![]() |
![]() |
|||
|
|
||||
|
Manuel Sandoval Vallarta y la física en México
|
||||
| Alfonso Mondragón
conoce más del autor
|
||||
|
|
← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → | |||
|
En el otoño de 1932, Manuel Sandoval Vallarta, un físico que impartía cátedra en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (mit), propuso en Chicago la idea de un experimento decisivo para determinar la naturaleza de la radiación cósmica. Unas semanas después, en la ciudad de México, Luis W. Álvarez llevó a cabo el experimento y descubrió que la radiación cósmica primaria está constituida principalmente por protones y núcleos atómicos. En los años siguientes, un grupo dirigido por Sandoval Vallarta y por Georges Lemaître formuló y desarrolló la teoría de los efectos geomagnéticos en los rayos cósmicos, lo que le valió un amplio reconocimiento mundial. Años después, Manuel Sandoval Vallarta, junto con sus colaboradores, fue nominado al premio Nobel.
A pesar de vivir en el extranjero, Sandoval Vallarta ejerció directa e indirectamente una fuerte influencia en la organización y desarrollo de la física mexicana. En colaboración con Alfredo Baños, su alumno en el mit, organizó en 1937 el primer grupo de mexicanos dedicado a la investigación de la física moderna. De este modo, la fundación de la Facultad de Ciencias, en 1938, y de los Institutos de Física, en 1939, y de Geofísica, una década después, quedó indisolublemente asociada a la investigación teórica y experimental de la radiación cósmica con la que se inició el desarrollo contemporáneo de la física en México.
Manuel Sandoval Vallarta nació el 11 de febrero de 1899 en la ciudad de México. Su padre, Pedro Sandoval Gual, licenciado en derecho, fue director de la Lotería Nacional. Su madre, Isabel Vallarta Lyon, era hija del distinguido jurista y político liberal Ignacio L. Vallarta. Sandoval Vallarta pasó su infancia y adolescencia en el seno de esa antigua y distinguida familia de la alta burguesía mexicana, en la que se entremezclaban las tradiciones conservadoras y liberales con el amor a la ciencia y a la cultura. En 1912 ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria, que en aquellos años era uno de los baluartes de la educación positivista en México. El profesor de física era don Juan Mancilla y Ríos, y el de cosmografía don José de las Fuentes. Estos dos excelentes profesores despertaron el interés del joven Sandoval Vallarta por los estudios de la física. Fue, sin embargo, el profesor de matemáticas, don Sotero Prieto, quien influyó de manera decisiva para definir la vocación de Sandoval Vallarta. El genuino interés que Sotero Prieto tenía por las matemáticas y por la física teórica lo llevaron a organizar seminarios y grupos de estudio con sus alumnos. Ahí se presentaban y discutían algunas de las ideas más novedosas y avanzadas de la física teórica de su tiempo, que por su nivel quedaban fuera del programa del curso regular.
A los dieciséis años Sandoval Vallarta decidió ir a estudiar con sir Joseph Larmor en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Sin embargo, no pudo hacer el viaje porque entre 1916 y 1917 la Primera Guerra Mundial estaba en su apogeo y la travesía por el Atlántico era una aventura muy arriesgada. Después de consultar con varios amigos, su padre le aconsejó que fuera a estudiar a la Universidad de Harvard o al Instituto Tecnológico de Massachusetts, ambos ubicados en la ciudad de Boston. Así, en agosto de 1917, realizó los exámenes de admisión en el Instituto Tecnológico, donde, después de aprobar el plan de estudios de la carrera de Ingeniería Eléctrica, obtuvo el grado equivalente a la licenciatura en 1921. Posteriormente se inscribió en el Doctorado de Ciencias en la especialidad de Física Matemática, obteniendo el grado de doctor en 1924, con una tesis titulada El modelo atómico de Bohr desde el punto de vista de la relatividad general y el cálculo de perturbaciones, que fue escrita bajo la supervisión del profesor H. B. Wilson.
En 1923, mientras era candidato a obtener el grado de doctor, fue nombrado ayudante del profesor Vannevar Bush. En ese puesto, inicialmente hizo un estudio experimental de la transmisión de corrientes de alta frecuencia en conductores, pero muy pronto dirigió su atención a los problemas teóricos. En conexión con la teoría necesaria para explicar los experimentos, Bush, desde 1921, le había sugerido que investigara el fundamento matemático del cálculo operacional de Heaviside, que aprendían los ingenieros como una receta práctica para encontrar la solución de las ecuaciones diferenciales asociadas a los circuitos eléctricos. Sandoval Vallarta demostró, en forma matemáticamente rigurosa, que el método era correcto y lo utilizó para calcular el estado transitorio de una línea de transmisión con circuitos terminales; un problema que, al igual que sus investigaciones experimentales, estaba dirigido a mejorar la transmisión de mensajes telegráficos y telefónicos por un cable submarino. Este método también aplicó al estudio de las oscilaciones mecánicas de sistemas complejos. Simultáneamente desarrollaba su ambicioso proyecto de investigación en física teórica, cuyo tema general abarcaba los problemas más importantes de esta ciencia en esa época: la Teoría General de la Relatividad de Einstein y el estudio de la estructura atómica y la interacción de la materia con la radiación electromagnética. Los resultados de esos trabajos fueron publicados en 1925 y 1926 en el Journal of Physics and Mathematics y The Physical Review. La calidad de sus trabajos, publicados antes de que cumpliera veintisiete años de edad, le dieron fama como uno de los investigadores jóvenes más brillantes, rigurosos y objetivos de su tiempo.
En 1927, Manuel Sandoval Vallarta ganó una beca de la fundación Guggenheim, situación que le permitió ir a la Universidad de Berlín, centro mundial de la física en esa época. Los profesores de física eran Albert Einstein, Max Plank, Erwin Schrödinger y Max von Laue. Con Einstein tomó el curso de relatividad y con Plank el de teoría electromagnética. Schrödinger enseñaba la mecánica cuántica, descubierta apenas el año anterior. Además tomó el curso de epistemología que impartía Hans Reichenbach y, como estaba interesado en cuestiones de exégesis, también asistió al curso de von Harnak. En esos años conoció a Johan von Neumann, a Eugen Wigner y a varios de los jóvenes europeos que más tarde llegarían a estar entre los más eminentes físicos teóricos del mundo. En 1928, al terminar los cursos en Berlín, con ayuda de la misma beca fue a Leipzig, en donde estuvo un año. Ahí pudo conocer a Werner Heisenberg, descubridor de la mecánica cuántica en su forma matricial. Heisenberg, que entonces tenía veintisiete años, había sido nombrado profesor de física en ese año. Por su parte, Peter Debye era profesor de teoría molecular. En 1929, Manuel Sandoval Vallarta regresó al Instituto Tecnológico de Massachusetts y fue nombrado profesor ayudante.
El conocimiento profundo de la física atómica y sus técnicas matemáticas le permitieron asimilar fácilmente las nuevas ideas de la mecánica cuántica descubierta apenas entre 1925 y 1926 por Heisenberg y Schrödinger. La serie de trabajos sobre las Condiciones de validez de la macromecánica, La teoría de la parte continua del espectro de rayos X y La teoría relativista de la mecánica ondulatoria, realizados antes del viaje a Alemania, fue seguida de nuevos esfuerzos por encontrar una formulación de la mecánica cuántica compatible con la relatividad especial, llevados a cabo en colaboración con D. J. Struik y Nathan Rosen. Ese trabajo sirvió a Rosen para obtener la Maestría en Ciencias en el Instituto Tecnológico de Massachusetts bajo la dirección de Sandoval Vallarta. Entre 1921 y 1932, este último publicó una serie de artículos dedicados al estudio de la teoría unificada del electromagnetismo y la gravitación propuesta por Einstein en 1918. Manuel Sandoval Vallarta admiraba a Einstein y conocía a fondo la teoría de la relatividad general propuesta en 1916 por ese autor. Sin embargo, fue un severo crítico de los esfuerzos de Einstein en la dirección de un campo unificado. En colaboración con Norbert Wiener hizo notar que era más urgente unificar la relatividad especial y la mecánica cuántica que buscar una teoría unificada de la gravitación y el electromagnetismo. El tiempo les dio la razón, aunque hay que señalar que este último problema sigue siendo una de las metas no alcanzadas de la física teórica. Con el mismo Wiener, y posteriormente él sólo, demostró que el límite estático de las teorías de Einstein de 1928 y 1929 permitían únicamente soluciones triviales y no llevaban a la importante solución de Schwarzschild de las ecuaciones de la relatividad general.
Esos resultados tuvieron una influencia profunda en los trabajos posteriores de Einstein, quien no tardó en encontrar una nueva forma de la teoría, libre de los defectos señalados. Con Nathan Rosen, Sandoval Vallarta analizó la nueva versión de la teoría y encontró que tampoco era satisfactoria. La publicación de ese trabajo sirvió para estrechar la relación personal de Manuel Sandoval Vallarta con Einstein, que ya era cordial y amistosa. Nathan Rosen fue enviado al Instituto de Estudios Avanzados de Princeton a colaborar con Einstein, y de esa colaboración resultó, entre otros frutos, el famoso trabajo de Einstein, Podolsky y Rosen que critica a la mecánica cuántica.
En el verano de 1932, Don Manuel se encontraba en la ciudad de México cuando recibió la visita de Arthur H. Compton, quien venía de un largo viaje por el Pacífico, llevado a cabo con el propósito de medir la intensidad de la radiación cósmica en muchos lugares de diferente latitud. Había salido de California a Hawaii, y de ahí a Nueva Zelanda. Después tocó las costas de Perú y Panamá hasta llegar a México. En su viaje observó que la intensidad de la radiación cósmica cambia con la latitud geomagnética, siendo mínima cerca del ecuador geomagnético. Acompañado por Sandoval Vallarta, Compton realizó nuevas medidas en nuestro país: en Orizaba, Veracruz; en la ciudad de México, y, finalmente, en el Nevado de Toluca. De ese modo, don Manuel se enteró del descubrimiento de Compton: la observación del efecto de latitud indicaba que la radiación cósmica está constituida por partículas cargadas de electricidad que llegan a la Tierra desde el espacio exterior moviéndose a gran velocidad. Don Manuel mostró un gran interés en los resultados de Compton, pues en éstos vio la posibilidad de encontrar la confirmación observacional de las ideas sobre el origen y la expansión del Universo formuladas por su amigo y condiscípulo Georges Lemaître un año antes. Lemaître había descubierto que las ecuaciones de la relatividad general de Einstein tienen una solución en la que toda la masa y toda la energía del Universo están inicialmente concentradas en una región muy pequeña del espacio. De acuerdo con esto, propuso la hipótesis del átomo primigenio, según la cual la explosión de éste había dado origen al Universo en expansión que observan los astrónomos. La gran explosión inicial estaría acompañada de la emisión de fotones y partículas cargadas y neutras, cuya energía decrecería gradualmente con la expansión del Universo. Si se pudiera calcular el efecto del campo magnético terrestre, los rayos cósmicos darían información que podría comprobar la teoría de Lemaître.
Al final del verano de 1932, Sandoval Vallarta regresó a Massachusetts y de inmediato se puso a trabajar con Lemaître en el desarrollo de una teoría cuantitativa del movimiento de una partícula cargada de electricidad en el campo magnético terrestre. En noviembre de 1932, la teoría ya estaba lo suficientemente desarrollada como para conducir a un resultado importante: las partículas cargadas de electricidad que, moviéndose a gran velocidad, se acercan a la Tierra desde el espacio exterior, son desviadas de la dirección original de su movimiento por el campo magnético terrestre, de tal manera que llegan al observador como si entraran por un cono o embudo que se abre hacia un lado y no hacia arriba. Si las partículas tuvieran carga positiva, el cono se abriría hacia el oeste, en tanto que si las partículas tuvieran carga negativa el cono se abriría hacia el este.
En una conferencia dictada en la Universidad de Chicago en noviembre de 1932, Manuel Sandoval Vallarta propuso que se midiera el efecto de asimetría este-oeste. También sugirió que la observación se hiciera en la ciudad de México por su latitud magnética baja y por su gran altura sobre el nivel del mar. Arthur H. Compton recogió la sugerencia y envió a uno de sus discípulos, Luis W. Álvarez, quien años más tarde ganaría el premio Nobel por sus trabajos en otro campo, a que se encargara del experimento. En la azotea del Hotel Géneve, de la ciudad de México, Álvarez armó los contadores Geiger en la tapa de una caja de madera colocada en una carretilla de albañil; fijó la posición de la tapa de tal modo que los contadores apuntaran a un cierto valor del ángulo cenital e hizo girar la carretilla de manera que primero midiera del lado oriente y después el occidente. El resultado fue que la intensidad del occidente era 10% mayor que la del oriente. La conclusión indicó que la radiación cósmica primaria está constituida principalmente por partículas positivas, esto es, protones o núcleos atómicos, y no electrones.
En enero de 1933 fue publicado un artículo de Lemaître y Saldoval Vallarta con los resultados básicos de la teoría. Además del efecto de asimetría este-oeste, la teoría indicaba que si la carga eléctrica de las partículas de la radiación cósmica es predominantemente positiva, la intensidad medida en la dirección norte debería ser mayor que la medida en la dirección sur en el mismo ángulo cenital. El primero que sometió esta deducción teórica al experimento fue Thomas H. Johnson. Primero en Copilco, en el Distrito Federal, y después en el Nevado de Toluca, Johnson logró comprobar la existencia del efecto de asimetría norte-sur.
Estos experimentos cruciales tuvieron enorme resonancia, pues al determinar el signo de la carga eléctrica de las partículas se pudo identificarlas con precisión, es decir, se pudo comprender la naturaleza de la radiación cósmica.
Mientras Sandoval Vallarta y Lemaître trabajaban en su teoría, en varios países muchos otros científicos buscaban también la solución del problema.
En 1932, W. Heisenberg, en Alemania, a partir de un argumento puramente cualitativo, había hecho notar la posibilidad de que ocurriera una asimetría este-oeste en la intensidad de la radiación cósmica.
En el mismo año, Enrico Fermi y Bruno Rossi, del Instituto de Física de Florencia, en Italia, hicieron un estudio teórico en el que, como Sandoval Vallarta y Lemaître, encontraron que el uso del teorema de Liouville simplifica el análisis de los efectos geomagnéticos en la radiación cósmica.
Animado por este resultado y por los obtenidos en trabajos anteriores, Rossi trató de hallar una prueba experimental de la naturaleza de la radiación cósmica. En la hermosa colina de Arcetri, a corta distancia de la villa donde Galileo había pasado los últimos años de su vida como exiliado político, Rossi intentó detectar la asimetría este-oeste en un experimento sin éxito. Al analizar los resultados, Rossi se dio cuenta de que el efecto sería más pronunciado en un lugar con una latitud más baja y a una gran altura sobre el nivel del mar. De inmediato empezó a hacer planes para una expedición a Asmara, en Eritrea, que se encuentra a 11° 30’ de latitud norte y a dos mil trescientos sesenta metros de altura sobre el nivel del mar. Sergio de Benedetti, quien años más tarde se distinguiría como físico nuclear, se unió a la empresa. Los preparativos les tomaron un buen tiempo; cuando finalmente se encontraban dispuestos para emprender el viaje recibieron una desagradable sorpresa. El propio Rossi, después de cincuenta años, lo relata así: “Aquí, debo admitir que sufrimos una dolorosa decepción cuando encontramos que por unos meses habíamos perdido la prioridad de este importante descubrimiento. Ocurrió que, cuando ya estábamos listos para salir en nuestra expedición, leímos en The Physical Review dos artículos, uno escrito por Thomas Johnson, y otro, por Luis Álvarez y Arthur Compton, en los que se daba cuenta de la observación hecha en la ciudad de México y en una montaña cercana llamada Nevado de Toluca, del efecto de asimetría este-oeste”.
A pesar de no tener ya el aliciente de ser los primeros, pues Álvarez, Compton y Johnson se les habían adelantado, Rossi y De Benedetti prosiguieron con sus planes. En el otoño de 1933 llegaron al África Oriental y montaron su experimento en una cabaña ubicada en una colina cerca de Asmara. Pronto encontraron que la intensidad de los rayos cósmicos en la dirección occidental era considerablemente mayor que en la dirección oriental, confirmando así que la radiación cósmica primaria está constituida, por lo menos en parte, de partículas cargadas eléctricamente, y que la carga de estas partículas es positiva. Ese resultado, que ratificó el hallazgo de Álvarez, Compton y Johnson, sorprendió a Rossi y a De Benedetti, quienes, al igual que muchos otros físicos, esperaban que la radiación cósmica primaria estuviera formada principalmente de electrones, cuya carga eléctrica es negativa.
