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Daniel Rolando Martí Capitanachi
y 
Arturo Velázquez Ruíz
     
               
               
El debate de si la arquitectura es una ciencia o un arte data
de la Antigüedad. Desde los romanos, y aun durante el Renacimiento, era muy difícil distinguir nítidamente entre un arquitecto, un ingeniero, un artista y un científico, como el caso que atañe a por citar uno ampliamente conocido y debatido.
 
La arquitectura, sin duda, tiene rasgos netamente científicos, sobre todo los relacionados con la física y las matemáticas que son necesarios para calcular —los elementos de soporte de una estructura, por ejemplo; no obstante, a la vez la misma disciplina hace uso de elementos estéticos, creativos, relacionados más con la percepción y el arte, como el manejo de luz y sombra para provocar sensaciones en el usuario.
 
De igual forma, en el urbanismo —primordialmente en la planeación urbana— se ha tratado de calcular y organizar por medio de diversas fórmulas y parámetros la forma de nuestras ciudades —estableciendo indicadores matemáticos tales como densidades, coeficientes de ocupación del suelo y utilización del suelo, por citar algunos. Sin embargo, no podemos descartar que gran parte del diseño final de algún nuevo sector de la ciudad habrá de depender de la capacidad del diseñador para generar armonía en la organización de sus diversos componentes, un asunto más ligado a cualidades propias de un artista. Así, la arquitectura y el urbanismo se han debatido entre lo artístico y lo científico, entre la creatividad y la razón; prueba de ello es la evolución en la traza y la morfología de las ciudades en su devenir histórico.
 
Las ciudades mesoamericanas comparten esta misma conjunción. Las particularidades urbanas y arquitectónicas de Monte Albán, singular asentamiento humano en los valles de Oaxaca, muestra claramente las influencias artísticas y científicas en la concepción de un hábitat humano.
 
Entre la arquitectura del México prehispánico, Monte Albán sobresale sin duda, no sólo por la singularidad de su edificación, sino por su arreglo urbanístico ligado particularmente a la astronomía, como lo han señalado varios estudiosos del tema. En aparente contradicción con otras formaciones urbanas prehispánicas, esta ciudad fundada por los zapotecos, se ubica en lo más alto de una montaña aislada del valle de Oaxaca, es decir, no aprovecha los terrenos llanos que éste ofrece, equiparables a las condiciones topográficas seleccionadas por otros pueblos mesoamericanos para la fundación de sus ciudades. Tal vez sea éste el primer rasgo de originalidad de la cultura zapoteca en lo que se refiere a su entendimiento del urbanismo y la arquitectura.
 
Fue una de las ciudades más importantes de Mesoamérica, con una población de 35 mil habitantes, equiparable durante su apogeo al doble de la ciudad de Tlaxcala en la actualidad, lo que nos da una idea de su complejidad. Es un sitio que denota una concepción del orden, lo cual se aprecia en la disposición de sus conjuntos urbanos y el detalle de sus edificios, producto de una muy rígida estratificación social y económica, pero con bases muy distintas a las de las culturas del Golfo o el Altiplano central.
 
El conjunto urbano de Monte Albán se conforma de edificios civiles, teocráticos y funerarios que se emplazan en hileras en los extremos oriente y occidente de un gran espacio abierto al que sólo se puede acceder o salir desde aperturas opuestas, ubicadas entre los mismos edificios. Las porciones extremas norte y sur son ocupadas por edificios con basamento que a su vez se ubican sobre los puntos topográficos más altos y desde los cuales se obtiene una perspectiva que domina la plaza en toda su amplitud. Existe una direccionalidad en la traza de la ciudad, cuyos puntos de orientación corresponden a nortesur, la cual aprovecha la planicie —parcialmente natural pues fue inducida mediante terrazas en ciertas partes— que se ubica en la parte más alta del cerro.
 
Se trata de una ciudad construida a lo largo de siglos y, sin embargo, con una unidad de concepción asombrosa, lo que evidencia quizá la existencia del equivalente a un plan maestro de nuestro tiempo. En su libro Arte prehispánico en Mesoamérica, Paul Gendrop cita a Paul Westheim: “los principales ejes no mantienen entre sí una relación rigurosa, sino que se tuercen, se desvían unos con respecto a otros: resulta interesante observar, por ejemplo, cómo la masa de los tres edificios que ocupan el centro de la plaza viene a balancear, integrándolo de manera definitiva en la composición general [...] La simetría se ve aquí remplazada por las extraordinarias relaciones que se establecen entre los espacios abiertos y los edificios, en un verdadero alarde de asimétrica armonía”. Autores como Sifuentes Solís, a partir de análisis gráficos, concluye que efectivamente existe una relación entre los espacios abiertos y los edificios con base en rectángulos de proporción raíz de cinco y sus progresiones geométricas, lo que da cuenta de una intención en el manejo de los espacios abiertos al menos en el centro ceremonial.
 
