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Más allá del horizonte
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Stephen Hawking
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Es casi imposible determinar cuándo comenzó la fascinación del hombre por las estrellas y por lo que se encuentra más allá de ellas, pero lo cierto es que desde la época de los griegos, e incluso antes, el arte ha intentado retratar la naturaleza del cosmos.
La película Más allá del horizonte, realizada por un equipo de cineastas, especialistas en efectos digitales y un grupo de científicos, entre los que destaca el famoso cosmólogo Stephen Hawking, es uno de los intentos contemporáneos más fascinantes por acercar al público general a las más recientes teorías sobre el origen y la estructura del cosmos. Realizada en formato largo, para ser proyectada durante el año 2006 en las salas de cine imax, como la que se encuentra en el Papalote, Museo del Niño, esta película presenta mediante sofisticadas imágenes digitales una explicación sobre la forma en que los científicos conciben el Universo actualmente.
La película está protagonizada por Olivia, una joven reportera, a quien en el periódico London Times encarga, para la celebración del centenario de la teoría de la relatividad de Einstein en el 2005, un artículo sobre cosmología. Olivia consigue una entrevista con Stephen Hawking, quien conduce a la protagonista y al público a través de un viaje en el tiempo y en el espacio, respondiendo a algunas de las más inquietantes preguntas sobre el Universo.
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Stephen Hawking
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como citar este artículo → Hawking, Stephen. (2005). Más allá del horizonte. Ciencias 80, octubre-diciembre, 79. [En línea]
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Exhibicionistas y mirones
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Susana Biro
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Hacia el final del Año Internacional de la Física es posible mirar atrás y ver las acciones emprendidas por distintas agrupaciones de profesionales para dar a conocer esta rama de las ciencias. Y, como con muchas otras cosas, un paseo por la red proporciona un amplio —aunque no muy profundo— panorama de la cuestión. La búsqueda de las palabras year of physics arroja ligas a más sitios de los que puede visitarse en un año, y la lectura de aquellas páginas que están escritas en una lengua comprensible muestra que en todos lados se han organizado actividades para difundir los múltiples temas de la física.
Resulta interesante leer las explicaciones de algunos de los organizadores de este gran suceso mundial apoyado por la unesco. En la página del American Institute of Physics (www.physics2005.org) hacen énfasis en el centenario de “las pioneras contribuciones” de Albert Einstein en 1905. Más adelante puntualizan que los “eventos a lo largo del año destacarán la vitalidad de la física y su importancia en el milenio que inicia”. Invitan a físicos de todos los rincones del planeta a que organicen algún evento que pueda “atraer nuevas vías de apoyo y financiamiento [...] y tal vez inspirar a la siguiente generación de científicos”.
En una página equivalente en Europa (www.wyp2005.org) dicen aproximadamente lo mismo, pero de un modo distinto. Para empezar, proponen trabajar mediante la cooperación de todos los países europeos para “mostrar los logros de la física en tres milenios”. Enuncian un reto: el interés del público por la física está decreciendo, al igual que el número de estudiantes en esta área, por lo tanto hay que hacer algo. Entonces plantean una vía de acción: “celebrar el centenario del año milagroso de Einstein a la vez que aumentar la conciencia pública de la física”. Y agregan: “la fama internacional de Einstein será el vehículo natural para atraer el interés del público”. De modo que esta gran fiesta de Einstein es además —o principalmente— una forma de atraer la mirada del mundo entero hacia la física.
Entre las actividades organizadas por instituciones pequeñas, medianas y grandes destacan las conferencias, las exposiciones, los libros y los números especiales de revistas. Uno de los esfuerzos más entretenidos y, a mi parecer, más eficaces para el propósito de este festival de la física es la página del proyecto Quantum Diaries (interactions.org/quantumdiaries). Se trata de los blogs escritos durante todo el año por físicos de todo el mundo. El término blog viene de weblog y se refiere a un fenómeno relativamente reciente que consiste en llevar una bitácora en la red, a la vista de todos. Inicialmente, este tipo de bitácoras eran difíciles de hacer, pues implicaba tener que desarrollar los programas necesarios uno mismo. En la actualidad basta con acceder a páginas como www.blogger.com para iniciar un blog al instante.
