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La nueva biblioteca de México
 
 
Javier Barreiro
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La Biblioteca Vasconcelos es la obra cultural de mayor relevancia construida en México en la última década. Un proyecto tan discutido como discutible, sea en términos arquitectónicos o institucionales. Sin embargo, el imponente edificio de Alberto Kalach, que costó (oficialmente) 120 millones de dólares −inaugurado hace meses y que ya se encuentra clausurado dadas sus pésimas condiciones−, es una excelente ocasión para reflexionar sobre las complejas relaciones entre arquitectura y cultura, espacio público y poder.

Uno se puede preguntar, ¿para qué construir una megabiblioteca en el siglo xxi? Si el objetivo es combatir el ­analfabetismo e inculcar el placer de la lectura, una biblioteca tal vez sea el objeto equivocado; al menos si está concebida como contenedor de libros que un hipotético usuario irá a consultar. Esta toma de partido es el detonante para una reflexión sobre la Biblioteca Vasconcelos, cuya estrategia formal y funcional permite indagar no sólo en el sentido del edificio, sino en su capacidad de promover de forma eficaz la cultura.
 
 
Un proyecto bíblico

Si la discusión sobre el concurso que en 2004 declaró vencedor al proyecto de Alberto Kalach hizo correr ríos de tinta, lo relevante hoy es que el edificio existe, y a partir de ese hecho tiene sentido analizar y discutir la validez de su realidad formal, contextual y operativa.
 
En los últimos meses, varios artículos aparecidos en la prensa mexicana apuntaban aciertos y desatinos ligados a los dos referentes conceptuales del proyecto ganador: el arca y el jardín; con sus arquetipos implícitos: el arca de Noé y el jardín del Edén.

No sería ocioso ahondar en sus implicaciones político-culturales (¿el saber se acumula?), ideológicas (¿la cultura es lo que debemos salvar de la inevitable hecatombe, producto de la maldad humana?) o morales (¿dios perdonará a los elegidos premiándolos con la entrada al jardín del Edén?). También habría que cuestionar la concepción epistemológica que rige el proyecto (¿el saber llueve del cielo?) y su reflejo en términos formales (¿los racimos de anaqueles sugieren que el peso de la cultura va a aplastarnos cual castigo divino por nuestra ignorancia?)

Esta visión de quien, en pleno siglo XXI, concibe el acceso a la cultura y al saber desde una perspectiva bíblica basada en el pecado, el castigo y la redención es, además de anacrónica, incompatible con el carácter del encargo: una obra pública para una sociedad moderna, laica y democrática. Por otra parte, la idea de que la biblioteca sirviese para articu­lar el espacio urbano donde se inserta, queda abiertamente contradicha con el ocultamiento explícito del edificio en el gran jardín, alienándose del contexto que lo rodea: la colonia Guerrero, una de las más duras de la ciudad.

La obra como sinapsis

Lo dicho no es fácil de conciliar con la trayectoria de Alberto Kalach (México DF, 1960), un arquitecto con un notable sentido de la composición, cuyo lenguaje posee acentos, tanto matéricos como del trazo, asentados en una poderosa tectonicidad de gran lirismo y emocionalidad. Por eso sorprende el volumen exterior de esta obra −monolito sin concesiones ni seducciones−, que remite al brutalismo de arquitectos como Teodoro González de León, Abraham Zabludovsky y Agustín Hernández. Se trata de un prisma deliberadamente tosco: contenedor puro y duro que renuncia a toda sutileza, y donde la monótona escansión de parteluces va pautando un monumentalismo radical, absoluto.

Muy otro es el impacto del interior, cuyo gigantesco vestíbulo de 250 metros de largo por treinta de alto alberga escalonadas secuencias de racimos de jaulas con anaqueles. Los corredores laterales enmarcan esta aglomeración de cubos, enfatizando el reticulado de sinapsis indistinguibles de las metafóricas neuronas que conectan (como se sabe, más que una estructura, un cerebro es un circuito de relaciones) y cuya densa silueta se diluye a medida que nos acercamos.
 
Si en términos técnicos, el protagonismo es de la sección, la innegable potencia del interior está en su condición de antiobjeto, capaz de sugerir un esquematismo basado en las relaciones de escala que generan una especie de alucinación futurista. Este rasgo remite al (en proporción) minúsculo esqueleto de ballena instalado por el artista Gabriel Orozco, que busca dialogar con el gran esqueleto del edificio, concebido como retícula poliédrica y obsesiva que alude a un centro invisible, desde el cual se articularía una totalidad unívoca −rasgo éste tan jerárquico como anticontemporáneo.

El usuario “cableado”

En este sentido, la Biblioteca Vasconcelos podría ser materia para un estudio sobre comunicación social y arquitectura, síntoma de una mutación antropológica de la que no parecen haberse percatado los promotores de esta nueva pirámide —que no podía no estar en esta macrocéfala capital, no fuera que, con el mismo presupuesto, se construyeran diez bibliotecas en provincias o se potenciara el funcionamiento de las casi 7 000 existentes.
 
