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Observaciones sobre las viruelas y la manera de prevenirlas. Carta II
 
 
 
Ramón Aureliano Alarcón
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Continuando con la lectura del misionero jesuita sobre los tratamientos que aplicaban los habitantes de la China para remedio de tan funesto mal y que esperamos nos preserven de los achaques que pueda padecer nuestra máquina, exponemos los siguientes remedios que el padre Entrecolles remite en su Carta edificante. Antes de transcribir lo relatado por el ilustre jesuita prefiero agradecer la generosidad de los editores de esta Gaceta por dar a la luz estas observaciones. No por carecer de algún buen entender me atengo a las luces de aquellos célebres sabios que en los días que corren tienen “verificados descubrimientos físicos, porque indagan los efectos de la naturaleza por el camino más seguro, cual es la observación esacta y libre de preocupaciones”. Justifiquemos más estas reflexiones con algunas experiencias más decisivas del sabio Br. don Joseph de Alzate, cuya fama e interés en sus gacetas y otros escritos suyos atraen en estos días a varios ingenios penetrantes. Pues que el “solicitar arbitrios para prolongar la vida de los hombres, proporcionarles medios para que se liberten de las asechansas de la muerte, cuando esta no es natural, son oficios propios del hombre.
 
Con mayor empeño los deben de ejecutar los que se dedican á instruir al publico por cierta especie de impresos... Pero raro es el que escucha a sus semejantes que aclaran o perfecciona algun arbitrio útil; el amor propio que nos ciega, el partido que se toma por interés, u otros motivos semejantes, son otras furias que intentan sofocar cualquiera producción útil y provechosa á la humanidad...”
 
