material que hace de nuestra existencia un proceso acotado, también es cierto que en gran medida los procesos dinámicos que dan lugar a la enfermedad son potenciados por anomalías en la regulación de los intercambios que ligan al cuerpo con su entorno.
 
El cuerpo humano mismo es un paisaje y como tal se sostiene en lo material por intercambios regulados de materia y energía y en lo social por pautas de comportamiento y convivencia sociocultural, también sometidos a dinámicas de regulación. En el contexto de las enfermedades crónico degenerativas, usualmente asociadas a los procesos de envejecimiento, se dan fenomenologías biológicas ligadas al desarrollo; así, el cáncer epitelial ocurre cuando ciertas células constitutivas de un determinado tejido pierden la capacidad de mantenerse integradas a éste, iniciando procesos de desdiferenciación que coadyuvan a su vez a la gestación de procesos de diferenciación celular usualmente asociados con etapas del desarrollo embrionario. Bajo ciertas condicionantes instrumentadas por los procesos de regulación que conectan la célula con su entorno, la célula alterada puede generar un linaje celular perteneciente a una nueva clase de células (las senescentes) cuya interacción con un entorno excitado por dinámicas inflamatorias puede a su vez dar lugar a células que poseen el fenotipo mesenquimatoso y que se caracterizan por una conectividad laxa, conocida precondición para la carcinogénesis. El proceso que permite la transición de lo epitelial a lo mesenquimatoso es un claro ejemplo de funcionamiento anómalo en la regulación genética, ocasionado por la pérdida de armonía en los equilibrios que ligan el organismo con su entorno.
 
El formalismo del paisaje epigenético provee medios conceptuales cualitativos para ligar la regulación de procesos de diferenciación celular inducida con la modulación del estilo de vida. En efecto, la respuesta inflamatoria está íntimamente asociada a la dieta (así como a diversos procesos dinámicos potenciadores del estrés), por lo que la caracterización de los procesos biológicos que ligan el estilo de vida a la dinámica de regulación genética y epigenética, los cuales establecen el balance entre diferenciación y proliferación celular, es así un requisito indispensable para abordar el tratamiento del cáncer epitelial desde una óptica regida por estrategias de intervención preventivas.
 
La estética, entendida bajo la lógica aristótelica que asocia la belleza al orden, a la simetría y la precisión, encauza una articulación cultural de la medicina a la luz de la biología de sistemas. A diferencia de la perspectiva tecnocientífica que con el fin de tratar enfermedades, se centra en la búsqueda de biomoléculas —ante todo lucrativas para sus inventores, fabricantes y comercializadores— la biología de sistemas ofrece la oportunidad de fortalecer lo preventivo conectando lo médico con lo ecológico, cobijado por lo que la armonía social puede denominar sin timidez como lo estético.
 
La ciencia, refugio en disputa de lo objetivo, se fortalece al aceptar la realidad de la influencia de las construcciones cognitivo culturales que han encausado la imaginación que guía las pautas de su quehacer exploratorio.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
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Waddington, C. H. 1970. Behind Appearance. A Study of the Relations between Painting and the Natural Sciences in This Century. mit Press, Cambridge, Mass.
     

     
Juan Carlos Martínez García
Centro de Investigación y de Estudios Avanzados-Instituto Politécnico Nacional y Centro de Ciencias de la Complejidad de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Es ingeniero mecánico electricista por la UNAM, hizo el doctorado en teoría matemática del control automático en la Escuela Central de Nantes, Francia. Actualmente trabaja en el Departamento de Control Automático del Cinvestav-IPN y en el Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM. Sus intereses incluyen los aspectos teóricos del control de sistemas dinámicos abstractos.
     

     
 
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