Las predicciones teóricas de Sandoval Vallarta y Lemaître, y su inmediata confirmación experimental llevada a cabo por Álvarez, Compton y Johnson, ponían a los físicos estadounidenses a la cabeza de una reñidísima competencia en la que participaban los mejores científicos de los países avanzados de Europa, América y Asia: C. Powell, J. G. Wilson y H. Elliot, de la Gran Bretaña; P. Auger y Le Prince-Ringuet, de Francia; E. Fermi, B. Rossi y S. Benedetti, de Italia; W. Bothe, W. Kolhörster, W. Heisenberg y su grupo, de Alemania; J. Clay y H. P. Berlage, de Holanda; C. Störmer, de Noruega; H. Yukawa y S. Kikuchi, de Japón, y muchos otros.
En el verano de 1932, el descubrimiento del efecto de latitud había sido presentado en México por Compton en una sesión combinada de las tres sociedades de ciencias mexicanas. La Sociedad Alzate, la Sociedad de Geografía y Estadística y la Sociedad de Ingenieros y Arquitectos, que así gozaron de las primicias de este hallazgo. Al año siguiente, en 1933, Sandoval Vallarta explicó en la Sociedad Alzate la teoría del efecto de latitud y la predicción de las asimetrías este-oeste y norte-sur, que se observarían en la intensidad de la radiación cósmica. En el verano de 1934 vino a México Thomas H. Johnson, quien en compañía de Manuel Sandoval Vallarta midió nuevamente la asimetría este-oeste en la ciudad de México, en Veracruz y en San Rafael (en la Caja de la Cuesta), confirmando los resultados de las medidas de Álvarez. En 1934, Johnson, Fussell y Sandoval Vallarta midieron la asimetría norte-sur en Copilco y en el Nevado de Toluca. Los resultados de estas últimas mediciones resolvían en favor de la teoría de Lemaître y Sandoval Vallarta la polémica planteada por el célebre físico teórico noruego Carl Störmer en una carta a Nature de 1933.
Durante las vacaciones de verano en la ciudad de México, Manuel Sandoval Vallarta, cuidadoso de no perder el contacto con los estudiosos de la física y las matemáticas de México, visitó a don Sotero Prieto, su antiguo maestro de matemáticas. En esos días Sandoval Vallarta presentó los resultados de sus trabajos en el Seminario de Física y Matemáticas que Prieto presidía en la Escuela de Altos Estudios. En ese seminario se presentaron y discutieron las predicciones y los resultados de la teoría de Sandoval Vallarta y Lemaître, así como la confirmación de los efectos de asimetría de la radiación cósmica y su verificación observacional. Sandoval Vallarta también asistió a las sesiones de la Sociedad Científica José Antonio Alzate, en donde presentó los resultados de sus investigaciones. Ahí ofreció, en conferencias formales, sus trabajos tanto de la teoría de la relatividad como de la mecánica ondulatoria. De esa manera, proporcionó a los investigadores y alumnos mexicanos una visión de los problemas de la física teórica de interés en ese momento con la profundidad y la actualidad propias del investigador de la máxima calidad académica que participa con éxito en su solución. Las pláticas de Sandoval Vallarta avivaron extraordinariamente el interés ya existente por el estudio de la física teórica, pero, sobre todo, su ejemplo vivo entusiasmó a algunos de sus miembros más jóvenes a convertirse en científicos profesionales como él. En ese grupo estaban, entre otros, Carlos Graeff Fernández, Nabor Carrillo y Alberto Barajas.
No es, pues, sorprendente, que en ese año de 1934 Sandoval Vallarta recibiera a Alfredo Baños, su primer estudiante mexicano, quien acudía al Instituto Tecnológico de Massachusetts para hacer un doctorado en Física bajo su dirección, y que, dos años más tarde, en 1935, se presentara el segundo, Carlos Graeff Fernández, que iba, al igual que Baños, a realizar un doctorado de Física bajo su dirección. Ambos se interesaban en contribuir al desarrollo de la teoría de los efectos geomagnéticos en la radiación cósmica.
Mientras tanto, en la Universidad Nacional Autónoma de México las jefaturas de grupo de Física y Matemáticas —que habían estado a cargo de don Basiliso Romo y don Sotero Prieto, respectivamente— habían sido fusionadas, en 1934, en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, que reunía a las Escuelas Nacional de Ingenieros y Nacional de Química con el Departamento de Física y Matemáticas. Después de varias reformas universitaria, el 1 de marzo de 1937, se formó la Escuela Nacional de Ciencias Físicas y Matemáticas, que en 1938 se transformó en la Facultad de Ciencias. En 1938 se fundó el Instituto de Física y Matemáticas, cuya vida fue efímera, pues en noviembre de ese mismo año se disoció en un Instituto de Física y en otro de Matemáticas. El 1 de febrero de 1939 se aprobó oficialmente la formación del Instituto de Física de la UNAM, y se designó como su primer director a Alfredo Baños, quien había regresado a México ese año después de obtener el grado de doctor en Ciencias en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, bajo la dirección de Manuel Sandoval Vallarta. En ese Instituto, Baños, con la colaboración de Héctor Uribe, Manuel L. Perusquía y Jaime Lifshitz, continuó las investigaciones sobre la dinámica del movimiento de las partículas cargadas en el campo magnético terrestre que había iniciado con Manuel Sandoval Vallarta. Ese grupo empezó de inmediato a llevar a efecto el programa de colaboración científica que Baños había formulado con el grupo del Instituto Tecnológico de Massachusetts que encabezaba Sandoval Vallarta. En el programa de colaboración se preveía la construcción y el montaje de un sistema detector de cuatro trenes de contadores Geiger-Müller para la medición del efecto azimutal y la distribución de la energía de la radiación cósmica primaria por el método propuesto por Sandoval Vallarta. Además, Baños, Lifshitz y Uribe estudiaron algunos problemas de la teoría del movimiento de partículas cargadas en el campo de un dipolo magnético y su aplicación a la teoría de los efectos geomagnéticos en los rayos cósmicos.
En febrero de 1942 fue inaugurado el Observatorio Astrofísico Nacional de Tonantzintla, Puebla y el mismo día se iniciaron ahí los trabajos del xvii Congreso Interamericano de Astrofísica, en donde Baños presentó los primeros resultados de las mediciones de la variación azimutal de la intensidad de la radiación cósmica a varios ángulos cenitales. Jaime Lifshitz y Héctor Uribe presentaron sus repectivos trabajos sobre la dinámica de las órbitas periódicas simétricas de las partículas cargadas en el campo mágnético terrestre. A ese congreso asistieron un buen número de científicos de primera línea, algunos de los cuales, como H. Shapley, S. Lefshetz y G. D. Birkhoff, tendrían una influencia duradera en el desarrollo de la física y las matemáticas en nuestro país.
De 1932 a 1939 los esfuerzos de Manuel Sandoval Vallarta, en colaboración con Georges Lemaître y los numerosos alumnos de ambos, habían estado encaminados a desarrollar la teoría de los efectos geomagnéticos en la radiación cósmica, confirmando así la teoría con numerosísimas observaciones. Esta es mundialmente conocida como la teoría Lemaître-Vallarta de la radiación cósmica.
En 1939, Manuel Sandoval Vallarta fue nombrado profesor titular de Física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, cargo que desempeñó hasta 1946.
En 1943 se inició lo que podría llamarse la época mexicana de Sandoval Vallarta como investigador científico. En ese año, el presidente Ávila Camacho formó la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica con el propósito de atraer a México a don Manuel, al nombrarlo presidente y vocal físico-matemático de esta institución. Los viajes de Sandoval Vallarta a la ciudad de México se hicieron más frecuentes y sus estancias en esta capital más prolongadas. La participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial trajo como consecuencia la reorientación de una fracción muy considerable de la organización científica de ese país hacia proyectos bélicos; en especial, el laboratorio del integrador diferencial de Vannevar Bush —la máquina de cómputo más avanzada de ese tiempo— fue dedicado a proyectos militares, lo que interrumpió el activísimo programa de cálculo de las órbitas de los rayos cósmicos que realizaba don Manuel con sus alumnos. Así fue como, en 1943, se inició en la ciudad de México, con la supervisión de Sandoval Vallarta, un programa de experimentos con un aparato diseñado, construido y calibrado por A. Baños y M. L. Perusquía. Este consistía de cuatro trenes de contadores Geiger-Müller dispuestos para registrar eventos a ángulos zenitales de 0, 20, 40 y 60 grados. Los contadores habían sido fabricados en el laboratorio de R. D. Evans en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y estaban en la azotea del viejo Palacio de Minería, colocados en un cuarto muy pequeño llamado pomposamente la Torre del Contador, el cual operaba automáticamente y registraba fotográficamente el número de eventos cada treinta y dos minutos. Se tomaron lecturas en corridas ininterrumpidas que duraban por lo menos cien días, de julio de 1943 a mayo de 1946. El análisis estadístico de los datos fue hecho por Juan B. de Oyarzábal y la interpretación de éstos por Sandoval Vallarta, quien mediante un procedimiento semejante, años más tarde interpretó los resultados de las primeras medidas de la radiación cósmica hechas fuera de la atmósfera por Van Allen, con cohetes, en 1949. Al grupo de investigadores teóricos, en ese mismo año se agregó Ruth Gall.
No hay duda de que Manuel Sandoval Vallarta fue quien con su ejemplo atrajo hacia la investigación científica en la física teórica y experimental a quienes formaron los primeros grupos serios que trabajaron en México en este siglo. No hay duda, tampoco, de que fue él quien organizó, orientó y condujo a los éxitos iniciales a los primeros grupos teóricos y experimentales que lograron hacer buena investigación científica en física en México. Sin embargo, en la tarea de crear un nuevo paradigma del científico, reiniciar la tradición científica y echar andar de nuevo la física en México, hizo una labor aún más importante. Durante veintinueve años presidió el Seminario de física más importante del país. En 1948, en las instalaciones de la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica, se volvió a reunir el Seminario de Física Teórica que había suspendido sus sesiones en 1935 por la muerte de Sotero Prieto, su principal animador. El único miembro del seminario de Prieto que participaba en el nuevo seminario fue don Manuel Sandoval Vallarta.
Todos los viernes, a las 17:15 en punto, después de presentar al orador en turno, se sentaba en el fondo del salón para poder seguir con atención la exposición y la discusión sin perder detalle. Al final hacía una resumen conciso y, con frecuencia, un comentario. Sus extensas relaciones personales permitieron que por el Seminario desfilaran los mejores físicos del mundo. Ponía el mismo interés y cuidado en seguir la exposición de un premio Nobel que la de un estudiante graduado que presentaba los resultados de su tesis. Casi todos los trabajos de física que se hicieron en México en esa época fueron presentados, discutidos y criticados en ese seminario, sobre todo en los primeros años. Fue ahí donde con sus comentarios, siempre comedido y cortés, Sandoval Vallarta fijó las normas de calidad académica que ahora rigen. En don Manuel, la amabilidad y la cortesía no estaban reñidas con el rigor científico y un agudo sentido crítico que le permitían hacer un juicio certero y exacto formulado en palabras breves y precisas, que, cuando era negativo, tenían un efecto demoledor. De igual modo era parco en los elogios, que aun siendo pocos y breves, eran siempre recibidos con agrado y satisfacción. Se puede afirmar, sin ninguna exageración, que la mayor parte de la física seria que se hizo o se hace en el país no hubiera podido realizarse si no se hubieran fijado oportunamente los estrictos criterios de calidad científica que estableció don Manuel a través de su seminario. El seminario, que se reunió primero en la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica, luego en el Instituto Nacional de la Investigación Científica, después en el Instituto Nacional de la Investigación Científica, y más tarde en la Comisión de la Energía Nuclear y en el Instituto Nacional de Energía Nuclear, se reúne desde 1978 en el Instituto de Física de la unam, el mismo día y a la misma hora. El seminario lleva por nombre: Manuel Sandoval Vallarta.
|
||||
|
Alfonso Mondragón
Instituto de Física,
Universidad Nacional Autónoma de México.
|
||||
|
Simposio de rayos cósmicos en la Universidad de Chicago en 1939
|
||||
|
En esa época los mejores físicos del mundo tenían puesta la vista en la radiación cósmica. Antes de la década de 1940 no había aceleradores de partículas que pudieran dar información sobre la estructura interna de la materia. La única información sobre colisiones de alta energía, y por lo tanto de la composición de la materia, se podía obtener de las observaciones de los rayos cósmicos. Los datos que se obtenían a partir de los estudios de los rayos cósmicos únicamente pudieron ser interpretados a partir de la formulación de la teoría de Lemaître-Vallarta, que permitió el signo de la carga y el espectro de enrgías de las partículas primarias. En la radiación cósmica o asociada a ella se descubrieron el positrón (e+), el muión (m), los piones (p+,p-), las partículas cargadas y muchas otras.
Además del interés en la estructura de la materia, la radiación cósmica era interesante por sí misma, por la información astrofísica que podía dar, por los efectos geomagnéticos y su relación con la geofísica y por muchas otras razones. Así pues, interesaba por igual a los físicos experimentales, así como teóricos, a aquellos interesados en la estructura de la materia (Heisenberg, Fermi, Wheeler y otros), astrofísicos, geofísicos y otros curiosos.
En la primera fila, 2º de izquierda a derecha, Alfredo Baños, primer director del Instituto de Física y Jefe del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias. En la tercera posición (12), Manuel Sandoval Vallarta.
Entre los participantes se encuentran algunas de las figuras más notables de la física, tanto teórica como experimental, de este siglo: 1. Hans Bethe, premio Nobel, de los fundadores de la Física Nuclear, formuló las bases de la Astrofísica Nuclear y formuló el ciclo (de y Bethe) de reacciones nucleares que dan calor al sol y la luz. 4. Arthur Holy Compton, premio Nobel por el efecto que lleva su nombre, la dispersión de fotones por partículas cargadas. 5. E. Teller, Premio Nobel, desarroló la física básica de la función nuclear y participó en el diseño de la bomba H. 8. S. Goudsmit, físico holandés que junto con Uhlenheck descubrió el spin del electrón, por lo que recibieron el premio Nobel. 11. J. R. Openheimer, encabezo el grupo de físicos que desarrolló la bomba atómica en Los Alamos. Además contribuyó de manera importante al desarrollo de la física de las partículas elementales y la teoría del campo cuántico. 12. Carl D. Andersen ganó el premio Nobel por el descubrimiento del positrón en una observación de la radiación cósmica. 15. Victor Hess, descubridor de la radiación cósmica por lo que recibió el premio Nobel. 17. Brunno Rossi, discípulo de Enrico Fermi, confirmó junto con Sergio de Benedetti el descubrimiento del efecto latitud que habían hecho Clay y Compton. Dedicó su vida a la investigación experimental y teórica de la radiación cósmica. 18. Wilhelm Bothe ganó el premio Nobel por sus contribuciones a la Física y a la Química Nuclear. Hizo el experimento crucial que sugirió que la radiación cósmica podría estar compuesta de partículas cargadas de electricidad. 19. Werner Heisenberg ganó el premio Nobel por el desarrollo de la mecánica cuántica en su formulación matricial. 20. Pierre Auger descubrió los chubascos de partículas en la radiación cósmica secundaria. 23. J. Clay de Amsterdam descubrió, simultáneamente a A. H. Compton, el efecto de latitud en la radiación cósmica. Hizo sus observaciones en Indonesia y el Pacífico sur. |
||||
|
_______________________________________________________________ como citar este artículo →
Mondragón, Alfonso. (1999). Manuel Sandoval Vallarta y la física en México. Ciencias 53, enero-marzo, 32-39. [En línea] |
||||
| ← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → |
![]() |
![]() |
||
|
|
|||
|
La creación de la Facultad de Ciencias
|
|||
|
Raúl Domínguez Martínez
conoce más del autor
|
|||
|
|
← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → | ||
|
Es una idea casi unánime que la presencia de México en la vertiente principal de la producción científica y tecnológica a nivel mundial es reconocida como de bajo relieve. De hecho, constituye un lugar bastante común referirse a la inexistencia de una ciencia mexicana (o, mejor dicho, a una ciencia hecha en México, para no ofender a los partidarios de la Ciencia como absoluto), así como a la de una tecnología propia. Desde luego, como todo lugar común, esta afirmación es inexacta y deja de lado una actividad que se ha mantenido vigente aun en contra de obstáculos diversos y de estímulos exiguos y a veces nulos. Trabajos recientes en el campo de la historia de la ciencia están participando en la recuperación de esta faceta del devenir social, que había traspasado los umbrales del olvido al verse cotejada con los momentos estelares de la historia de la ciencia en la civilización occidental, en una comparación de suyo desmesurada.