La estructura de Monte Albán adquiere caracteres propios dados por su emplazamiento geográfico distante del Altiplano central, y por la evolución de la cultura zapoteca a lo largo de dieciocho siglos, que retoman elementos arquitectónicos como el tablero talud teotihuacanos, reinterpretado en tablero escapulario.
 
Las exploraciones de esta ciudad se iniciaron en 1919, pero el trabajo de investigación arqueológica formal empezó hasta fines de 1931, cuando se liberaron las estructuras, una por una, hasta integrar el conjunto urbano, descubriéndose una plaza rodeada totalmente de edificios, un espacio delimitado por fachadas continuas que da la idea de un patio interior, y que en el nivel arquitectónico es retomada en la zonificación de los edificios existentes. Esta idea de interioridad es rasgo ya distintivo para Monte Albán durante el periodo Clásico, en donde cada edificio se distribuye alrededor de patios, de manera semejante a como ocurre en Teotihuacan, convirtiendo el patio en un vestíbulo que da acceso por medio de escalinatas con alfardas a cada espacio.
 
Las fases de su historia
 
Para su estudio, la cultura zapoteca, y en especial la ciudad de Monte Albán, ha sido dividida en fases. La primera, conocida como Monte Albán I, se contabiliza del año 650 a 200 a.C., aunque se cuenta con vestigios cerámicos que testimonian rasgos de la cultura zapoteca que se remontan a 900 a.C. El esplendor de la cultura olmeca repercutió sobre todas las culturas mesoamericanas y, a pesar de la lejanía, su influencia en Monte Albán es innegable; allí algunos de sus rasgos se absorbieron pero modificados, especialmente en la cerámica y el relieve, y un poco menos en la arquitectura y el urbanismo.
 
A la primera época corresponde el Templo de los danzantes, estructura de piedra que adiciona a las rampas propias de Mesoamérica la intención de la verticalidad a través de muros que anteceden a las alfardas. Posteriormente éstos serán elementos que caractericen las construcciones zapotecas y darán origen al uso de tableros decorados con grecas entre los mixtecas.
 
Es muy probable que desde esta época se empezara la organización de la gran plaza central, dando con ello pie a la interpretación que hacen los arqueólogos del dominio de la idea urbanística entre los zapotecas. De nuevo las palabras de Westheim sobre el conjunto urbano y a la posición de los edificios de Monte Albán: “así surge un conjunto de espacios concebidos no como simple yuxtaposición de edificios o de plazas, sino como una viva relación de espacios [...] todo un sistema de espacios vivos que se complementan, se absorben, se corresponden mutuamente; multiplicidad de elementos que integran una unidad orgánica [...] una sinfonía espacial”.
 
Monte Albán II se inicia en el año 200 a.C. y se prolonga hasta el principio de la era cristiana. En general, se trata de una continuación de los rasgos culturales de la época anterior. En la Historia de México de Bernal se menciona que en esta época se lleva a cabo la nivelación de la punta del cerro, conformando casi en su totalidad la gran plaza que es pavimentada por completo con estuco. Semejante hazaña no fue fácil y requirió devanar promontorios rocosos y rellenar en otros casos pequeñas depresiones del terreno, y cuando no fue posible eliminar tres pequeñas cimas, éstas fueron cubiertas con edificios, aprovechándolas así como núcleo de los mismos.
 
Ante tal proeza de ingeniería, Gendrop señala que existe en Monte Albán un sentido sublimizado del espacio, donde la ciudad parece haberse ensamblado a la estructura del monte, modelada por la mano del hombre, sólo comparable al sitio de Machu Pichu en Los Andes del Perú. En cuanto a la arquitectura, en esta época se continúan los edificios funerarios que caracterizaron a la primera, y se adicionan las tumbas, las pinturas al fresco sobre murales, así como la intención de combinar techos de dos aguas con techos planos.
 
Ciencia y ciudad prehispánica
 
Lo anterior nos da indicios de conocimientos avanzados de arquitectura y urbanismo que permitieron llevar a cabo tales edificaciones; sin embargo, también da muestra de conocimientos científicos relevantes, como lo señala Jesús Galindo Trejo en un artículo publicado en la revista Ciencias, “La astronomía prehispánica como expresión de las nociones de espacio y tiempo en Mesoamérica”. En Monte Albán, como en el resto de las ciudades prehispánicas, se realizaron cuidadosas observaciones astronómicas que permitían a sus habitantes calcular fechas precisas, para lo cual las edificaciones presentan una alineación calendáricoastronómica como el Edificio enjoyado o Embajada teotihuacana.
 
