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  de la historia  
Finanzas, una nueva ciencia aplicada
 
 
Esteban Martina
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Por mucho tiempo, en el me­dio científico se consideró que el mundo financiero estaba muy alejado de los conceptos y técnicas utilizadas en la matemática, la física y las áreas más científicas de la ingeniería. A pesar de que varios científicos, actuarios e ingenieros, especializados en cómputo y sistemas, trabajaban en instituciones o en áreas financieras, no podía de­cirse que en sus labores emplearan el bagaje adquirido durante su formación universitaria.

A principios de los años setentas, en lugares como los Estados Unidos, Europa y Japón, donde los mercados e instituciones financieras eran bastante complejos, casi no se contrataban científicos para labores financieras. Sin embargo, la combinación de distintos factores provocó drásticos cambios en esta situación. La expansión sin precedentes de nuevos pro­ductos y estructuras financieras, junto con el impresionante desarrollo en sistemas de cómputo y de comunicaciones, impulsaron la globalización financiera que, a su vez, permitió operar nuevos instrumentos que requerían la participación de los científicos en el sector financiero. El evento clave ocurrió en 1973 con la publicación de dos artículos, uno del físico Fischer Black y del economista Mryon Scholes, ambos del Massachusetts Institute of Technology (mit), y el otro del matemático Robert Merton, de Harvard. En ellos se proporcionaba el mecanismo de valuación de ciertos productos, que empezaban a manejarse en el Chicago Mercantile Exchange, cuyo comportamiento depende parcialmente del de otros instrumentos —subyacentes—, y que se les llamó derivados. Actualmente existen billones de dólares en contratos nominales sobre un sin número de ellos.

La valuación propuesta por Black, Scholes y Merton es la solución a una ecua­ción diferencial parcial parabólica —equivalente a la ecuación de difusión del calor— derivada, mediante técnicas bien conocidas en física y en matemáticas, de un modelo estocástico de caminata geométrica al azar. Con esta solución mostraron cómo valuar un instrumento financiero para obtener su rendimiento, al mismo tiempo que se establece matemáticamente cómo controlar el riesgo de que pierda valor. Para la teoría financiera, esto se convirtió en el paradigma fundamental de la valuación de productos financieros y de su riesgo, y abrió un nuevo campo de trabajo para los científicos, en particular para los matemáticos que supieran modelar el comportamiento del tipo de cambio, las tasas y otras variables financieras que son la base para valuar y medir el riesgo de un instrumento o de una cartera de instrumentos.

Las ecuaciones diferen­ciales fueron centrales en el cálculo de derivados plantea­do por Black, Scholes y Merton. Por lo que éstas, junto con la teoría y el análisis numérico para resolverlas, la simulación —Monte Carlo—, la teoría de regularización y la de optimización se tornaron indispensables para valuar precios y calcular el riesgo asociado. Lo interesante es que estas mismas áreas de las matemáticas aparecen en la hidrodinámica y la física estadística.

Por otro lado, el paradigma de Black, Scholes y Merton se basa en el supuesto de que el mercado no tiene memoria y que los precios son variables estocásticas, por lo que la teoría de la medida, las series de tiempo, los procesos estocásticos y la estadística fueron las herramientas matemáticas fundamentales para su desarrollo. Sin embargo, tras reconocer que el mercado perfecto sólo es una aproximación, porque en muchos casos tiene memoria, se están desarrollando modelos con otras dinámicas.

La creciente aparición de productos con alto grado de complejidad en el mercado ha disparado la demanda de personal matemáticamente calificado. En México, no fue sino hasta mediados de los años ochentas, cuando un grupo de físicos, matemáticos, ingenieros, actuarios y economistas del Banco de México, comenzó el estudio sistemático de los nuevos avances en el mundo financie­ro. Desde entonces, y aun cuando cierto número de científicos y matemáticos emigran para trabajar tales temas en instituciones del extranjero, la incorporación de estos profesionales en el mundo financiero ha sido constante.