Los ejemplos abundan respecto de los logros científicos y tecnológicos alcanzados en el país a través del tiempo, aun si nos atenemos a los más conocidos. Ahí está la asombrosa obra de botánica y medicina conocida como Códice Cruz–Badiano, que fue preparada por dos eruditos indígenas en el Colegio de Tlaltelolco para demostrar a Carlos V la capacidad y el nivel de los conocimientos autóctonos en la materia, en muchos sentidos superiores a los europeos de su tiempo; como sabemos, el emperador desestimó esta obra, quedando desde entonces bajo la custodia de la Iglesia en calidad de cosa curiosa. El enorme impulso que recibió la minería a mediados del siglo XVI, se debió al método de amalgamación de la plata con azogue, conocido como “beneficio de patio”, desarrollado en esta tierra por Bartolomé de Medina. La modernización de la astronomía y de la matemática, lograda en el pleno oscuransotismo de raigambre religiosa que prevalecía en la Real y Pontificia Universidad de México durante el siglo XVII, fue merced a las enseñanzas y escritos de un oriundo de nuestros valles centrales llamado fray Diego Rodríguez. La vocación enciclopédica de Alzate y su Diario literario de México así como el caso de otras publicaciones de carácter científico, nos demuestran claramente que la ciencia nunca —menos aún en las sociedades prehispánicas— ha sido algo ajeno a las preocupaciones y prácticas de los mexicanos. Sin embargo, por más minucioso que se haga este recuento de figuras excepcionales, de contribuciones, y aun de periodos en los que se ha configurado una cierta tradición científica, no lograremos encontrar nombres que se pudiesen poner al lado de los grandes artífices de la ciencia occidental. Más aún, no obstante de que contásemos con algún personaje de la talla de Copérnico, Kepler, Curie o Fermi, el problema en realidad se refiere a las condiciones concretas y particulares que han determinado un “subdesarrollo” en materia de ciencia y tecnología, con todas las implicaciones que este término —importado del léxico de la economía política— supone, particularmente, la de dependencia. Es preciso tener en cuenta que el binomio ciencia–tecnología, incluyendo las diferencias históricas y operativas que se puedan reconocer entre estos dos términos, constituye hoy día un factor determinante para definir los niveles reales de desarrollo y de independencia efectiva de una nación. Es decir, una sociedad que en la actualidad no cuente con un aparato sólido y eficaz de producción de ciencia y de tecnología, se encuentra amenazado de una vulnerabilidad extrema que tiende a permear todos los órdenes de la vida colectiva, empezando por el económico. Planteado desde esta perspectiva, el problema adquiere una dimensión distinta y más amplia. La pregunta sería entonces ¿por qué México se ha mantenido a la zaga (lo contrario de la vanguardia) en estos terrenos? Naturalmente, la respuesta es demasiado compleja y me parece que todavía no es posible acceder a ella de manera cabal. Por supuesto, se debe descartar de entrada y en definitiva cualquier recurso explicativo en el que la incapacidad subjetiva juegue algún papel. Semejante precariedad explicativa nos remitiría a la polémica lamentable que sostuvieron algunos destacados pensadores españoles a raíz del descubrimiento de América, como fray Domingo de Betanzos o Pedro Mártir de Anglería, empeñados en dilucidar si los oriundos de estas tierras eran seres humanos o no. La ciencia, así como la tecnología, son efectos de condiciones sociales específicas, en mucho mayor medida que resultado de “genialidades”. El escenario original Al despuntar el presente siglo, la ciencia y la tecnología en México presentaban una panorámica poco alentadora. Los parcos avances que se habían logrado en estos campos, merced a los empeños de los ideólogos porfiristas comprometidos con el prurito cientificista del positivismo, resintieron los estragos de la lucha armada, reduciéndose a una expresión ínfima. La presencia de la tecnología de punta en el país en el contexto del porfiriato no debe incluirse en estas consideraciones, pues hasta los operarios de los equipos eran de nacionalidad extranjera. De hecho, podemos decir que una vez que la Revolución estalló, el de por sí débil aparato de investigación y desarrollo de la ciencia fue desarticulado. Curiosamente, para los efectos del tema que nos ocupa, la única institución porfiriana que habría de sobrevivir a la revuelta sería la Universidad. Como sabemos, esta entidad abrió sus puertas apenas dos meses antes de que, con asombro de puntualidad, la Revolución diese inicio justo en el momento previsto por Madero. Podríamos mencionar, para establecer un contraste paradójico, que el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) hizo lo propio el mismo año que dio término la Guerra de secesión en Estados Unidos. Daría la impresión de que la inoportunidad histórica ha marcado nuestros procesos como un sino. El caso es que mientas el vértigo de la violencia iba dando cuenta de lo poco —o mucho, según el parámetro que se quiera emplear— que se había logrado estructurar para fomento de la ciencia, la flamante y amenazada Universidad Nacional se aferraba con hálito vital a la existencia que, gracias a la convicción y a los desempeños de hombres insignes, ha conservado hasta la fecha. Ahí se sostuvo el impulso en favor de la ciencia, pero no logró salir inerme; ya que la Escuela de Altos Estudios, vanguardia indiscutida del desarrollo científico del país y parte constitutiva de la Universidad Nacional por decisión ejecutiva, pasó de ser una institución predominantemente científica a humanística, llegando, en el transcurso de 1912 y a consecuencia de los drásticos recortes presupuestales ¡ojo!, al extremo de verse incapacitada incluso para la contratación de profesores mexicanos regulares, siendo que hasta entonces contaba dentro de su planta con prestigiados académicos extranjeros. Es de suponerse que el costo menor de las indagaciones humanísticas fue lo que marcó la pauta para que lo científico cediera terreno. La nueva orientación de Altos Estudios se perfiló, en lo que a ciencia se refiere, hacia la creación de cursos libres, llamados así porque no dependían ni de financiamiento, ni de matrícula, ni de sistematización formal, ni de nada, como no fuera la vocación y el ánimo inquebrantable de unos cuantos eruditos empeñados en que la sociedad contara con espacios para la actividad científica. Adolfo Castañares, en Química, y Sotero Prieto, en Matemáticas, son dos de los conspicuos personajes que mantuvieron vivo el interés por la ciencia en circunstancias muy poco propicias. Sin embargo, para darnos una idea de lo que esto representaba a nivel nacional, diremos que en esas fechas, Sotero Prieto impartía sus cursos a un total aproximado de veinticinco estudiantes. ¿Qué sentido guardaban estas proporciones en una sociedad que se abría paso en pleno siglo XX? Muy pobre, sin duda, pero superior a nada. Tengamos en cuenta que antes de que se iniciara la Revolución en México ya se había logrado la comunicación telegráfica sin hilos a través del Atlántico; Orville Wright había conseguido el vuelo de un artefacto propulsado, más pesado que el aire y ya habían aparecido los trabajos de Lorentz, Einstein y Minkowski sobre la relatividad restringida. La ciencia y la tecnología se encontraban en auge y su papel en el desarrollo de los pueblos adquiría un relieve cada vez más acusado; lejos quedaban los tiempos en los que el conocimiento científico había suministrado la máquina de vapor a una industria basada casi por entero en las técnicas tradicionales y que debía mucho más al talento de los artesanos que a la ciencia. Ahora, la ciencia asumía un papel protagónico y estrechaba nexos con la tecnología. Si se me permite la expresión, diría que el siglo XX comenzaba para Occidente bajo el signo de tecnologías con una cuota creciente de sofisticación científica incorporada. Era —y sigue siendo— la pauta del progreso. Y la nación mexicana entró al siglo soslayando esta promisoria vertiente. En 1917 se reinició la vida constitucional en México. La turbulencia bélica quedaba atrás y se daba comienzo al proyecto nacional, que, según constatamos a la distancia, no fue tan distinto del porfiriano. La educación fue enarbolada como parte fundamental del proyecto, con un marcado sesgo populista que desde luego hizo de lado la atención a la educación superior. La ciencia no formó —como no forma hasta ahora— parte del proyecto nacional. El aparato educativo fue descentralizado y se transformó en administración municipal, desapareciendo la Secretaría de Instrucción Pública. Se creó, en cambio, el Departamento Universitario y de Bellas Artes con el presupuesto más bajo de todas las dependencias gubernamentales: ese año de 1917, se le asignaron cuatro millones de pesos, frente a los ciento veinte millones que recibió la Secretaría de Guerra. El impacto se resintió aun después de concluida la etapa militar: en 1910, el presupuesto ordinario destinado a educación, todavía bajo la administración de Díaz, representaba 7.0% del total; en 1917 esta relación fue de 1.2% y de 0.8% al año siguiente, debiendo esperar hasta 1922 para que el gasto educativo mejorase su participación relativa, con un 12.9% sobre el total. Lo anterior obedecía claramente a una realidad; de acuerdo con los datos del III Censo General de Población aplicado en 1910, en México había 15 160 000 habitantes, de los cuales poco menos de medio millón se ubicaba en la ciudad capital. La población rural, en comunidades menores de diez mil habitantes, representaba 86.5% del total, y la población analfabeta, con diez años o más, ascendía a 72.3%. Es evidente que el objetivo prioritario, y urgente, era el de dar atención a segmentos muy amplios de la población que carecían de enseñanza básica, subordinando y postergando el fomento a la educación superior y, con ella, al desarrollo científico. De esta manera, México dio comienzo a la fase contemporánea de su historia, con la virtual inexistencia de un aparato científico y tecnológico y con la disponibilidad de fomentar estos campos, reducida a una sola instancia: la Universidad Nacional. El papel estratégico de la universidad Las naciones que han marcado la pauta del progreso científico y tecnológico en el mundo, y de manera particular durante el presente siglo, han contado —piénsese en cualquiera de las que integran el con-junto— con un aparato bien estructurado que se encarga de gestar el desarrollo en tales campos y que, además de ser funcional, se encuentra articulado con otros componentes de la realidad social. Los dispositivos que conforman este aparato son de índole diversa e incluyen universidades, tecnológicos, academias de ciencias, laboratorios, centros de investigación privados y públicos, y algunos otros más específicos. Es evidente que en todos los casos se trata de una responsabilidad compartida y de funciones diferenciadas. En el caso de México, esto no ha sido así. De hecho, la gran mayoría de estas actividades han sido confiadas a una única institución: la Universidad Nacional. Sólo hasta fechas más o menos recientes esta ingente responsabilidad se ha ido descargando y compartiendo con otras instituciones. Podemos decir, sin exageración, que los dos primeros tercios del presente siglo, la así llamada Máxima Casa de Estudios del país, con la honrosa y excepcional colaboración de otras instituciones de mucho menor cobertura como el IPN, ha encarado por su cuenta estos amplísimos cometidos, supliendo el lugar y las funciones de entidades que, por inexistencia (las universidades y tecnológicos que el desarrollo de la sociedad ha reclamado), por ineficiencia (todos los organis mos antecesores del CONACYT) o por insuficiencia, han generado un vacío. Sus aportaciones en el campo de la investigación han sido —sencillamente— imprescindibles. No existe duda alguna de que la mayor parte de lo que en México se ha logrado en materia de ciencia, en un doble sentido cualitativo y cuantitativo, ha tenido su origen en la Universidad Nacional. Las anteriores consideraciones, aparte de ser un justo reconocimiento, sirven para abordar de manera analítica la función de la Universidad en el contexto de la República. Se trata de un papel estratégico que ha rebasado de forma franca los linderos de una institución particular, para ubicarse en una perspectiva mucho más amplia. Los mexicanos estamos de cierto familiarizados con formas cuyos contenidos efectivos no se corresponden con las definiciones nominales. ¿Cómo explicar, por ejemplo, la existencia de una República democrática y federal en donde un sólo partido ha monopolizado el poder por setenta años y todas las decisiones se toman desde el centro? El asunto se refiere en realidad al funcionamiento de determinados mecanismos o dispositivos que operan a manera de subterfugio, con los cuales se ejerce una práctica que es distinta a la que se designa en la definición formal correspondiente. En el caso que nos ocupa, el de la Universidad, este subterfugio ha tenido como eje dos elementos operativos: el concepto de autonomía y la categoría de nacional. De estos dos elementos se ha valido el poder público para realizar una transferencia de responsabilidades, sin la correspondiente transferencia de recursos efectivos y suficientes, lo que le ha permitido desentenderse directamente de tales responsabilidades, a la vez que mantener su imagen como patrocinador. Es decir, hacia ella se fueron canalizado obligaciones que no han sido acompañadas de dotaciones pecuniarias adecuadas, dejando la respuesta a las limitadas posibilidades de la institución y desbordando el ámbito propio de su competencia. En este horizonte, la Universidad se ha visto compelida a la formación de profesionales en ramas descuidadas por otras instituciones en cuanto a la calidad y también a la cantidad; a la creación de planteles de enseñanza y de investigación que el desarrollo o las previsiones de desarrollo reclaman, y que no son atendidas por alguna otra instancia; a la realización de investigaciones “sobre los problemas nacionales,” financiando, formando investigadores, procurando equipos y laboratorios, etcétera, abarcando un espectro en el que potencialmente todo queda incluido; a la formación de la planta académica de otras instituciones; a la colaboración en el trabajo de elaborar planes de estudio en dependencias ajenas; a la impartición de cursos especiales; a la creación de especialidades y posgrados; al otorgamiento de becas; a la difusión del conocimiento; etcétera, etcétera. Así, podemos afirmar que gran parte de lo que en materia de ciencia y de tecnología se ha realizado en el país se le debe a la Universidad Nacional y que ésta ha actuado de conformidad con su propia vocación, su propia inercia y con recursos escatimados que nunca resultaron suficientes y que ha tenido que administrar con malabarismos que muchas veces rayan en lo milagroso. Más adelante veremos cómo en el caso particular de la Facultad de Ciencias, así como en el de algunos institutos como el de Matemáticas o el de Física, su existencia fue resultado de iniciativas que la Universidad Nacional emprendió por cuenta propia y de las cuales no existían —y no lo hubo por bastante tiempo— equivalentes en todo lo largo y ancho del territorio nacional. Antes de cerrar este apartado, sería conveniente añadir una precisión de gran importancia para ubicar correctamente lo que se ha expuesto. Aparte de la enorme negligencia con la que el Estado mexicano actúa cuando se trata de asuntos que no le son rentables políticamente en un plazo inmediato, la cuestión del escaso desarrollo de las ciencias en nuestro país, problema de características crónicas, se relaciona más a profundidad con el desarrollo de las fuerzas productivas. La producción de ciencia y de tecnología propias no se ha presentado históricamente en nuestro país como una necesidad generada por la sociedad, la cual ha satisfecho esos requerimientos por la vía de la importación. Una sociedad atrasada, marcada por la desigualdad, y una economía desequilibrada, marcada por la dependencia, constituyen condiciones de fondo que se reproducen a sí mismas, determinando un rango de factibilidad sumamente restringido para la ciencia generada en el país. La ciencia y, desde luego, el desarrollo tecnológico resultan inversiones rentables a mediano plazo; el problema es el del financiamiento a corto plazo. Tengamos en cuenta que la burguesía doméstica no está “acostumbrada” a invertir en negocios que no le reditúen ganancias inmediatas y seguras. Se trata de una burguesía local marcada asimismo por el atraso, con una jerarquía de intereses en donde los nacionales se subordinan. No ha resultado, pues, un agente viable para el fomento a la ciencia y la tecnología, como se ha constatado en los hechos; la alternativa, en semejantes condiciones, quedó a cargo del Estado, el que, a su vez, se sirvió delegar esa tarea a un reducidícimo grupo de instituciones encabezadas por la UNAM. La autonomía y el aislamiento A pesar de la acusada desconfianza que los gobiernos emanados de la Revolución le profesaban a la Universidad Nacional, ésta logró sobrevivir y aun incrementar su presencia en el marco de la sociedad. Fueron conflictos ya ajenos a su raigambre porfiriana los que produjeron nuevos focos de conflicto entre la Universidad y el poder público. En efecto, después de la Revolución se pueden identificar tres etapas distintas (hoy día parece configurarse la cuarta) en las cuales la Universidad Nacional se ha redefinido en función de la posición que guarda en el esquema de la administración pública: en 1929 se le concedió una autonomía restringida, con la correspondiente promulgación de una Ley Orgánica; en 1933 se le concedió una autonomía total y se suprimió su carácter de nacional, quedando a expensas de un subsidio aleatorio; en 1945, por convenir así a intereses emergentes, el poder público retomó la tutela de la institución, promulgando la Ley Orgánica vigente. Hay que mencionar que no obstante estos