 
Quedando hasta aquí la cita del sabio, expondré ya lo asentado por el jesuita Entrecolles: “Para salir bien con el methodo de ingerir las viruelas, se han de escoger las escamas de la mejor calidad: necesitan las escamas frescas de algun temperamento para templar su acrimonía, y consiste en que se corta en trozos la raíz de la escorzonera: se le añade un poco de regaliz, y se echan ambas en una porcelana de agua caliente: cubrese el vaso con la gassa fina, y sobre ella se dexan por un rato las escamas de las viruelas, puestas al suave vapor de agua, y de los ingredientes: luego se quitan de allí, y se ponen a secar. Adquieren de esta manera el grado y temperamento que conviene. Las costras, guardadas por el espacio de un mes, ó más, no necesitan de esta preparación: basta templarlas con la suave transpiracion de un hombre, que goza de una buena salud, que las lleva consigo por algún tiempo antes de servirse de ellas. Observese que las costras, tomadas del tronco del cuerpo, del pecho, de las espaldas, etc. son las mejores: y guardese bien de no servirse de las que estaban en la cabeza, cara, pies, y manos. Si se quiere ingerir en seco las viruelas, tomese el capullo de un gusano de seda, y pongase en él las costras necesarias: luego insinuense en la nariz izquierda si es muchacho, y en la derecha si es muchacha: alli se dexaran solamente por tres horas. tro modo hay tambien de ingerir las viruelas: Se toman las costras echas polvo, se mexclan en un poco de agua tibia, y se hace una composición espesa: se encierra esta pasta en un envoltorio de algodon delgado, se pone en la nariz del niño o niña, dexando alli por seis horas. No tardará mucho en sobrevenir la calentura, y al sexto día se verán las señales de las viruelas. Se secarán los granos, y caerán en el espacio de doce días. Ara bañar en agua las (costras), se ha de hacer con un palo de morera: generalmente en la China se sirven de esta madera para limpiar todas las medicinas” (reproduzco un dibujo de dicha planta tomado de un tratado que tuve a la vista). Añade el padre Entrecolles: “En seis ocasiones no se deben ingerir las viruelas: primero, si el niño no tiene un año cumplido: segundo, si es un joven, que ha entrado en diez y seis años de edad: tercero, si el sugeto tiene alguna enfermedad exterior: cuarto, si tiene alguna indisposición interior: quinto, en el Verano, y en los grandes calores: sexto, cuando la semilla no es de buena calidad”. Enseguida el jesuita reflexiona sobre las sutilezas de la última receta, pero no por cansar al amable lector y sin restar fuerzas a las observaciones del ilustre autor, dejemos para otro papel aquellas reflexiones. Paso a la última receta: “me ha sido dada en forma de un pequeño libro manuscrito, y dividido en artículos: su titulo es: Tchaung teo kan fa: lo que quiere decir, Reglas que se debe guardar ingiriendo viruelas. El niño a quien se ingieren, ha de ser sano, robusto, y libre de toda enfermedad: segundo, se assegura si la sutura esta perfectamente reunida, y cerrada: y assi no se debe intentar sembrar las viruelas, hasta que el niño tenga tres años, y teniendo mas de siete, no se debe hacer la experiencia: tercero, ha de estar el niño exempto de enfermedades interiores, y habituales, sin que tenga en parte alguna del cuerpo, sarna, apostema, empeyne, ni ligeras ebulliciones de sangre, para que su vientre no este demasiado suelto: cuarto, guárdese bien de ingerir las viruelas, si el niño mira muchas veces al través, como si estuviera bizco, si la parte de la oreja cercana a las sienes es dura, mucho menos si es sordo, si tiene la nariz tapada, y si orina con dificultad. Creen los Chinos que las referidas señas pronostican, que vivirá poco el niño. Quinto: seria una tentativa inutil, si tuviera el niño grandes ojos, á los quales saltasse la carúncula, o lagrimal, situado en el rincon del ojo, ó si tuviera el Hircus terminando en punta, y no es redondo, como en los demás de los hombres: sexto, la estación de los grandes calores, ó excesivos frios, seria contraria á la operacion, como tambien si reynan enfermedades, si el tiempo es irregular, demasiado seco, humedo, o nublado. Advirtiendo que tiene el niño las disposiciones necesarias, se le ha de preparar con una bebida propia a disipar la malignidad, o a purificar la sangre, y los humores del cuerpo; y diez, u once días despues de este remedio, se ingerirán las viruelas, y no antes”. El padre jesuita pasa a describir la mezcla de la bebida “propia a disipar la malignidad” mediante el uso de distintas plantas como guisantes negros, guisantes verdes... métodos que por sí mismos y cuyas composiciones relacionadas a los síntomas necesitan una explicación más amplia y motivo de otras observaciones, antes de bien alabar la excelencia de sus remedios, y si corresponde el suceso a sus promesas a pesar de las dudas que expone el jesuita Entrecolles. Pero remitimos al lector a otra Carta edificante, ésta escrita por fray Ángel Antonio Núñez de la Orden de San Francisco desde la misión de Sta. María de Bacerac en los fines de Sonora: “Quien con razon alguna podra afirmar, que en quanto á las hiervas medicinales que en otras regiones existen, no las habra las mismas tambien en otras regiones, y quando no otras que tengan las mismas cualidades? Quien me podra asegurar, que ha habido algún Botanico, ó Herbolario tan subtil, que haya investigado las hiervas medicinales de todo el mundo, para poder afirmar que se hallan solo en unas Regiones, y no en todas? Lo cierto es que todos los que han escrito de hiervas medicinales las han allado en las partes en donde han habitado: mas si ahora muchas de ellas no parecen, no es el motibo el que no las haya sino la falta de semejantes hombres: El no haber otros, que no solo no conozcan las hierbas mismas, sino que aun ignoren los nombres de ellas que o los antiguos las pusieron á su advitrio, ó se han corrompido en el discurso del tiempo”.
Referencia bibliográficas (faltan)
Ramón Aureliano Alarcón
Instituto Mora.
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como citar este artículo

Aureliano Alarcón, Ramón. (2000). Observaciones sobre las viruelas y la manera de prevenirlas. Carta II. Ciencias 58, abril-junio, 47-48. [En línea]

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