Habiendo visitado el edificio repetidas veces, lo que más me llamó la atención es la peque­ña multitud de muchachos que va allí porque la conexión a internet es gratuita. Van, literalmente, a conectarse. Una función no disímil a la que desempeña el libro (o el viaje): conectarnos con otras realidades, aunque, en este caso, el código y el mecanismo relacional sean de otra naturaleza.
 
Contra el lugar común, su conexión no es pasiva: entran a todo tipo de sitios, hacen fotos y microvideos, envían mensajes, eligen qué música escuchar, consumen y manipulan imágenes, sonidos, textos… y leen. Sí, leen, aun sin quererlo. Junto a la inevitable dosis de alienación que comporta la avalancha de datos que fluye a través de los medios, tratan de entender el mundo. ¿Cómo? Pues como siempre: seleccionando y decodificando la información que los abruma.

Huelga decir que en el arca del saber casi nadie pide un libro, para desánimo de las decenas de bibliotecarios que vagan como almas en pena por pasillos y escaleras, acercándose con actitud tan solícita como estéril, dado los pocos libros que ofrecen (parecería que los promotores olvidaron que una biblioteca, además de construirla, hay que llenarla de libros y −cosa aún más costosa− mantenerla actualizada). Por mi parte, si hoy tuviese veinte años, no se me ocurriría entrar a una biblioteca y pedir un libro. Creo que no me ayudaría a entender el mundo que me ha tocado.

En resumen: para usuarios del siglo XXI se propuso un programa del siglo xix, creyendo que al ponerle computadoras sería contemporáneo. La propuesta de Kalach parece una mediación. En el futuro veremos su capacidad de adaptarse a una vivencia espacial, entendida ya no como suma de funciones, sino como performance, entendido el término como género expresivo y como “desempeño”.

El arca y el faro

Esto remite a otra obra del mismo arquitecto: el Faro de Oriente, en Iztapalapa, concebido en origen para albergar funciones administrativas en la homónima delegación del Distrito Federal.
Si es verdad que cada arquitecto construye siempre el mismo proyecto −tratando de adaptarlo y depurarlo, según la función, el contexto y el presupuesto−, la continuidad entre el Faro y la Biblioteca salta a la vista. El prisma acostado, articulado en quiebres que excavan el vacío dominante, es casi idéntico en ambos casos, aunque las dimensiones de la biblioteca sean mucho mayores.

El edificio de Iztapalapa, construido en los años noventa, en una de las zonas más duras y marginadas de la ciudad, nunca llegó a inaugurarse y cayó en el abandono, hasta que años después fue ocupado por grupos locales para convertirlo en centro cultural. Así, tras su refuncionalización, el edificio ha asumido un rol vital en un barrio tan castigado. Su estado actual es penoso por falta de mantenimiento, pero la lograda interacción entre arquitectura y proyecto social ha generado un contexto de gran dinamismo. Así, en la relación entre forma y uso, la del Faro de Oriente está resultando más transparente, democrática y creativa: mientras el arca encalla, el faro ilumina a distancia.

Una modesta propuesta

En el surco del célebre panfleto de Swift, si se permitiera que las sigilosas tropas del nuevo ejército de ocupación “on line” se apoderen de las instalaciones, la biblioteca podría convertirse en un foco cultural genuino, centro de aprendizaje y promoción de nuevos lenguajes y aventuras del conocimiento.

Esto presupondría una serie de intervenciones: desde instalar paneles corredizos para conferir dinamismo modular al espacio, hasta una programación rigurosa en el auditorio y áreas colaterales; que las jaulas de anaqueles puedan convertirse en cabinas para ver películas, escuchar música o acceder a materiales de todo tipo; para conectar el libro con el audiovisual, el graffiti con la pantalla interactiva, acabando de una vez con la falsa antinomia entre cultura visual y cultura letrada. Claro que estas iniciativas deberían estar guiadas por un equipo inteligente, que sepa escuchar y entienda que para impulsar actividades efectivas, primero hay que averiguar qué necesitan los usuarios, sin presumir saberlo de antemano.
 
El temor es que los gestores de la biblioteca no estén dispuestos a ceder su escaparate institucional a esta nueva humanidad ávida de entender el mundo. Y sería una oportunidad desperdiciada, porque en vez de un centro de cultura viva tendríamos otro mausoleo.
Javier Barreiro Cavestany
Escritor, poeta y videoasta. Jefe de redacción de la revista de arquitectura y diseño Arquine.
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como citar este artículo

Barreiro Cavestany, Javier. (2008). La nueva biblioteca de México, después del diluvio. Ciencias 89, enero-marzo, 42-45. [En línea]
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