A partir del primero de enero, treinta y tres voluntarios de quince países han anotado sus actividades, reflexiones y comentarios acerca de los bloggers que los acompañan en este curioso viaje por el espacio-tiempo. Escriben en nueve idiomas, aunque predomina el inglés y hay muchas bitácoras bilingües. Todos han agregado una foto, incluso algunos un pequeño audiovisual de sí mismos. Al recorrer sus archivos es inevitable preguntarse qué tipo de persona o, mejor dicho, qué tipo de físico aceptaría contarle al mundo entero hasta los más mínimos detalles de su vida durante un año. Una revisión muestra que predominan los jóvenes —pocos pasan de los cincuenta— y los hombres —sólo hay nueve mujeres—, pero sin duda la característica que todos deben compartir es que tienen cierta proclividad al exhibicionismo.
Entonces, basta con que el lector tenga un poco de interés por las vidas privadas del prójimo para que pase un rato realmente divertido leyendo las bitácoras, por ejemplo, de un estudiante de doctorado que además toca en una banda de rock, o de una investigadora, profesora y aficionada al buen comer. Así, casi sin darse cuenta, se enterará también del trabajo y la forma de vida de algunos físicos.
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Susana Biro
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como citar este artículo → Biro, Susana. (2005). Exhibicionistas y mirones. Ciencias 80, octubre-diciembre, 14-15. [En línea]
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A cincuenta años del Manifiesto Russell-Einstein
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J. P. Pardo y otros
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En este año se conmemora el centenario de una de las revoluciones científicas más importantes en la historia reciente de la humanidad. A diferencia del tumultuoso inicio del siglo veinte en el terreno político, ésta fue relativamente silenciosa, inicialmente limitada al dominio de la física, pero pronto habría de tener enormes repercusiones a lo largo y ancho del planeta. Son muchos los que establecieron sus bases —desde James Clerk Maxwell y Hendrik Lorentz hasta Ludwig Boltzmann y Max Planck. Sin embargo, fue Albert Einstein cuando tenía 26 años, quien con cuatro artículos publicados hace un siglo conmocionó a la comunidad científica al establecer los fundamentos de lo que en pocos años se convirtió en parte importante de la física —y en gran medida de la ciencia— de nuestros días.
Mucho menos conocidos, pero igualmente significativos, fueron sus aportes al movimiento sobre la responsabilidad social de la ciencia. La actividad pacifista de Einstein inició con su lucha por el establecimiento de un gobierno democrático en Alemania, al estallar la primera guerra mundial. En 1918 colaboró en la fundación del Partido Democrático Alemán y durante varios años participó en la mesa directiva de la Liga Alemana por los Derechos Humanos. En 1924 defendió la escuela Bauhaus de Arquitectura, cuna de uno de los movimientos artísticos más importantes del siglo veinte; en 1929 apeló por las vidas de prisioneros árabes acusados de motín en la Palestina Británica; durante el resto de su vida intervino frente a gobernantes de muchos países para demandar la libertad de pacifistas y otros luchadores democráticos perseguidos. Hasta el día de su muerte no cejó en su labor pacifista y antimilitarista.
En los albores de la década de 1950, este sentimiento ya no era una excepción. Los trágicos acontecimientos de Hiroshima y Nagasaki abrieron los ojos del mundo acerca del tremendo daño que podía derivarse de las aplicaciones bélicas de la ciencia. Las posturas pacifistas de Einstein encontraron eco en muchos pensadores y científicos de la época, figuras que veían en la proliferación de armas nucleares y en la amenaza de que se desatara —como en efecto ocurrió— una carrera armamentista nuclear, en medio de la inestabilidad política mundial, un inmenso peligro para la supervivencia de la humanidad.
Entre ellos, Bertrand Russell, el reconocido matemático y filósofo inglés, sobresalió como uno de los más significativos activistas de la época. Aunque a lo largo de su vida Russell se mantuvo regularmente involucrado en movimientos por la paz, el clima hostil y enrarecido de la posguerra lo impulsó a enlistarse de lleno en la lucha contra las armas nucleares. En este ámbito fue donde Russell y Einstein encontraron un camino común que los vinculó aun más. Sus posturas pacifistas ya habían convergido un cuarto de siglo atrás. En 1930 ambos fueron signatarios de una petición que respaldaba el pacto Kellogg-Briand de limitación de armas, con el que varias naciones —incluidos los Estados Unidos— renunciaban a la guerra como instrumento de política nacional. No obstante, el encuentro de 1955 probó tener consecuencias inmensamente mayores.