La participación de la aca­demia en la teoría de las finanzas también se ha incrementado. Actualmente, los desarrollos académicos sobre el mundo financiero no sólo aparecen en las revistas matemático-financieras como el Journal of Finance o Mathematical Finance, sino en revistas prestigiadas de física como Physica A o Physical Review E. También nacen nuevas disciplinas como la econofísica. En el caso de México, el interés por estos temas en el medio académico comenzó en las universidades privadas. Sin embargo, aunque en muchos casos estas instituciones cuentan con excelentes profesores, casi no realizan investigación. Por ello, es afortunado que en los últimos años surgieran grupos de investigación y docencia en estos temas en matemáticas aplicadas en la unam, la uam-i, el Politécnico, etcétera. El Instituto del Petróleo también tiene un grupo que realiza investigación, así como desarrollo y docencia en esta área.

Finalmente cabe señalar que, aunque México sea un país dependiente y su sistema financiero sea pequeño y re­lativamente poco desarrollado, la interrelación de los mercados —consecuencia de la aplicación de modelos de riesgo-rendimiento dentro del paradigma de Black-Scholes-Merton— plantea problemas que no sólo son de interés práctico, sino también auténticos desafíos para los matemáticos y otros científicos.
Esteban Martina
Proveedor Integral de Precios S.A. de C.V. (pip)
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como citar este artículo

Martina, Esteban. (2006). Finanzas, una nueva ciencia aplicada. Ciencias 82, abril-junio, 62-64. [En línea]
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bibliofilia  
Orquídeas en México
 
 
Exequiel Ezcurra
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La biología que estudié en la escuela enseñaba que la evolución biológica es un asunto de supremacía entre organismos, de competencia, de matar o morir; era una visión de una naturaleza cruel, con dientes y garras ensangrentados. “La supervivencia del más apto”, pontificaba mi maestro, un biólogo pintoresco y cazador pertinaz, quien muy superficialmente leyó a Darwin y veía el mundo como si todo estuviera enfilado en el cañón de su escopeta.
 
En el jardín de mi casa, mi madre plantó una orquí­dea. Ella la llamaba flor de patito; años después supe su nombre científico, Onci­dium bifolium. Por esa orquídea pude entender que la evolución biológica era una historia mucho más compleja y maravillosa que la visión de competidores despiadados y depredadores ensangrentados. Tendría como trece años cuando me acerqué por primera vez al microcosmos de las orquídeas, y desde entonces, y para siempre, mi visión de la vida cambió completamente.
 
Pocas plantas son tan íntimamente dependientes de otras formas de vida para su supervivencia como las orquídeas y, quizás, es eso lo que las hace tan increíblemente fascinantes. Desde su germinación parecen estar en otra liga del mundo biológico. Sus semillas son insólitamente pequeñas —algunas literalmente microscópicas— lo que les permite volar grandes distancias y establecerse en las partes más altas de los árboles o en lugares muy remotos. Pero, para lograr esta hazaña, han evolucionado semillas que carecen de reservas de nutrimentos, por lo que necesitan una fuente de alimento para germinar y establecerse. Así, para crecer se asocian con hongos llamados micorrizas, que las ayudan a obtener nutrimentos de la materia orgánica en descomposición, o de la corteza de los árboles donde se establecen, y las orquídeas los recompensan más tarde dándoles cobijo en sus raíces.

Todo es así en las orquídeas; una serie de historias de delicadas asociaciones biológicas, basadas en premios y seducciones dirigidos hacia otras formas de vida. Tallos huecos que mantienen hormigas en su seno, las cuales custodian celosamente la planta y son capaces de dar la vida en su defensa. Nectarios extraflorales, una dulce ofrenda con la que otras orquídeas pagan el servicio de patrullaje —por así decirlo— y contratan hormigas agresivas en su defensa contra otros insectos parásitos.

Flores increíblemente polimórficas, capaces de disfrazarse de abeja hembra para atraer zánganos despistados; o producir aromas narcotizantes para esclavizar polinizadores con tendencia hacia las adicciones; o mimetizarse, simulando ser flores de otras especies vegetales y robarse así los polinizadores ajenos, casi sin esfuerzo.