drásticos cambios, la Universidad prosiguió atendiendo sus compromisos de manera ininterrumpida. En 1933, la Universidad tenía matriculados a poco más de nueve mil alum-nos en todos sus planteles, incluida la Escuela Nacional Preparatoria, con un crecimiento relativo de su población del orden de 13% respecto de la inscripción de 1929. En el mismo año, se estima que la población total de la República Mexicana era ligeramente superior a los diecisiete millones, lo que significa que la ya desde entonces Máxima Casa de Estudios del país atendía apenas a 0.05 % del total, cifra insignificante en términos absolutos, máxime si se tiene en cuenta que de tal cantidad sólo una porción reducida alcanzaba la titulación. Por otro lado, estos totales acusaban un fuerte desequilibrio en favor de las “carreras liberales”: las escuelas de Jurisprudencia y de Medicina absorbían, ellas solas, a 38.7 % de la matrícula completa de nivel superior. Como se puede inferir con éstos y otros indicadores, el aporte de la Universidad al desarrollo del país en ese tiempo era, por decirlo de alguna manera, irrelevante. Si ésta era la situación con las carreras más populares, se puede uno imaginar lo que ocurría con las ciencias; baste por ahora con decir que las carreras de Biología, Matemáticas o Física se impartían en la Facultad de Filosofía y Letras, y que tenían un perfil por completo diferente al que ahora tienen. Las de Biología, Matemáticas y Física eran carreras que se impartían a la manera de una Escuela Normal Superior, es decir, para preparar profesores en tales disciplinas. A lo anterior habría que añadir que para la nación —o, mejor dicho, para el programa enarbolado por el gobierno federal, que en el caso nuestro sabemos que no es lo mismo— la presencia de una Universidad insumisa venía siendo, además de poco menos que suntuaria, incómoda. Ello quedó demostrado de manera fehaciente con la promulgación de la Ley Orgánica de 1933, cuando le fue concedida la autonomía total, desentendiéndose el poder público de todo tipo de apoyo, incluido el pecuniario; así quedó asentado en el inciso II, apartado b) del artículo 9 de la Ley aprobada por el Congreso de la Unión en el mes de octubre: “Cubiertos los diez millones de pesos (que el gobierno federal entregará a la Institución), la Universidad no recibirá más ayuda económica”. Las palabras del licenciado Narciso Bassols, entonces secretario de Educación Pública, al ser discutida la iniciativa de ley a la que me refiero, corroboran lo dicho: “no se puede decir que la Universidad haya realizado con provecho sus destinos; no se puede decir que la acción educativa haya progresado. La Universidad tiene una enorme, una grave responsabilidad ante la República, y sólo porque la masa de habitantes del país, situada más allá de la ciudad, no puede apreciar y sentir de un modo palpitante e inmediato, no puede conocer las intimidades de las deficiencias universitarias, no se ha producido una poderosa y tremenda reacción de protesta nacional”. La ruptura con el poder público habría de reportarle a la Universidad una situación de fuerte insolvencia. Pero más allá de esta clase de diferencias entre ambos, lo que realmente sitúa en perspectiva correcta el desarrollo de la institución y su papel en el México de la época, es lo que se refiere a la necesidad de la sociedad en general, y de la planta productiva en particular, de los servicios que ésta ofrecía o podía ofrecer. Es preciso tener en cuenta en este aspecto que el México de los años treintas era un país fundamentalmente agrario. En 1930, 80.7% de los mexicanos vivía disperso en localidades menores de diez mil habitantes, es decir, rurales; el sector primario absorbía a 3 626 trabajadores (PEA) sobre un total de 5 151, es decir, a 70.3% . Y si bien la porción mayoritaria del Producto Interno Bruto no tenía su origen en este sector, debido a su baja productividad (cinco veces menor a la productividad del sector industrial, por ejemplo), la producción agropecuaria y minera constituía la base de la actividad exportadora, determinando de tal suerte que el país estuviese convertido en un importador neto de bienes manufacturados. La tasa de analfabetismo rebasaba el 60% de la población con diez años de edad o más, en el seno de una sociedad polarizada en donde los estratos medios eran minoría. Parece claro que la institución universitaria no era, llanamente, una prioridad nacional. Su relevancia a nivel nacional era ínfima, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. Por ello, lo que en realidad significó para el poder público la concesión de la autonomía total, fue la posibilidad de desembarazarse de un problema y de desentenderse de un cometido que, en la forma, se debería cumplir. La línea política que adoptó el general Cárdenas al asumir el gobierno de la República en noviembre de 1934, vino a reforzar más esta situación. En el texto de una carta fechada en septiembre de 1935 para dar respuesta a una solicitud del rector procurando el apoyo económico del gobierno, el presidente de la República acusa a la Universidad de haberse colocado “por su propia voluntad, en un plano de indiferencia con respecto al Programa Social de la Revolución”. Poco tiempo más tarde, en 1937, abrió sus puertas el Instituto Politécnico Nacional, concebido y planeado como una alternativa al liberalismo universitario, dotado de mecanismos tales que el Estado aseguraba un amplio radio de control sobre sus procesos. Frente a semejantes condiciones, los desempeños de la institución educativa se vieron amenazados con severidad. Hacia fines de noviembre de 1937, el rector Chico Goerne preparó una detallada exposición de la situación por la que ésta atravesaba, con objeto de procurar fondos federales. En ella señalaba, por ejemplo, que los fondos solicitados para evitar un desgaste más acentuado no representaban ni 1% de los egresos del erario; que los honorarios del profesorado se encontraban a niveles inferiores a los devengados diez años antes, ya de suyos exiguos, encontrándose entre los más bajos del mundo, y que los profesores debían atender normalmente a grupos no menores de cien alumnos y, en muchas ocasiones, superiores a trescientos. En ese tiempo, las reducciones voluntarias de salario se volvieron más o menos frecuentes, las donaciones de equipo constituyeron una alternativa ante la incapacidad de la institución de allegárselo por sí misma, llegando al grado de que en 1940 el Banco de México hubo de donar mil sillas para poder sentar a otros tantos alumnos a recibir sus clases. Las obras de infraestructura quedaron congeladas e, incluso, diversos bienes inmuebles empezaron a evidenciar un fuerte deterioro por falta de mantenimiento. En fin, se trataba de una Universidad con un muy marcado déficit económico, objeto de una cierta animadversión por parte del Gobierno Federal y con una presencia sumamente débil en la sociedad, convulsionada por desordenes internos recurrentes y sujeta a una estructura de gobierno que, sobre la base de la paridad, no facilitaba hacer prevalecer los criterios académicos en la toma de decisiones. El estado y la evolución de la ciencia La Escuela de Altos Estudios fue disuelta en 1925 para dar paso a la creación de la Facultad de Filosofía y Letras. Hasta ese momento, los cursos y las investigaciones relativas a las ciencias habían tendido a la desaparición de una filiación institucional, convertidos en acciones de personas singulares que no estaban —no podían estarlo— sujetas a una normativa, ni a una sistematización, ni a la supervisión colegiada, ni mucho menos a una regulación por concepto de emolumentos, tal y como ocurre ahora o como ocurría ya entonces en universidades de mayor desarrollo fuera del país. Si bien es cierto que por la cuota de entusiasmo que ponían los responsables de estas actividades académicas se logró inculcar interés por la ciencia en algunos jóvenes estudiantes que más tarde se convirtieron en científicos de gran prestigio, incluso internacional —ahí está el caso de Sandoval Vallarta, por ejemplo—, la perspectiva y el nivel en el que se desenvolvían eran considerablemente más bajos. En realidad, se trataba casi en exclusiva de actividades de cultura general y, en el mejor de los casos, de formación de profesores. Es evidente que en esa época no existía en todo el país disponibilidad de empleo para que egresados de matemáticas o de física se desempeñaran como tales. La herencia con la que la institución se acercaba a su vida autónoma era ciertamente pobre. En matemáticas, la Escuela de Altos Estudios había podido ofrecer tan sólo cuatro cursos libres, sin ningún plan de estudios que les diera unidad, a cargo de Sotero Prieto, Juan Mancilla y Río, Luis Espino y Daniel Castañeda. En Física se impartieron únicamente dos cursos entre 1912 y 1914, a cargo de Valentín Gama y Joaquín Gallo. La rama de Química fue más favorecida y en 1916 se fundó la Escuela de Ciencias Químicas, a cargo del ingeniero Salvador Agraz. En Biología se llegó incluso a la impartición de dos carreras: la de profesor en Botánica y la de profesor en Zoología; éstas se fundieron en una sola a partir de 1922. Sin embargo, al ocurrir en 1925 la conversión en la Facultad de Filosofía y Letras no se registró ninguna repercusión en el campo de las ciencias, las cuales prosiguieron con su ritmo habitual. El paso siguiente ocurrió hasta 1928, cuando se reformaron los planes de estudios de las diversas carreras, procurando elevar los objetivos y el nivel académico. La marcha continuaba con paso en exceso lento. No obstante, entonces se gestaba un elemento importante que pronto rendiría frutos positivos, relativo a que ya se había iniciado el envío de estudiantes mexicanos al exterior. En el informe del rector ante el Consejo Universitario, presentado por Ignacio García Téllez, se encuentra una parte en donde dice: “[La Universidad] llama a su seno a los mexicanos que estudian en el extranjero, expuestos a perderse como factores de integración patria, y entre tanto regresan, procura estar en contacto con ellos, enterándolos de nuestra vida y recordándoles su país”. Desde luego, hay que tener en cuenta que estos estudiantes en el extranjero, en particular los de ciencias, tenían ante sí una disyuntiva complicada por obvia: o permanecían en el exterior, o renunciaban a su formación específica, involucrándose en la-bores un tanto ajenas a ella, o se incorporaban a la Universidad como personal académico, ya que ésta era la única instancia en el país con características capaces de asimilarlos en un plano profesional. Ellos habrían de conferirle un sesgo diferente y cualitativamente superior a las ciencias enseñadas e investigadas en la Universidad, la que, por su parte, no cejó jamás de escudriñar y de aprovechar toda circunstancia que le redituara una mejoría.
En 1931, la Facultad de Filosofía y Letras se encontraba dividida en cuatro secciones: Filosofía, Letras, Ciencias Históricas y Ciencias. Los grados que en esta última sección se concedían eran los de maestro y doctor en Ciencias Exactas; maestro en Ciencias Físicas, y maestro y doctor en Ciencias Biológicas. Dicha Facultad estaba ubicada en la calle San Ildefonso número 33, en el centro de la ciudad. Entonces, la población escolar de la Universidad ascendía a casi diez mil alumnos, de los cuales únicamente trescientos sesenta y nueve estaban inscritos en todas las carreras que esta Facultad impartía. Una reorganización general emprendida en la Universidad en 1935, dio lugar a la creación de una Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas. Con el principio de agrupar áreas académicas en torno de unidades docentes que fungirían a manera de ejes, esta Escuela emergió como parte integrante de la Facultad de Ingeniería y su misión principal, al menos de acuerdo con la visión de su principal promotor, el ingeniero Monges López, sería la de preparar futuros investigadores. La sede que le dio albergue fue el Palacio de Minería. Este mismo año ocurrió el trágico deceso de Sotero Prieto, pilar fundamental del desarrollo de las matemáticas y aun de la física en nuestro país. En diciembre de 1938 se promulgó un nuevo Estatuto General para la Universidad, con el cual comenzó de manera formal la existencia institucional de la Facultad de Ciencias. Al año siguiente, en el que propiamente iniciaron sus funciones, y de acuerdo con datos de la Secretaría General, la nueva Facultad contó con una matrícula de ciento catorce alumnos, de ellos cuarenta y seis eran hombres y sesenta y ocho, mujeres. Hasta entonces se habían expedido exclusivamente títulos de maestría en ciencias biológicas y uno sólo de profesor en matemáticas, concedido en 1938. La inmensa mayoría de los que ejercían como titulares ostentaban en realidad el título de ingeniero, pero a partir de ese momento se iniciaba una etapa completamente distinta en beneficio de las ciencias en la Universidad y, por ende, en México. El momento de la creación En octubre de 1938 el Consejo Universitario recibió un proyecto relativo a la creación de la Facultad de Ciencias; se trataba de un documento de primera importancia, no sólo porque constituía el origen de dicho plantel, sino porque en él se exponían los motivos por los que se tomó tal decisión. Dicho proyecto lo suscribieron el doctor Antonio Caso, director de la Facultad de Filosofía y Estudios Superiores; el doctor Isaac Ochoterena, director del Instituto de Biología; el ingeniero Ricardo Monges López, responsable de la Escuela Nacional de Matemáticas y Ciencias Físicas, y el doctor Alfredo Baños, director del Instituto de Ciencias Físico-Matemáticas. Los argumentos daban inicio con esta afirmación: “En todas las principales universidades del mundo, aun en las de segundo orden, existe una Escuela o Facultad dedicada al estudio superior de las ciencias”. Acto seguido, se deslindaba la enseñanza y el estudio de las ciencias en la universidad como elementos de cultura general, de la enseñanza y el estudio especializados, para después pasar a una crítica de la situación particular: “En nuestro medio universitario se ha tenido especial cuidado de formar buenas escuelas profesionales, dotándolas, hasta donde se ha podido, de todo lo que necesitan para preparar a sus alumnos, pero a los profesores universitarios y a los investigadores de la ciencia no se les ha prestado ayuda alguna, se han formado por su propia cuenta”. De conformidad con los propios autores, tal situación “no ha sido por falta de esfuerzos encaminados a ese fin, sino porque en los últimos años hemos vivido largos periodos de inquietud y hemos sufrido una continua falta de recursos que ha obligado a nuestras autoridades universitarias a posponer la resolución de los problemas culturales para atender a la imperativa necesidad de subsistir”. La propuesta consideraba “cuando menos” siete departamentos: Matemáticas, Física, Química, Biología, Geología, Geografía y Astronomía, y la creación consecuente de otros tantos institutos de investigación, razón por la cual “se propone que el Instituto de Ciencias Físico-Matemáticas se divida en dos institutos, uno dedicado a las matemáticas y otro a la física; que se establezca el Instituto de Química, que tanta falta hace, y que el Instituto de Investigaciones Geográficas se incorpore con el nombre de Instituto de Geografía […] de modo tal que cada jefe de instituto será al mismo tiempo, exoficio, jefe del departamento respectivo de la Facultad de Ciencias”. No deja de llamar la atención, por último, el que los términos de la propuesta se hallan limitado, como era lo usual, a reformulaciones legales, sin acompañar la exposición de motivos de una consideración relativa a los recursos humanos y físicos, y a la relación entre lo disponible y lo deseable. La organización, el reglamento y los planes de estudio para la nueva facultad fueron elaborados, en las ramas de física y matemáticas, por el ingeniero Monges López y por el doctor Alfredo Baños, quien recién había regresado al país después de graduarse en la Universidad John Hopkins y de haber recibido la beca Guggenheim, siendo el primer doctor en Física mexicano con residencia aquí (Sandoval Vallarta vivía en Estados Unidos). El documento fue presentado a la consideración del Consejo Universitario en noviembre de 1938. La iniciativa establecía diversos mecanismos de coordinación entre los departamentos y los institutos respectivos, esto con la clara intención de dar un fuerte impulso a la investigación y de integrarla al trabajo docente, razón por la cual el documento incluyó la propuesta de dividir el Instituto de Ciencias Físico-Matemáticas, de reciente creación, en dos institutos especializados, dando lugar así al surgimiento de un Instituto de Física propiamente dicho; el de Matemáticas sería posterior. La nueva Facultad otorgaría los grados de maestro y doctor en Ciencias, con una nomenclatura peculiar compartida con Filosofía y Letras en la que la maestría era equivalente a la licenciatura, y siendo requisito la obtención del primero para poder cursar el doctorado. El 19 de diciembre de 1938 se promulgó el nuevo Estatuto General; de esta manera dio comienzo la vida formal tanto de la Facultad de Ciencias como del Instituto de Física. El artículo 8 establecía que “los institutos tendrán un director, constarán de las secciones con el personal técnico y administrativo que señale el reglamento y dependerán directamente del rector. Cada uno de los institutos tendrá un Consejo consultivo [antecedente del actual Consejo Técnico de la Investigación Científica] que deberá hacer al rector todas las observaciones que estime pertinentes para el mejor desarrollo de los trabajos”. Los directores de institutos podrían durar indefinidamente en el cargo, de acuerdo con el artículo 34, pudiendo ser removidos por el Consejo a solicitud del rector o de un grupo de consejeros que representaran cuando menos un tercio de los votos computables en el órgano legislativo. Las labores efectivas dieron inicio en enero de 1939, año para el cual había sido aprobado el Reglamento de Pagos, estableciendo una cuota de