Cuando en 1954 las profecías de la carrera armamentista se entreveían como un hecho inevitable, Bertrand Russell redactó un manifiesto para advertir al mundo de los peligros de la guerra nuclear y llamar a los científicos a organizarse para detener esta amenaza. Russell buscó el respaldo de científicos de indudable trayectoria para fortalecer el llamado. Entre ellos Einstein, uno de los primeros que abordó, firmó el documento el 16 de abril de 1955, Escasos dos días antes de su muerte. La adhesión de Einstein al manifiesto de Russell se transformó en el último acto político de su vida, algo así como una despedida con la que llama a tener presentes los peligros que representan el uso indebido de los frutos de la ciencia.
Joseph Rotblat, uno de los once firmantes de lo que se conocería como Manifiesto Russell-Einstein, fue el único científico que, joven aún, abandonó el Proyecto Manhattan por razones éticas. Trabajó junto con Russell en la organización de una conferencia que daría seguimiento al manifiesto y que reuniría a científicos del este y del oeste con el fin de discutir los inmensos peligros de una guerra nuclear y buscar vías para el acercamiento y entendimiento mutuo. Tras muchas difucultades, la conferencia se realizó en julio de 1957 en el pequeño poblado pesquero de Pugwash, Nueva Escocia.
En los años siguientes Rotblat llevaría por buen camino el proyecto iniciado por Russell. Continuaron las reuniones tomando el nombre de Conferencias Pugwash, transformarse en un evento frecuente que habría de llegar hasta nuestros días. En 1995 Joseph Rotblat y las Conferencias Pugwash recibieron el Premio Nóbel de la Paz “por sus esfuerzos para disminuir el papel que juegan las armas nucleares en la política internacional y, en el largo plazo, para eliminar dichas armas”.
De la primera conferencia Pugwash sobrevive una discusión siempre vigente, acerca de la responsabilidad social de los científicos, la cual nació de las preocupaciones de Einstein, Russell, Rotblat y tantos otros que entendieron los beneficios y riesgos de la naturaleza dual de los usos de la ciencia. Sin embargo, hoy el problema es infinitamente más complejo. Los tremendos avances del último medio siglo ofrecen un sinfín de nuevas posibilidades para el desarrollo de instrumentos bélicos de inmenso poder destructivo y profundamente antiéticos. Sumado a esto, la enorme brecha social y económica que divide a los habitantes del mundo, así como la injerencia cada vez mayor del aparato militar y de las grandes corporaciones multinacionales en el financiamiento de la investigación científica y tecnológica, hace necesaria una profunda reflexión sobre la relación entre los centros de poder y la ciencia, el conocimiento y la responsabilidad que tenemos los científicos en el desarrollo de sus aplicaciones antisociales, anitambientales y antihumanas.
A cincuenta años del Manifiesto y cien del annus mirabilis de Einstein, el debate en torno a la responsabilidad social de los científicos permanece como un elemento tan importante para la ciencia y la sociedad del siglo XXI como lo es el desarrollo de teorías revolucionarias. Esto cobra particular importancia en los momentos actuales, cuando desarrollos como los que están emergiendo de la física y de la biología —particularmente la ingeniería genética y la nanotecnología— brindan un mundo de oportunidades y esperanzas, pero también atroces amenazas y riesgos insospechados. Situación ante la cual resulta imprescindible que el tema de la responsabilidad social de la ciencia —el que en última instancia implica trabajar para que la ciencia contribuya efectivamente a la construcción de una sociedad más sustentable— sea parte medular y ayude a repensar nuestra práctica cotidiana. Cuestiones como el desarrollo de códigos de ética para científicos, concienzudas evaluaciones de los posibles impactos de descubrimientos científicos y tecnologías, nuevas estrategias de vinculación y comunicación con la sociedad, particularmente con los sectores más necesitados, entre otras, deberían ser prioritarias para los que se ocupan de la ciencia o su devenir. La ciencia abre enormes perspectivas para la humanidad; pero ello con la condición de que se integre con otros sectores en función del beneficio social y se aleje de su uso como elemento de dominio
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Referencias bibliográficas
Conferencias Pugwash, www.pugwash.org
Actividades en México, www.pugwash.org/organization/mexico/home.htm
Actividades de estudiantes, www.student-pugwash.org
Consejo Internacional de Sociedades Científicas (icsu), www.icsu.org
_______________________________________________________________ como citar este artículo → Pardo Guerra, Juan Pablo y et. al. (2005). A cincuenta años del manifiesto de Russell-Einstein. Ciencias 80, octubre-diciembre, 34-36. [En línea]
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