Ninguna otra especie del reino vegetal tiene la sexualidad exacta y precisa de las orquídeas. Mientras que la mayor parte de las plantas literalmente dispersan su polen a los cuatro vientos, las orquídeas le apuestan al todo o nada. Envuelven su polen en un amoroso pa­quete llamado polinia, y le encargan su dispersión a uno de los miles de cupidos alados que reclutan del reino de los insectos. La polinia, con su contenido completo de gametos masculinos, de­be llegar delicadamente al estigma femenino, en estado receptivo, de alguna flor de otra orquídea de su misma especie. Si el mensajero falla, la flor fracasa en su cometido reproductivo. Así, no es extraño ver que toda la familia recurra a la seducción y al soborno para lograr su cometido vital.
Las orquídeas no sobrevivirían sin los hongos y las bacterias microscópicas asociados a sus raíces, sin los árboles de las selvas y los bosques que les brindan soporte y sustento, sin las hormigas que las defienden, y sin un verdadero ejército de avispas, abejas, abejorros y escarabajos que consumen el dulce y pegajoso néctar de sus flores, y que llevan los misteriosos sacos del polen a través del bosque para que la planta masculina pueda tener conocimiento carnal —por decirlo metafóricamente— de otras plantas solitarias que, desde la copa de un ár­bol, la corteza de algún tronco o el suelo de algún pantano, es­peran pacientemente que estos pequeños cupidos de seis patas traigan el esperma de sus distantes parejas.

Aunque no las veamos, muchas orquídeas están rodeadas de sutiles y complejas señales de todo tipo. Olores como almizcle, geraniol, bombicol, esteroides, feromonas, compuestos alifáticos; aromas sensuales, dulces o perfumados; pequeñas moléculas que envían inconfundibles señales al unirse con los receptores sensoriales de una miríada de animales, y que atraen dispersores de los frutos, como en el caso de la vainilla, polinizadores de las flores, o acercan machos lujuriosos hacia flores disfrazadas de receptivas y expectantes hembras. El mundo de las orquídeas vibra con millones de señales de comunicación química que forman una especie de World Wide Web del mundo natural.

Esto es lo que las hace tan fascinantes. Su supervivencia no parece estar vinculada tanto al combate como a la cooperación. Fundamentalmente, parece ser el resultado de alianzas biológicas para la supervivencia y para la reproducción; dicho sin recato, la simbiosis y el sexo.
Muchas de estas cosas no las aprendí en la escuela, sino en el campo, estudiando diferentes especies biológicas. Entre ellas, tengo grabado en el corazón el Oncidium del jardin de mi casa materna, donde me inicié en el aprendizaje y el estudio de la delicada red de interacciones que mantiene la vida en la Tierra. Y de esas interacciones también trata este libro.

A través del meticuloso trabajo editorial de Antonio Bolívar y de las imágenes magistralmente compiladas por Fulvio Eccardi, el libro es una celebración de las orquídeas de México y de su asombrosa riqueza. Pero también es una celebración de las delicadas fuerzas que mantienen unida todas las formas de vida sobre el planeta, la cooperación y la pasión. Sus etimologías se conjugan en una sola palabra: compasión. Y creo que la palabra es totalmente pertinente en este contexto, porque si las selvas y los bosques continúan desapareciendo, también lo harán las orquídeas y toda la maravillosa red de interacciones biológicas que mantienen. Entonces, este libro también es una obra que celebra la compasión, atributo que creemos tan humano y que, a la vez, es tan raro en estos tiempos.

La protección de la naturaleza, de esa naturaleza increíble, maravillosa, que destaca y exalta este libro, también es un necesario acto de compasión. El libro Orquídeas de México nos convoca a ello.
Las orquídeas de México.
Hágsater, Eric, et al. Instituto Chinoin, 2005.
Exequiel Ezcurra
Museo de Historia Natural
San Diego, California.
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como citar este artículo

Ezcurra, Exequiel. (2006). Orquídeas en México. Ciencias 82, abril-junio, 76-78. [En línea]
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