inscripción para los alumnos de la Universidad de diez pesos y una colegiatura anual de cien pesos para los de la Facultad de Ciencias; ese año, después de una devaluación brusca, el dólar se cotizó a $5.19, y el salario mínimo diario general en la zona metropolitana era de $2.50, lo que suponía, para los alumnos de física, un pago anual equivalente a poco menos de veinte dólares y a cuarenta salarios mínimos. Adelantaremos aquí que, para 1940, la matrícula de la nueva Facultad representaba sólo 1.1 % de la población estudiantil universitaria. Para el caso de la física y la matemática, la Facultad de Ciencias continuó ocupando las instalaciones en el Palacio de Minería, y el edificio porfiriano de Ezequiel Montes número 15 albergó el área de la biología. El cambio más importante era, en realidad, el de perspectiva, ya que se había logrado el paso a la creación de una entidad autónoma para el desarrollo de las ciencias. El énfasis inicial fue puesto en el desarrollo de las matemáticas y la física y en la preparación de cuadros en el extranjero. Por su parte, el Instituto de Física comenzó sus trabajos en medio de dificultades principalmente de orden pecuniario. El primer ejercicio presupuestal no pudo hacerse efectivo debido a problemas administrativos; esa primera asignación fue de veinte mil pesos anuales, cifra que se elevó a treinta y ocho mil pesos en 1939. Aquí conviene recordar que en el curso de ese año dio comienzo la conflagración bélica en Europa, en cuyo contexto habría de tener lugar un impresionante desarrollo de la física nuclear. Para entonces, el Instituto ocupó un local dentro del Palacio de Minería, en la calle de Tacuba, en el centro de la ciudad. Aparte del doctor Baños, director del mismo y precursor en México, junto con Sotero Prieto y Blas Cabrera, de los estudios de Física Atómica y de Física Teórica, figuraban como investigadores el ingeniero Manuel González Flores y los profesores (aún no contaban con el título profesional) Héctor Uribe y Manuel Perusquía, así como un ayudante de investigador, el señor Pedro Zuloaga. Radiación Cósmica, Hidrodinámica y Elasticidad, Física Biológica, Física Nuclear y Radioactividad, Espectroscopía y Estructura Atómica, Rayos X y Estructura Molecular, Astrofísica, Geofísica y Laboratorio de Mecánica de Suelos eran las secciones que integraban el núcleo estructural del Instituto, según su plan original. Sin embargo, dadas las limitaciones presupuestales y, en general, las carencias de la Universidad, hubo de conformarse con establecer y hacer funcionar las secciones de Radiación Cósmica y de Mecánica de Suelos, e iniciar los trabajos teóricos de la geofísica. En un artículo preparado por el doctor Baños a finales de 1940 para la Revista de Estudios Universitarios, órgano de difusión de las Facultades de Filosofía y Letras, Ciencias y de la Escuela Nacional Preparatoria, el director del Instituto presentó a la comunidad universitaria las siguientes reflexiones: “A diferencia de otros institutos, tales como el Instituto de Biología, el Instituto de Geología y el Observatorio Astronómico Nacional, que ingresaron a la Universidad Nacional Autónoma de México en 1929, dotados de amplio patrimonio en cuanto a edificios, laboratorios, bibliotecas y personal, el Instituto de Física ha empezado sin patrimonio alguno, con lo cual la labor de creación a la vez que de organización y dirección se torna de lo más difícil, especialmente en vista de las circunstancias precarias por las que ha atravesado la Universidad durante los últimos tres años escasos que lleva de vida el Instituto de Física. Sin embargo, es la esperanza de esta Dirección que las autoridades universitarias, animadas de un alto espíritu de deber universitario y percatadas por entero de la importancia y trascendencia de la misión que el Instituto de Física está llamado a desempeñar dentro de la Universidad como laboratorio central de pruebas y medidas físicas y como centro de investigaciones en las ciencias físico-matemáticas, habrán de prestarnos su más amplia colaboración y franca ayuda para dotar, desde luego al Instituto, aunque sea de forma modesta y sencilla, de un edificio adecuado para sus oficinas, sus laboratorios y su biblioteca”. Estos acontecimientos fueron reconocidos por el rector Gustavo Baz en el informe que presentó en 1940: “De enorme trascendencia para el país fue la creación de la Facultad de Ciencias. La Universidad de México estaba integrada por un conjunto de Escuelas en las que se preparaba a los profesionistas. Pero nos faltaba la pura investigación científica y particularmente la preparación de los investigadores, hombres ajenos al ejercicio práctico de una profesión y que deben tener como fin la pura investigación científica”. Así fue como se inició en nuestro país la promoción institucionalizada de científicos, con presupuestos exiguos y escatimados, en un contexto generalizado de apatía, sin conexiones operativas con la planta productiva, y careciendo de estímulos sociales en favor del incremento de vocaciones en las diversas áreas. |
|||
|
Raúl Domínguez Martínez
Centro de Estudios sobre la Universidad,
Universidad Nacional Autónoma de México.
_______________________________________________________________ como citar este artículo → Domínguez Martínez, Raúl. (1999). La creación de la Facultad de Ciencias. Ciencias 53, enero-marzo, 4-13. [En línea] |
|||
| ← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → |
| revista de cultura científica de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México |
| portada articulo 1 | portada articulo 1 | ||
|
|
|||
|
Genes ¿para qué?
|
|||
|
Helène Gilgenkrantz, Jacques Emmanuel Guidotti
y Axel Kahn.
conoce más del autor
|
|||
|
|
← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → | ||
|
Nuestra percepción actual acerca de la genética está sufriendo cambios profundos. Desde los primeros trabajos de Gregorio Mendel en 1865, hasta el desarrollo de la enzimología y de la bioquímica de las proteínas en las décadas de los cincuentas y los sesentas, los estudios de genética se basaron en el análisis de la transmisión de caracteres fenotípicos de una generación a la otra, es decir, en el estudio de los caracteres observables. A partir de 1973, con el inicio de la ingeniería genética, se empezó a considerar que el procedimiento normal para identificar un gen consistía en caracterizar primero la proteína para la cual codifica. A mediados de los años ochentas, armados con la experiencia de la ingeniería genética y de los estudios de adn, se emprendió un retorno a las raíces: se estableció que el gen responsable de una enfermedad se puede identificar porque cosegrega (se transmite) con un fenotipo patológico, lo que se conoce como clonación posicional. La proteína se deduce a partir de la secuencia del gen identificado, e incluso se puede sintetizar por ingeniería genética. Este procedimiento también permite reconocer genes cuyas mutaciones no son directamente responsables de una enfermedad, pero que sin embargo aumentan la probabilidad de que ésta se manifieste, como en el caso de los genes de susceptibilidad a la arteriosclerosis, hipertensión o Alzheimer.
Recientemente la sed por descifrar nuestro propio genoma nos ha llevado a una nueva era, la de la genómica, cuyo principal objetivo es la secuenciación completa del genoma humano. De hecho, acaba de anunciarse la primera secuencia entera de un cromosoma humano, y podemos asegurar, sin demasiado riesgo, que todos los cromosomas habrán sido secuenciados en un futuro muy próximo.
Sin embargo, aún nos falta un enorme trecho antes de que a partir de la secuencia de los genes podamos inferir los fenómenos fisiológicos y patológicos. Entre los ochenta mil a ciento cuarenta mil genes de los que se compone nuestro alfabeto, sólo algunos están implicados en una enfermedad monogénica específica. Algunos de ellos son tan importantes que la más ligera mutación es letal, pero en otros casos existen candados de seguridad que permiten a ciertos genes paliar la ausencia o la alteración de otros, por medio de una cierta redundancia funcional. Además, el resultado fenotípico de un gen depende, generalmente, de su colaboración con otros genes y del contexto del medio ambiente, de la misma forma que el significado de una palabra depende de su posición dentro de una frase y debe de ser interpretado en función de la trama de la historia.
Ratones para los hombres
Uno de los prerrequisitos indispensables para la realización de ensayos terapéuticos clínicos es contar con modelos animales. A partir del nacimiento de la transgénesis, que permite la introducción de un fragmento de adn en el genoma desde los primeros estados de la embriogénesis, ha sido posible desarrollar diversos modelos de afecciones humanas. Por medio de esta técnica no sólo se pueden modelar enfermedades monogénicas, sino que también se han desarrollado modelos de cáncer en tejidos específicos y es posible estudiar la cooperación entre distintos oncogenes, la cinética de la aparición de un proceso canceroso y, de esta manera, establecer sitios potenciales de intervención terapéutica.
Hacia finales de la década de los ochentas se desarrolló una herramienta de creación de modelos animales muy poderosa; se trata de la posibilidad de reemplazar, durante las primeras etapas del desarrollo embrionario de los ratones, un gen normal por uno mutado, lo que se conoce como recombinación homóloga. Hasta entonces los investigadores habían dependido del carácter aleatorio de la mutagénesis, pero con esta nueva técnica, que se basa en el conocimiento del gen que se quiere interrumpir o mutar, se introduce la secuencia mutada en células embrionarias totipotenciales de ratón y, por medio de un método de selección positiva o negativa, se escogen aquellas células donde la secuencia mutada haya reemplazado a la secuencia normal del ratón. Gracias a esta técnica ha sido posible desarrollar modelos de mucoviscidosis que reproducen algunos de los signos de la afección en humanos, y fue posible probar la viabilidad, la eficacia y la inocuidad de las primeras tentativas de terapia génica. Desde entonces, la técnica de recombinación homóloga se ha refinado considerablemente, y ahora es posible controlar la disfunción de un gen en el tiempo y en el espacio, como si estuviéramos accionando un interruptor. Volviendo al ejemplo de la mucoviscidosis, o del gen responsable, el crtf, ha sido posible estudiar las consecuencias de la ausencia de su expresión en tipos de células específicos. Como esta técnica se basa en la homología de la secuencia del fragmento introducido con la del gen mutado, uno de los requisitos para poder emplearla es conocer, al menos, una parte de la secuencia del adn del gen que se quiere modificar.
A pesar de estos avances, los modelos animales no siempre constituyen una buena copia fenotípica de las afecciones humanas. Por ejemplo, los ratones mdx, que al igual que los niños con miopatía de Duchenne están desprovistos de distrofina muscular, presentan un diagnóstico vital normal aun cuando sus músculos presentan ciertas lesiones causadas por el proceso necrótico característico de esta enfermedad. En algunos casos es posible contar con otros modelos animales, como ciertas afecciones articulares o de hipertensión, en las cuales las ratas desarrollan una semiología cercana a la enfermedad humana. Sin embargo, la transgénesis es aún una técnica difícil de realizar en especies que difieren del ratón, como ratas, conejos y vacas. Una de las aplicaciones de la transgénesis podría ser el uso de los órganos de animales transgénicos para realizar xenotransplantes. Aunque esta idea ya no sea ciencia ficción pura, la técnica aún presenta grandes dificultades de orden inmunológico y de seguridad que será necesario vencer antes de poder ponerla en práctica.
Comprender mejor para curar mejor
El hecho de haber identificado al gen responsable de una afección no implica que se comprenda su función o su participación en la fisiopatología, sin embargo, es necesario establecer los lazos que unen a la estructura del gen y a la proteína con los efectos deletéreos que produce su ausencia, para poder diseñar estrategias terapéuticas dirigidas y eficaces. Un ejemplo espectacular y reciente que ilustra este proceso es el de los trabajos emprendidos por dos equipos franceses en torno a una enfermedad muscular, la ataxia de Friedreich, un padecimiento que sufre una persona de cada cincuenta mil en Europa. El grupo de Jean Louis Mandel y Michel Koenig, en Estrasburgo, identificó el gen responsable de esta enfermedad y bautizó a la proteína para la cual codifica, pero cuya función se desconoce, frataxina. Un año más tarde, el equipo de Arnold Munich y Agnes Rôtig, en París, observó una deficiencia en las proteínas fierro-azufre mitocondriales en las biopsias de endiomiocardio de los pacientes con ataxia de Friedreich. Con estas dos claves era posible describir la secuencia fisiopatológica de la enfermedad aunque no se hubiese descubierto la función precisa de la frataxina: acumulación de fierro mitocondrial, pérdida de las proteínas fierro-azufre y sobreproducción de aniones superóxidos tóxicos para las células. Siguiendo esta lógica, se probaron in vitro numerosas sustancias farmacológicas que pudieran intervenir en este ciclo. La vitamina c, que aumenta la producción de fierro reducido, aumentó la toxicidad; el desferral desplazó el fierro responsable de la destrucción de las proteínas fierro-azufre solubles de las membranas, y un agente antioxidante, el idebenone, que no reduce el fierro, protegió a las enzimas, tanto a las solubles como a las membranales. El tratamiento con idebenone permitió mejorar espectacularmente la hipertrofia cardiaca de los tres primeros pacientes tratados, y actualmente, solamente tres años después del descubrimiento del gen, ya se está llevando a cabo un ensayo clínico con más de cincuenta enfermos.
Desgraciadamente esto no sucede así para todas las enfermedades. Aunque el gen de la distrofina muscular de Duchenne fue identificado desde hace más de diez años, no se ha podido diseñar una terapia eficaz para los pacientes con este padecimiento. Sin embargo, numerosos trabajos han permitido la consolidación del conocimiento acerca de las proteínas de esta familia. Un equipo inglés encontró una proteína análoga, la utrofina, que se expresa durante la vida fetal debajo de la membrana muscular al igual que la distrofina, pero que desaparece casi totalmente y sólo se expresa en las uniones neuromusculares después del nacimiento. Experimentos con modelos animales mostraron que la utrofina es capaz de reemplazar a la distrofina en el músculo adulto, reforzando así la idea de la existencia de una homología funcional entre ambas proteínas. Uno de los ejes de investigación terapéutica consiste en tratar de estimular la reexpresión de la utropina fetal con el fin de prevenir la necrosis muscular.
Las estrategias terapéuticas derivadas del conocimiento del genoma no se restringen a las enfermedades monogenéticas o cancerosas. También se pueden aplicar para tratar enfermedades inducidas por agentes infecciosos. ¿O no fue acaso el conocimiento del genoma del virus del sida lo que permitió imaginar el eficaz tratamiento con antiproteasas?
Una mina de medicamentos
Mucho antes de la revolución del genoma los genes ya servían como una fuente indiscutible de proteínas medicamentosas. Gracias a la ingeniería genética y al conocimiento de la secuencia protéica y de su maduración postraduccional —que en ocasiones es esencial para su funcionamiento— ha sido posible desarrollar terapias de sustitución, es decir, la administración de la proteína “sana” para compensar a la que falta o que está mutada. Para obtener una proteína determinada en grandes cantidades se introduce el gen en un organismo, desde una bacteria hasta un mamífero, para que su maquinaria de transcripción y de traducción la sintetice. Esta técnica de síntesis de proteínas es preferible a la de purificación a partir de tejidos animales o humanos que ocasionaron graves accidentes. Entre la larga lista de proteínas que se producen con este método, también llamadas proteínas recombinantes, se encuentran la insulina, la eritropoietina, el factor viii, el factor ix, las enzimas lisosomales, la hormona de crecimiento, las citoquinas y el interferón.
En la era de la automatización y de la informatización intensivas, la secuenciación completa de nuestro genoma puede significar la posibilidad de identificar todos los sitios de intervención terapéutica o las moléculas protéicas codificadas por esos genes. En efecto, los genes codifican para las enzimas, los receptores o los canales, que son las proteínas sobre las cuales actúan y actuarán los medicamentos de hoy y del mañana. Un importante esfuerzo industrial ha sido puesto en marcha para identificar moléculas naturales y sintéticas capaces de interaccionar y modular la actividad de estos sitios “blanco”. Se han emprendido varios programas para identificar nuevos moduladores químicos de la expresión génica, en particular, se busca aumentar la actividad específica de los promotores de genes que tengan un interés terapéutico. Este estudio se puede realizar en cultivos de células que contengan en su genoma la región promotora del gen que se quiere analizar acoplada a un gen marcador. De esta manera se pueden probar varios miles de moléculas en cadenas automatizadas, lo que se conoce como highthrouput screening o tamiz de alto rendimiento. La modulación de la expresión del gen marcador se analiza por medio de sistemas ópticos integrados a procesadores informáticos. Una vez que se identifica una molécula activa se estudia su biodisponibilidad, toxicidad y metabolismo. En nuestro ejemplo de la distrofia muscular de Duchenne, una vía terapéutica posible consistiría en buscar moléculas capaces de estimular la reexpresión de la utropina bajo la membrana muscular como en el estado fetal, así como se logró la reexpresión de la hemoglobina fetal por medio de butirato, hidroxiurea y eritropoietina en la drepanocitosis.
