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El juego de las esferas
   
 
   
   

Nicolás de Cusa

Colección Mathema, Servicios Editoriales de la Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994

   
                     
En un texto donde Giordano Bruno hace confesión
de los textos que plantaron en su mente la idea de un cosmos compuesto de un número infinito de mundos, los nombres de Copérnico y de Nicolás de Cusa aparecen ligados de manera recurrente. Al divino Cusano lo reconoce como su otro maestro, el recursor matafísico de la nueva visión “física” del cosmos, el fin del Medievo y el inicio de la modernidad. Así lo supieron entender sus propios contemporáneos y quienes contemplan en su obra el nuevo espíritu de Renacimiento. Su fama descansa en La docta ignorancia (1440), y sobre ella mucho se ha dicho y escrito, pero un estudio sistemático de su pensamiento reclama el rescate del anonimato relativo en que han quedado trabajos tan importantes como De visione dei (1435), los diálogos incluidos en Idiota (1450) y los menos conocidos que escribió durante los últimos cuatro años de su vida y en los que intentó resumir las ideas y especulaciones que consideró valía la pena rescatar. Entre dichos textos se encuentra el De ludo globi (1462-1463), diálogo donde se exponen ideas sobre la estructura del universo y desarrollos metafóricos que ligan al hombre con el cosmos tanto en cuerpo como en alma. El hombre como creador, como imagen finita del Creador, como rector de su propio reino, son temas que desarrolla el cardenal conforme explica el sentido y las reglas que rigen el juego de las esferas que nos presenta. Con los pies en la Tierra, y después de transmitir la idea del hombre como peregrino, como bola que se desliza en el tablero de las esferas cósmicas siguiendo los arcanos que la fortuna le depara, pasa a un análisis axiológico en el que la acuñación de moneda sirve de escenario para discutir algunos presupuestos que sostienen el orden social y el cósmico. Con ello termina este juego del conocimiento, diseñado por el Cusano para ilustrar la capacidad de invención del alma, misma que distingue al hombre de la bestia.
 
 
El embrujo del lago
 Gabriel Espinosa Pineda        
 
El sistema lacustre de la cuenca de México en la cosmovisión mexica. Instituto de Investigaciones Históricas e Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1996       
 
La hipótesis de este libro, sustentada en varios ejemplos, es que a veces la importancia cultural de un animal no tiene en absoluto vínculo alguno con si es comestible o no, o si es dañino o no, o si es decorativo o no. A veces lo relevante puede ser —al margen de su belleza o fealdad— el diseño de su plumaje o su pelaje: los dibujos que presenta pueden parecer relevantes en un sistema completamente ajeno: el de la iconografía, el del conjunto codificado de mensajes, el de la escritura icónica, el de los colores y diseño de la religión, de los vestidos, de los mil terrenos visuales en la actividad humana. Otras veces, su comportamiento puede resultar significante para la cultura que lo observa, aunque este comportamiento no afecte o deje de afectar al hombre; sus ciclos vitales, sus metamorfosis, sus asociaciones con otras especies: todo el complejo conjunto de su ser en el medio, de su entretejerse y relacionarse con ese medio. He centrado la investigación en este aspecto: La presencia física del lago, con sus rasgos y sus criaturas, el origen de sus aguas, las características de su flora y su fauna, con sus ciclos estacionales, sus ritmos vivos y recurrentes, ocupó un lugar importante no sólo en la vida material de los hombres que lo poblaron, sino también con toda su multiformidad, en las regiones más inmateriales de la cultura.
 
A las culturas, el lago no sólo les amamantó con sus productos, les unió en las orillas y les comunicó a través de las aguas: les dotó de una imagen del universo que iba más allá de lo que sirve y lo que no sirve; de lo que se come y lo que no.
 
Impresionó sus ojos desplegando ante ellos una multitud de fenómenos a través de los cuales el orden de las cosas se manifestaba: observando la naturaleza se explicaron lo existente: dioses y hombres adquirieron sentido como parte del mismo acontecer cíclico del lago: su transformarse de fuente repleta de víboras y ranas a santuario de aves; de enjambre de murciélagos a hervidero de ajolotes, de abundantes reservorios acuáticos a disminuidos estanques. Año con año, el lago marcaba a través de sus criaturas el transcurrir del tiempo y sus ritmos se reflejaron.
 
La naturaleza misma, el mundo en el que habitó una cultura resulta ser entonces, especialmente en este caso particular, un verdadero acervo de información no procesada capaz de ayudar a la reconstrucción de las ideas y conceptos que dicha cultura tuvo; a comprender su lógica y a contrastar con lo que de esas ideas y conceptos dicen las fuentes escritas, lo que parece expresar la iconografía, lo que ha perdurado en las comunidades indígenas, las evidencias que afloran de la tierra.
 
Esto sobre todo en el caso de una cultura que ha surgido de la larga duración de un modo de vida lacustre; modo de vida que —aunque modificado por la creciente complejidad de la sociedad, mantiene su presencia viva, su influencia física sobre una sociedad que vive en él, que se despierta con los graznidos de sus aves, que se duerme con el croar de sus sapos, con el chirriar de sus insectos; que riega sus cultivos con su agua, las abona con su limo, construye su historia sobre sus aguas.
 
Es el caso de una cultura para la cual, además, el carácter sagrado de lo natural tiene su contraparte en el carácter natural de su religión: los dioses en más de un sentido se identifican (aunque no exclusivamente) con los fenómenos naturales: son éstos parte de la sustancia de aquéllos como aquéllos de la de éstos; al finalizar la presente investigación he quedado impresionado con lo que parece una posibilidad que habrá de sustentarse en otro espacio: la religión mexicana en su conjunto podría ser, en una parte considerable, una codificación peculiar de los fenómenos naturales que conformaron el entorno mexicano y de buena parte de los pueblos mesoamericanos. 
 
Fragmento de la introducción
Códice Florentino
 
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