Johanna Broda va más allá y afirma que las edificaciones en el mundo prehispánico son marcadores artificiales, símbolos que nos permiten entender una “escritura”, en este caso, la arquitectura y su concordancia con el ambiente natural. Se tenía la capacidad tecnológica de diseñar y construir edificios en coordinación exacta con el fenómeno natural que querían hacer resaltar, explica en “Arqueoastronomía y desarrollo de las ciencias en el México prehispánico”, y para demostrarlo efectúa un análisis de varios conjuntos prehispánicos, entre ellos Monte Albán (figura 1).
 
En el mismo sentido en Historia de la astronomía en México se afirma: “según mediciones de Aveni y Hartung, el plano muestra las siguientes alineaciones asociadas con los edificios J y P que abarcan un complejo simbolismo astronómico: 1) línea perpendicular a la entrada del edificio J que conduce hacia una apertura en la escalinata del edificio P donde se encuentran un tubo artificial y abajo una recámara que permiten observar los pasos del Sol por el cenit (mayo 8 y agosto 5); 2) línea perpendicular a la escalinata del edificio J que conduce a la entrada de P y, sobre el horizonte apunta hacia la salida helíaca de Capella correspondiente a la época de construcción de estos edificios (250 a.C.). En aquella época la salida helíaca de Capella coincidía, además, con la fecha del primer paso del Sol por el cenit en la latitud geográfica de Monte Albán (17º03’ N); 3) bisector de la forma de flecha que compone el lado opuesto del edificio J, que para el mismo año 250 a.C. apuntaba hacia cinco estrellas de particular luminosidad (la Cruz del Sur, Alfa y Beta de Centauro), mostrando así una coordinación planeada entre los tres tipos de alineaciones mencionadas”. Incluso existen espacios al interior de los basamentos que se afirma fueron creados específicamente con fines de observación astronómica, como la cámara cenital del edifico P (figura 2).
 
Epílogo
 
Algunos autores afirman que existe en las civilizaciones prehispánicas una “polivalencia funcional” de sus instituciones, es decir, las estructuras políticas estaban estrechamente ligadas a las religiosas y a su vez con las económicas, por lo que quizá la labor del arquitecto, urbanista y científico zapoteco tampoco debió haber sido fácilmente distinguible como ocurría en Europa durante el Renacimiento.
 
Tal vez aún desconozcamos los procedimientos científicos y técnicos que posibilitaron la construcción de las estructuras de Monte Albán y la planeación en su conjunto del asentamiento, pero queda claro que los zapotecos utilizaron diversas herramientas en la planeación y construcción del mismo, logrando hazañas de arquitectura que nos sorprenden hasta el día de hoy.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Bernal, Ignacio et al. 1975. Historia de México. Tomo 2 de 3. Salvat Editores de México, S.A., España.
     Broda, Johanna. 1986. “Arqueoastronomía y desarrollo de las ciencias en el México prehispánico” en Historia de la astronomía en México. Editado por: Marco Arturo Moreno Corral, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, pp. 65-102.
     Galindo Trejo, Jesús. 2009. “La Astronomía prehispánica como expresión de las nociones de espacio y tiempo en Mesoamérica” en Ciencias, núm. 95, pp. 26-27.
     Gendrop, Paul. 1979. Arte prehispánico en Mesoamérica. Editorial Trillas, México.
Marquina, Ignacio. 1928. Estudio comparativo de los monumentos arqueológicos en México. Secretaría de Educación Pública, México.
     Marquina, Ignacio. 1951. Arquitectura prehispánica, Parte primera. Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Educación Pública, México.
     Ramón Lligé, Adela. 1976. “La cultura zapoteca”, en Los pueblos y señoríos teocráticos. El periodo de las ciudades urbanas. Segunda parte. Editado por Zenil Medellín et al., SEP-INAH. México.
     Sifuentes Solís, M. Alejandro. 1994. “La geometría de la gran plaza de Monte Albán. Una exploración aproximativa con rectángulos”. Universidad Autónoma de Aguascalientes, núm. 12, pp. 38-52.
     Torres Rodríguez, Alfonso. 1999. “La observación astronómica en Mesoamérica”, en Ciencias, núm. 54, pp. 16-27.
      Westheim, Paul et al. 1969. 40 Siglos de Arte Mexicano. Tomo I de III. Editorial Herrero, México.
     

     
Daniel Rolando Martí Capitanachi
Facultad de Arquitectura,
Universidad Veracruzana.

Doctor en Arquitectura por la Universidad Politécnica de Madrid. Profesor de Tiempo Completo adscrito a la Facultad de Arquitectura, Universidad Veracruzana.

Arturo Velázquez Ruíz
Facultad de Arquitectura,
Universidad Veracruzana.

Maestro en Planeación Urbana por la Oxford Brookes University. Profesor de Tiempo Completo adscrito a la Facultad de Arquitectura, Universidad Veracruzana.
     

     
 
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