Así como la genómica se refiere a la genética en la época de los programas de los genomas, la farmacogenómica es una nueva forma de ver la farmacogenética a una gran escala. La idea subyacente es que el desarrollo de los métodos de estudio genéticos de los individuos permitirá desembocar en una terapéutica personalizada, adaptada a cada caso en función de la sensibilidad individual a los efectos terapéuticos e iatrogénicos de los medicamentos. La fabricación de chips de adn, que inmoviliza en un soporte sólido sondas, permite explorar miles de eventos genéticos en poco tiempo. Por ejemplo, se podrá detectar la presencia de mutaciones activadoras de oncogenes, alteraciones de antioncogenes, modificación de genes de susceptibilidad, etc.
El empleo de los chips nos permite esperar que las personas con determinadas afecciones podrán recibir un tratamiento mejor adaptado a la forma etiológica de su enfermedad y de su “acervo genético”, en términos de eficacia y de minimalización de riesgos de toxicidad.
La terapia génica: un concepto evolutivo
La terapia génica podría definirse de varias maneras, pero tal vez el significado menos restrictivo sea el de la utilización de un gen como molécula medicamentosa. En realidad no es un concepto nuevo, pues en un principio se veía la terapia génica como un transplante de genes al igual que uno de órganos, en donde el órgano sano suple la función del defectuoso, por lo que se pensaba que este tipo de terapia estaría reservado a las enfermedades genéticas. De hecho, además de las afecciones hereditarias, todos los tratamientos de sustitución que emplean proteínas recombinantes podrán ser reemplazados por la transferencia de los genes que codifican para esas proteínas. Además de esta terapia génica de “prótesis”, la perspectiva de poder llevar a cabo una reparación directa de los genes mutados ha dejado de ser ciencia ficción.
¿Terapia germinal o terapia somática?
La transgénesis, como se aplica para fines terapéuticos en modelos murinos (de ratón) de enfermedades humanas, constituye el arquetipo de lo que llamamos terapia germinal. El gen introducido desde una etapa precoz de la embriogénesis estará presente en todas las células del organismo y, por consiguiente, se transmitirá a la descendencia. En realidad hay muy pocas indicaciones en las que se podría aplicar al hombre, ya que solamente las afecciones dominantes en estado homocigoto, que son excepcionales, se verían beneficiadas por un tratamiento de este tipo. En todos los demás casos una proporción de la descendencia no son portadores de la mutación, y en consecuencia basta con transplantar al útero materno los embriones sanos, en vez de introducir un gen corrector cuyo efecto terapéutico en los embriones mutados es incierto.
En cambio, la terapia génica somática busca corregir una mutación o introducir un nuevo gen en un tejido determinado, o incluso en un tipo celular específico, sin modificar la herencia del paciente. Las aplicaciones para este tipo de terapia son muy variadas, y a partir de este momento sólo nos referiremos a este tipo de terapia génica a lo largo del texto.
¿Transferencia de células o de genes?
De manera un poco esquemática se puede decir que hay dos estrategias distintas para introducir un gen en un organismo: la transferencia directa o la transferencia de células genéticamente modificadas ex vivo, es decir, transformadas fuera del organismo. La estrategia directa, in vivo, parece ser técnicamente más sencilla puesto que consiste en aportar directamente el gen de interés al órgano afectado. Ésta se utilizará preferentemente en los casos en los que se disponga de una vía fácil de acceso al tejido blanco, cuando las células que se quieran tratar no se puedan extraer, o cuando éstas se encuentren diseminadas por todo el organismo. La mucoviscidosis, que afecta sobre todo a las células epiteliales del tracto traqueobronquial, ciertas enfermedades neurodegenerativas, así como la miopatía de Duchenne, son algunos ejemplos en los cuales se podría aplicar la terapia génica in vivo.
La estrategia celular, en cambio, consiste en aislar células del paciente, cultivarlas ex vivo e insertarles, generalmente por medio de vectores virales, el gen terapéutico. Esta estrategia se parece a los autotransplantes. Entre las enfermedades susceptibles a ser tratadas por este método y para las cuales los primeros ensayos clínicos, desgraciadamente aún raros, dieron resultados biológicos efectivos, se encuentran el déficit en adenosina desaminasa y la hipercolesterolemia familiar debida a la falta de receptores ldl. En el caso del déficit en adenosina desaminasa, los linfocitos aislados de niños afectados fueron infectados con un vector retroviral que contenía una versión normal del gen y, posteriormente, se volvieron a introducir en los pacientes. Las respuestas inmunológicas de los enfermos tratados mejoraron notablemente de manera durable. En el caso de la hipercolesterolemia, los hepatocitos de los pacientes se aislaron a partir de una biopsia hepática, se pusieron en cultivo y se indujo su proliferación al mismo tiempo que se infectaban con un retrovirus que contenía el gen del receptor ldl. Estos hepatocitos tratados fueron reinyectados a los pacientes por vía intraportal, sin embargo, el tratamiento no resultó muy eficaz. Posiblemente esto se debe a que la técnica, sin duda muy pesada, está además limitada por el número de células que se pueden corregir y reimplantar.
Cualquiera que sea la estrategia que se emplee, la directa o la celular, hay que notar que es posible hacer secretar una proteína potencialmente terapéutica a un tipo celular que normalmente no la produce. Esto permite escoger un tipo celular que sea capaz de secretar de manera eficaz una proteína terapéutica, aunque no sea el blanco principal de la enfermedad, lo cual resulta en más posibilidades terapéuticas. De la misma forma, las células modificadas pueden ser reimplantadas en un lugar que no corresponda con el tejido de origen. Por ejemplo, algunos experimentos con mamíferos grandes, como los perros, mostraron que es posible programar fibroblastos para que secreten una proteína lisosomal. Cuando se implanta en la cavidad peritoneal del perro un tejido sintético inerte constituido de fibras de colágeno y factores de crecimiento, llamado organoide, que espontáneamente se vasculariza, los fibroblastos secretan de manera activa la enzima.
Medicina regenerativa
Uno de los factores limitantes es la necesidad de obtener un buen número de células corregidas para poder generar un efecto terapéutico. Por lo tanto, si se les pudiera conferir alguna ventaja para su proliferación se incrementaría la eficacia de la estrategia. En este sentido, los resultados obtenidos por el equipo de Alain Fisher en el hospital Necker de París en el tratamiento de niños con un déficit inmunológico, son particularmente interesantes. En este caso, la introducción del gen normal en las células hematopoiéticas de los pacientes produjo una ventaja proliferativa a las células modificadas sobre las que residen en la médula. Esto permite explicar la extraordinaria eficacia que obtuvieron con el tratamiento a pesar de que el número inicial de células corregidas era muy bajo. Este concepto de “medicina regenerativa” no se limita al tejido hematopoiético, también se ha demostrado que funciona en el tejido hepático del ratón. Como el hígado posee la capacidad espontánea de regenerarse, es posible, confiriéndoles una ventaja selectiva a los hepatocidos reimplantados, inducir la proliferación de los hepatocitos corregidos en detrimento de los hepatocitos residentes y, de esta manera, asistir a la población progresiva del hígado con células modificadas. Este concepto tendrá, probablemente, grandes aplicaciones en la terapia génica del tercer milenio.
Desde la perspectiva del empleo de células con una ventaja proliferativa, las células madre son muy atractivas, ya que constituyen, al menos en teoría, un reservorio casi ilimitado de células diferenciadas potencialmente útiles en terapia génica. Desde algunos años parece que nuestro patrimonio de células madre de hígado, músculo e, incluso, de cerebro, es mucho más grande de lo que imaginábamos.
Así, hemos podido observar células neuronales que se diferencian en células hematopoiéticas, células hematopiéticas en hígado o músculo, e incluso hemos podido aislar células de músculo esquelético capaces de colonizar la médula. Este tipo de células parecen adaptar su comportamiento al medio en el que se encuentran, como si fueran una especie de camaleón. Ser capaces de aislar, cultivar y hacer proliferar este tipo de células sin duda permitiría revolucionar la terapia por autotransplante de células, genéticamente modificadas o no, de todos los tipos de afecciones para las cuales la única posibilidad terapéutica es el transplante.
Terapia génica aditiva o cirugía reparadora
Los primeros esfuerzos de terapia génica fueron dirigidos a las enfermedades genéticas. La adición de una copia normal del gen permite pasar, al menos en los casos de las enfermedades recesivas, de un estado homocigoto que presenta la enfermedad, a un estado heterocigoto fenotípicamente sano. Sin embargo, la necesidad de transmitir el gen a todas las células del tejido afectado por la enfermedad y de que la proteína terapéutica se exprese durante toda la vida del paciente ha restringido de manera considerable la eficacia terapéutica de los ensayos clínicos planeados hasta ahora. Si bien, el concepto es muy elegante, su realización es, por lo pronto, delicada. Otra posibilidad, considerada por mucho tiempo como mítica, se ha abierto recientemente: se trata de la posibilidad de reparar el sitio del gen mutado, como un tipo de cirugía estética. Esta posibilidad, realmente revolucionaria, de poder cambiar la porción mutada de un gen por su contraparte sana, se basa en el hecho de que las dobles hélices de arn-adn son más estables que las de adn-adn. En los casos en los que se conoce la secuencia mutada basta con introducir una secuencia muy corta de arn-adn en las células donde la mutación es deletérea, para corregir la zona mutada. Esta técnica, también conocida como quimeroplastia, tiene la gran ventaja de que no introduce ninguna secuencia exógena al genoma de las células tratadas. Hasta ahora solamente se ha probado en animales pero ya ha dado resultados espectaculares en distintos modelos de enfermedades humanas, como la hemoglobina, donde fue posible corregir 30% de las células hepáticas, o en un modelo de Crigler-Najjar, una hiperbilirrubinemia severa. Sin embargo, es necesario recalcar que esta cirugía sólo se aplica a casos de mutaciones puntuales, ya que no funciona más que para un número muy pequeño de pares de bases, y que en un gran número de enfermedades cada paciente necesitaría su propia terapia.
El geneticista que desde hace más de veinte años clona genes e identifica las mutaciones responsables de las enfermedades genéticas sin poder realizar su sueño de repararlas, no podría esperar mejor recompensa a sus esfuerzos que la obtención de resultados equivalentes en humanos.
Un resultado promisorio
Frecuentemente se le reprocha a las estrategias de terapia génica el hecho de ser extremadamente caras y difícilmente generalizables. A pesar de ello, esta intensa actividad de investigación ha llevado a una aplicación marginal del ámbito de la prevención más que de la terapéutica, que podría revelarse como extremadamente eficaz y poco costosa: la vacunación. En efecto, ahí donde la terapia génica fracasa por causa de la eficacia restringida de la transferencia de genes y por los límites temporales de la expresión, la vacunación por inyección de adn desnudo, que no requiere más que una pequeña cantidad y una expresión transitoria del antígeno, podría constituir una vía futura. La inyección intramuscular de adn desnudo que codifica para los antígenos ha permitido desencadenar una respuesta inmune de tipo celular y humoral. El uso extensivo de este método para la vacunación antiviral en países en vías de desarrollo sería suficiente para justificar todos los esfuerzos emprendidos hasta este momento.
|
|||
|
Helène Gilgenkrantz
Jacques Emmanuel Guidotti
Axel Kahn
Institute Cochin de Génétique Moléculaire,
inserm u129, París.
Traducción
Nina Hinke
|
|||
| ← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → |
![]() |
![]() |
||||
|
|
|||||
|
Testimonios de la génesis de la Facultad de Ciencias
|
|||||
|
Francisco Javier Cepeda Flores
conoce más del autor
|
|||||
|
|
← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → | ||||
En la creación de la Facultad de Ciencias participaron múltiples actores: profesores, alumnos que se convirtieron en maestros aún sin haber terminado la carrera, y funcionarios de diferentes niveles. Este texto, que es parte de una investigación más amplia acerca de la historia de la Facultad de Ciencias, recoge algunos testimonios de quienes vivieron aquella época y nos narra distintas vivencias y opiniones al respecto.
Empecemos con uno de los maestros de la Escuela de Altos Estudios y de la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas, alumno y compañero de Sotero Prieto y primer mexicano que recibió la beca Guggenheim en el área de matemáticas, Alfonso Nápoles Gándara: “En ingeniería me tocó un profesor que es el que más impresión me ha dejado: don Sotero Prieto, matemático. Al alumno que le veía vocación le ayudaba; sus clases eran realmente para formar al alumno.” En ese entonces “no había otra escuela donde enseñaran matemáticas, después de la preparatoria; las únicas escuelas que había en donde se podía encontrar algo más de matemáticas eran Ingeniería y Arquitectura; yo fui a la primera no tanto por la vocación de ingeniero, sino por las matemáticas, pero eran dos años los que existían de matemáticas”. No había gusto, interés, no había patrocinio para las matemáticas; se consideraba un artículo de lujo que no valía la pena; no había obras de ingeniería grandes, las obras grandes las hacían extranjeros: ferrocarriles, presas; todavía no existían estos centros de ingeniería que hay ahora. Los principales ingenieros que fueron alumnos míos comenzaron a trabajar después”.
Al recibir la beca Guggenheim, Nápoles Gándara se trasladó al Massachussets Institute of Technology a estudiar matemáticas superiores. Durante año y medio cursó materias desconocidas en México, las cuales, por intermediación suya, se empezaron a impartir en el país en 1932: cálculo vectorial, cálculo de números complejos, análisis, cálculo tensorial absoluto, investigación de cálculo, funciones analíticas, geometría diferencial, probabilidad e historia de las matemáticas, entre otras.
En 1932, cuando el maestro Nápoles regresó de Estados Unidos, Antonio Caso, entonces director de la Escuela de Filosofía y Letras, le pidió que comenzara a formular un plan para impartir las clases de física y matemáticas independientes de Ingeniería, que no tuviera que ver con ella; un plan de estudios que satisfaciera la necesidad de la materia misma y no las necesidades de Ingeniería. Junto con Sotero Prieto, Alfredo Baños y otros, Nápoles Gándara se hizo cargo de la enseñanza de la física y las matemáticas a nivel superior con programas y planes de estudio bien establecidos.
Los alumnos fueron pocos, ocho o diez, algunos de ellos eran normalistas y otros “alumnos de ingeniería con vocación por las matemáticas”, quienes después destacarían como ingenieros, físicos o matemáticos. En 1933 llegaron a esos cursos Carlos Graeff Fernández y Alberto Barajas.
Fue en el verano de 1934 cuando el maestro Nápoles gestionó la visita de D.J. Struick con la ayuda de la Sociedad Científica Antonio Alzate y con los fondos proporcionados por el secretario de Educación Pública Narciso Bassols. Al respecto, Nápoles Gándara cuenta que “había muchas dificultades en México con la Universidad, por ahí se decía que había el propósito de hacerla desaparecer, que tenia un patrimonio muy pobre y creo que se le disminuyó; el rector tuvo que disminuir su sueldo y también el de los profesores. En esas circunstancias no era posible pedir dinero para traer un profesor extranjero, ¡pero había necesidad de hacerlo!”
A pesar del distanciamiento con la Universidad, Nápoles Gándara y sus compañeros lograron convencer al gobierno. “Las conferencias de Struick gustaron tanto que en ese año de 1934 se planea con la Rectoría de la Universidad la formación de una Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas, que no estuviera en Filosofía y Letras, sino que tuviera cierta libertad y más asociación con la ingeniería y la química”. Durante la rectoría de Gómez Morin se inició el diseño de la nueva estructura de la Universidad. Un punto fundamental de esta propuesta era que se incluyeran cuatro corporaciones integradas por varias escuelas y facultades. Una de ellas era la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas, que fue aprobada el 21 de enero de 1935, ya en la rectoría del doctor Fernando Ocaranza.
En la nueva estructura universitaria se estableció el nombramiento de jefes de grupo de las áreas académicas, novedosas unidades concebidas como rectoras, organizadoras e impulsoras de la enseñanza y la investigación en áreas específicas del conocimiento, pero independientes de las escuelas. A don Sotero Prieto, desde el año de 1934, lo nombraron jefe de grupo de matemáticas, tanto para Ingeniería como para toda la Universidad, por lo que tenía la responsabilidad de integrar varias materias que se ofrecían en esta disciplina. La novedosa estructura se prestaba a las fricciones con las escuelas y facultades. Nápoles Gándara señala que “hubo una pugna, seguía esa oposición a la matemática de personas que creían que ésta no tenía realmente una gran fuerza de ser; que decían que la matemática superior era nada más cosa de lujo. La matemática elemental seguía atendiéndose en ingeniería, de acuerdo con sus necesidades”.
Sin embargo, los ingenieros tenían presencia dentro y fuera de la Universidad, es decir, eran más políticos. Los consejeros universitarios por la Facultad de Ingeniería, Ignacio Avilés, director de la misma, y Ricardo Monges López, impusieron su proyecto en el que supeditaron bajo su dirección el área de matemáticas, a pesar de que la concebían diferente a los matemáticos. Aun en la actualidad existe esa discusión sobre la orientación de esta área de estudio.
Así, al respecto de la creación de la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas, el maestro Nápoles Gándara cuenta que “hubo oposición contra la formación de esa Escuela. No creían que el Departamento de Física y Matemáticas mereciera el nombre de escuela para dar, independientemente, clases de física y matemáticas. Pero con este movimiento donde intervino mucho la política, lograron en el Consejo Universitario que el rector aprobara —por esta única vez, según se dijo— que el director de la Escuela de Física y Matemáticas fuera el director de la Facultad de Ingeniería —Ignacio Avilés.
Don Sotero Prieto recibió con esto una gran decepción. Él era la persona indicada para dirigirlo, pero no era ingeniero y fue una de las cosas que más sirvió a esas personas para que don Sotero no quedara como jefe”.
El plan de estudios elaborado por don Sotero Prieto fue muy criticado por los opositores. “Los dos primeros años de la Facultad eran igual para todos —continúa Nápoles—, para ingenieros, químicos y físico–matemáticos. Esto no era novedad, así era en Estados Unidos, así era en el mit. Se planeaba que hubiera una preparación científica físico-matemática básica, elemental y después cada escuela vería si tendría necesidad de alguna otra materia, pero sirvieran no nada más para lo que quería Ingeniería”.
Al iniciar los cursos, en 1935, se contó con profesores como Carlos Graef, Alberto Barajas, Bruno Mascalzoni y Nabor Carrillo. Amparándose en cierta ambigüedad del proyecto, la Facultad de Filosofía y Letras conservó la administración de los nombramientos de maestrías y doctorados en física y matemáticas.
Las fricciones con los ingenieros continuaron, en particular, por una diferente concepción de las matemáticas y hasta por la escasez de salones. A los ingenieros les parecían excesivas las matemáticas que requerían cursar y les molestaba el alto índice de reprobados. Quizá quien más sufría por estos hechos y por el desaire de que había sido objeto era don Sotero Prieto, pues el no haber sido nombrado titular de esta área, las críticas a su plan de estudios, la presión para disminuir la cantidad y calidad de las matemáticas para los ingenieros y algunas fricciones menores con los alumnos de ingeniería, le produjeron, primero una gran decepción, después irritación y finalmente una tragedia. En ese mismo año de 1935, precisamente el 22 de mayo, con cincuenta años de edad, se quita la vida ante el asombro de todos. Aunque los testimonios hablan de muchas conjeturas, familiares y personales, nadie de los que vivieron ese momento descartó que lo que sucedía alrededor de la Escuela de Física y Matemáticas fuera un factor para la trágica determinación tomada por el maestro de todos los matemáticos del momento. La muerte de don Sotero Prieto fue una terrible pérdida que nunca la olvidaron quienes la vivieron.
Al año siguiente, al desaparecer las jefaturas de grupo, nombraron jefe de esta área al ingeniero Ricardo Monges López, quien “mandó a varios a que se doctoraran en los Estados Unidos, y él mismo pidió licencia para ir a ese país a ver cómo se manejaban las escuelas superiores. A su regreso quiso hacer una escuela, ya como escuela de ciencias”.
A pesar de todo, durante 1936 y 1937 continuó la ampliación de cursos de matemáticas, aunque la Escuela de Física y Matemáticas no diera títulos, ya que este trámite aún lo realizaba Filosofía y Letras.
Ya en 1938 eran varias las voces que expresaban la necesidad de que México tuviera una Facultad de Ciencias. Con ello, mostraban que lo que existía no era suficiente. Desde mediados de año los directores de la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas y el recién creado Instituto de Física y Matemáticas, iniciaron las gestiones ante las autoridades para la creación de la Facultad de Ciencias, como institución independiente. “Y entonces, Monges López llamó a Caso, a Baños, a mí y a otros —cuenta Nápoles Gándara— para presentar un oficio al Consejo Universitario para fundar la Facultad de Ciencias, y se fundó ese mismo año de 1938”. Aprobada la iniciativa, Ricardo Monges López quedó como director, y el maestro Nápoles como jefe de clases de matemáticas. Así se completaba un ciclo de la ciencia en México para iniciar otro, aunque la facultad aún no tenía edificio propio, ya que seguía instalada en la primera “casa de la ciencia en México”: el Palacio de Minería, todavía ocupada por los ingenieros, como inquilinos principales.
La importancia de la física teórica
En 1933 uno de los alumnos de aquellas clases en la Facultad de Filosofía y Letras reorganizadas por Nápoles Gándara y Sotero Prieto, habría de convertirse en un destacado actor de la Facultad de Ciencias. Carlos Graeff Fernández representa la nueva generación, después de Nápoles Gándara, que hace las veces de eslabón de continuidad.
Graeff Fernández se inscribió en la Facultad de Ingeniería en 1931, todavía en los tiempos en donde andar sin sombrero era una falta grave, como asistir descamisado hoy día, según su propio comentario. Él también ingresó a dicha facultad porque era donde se cultivaban la matemática y la física. El maestro Graeff se inscribió en la carrera de ingeniero petrolero “porque pensé que, siendo México un país petrolero y viéndose que en el porvenir íbamos a tener que manejar nuestros propios recursos petroleros, pensé que esa carrera era de futuro y que ahí tendría oportunidad de satisfacer mis deseos de estudiar física y matemáticas más profundamente”.
En el Departamento de Física y Matemáticas tomó clases con Sotero Prieto, Nápoles Gándara y Mariano Hernández, además de las materias de ingeniería para completar el programa de la carrera de físico–matemático. “Sí, había muchos ingenieros que querían profundizar, pero personas que querían seguir la carrera de físico–matemático, que era lo que nos hubieran dado de título si terminábamos, éramos dos: Alberto Barajas y yo. Fuimos los primeros alumnos”. La insuficiencia de aquel Departamento de Física y Matemáticas era clara porque no había laboratorios y sólo se recibían las materias especiales de los maestros mencionados.
El maestro Graef al referirse a los ingenieros, afirma: “claro que ellos sentían la necesidad de que hubiera, de que se cultivara la física y las matemáticas de alto nivel teórico, para tener ellos dónde consultar”. Eran muchos los interesados haciendo obras de ingeniería civil, que sentían el atraso y así lo expresaban. Sí, había la presión porque se desarrollara en México la física y las matemáticas”.
La Academia Antonio Alzate es clave en esta historia. “Ahí, en la Alzate nos asomabamos a lo que pasaba en el mundo”. De hecho, esa Academia se convirtió en el enlace con el Instituto Tecnológico de Massachussets, ya que a ella asistía Manuel Sandoval Vallarta, quien, siendo profesor de dicha institución estadunidense, pasaba los veranos en México haciendo labor académica. “Yo expuse una vez en la Alzate, estando él presente y al final me dijo si quería estudiar en Estados Unidos”, comenta Graeff, quien en 1937 obtuvo la beca Guggenheim por recomendación de Sandoval Vallarta, que también habría de ser su maestro de física de altas energías y rayos cósmicos, así como su director de tesis sobre órbitas periódicas en la radiación cósmica primaria.
En este contexto, la necesidad de crear una Facultad de Ciencias independiente parecía inevitable, como lo señala Graeff: “En primer lugar el ejemplo del extranjero. Luego la tendencia de separarnos de la Escuela de Ingenieros que veía en nosotros un apéndice que debía cultivar lo que a ellos les interesaba. La física no es nada más la física que el ingeniero necesita; aunque ellos tenían conciencia de que requerían más de lo que se les enseñaba, pero no cualquier rama de la física les interesaba. Ellos querían desarrollos en elasticidad e hidráulica ligadas a presas y canales, que se les ha dejado a ellos, porque el físico tiene otras prioridades; para un desarrollo vigoroso de las ciencias se necesitaba la separación”. Con la creación de la nueva Facultad de Ciencias también se iniciaría la era que dejó atrás el uso del sombrero que tanto le incomodaba al maestro Graeff.
La atracción por las matemáticas
Compañero de Graeff, Alberto Barajas también fue alumno del Departamento de Física y Matemáticas. “Recuerdo el conflicto personal cuando entré a la Escuela de Ingenieros, en que por un lado me encontraba con las clases de Sotero que eran totalmente fascinantes, y por otro lado las materias ingenieriles, muy mal dadas, muy decepcionantes; acababan con el poco gusto que se pudiera tener por la ingeniería civil”.
“Entonces había una rebeldía muy clara contra el sistema educativo que no nos permitía seguir auténticamente nuestra vocación más urgente”. Ante estas carencias, un muchacho “se sentiría sumamente frustrado porque el ambiente no le permite seguir su vocación. Era lo que sentíamos todos los muchachos que teníamos vocación científica, al ver, al estrellarnos contra los planes de estudio, en que de ninguna manera se nos daba la oportunidad de desarrollarnos. Esta desesperación que sentíamos muchos no aparece en los planes de estudio, ni hay ninguna constancia, la vivíamos; o sea que algunas gentes se sentían tan desesperadas como yo, pero no quedó nada escrito, simplemente se puede platicar”. “Fue esa desesperación la que empezó a producir en el ambiente ciertos cambios. Entramos a Ingeniería; tomamos las clases con Sotero; Sotero vio que había un grupo de entusiastas; propuso crear unos cursos superiores de matemáticas; y así se estableció el departamento correspondiente dentro de la Escuela de Ingenieros, que fue simplemente para dar salida a esas inquietudes. Por supuesto que no había planes de estudio sistemáticos, ni títulos”.
“La situación sicológica nuestra era muy distinta, entonces no aspirábamos ni a constancias, ni siquiera a inscripciones regulares. Aspirábamos ferozmente a oír hablar de matemáticas superiores a algunas gentes que las conocieran y el único que las sabía en México era Sotero y posteriormente Nápoles Gándara. Entonces fue una verdadera pasión la asistencia a esos primeros cursos de matemáticas superiores que se dieron dentro de la escuela de ingenieros, en el Departamento, y que son el germen de la Facultad; pero un germen todavía muy caótico, muy amorfo, nadie tenía ideas claras de a dónde iban a desembocar esos esfuerzos”.
Además de los cursos de geometría analítica, cálculo diferencial e integral que impartían en la preparatoria, y uno de historia de las matemáticas que se ofrecía en la Facultad de Filosofía, los temas que se abordaron tenían que ver con el álgebra, las funciones analíticas, las funciones de variable compleja, la mecánica superior y las probabilidades. Estos cursos se tomaron en el Palacio de Minería, como un embrión de lo que sería posteriormente la Facultad de Ciencias. Pero en 1935 “se suicida Sotero Prieto y nos quedamos totalmente en alta mar, náufragos; sin profesor. Fue un shock nervioso espantoso; para mí fue traumatizante porque pocos días antes había estado con nosotros dándonos clase a Graeff y a mí, y lo habíamos visto de buen humor. Cuando fuimos a la Delegación y lo vimos allí muerto fue una impresión espantosa”.
El hueco que dejó el maestro Sotero, apunta Barajas, “no se llena nunca. Él fue una personalidad única; la influencia que tuvo Sotero en sus discípulos creo que no la hemos tenido ninguno de nosotros; la pasión desesperada, la desesperación con que veía las condiciones de México no la hemos sentido ninguno de nosotros. Siento que Sotero estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para enseñarnos, le preocupaba muchísimo. Una vez que faltó Sotero vimos que de algún modo teníamos que realizar la obra que dejó incompleta; no íbamos a regresar a Ingeniería, a olvidarnos de las matemáticas”.
Por eso “creo que muchos sentíamos que ya como parte de Ingeniería era poca cosa para la ciencia y que debería hacerse una escuela especializada para enseñar matemáticas y física. Creo que estaba en el ánimo de muchas gentes la idea de que se creara una Facultad de Ciencias”.
Esta idea alguien tenía que concretarla; alguien que quizá no fuera el mejor preparado teóricamente pero sí el más adecuado de acuerdo a las circunstancias. Entonces, “el que movió los hilos dentro del Consejo Universitario para que se viera con simpatía la iniciativa fue Monge López. Era el más activo políticamente y con el apoyo entusiasta de Caso, de Ocaranza, de Baños y de Ochoterena como biólogo”, logró el consenso para que la creación de la Facultad de Ciencias fuera aprobada.
El logro, más allá de las personas, se “recibió con gran entusiasmo, creo que gusto mucho la idea. A los que andábamos de náufragos era como ver tierra firme al final. Tener una casa propia donde estudiar, donde desarrollarse, donde actuar, donde hacer prosélitos, en fin, ya sentíamos que México entraba al estudio de la ciencia en serio, con una institución digna y apropiada”.
“A mí lo que me parece más interesante de toda esta época es lo que no está escrito, lo que simplemente vivimos algunas gentes, lo que pasó, y es difícil describirles y difícil que lo entiendan las nuevas generaciones. De hecho lo que sucedió fue un milagro; yo no me estaba dando cuenta de que estaba pasando un milagro, pero visto en la perspectiva de los años lo que ocurrió fue un ¡milagro inexplicable!”
El aislamiento de la biología
Mientras que la física y las matemáticas, según quedó expuesto, se desarrollaron dentro de Ingeniería, en el caso de la biología su desarrollo fue más complejo y diverso, ya que esta disciplina estaba relacionada con Filosofía y Letras, Medicina, Veterinaria, la Preparatoria Nacional, la Normal de Maestros, la Secretaría de Agricultura, Sanidad Vegetal y Animal; Salubridad y otras dependencias oficiales.
Al interior de la Universidad, la biología tuvo mayor éxito que otras áreas, lo que permitió que permaneciera dentro de la Escuela de Altos Estudios, primero, y posteriormente, en Filosofía. Ésa es una de las razones de por qué Caso participó en el proyecto de creación de la nueva facultad.
A decir de Monges, “el doctor Caso estuvo completamente de acuerdo con esta proposición y así lo expresó públicamente en un discurso que pronunció en el Anfiteatro Bolívar, con motivo del aniversario de la fundación de la Universidad”. En otro testimonio agregó que “el doctor Antonio Caso manifestó que él deseaba que la Facultad de Filosofía se dedicara exclusivamente a la filosofía, la historia y las letras y recobrara su antiguo nombre”. Caso aceptó el desmembramiento porque dentro de Filosofía y Letras el área científica había tenido tropiezos y los biólogos quedaban un tanto aislados; además de que a Caso no le gustaba el nombre que la facultad había adquirido. Lo de “Filosofía y Letras y Estudios Superiores”, según señala el biólogo Juan Luis Cifuentes “le molestaba porque él decía que la filosofía también eran estudios superiores, y por esta razón él, más que nadie, presionó a los biólogos para que se pasaran a la nueva facultad”. Y así fue de acuerdo con el proyecto aprobado, pero en la práctica los biólogos continuaron separados hasta los cincuentas, época en la que se reunieron con los físicos y los matemáticos en sus instalaciones de Ciudad Universitaria. Ellos tomaban clases en el edificio porfiriano de Ezequiel Montes 115, “salvo las clases de bioquímica y algunos laboratorios que tomábamos en la Casa del Lago, en el Bosque de Chapultepec, donde en ese entonces estaba el Instituto de Biología”, a decir del maestro Cifuentes, quien fue el primer biólogo que asumió la dirección de la Facultad de Ciencias, en junio de 1973; antes, sólo los físicos y los matemáticos habían ocupado la dirección y, de hecho, eran ellos los que tomaban las decisiones. En esa época la facultad ya existía, pero en el aspecto operativo las carreras aún estaban separadas, al grado de que los estudiantes y maestros se veían solamente en las ceremonias o en las elecciones comunes.
Estas fueron las causas que provocaron que los biólogos tuvieran menor peso en la creación de la facultad. Sin embargo, su participación fuera de la Universidad fue más extendida, ya que la intervención temprana en la docencia y el carácter propio de la biología como disciplina de campo, que obliga a estar en contacto con la naturaleza, influyó para que los biólogos se relacionaran más con lo que acontecía en el país.
De hecho, ante estas circunstancias pueden apreciarse al menos dos grandes tendencias, es decir, dos desarrollos o quizá, en otras palabras, dos escuelas dentro de la biología en México de este siglo. Ambas con importante influencia en el ámbito educativo, pero con diferencias de concepción y de actuación. La primera, considerada heredera de la tradición biológica, tuvo menos influencia en los primeros años de la facultad porque estuvo más comprometida con la dinámica social, tanto en las luchas ideológicas y políticas como en la práctica de campo y las necesidades ligadas con los problemas de salud, alimentación, educación y productivas en general, así como en la conservación en el medio ambiente, cuyo principal representante fue Enrique Beltrán; y la segunda, más ligada con el academicismo universitario, encuadra particularmente con la etapa idealista de la Escuela de Altos Estudios en filosofía y, durante muchos años, con el Instituto de Biología, fundado en 1929 al desmembrarse la Dirección de Estudios Biológicos. Sus líderes, entre los que destacan Isaac Ochoterena, igual que en la otra tendencia, también participaron en los trabajos educativos de organización y formación de cuadros docentes y de investigación fuera de la Universidad, aunque en menor medida.
De esa última tendencia se conformaron dos grupos antagónicos, cuya rivalidad influyó en la Facultad, en el Instituto y hasta en las sociedades gremiales. Posteriormente, en la década de los cincuenta, se desprendió un importante grupo encabezado por la doctora Amelia Sámano, que chocó con el liderazgo rígido de Isaac Ochoterena, director del Instituto de Biología, y tomaron el control del poder dentro del Departamento de Biología de la facultad.
Un darwinista jacobino
“Mi vocación nació en la primaria, teníamos una maestra que quería su materia y nos enseñaba algo de zoología y de botánica, con unas láminas muy bonitas, por lo que decidí seguir en esto”, cuenta Enrique Beltrán, alumno del maestro Alfonso L. Herrera y actor de primera fila de los acontecimientos aquí narrados. Se inscribió en 1920 en la Escuela de Altos Estudios, donde, por sus méritos como estudiante, al año siguiente fue nombrado ayudante en el curso de botánica, y continuó su labor como estudiante y profesor, hasta terminar en 1925 cuando la Escuela cierra argumentando motivos económicos. “Cuando yo acabé, la Universidad se había puesto muy reaccionaria y en la Escuela de Altos Estudios había algunos profesores de izquierda, por ejemplo, en Ciencias Naturales estaba el maestro Herrera y yo mismo. Había surgido un grupo fuerte de izquierda y querían acabar con él y usaron un pretexto muy justificado, de que era muy cara la Escuela, dado el número de gentes que producía, así que decidieron cerrarla en 1925. El responsable de este asunto fue Antonio Caso, que era enemigo rabioso de la ciencia”. A pesar de que los profesores ofrecieron dar las cátedras sin sueldo, la decisión ya estaba tomada y se consumó de acuerdo a lo programado. Después de un año, “con lo cual, quienes habíamos sido maestros perdíamos nuestros derechos, crearon la Facultad de Filosofía y Letras de Altos Estudios y Normal Superior. Incluía todo lo que había tenido Altos Estudios, humanidades y ciencia, es decir, era prácticamente la misma escuela, nada más que purgada para sacar a todos los que nos querían correr y para meter a otros. Por ejemplo, meter a Ochoterena, que no había logrado entrar. Ochoterena tenía cierta animadversión por mí, desde luego porque era alumno de Herrera, a quien odiaba. Ochoterena, Ocaranza y Elíseo Ramírez eran los tres que habían trabajado a las órdenes del maestro Herrera, quien fue el que les dio el primer empujón, metiéndolos a la Dirección de Estudios Biológicos. Pero ellos eran un poquito ‘alborotadorcillos’ y se confabularon para sacar al maestro Herrera de la Dirección de Estudios Biológicos y poner a Ocaranza, formando un triunvirato. Pero claro, el que tiene el poder político es el que gana, así que teniéndolo en ese momento el maestro Herrera corrió a los tres y le tomaron un odio rabioso”.
Metido en la política de los años veintes, Beltrán crea la Liga Anticlerical Revolucionaria, que, además de publicar el periódico La Sotana, realizaba actos políticos radicales con independencia del gobierno, al grado de ser acusado de agitador con ilegales ideas comunistas, situación que lo llevó a ser encarcelado en la prisión de Belem. “Nosotros enfocábamos la lucha sobre cuál era el papel de la Iglesia frente a los problemas sociales; si estaban con los obreros o si con los hacendados y patrones; entonces, eso no era anticlericalismo solamente; eso era comunismo; y en alguna ocasión lograron agarrarme más comprometido y fui a dar a Belem. Allí me abrieron proceso por alteración del orden público, injurias al presidente, agresión a la autoridad, motín, subversión social. Pasé tres meses y logré salir bajo fianza”.
En la conformación de sus ideas, Beltrán señala la influencia del momento en México y la herencia de su padre que “tenía toda la formación del liberalismo jacobino, era bastante anticlerical, tenía retratos de Lamarck, Spencer, Darwin”. Además “desde mediados de 1913, tuve la oportunidad de ser testigo del desarrollo de la Revolución, por la que siguió aumentando mi simpatía, especialmente por su lucha contra la Iglesia, lo que puede considerarse reflejo del jacobinismo paterno”. La lucha social me dio la oportunidad de interesarme por el marxismo y eso me ayudaba mucho para mis interpretaciones biológicas e inclusive tengo publicado un libro de biología marxista”.
Al salir de la cárcel, libre bajo fianza, Beltrán decidió salir del país para continuar sus trabajos sobre biología marina iniciados en la Estación de Biología Marina, en Veracruz, creada en 1926 por él mismo, como parte de sus trabajos en la Dirección de Estudios Biológicos, a cargo de Alfonso L. Herrera. “En ese tiempo salió la beca Guggenheim, llegó a mis manos, en la Preparatoria, un esqueleto de solicitud, me entere, y la pedí, porque decían que era para realizar investigaciones o terminar obras que no se pudieran hacer en el país, pero que sirvieran a su economía; y yo estaba en ese caso porque no teníamos ni las colecciones, ni la literatura, y como yo quería irme pues decidí hacerlo”.
Al llegar, a principios de 1932, a la estación marina de Woods Hollz, Enrique Beltrán tomó los cursos que impartía el doctor Gary N. Calkins, quien se convirtió en su apoyo promoviéndolo para que realizara el doctorado en la Universidad de Columbia, donde él trabajaba. A su regreso en 1933, Beltrán siguió un camino más ligado con los problemas nacionales. Al mismo tiempo que en la Universidad se hablaba y se discutía sobre la necesidad de una enseñanza que promoviera el compromiso social, Beltrán actuaba en otras instituciones educativas. En la década de los treintas es destacada su labor que contribuye al desarrollo de la biología en México. Sin participar directamente en los trabajos de creación de la Facultad de Ciencias, su trabajo es paralelo y semejante, con otra orientación, contribuyendo al desarrollo de la biología. De hecho, su desempeño se convirtió en un signo más de que, dentro o fuera de la Universidad, las condiciones generales del país estaban dadas para que se diera un desarrollo amplio de la ciencia en México.
Así, después de participar en la Dirección de Estudios Biológicos, donde desde 1915 se concentraban el Instituto de Biología General y Médica, el Museo de Historia Natural y un Departamento de Exploración de Flora y Fauna (a los que se agregaron el parque Zoológico y la Estación Marítima del Golfo), Beltrán, al regresar en el segundo semestre de 1933 del doctorado en Columbia, retomó los cursos que impartía en la preparatoria. Posteriormente impartió conferencias en la Universidad de Nuevo León como parte de las actividades de inauguración, llevada a cabo el 1 de diciembre de 1933. En ese mismo año es invitado a participar en los trabajos del plan sexenal que sirvió de plataforma presidencial a Lázaro Cárdenas, particularmente en el ramo de la investigación biológica. Al siguiente año participó en el Instituto Biotécnico como director e investigador de protozoología, y se incorporó a la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo como profesor de hidrobiología y zoogenética, con un enfoque conservacionista. En 1935 impartió cursos de biología en el Instituto de Educación Superior para Trabajadores y fue consejero de biología del Consejo Consultivo de la Politécnica Nacional, organismo encargado del diseño del ipn, presidido por el ingeniero Roberto Medellín, el rector de la unam que cayó en 1933. En dicha comisión, entre otras cosas, presentó el plan de organización y funcionamiento de la Escuela de Biología del ipn, que en realidad no fue creada sino que se incorporó la Escuela de Bacteriología, reorganizandola y cambiándole de nombre. En 1936, en la Escuela Normal, Beltrán inició la cátedra de biología, dirigida a los profesores de primaria, y la de botánica, impartida a los de secundaria; también creó el laboratorio correspondiente, donde lo nombraron jefe de clases del área. Tiempo después participó en el diseño de la especialidad de Ciencias Biológicas y en la creación del Instituto de Preparación para el Profesorado de Escuelas Secundarias, que, cinco años después, se convertiría en la Normal Superior. En ese mismo año organizó la segunda época de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, cuyo objetivo era agrupar al gremio. Otra de sus ocupaciones fue participar como miembro en la Academia Nacional de Medicina. Para el año siguiente fue nombrado jefe del Departamento de Enseñanza Secundaria de la sep y, finalmente, para cerrar la década, en 1939, mientras en la unam se acababa de crear la Facultad de Ciencias, el maestro Enrique Beltrán participó en la creación del Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales —inaugurado formalmente el 18 de marzo por razones políticas—, cuya motivación principal fue su fuerte interés por los problemas de la salud, la alimentación, el crecimiento demográfico y la conservación de los recursos naturales. Aun sin participar directamente en la creación de la Facultad de Ciencias, su influencia en el desarrollo de la biología lo convierte en un actor destacado. El número de ejemplares vendidos de su libro Biología para estudiantes de secundaria da una idea de su proyección: dos millones de ejemplares entre 1946 y 1975. En Enrique Beltrán se concentra la creatividad enjundiosa en el campo de la ciencia y la tecnología comprometidas socialmente. En la propuesta intelectual de Beltrán existe una preocupación por los problemas de salud, alimentación y educación del mexicano, además de un compromiso con las luchas sociales de la época.
De hecho, Enrique Beltrán regresó al país a pesar de las ofertas que tenía en Estados Unidos para quedarse y de los consejos de su maestro Herrera, quien nos hace recordar, en los mensajes que le hace llegar a su alumno, la incomprensión que sufre el matemático Sotero Prieto, casi por los mismos años, como si fueran vidas paralelas. El maestro Herrera, con amargura, escribió a Beltrán, en mayo de 1932 lo siguiente: “Lo mejor sería que ya no regresara nunca a este nido de alacranes, donde bien sabe lo que se le espera”; y, en junio, insiste: “para que haga usted todo lo posible por no regresar a este rincón del mundo donde la ciencia nunca ha tenido amparo y donde le esperan grandes amarguras”. Esto le produjo indecisión a Beltrán, porque él observaba las diferencias entre las condiciones en que en Estados Unidos se llevaban a cabo las labores de los científicos y las deplorables en que aquí se debatían. También lamentaba que “las rivalidades existentes entre el insignificante puñado de biólogos que entonces existían y que gastaban gran parte de su tiempo en querellas innecesarias y perjudiciales para todos”.
Un personaje controvertido
Poblano, maestro rural, alumno de Alfonso L. Herrera, Isaac Ochoterena fue nombrado en 1922, gracias al apoyo de su paisano Lombardo Toledano, director de la Escuela Nacional Preparatoria y profesor y jefe del Departamento de Biología en dicha Institución, recibiendo bajo su responsabilidad los recursos y el espacio producto del trabajo de Alfonso Herrera padre; “fondos con los que pudo ofrecer puestos de ayudantes a un grupo de estudiantes seleccionados por él”, (pero sobre todo los que Lombardo le proporcionó), con lo que logra conformar un grupo homogéneo que lo sigue primero a Filosofía y después al Instituto de Biología, permitiendo el crecimiento del área.
A pesar de que en la preparatoria era profesor y jefe del Departamento de Biología, en la Escuela de Altos Estudios Ochoterena era sólo ayudante del curso de dermatología. En 1925, en la depurada desaparición de la Escuela Nacional de Altos Estudios, al salir Herrera, Beltrán y otros, es nombrado profesor de zoología, aunque no era su especialidad; e incluso “quedó como jefe de departamento y se trajo a sus gentes, haciendo una cosa monolítica”, de acuerdo con el testimonio del maestro Beltrán.
A partir de 1927, la Dirección de Estudios Biológicos sufrió drásticas disminuciones de presupuesto, por lo que dos años después, desapareció. Según Beltrán, fue: “una agonía de dos años, culminación de la incansable —y en ocasiones artera— campaña que contra ella, y más particularmente contra su director, que no había cesado desde 1915 y que era movida por los prejuicios, el fanatismo, el rencor y la envidia”.
Al desintegrarse esta dirección, el Jardín Botánico, el Parque Zoológico y el Acuario formaron parte del Bosque de Chapultepec. La Casa del Lago, con el Museo del Chopo anexo, se entregó a la Universidad para formar el Instituto de Biología. En la reestructuración posterior a la autonomía universitaria, y al crearse dentro de la unam el Instituto de Biología, Ochoterena fue nombrado director. Durante su mandato se logró la incorporación de un equipo de biólogos cada vez más preparado, como parte del desarrollo de la educación.
Por un manejo administrativo ineficiente y una peor conducción de su personal, dado el carácter difícil e irreformable de Ochoterena, el Instituto se convirtió en incubadora de antagonismos que frenaban su desarrollo y proyección. Por eso no extraña el choque de la doctora Sámano, su segundo de abordo, que junto con el grupo de biólogos se enfrentaron en contra del autoritarismo de Ochoterena, y se convirtieron en un tercer grupo de poder dentro del gremio, con gran presencia dentro de la Facultad de Ciencias. Ochoterena “tenía un carácter muy fuerte —señala Cifuentes. Y como la maestra Sámano también es de un carácter muy fuerte, entonces un grupo de gentes resentidas con Ochoterena se juntaron con la maestra Sámano y tomaron el poder en Biología, en la Facultad. Esa división ocasionaba que los alumnos tenían que escoger desde un principio con cual grupo trabajar, porque una vez decidido sería mal visto por los alumnos y profesores del otro grupo”. En 1946 esta situación hizo crisis, y desembocó en su separación del cargo de director en octubre de ese año; aunque esta situación se llevó a cabo de una manera honrosa, ya que fue designado investigador emérito y director honorario, pero Ochoterena fue marginado al grado de que no podía entrar ni al edificio.
Cincuenta años después…
En febrero de 1984, prácticamente medio siglo después, el maestro Rafael Martín del Campo reiteró en una conferencia pública, la apología del maestro Ochoterena. En este acto se minimizó la obra de Alfonso L. Herrera, dando muestra de la pervivencia de este antagónismo.
Martín del Campo describe a Ochoterena como un “hombre extraordinario, de gran talento, cultura amplísima, músico, lector de clásicos, hombre de integridad a toda prueba, ilustre maestro”. Al referirse a su obra, señala que cuando Ochoterena se incorporó al Instituto de Biología de la unam, en 1929, con personal de la desintegrada dirección —algunos invitados extranjeros y discípulos—, “se presenta la recuperación científica del Instituto, con obras serias y originales, no locuras como la plasmogenia. En todos los aspectos se hizo obra original e importante que prestigió mundialmente al Instituto, floreció airosamente, debido en gran parte al impulso de Ochoterena”. Es tal la apología de su maestro que, tajantemente e ignorando a todos, lo considera “el gran maestro fundador de la nueva biología en México, fundador de la Facultad de Ciencias, a quien no se ha hecho justicia”.
No cabe duda que la historia de la Facultad de Ciencias es aún objeto de discusiones y que en ellas perviven debates actuales. Que de algo sirvan estos testimonios.
|
|||||
|
Francisco Javier Cepeda Flores
Universidad Autónoma de Coahuila
_______________________________________________________________
como citar este artículo → Cepeda Flores, Francisco Javier. (1999). Testimonios de la génesis de la Facultad de Ciencias. Ciencias 53, enero-marzo, 16-27. [En línea]
|
|||||
| ← Regresar al índice ⁄ artículo siguiente → |







