![]() |
![]() |
|||
| del tiempo | ||||
| El calendario biológico |
|
|||
|
Manuel Miranda Anaya
conoce más del autor
|
||||
| HTML ↓ | ←Regresar al índice ⁄ artículo siguiente→ | |||
|
Cada año, con el avance de las estaciones, en la mayor parte del planeta suceden cambios en la longitud de la fase luminosa del día que únicamente a nivel del ecuador no son notables. En ambientes donde las estaciones son contrastantes, la migración de aves y la preparación para la hibernación en mamíferos, son los primeros rasgos de conducta que suelen aparecer como respuesta a los rigores ambientales anunciados por esos cambios. Aun en nuestra vida cotidiana, la información proporcionada por la longitud del día desempeña un papel importante. Normalmente, las variaciones que implica cada estación son anticipadas por el reloj biológico, con la participación de dos mecanismos fundamentales: la regulación circanual —programación endógena de una conducta en un ciclo anual— y la inducción fotoperiódica —desencadenamiento de una respuesta biológica por la influencia de la luz diaria.
El primero consiste en respuestas generadas por el propio organismo que se acoplan a las modificaciones ambientales del fotoperiodo natural. Esto es, un proceso biológico que en condiciones naturales aparece anualmente, aun sin señales de cambio en la longitud del día, y se mantiene con la misma periodicidad aproximadamente, lo cual indica la presencia de un proceso endógenamente controlado que puede calcular el paso de las estaciones a lo largo de un año y que, al parecer, subyace en la capacidad de medir el tiempo en un día —fotoperiodismo—, particularmente la longitud de su fase luminosa. Tal mecanismo, conocido como reloj circadiano, ha sido ampliamente observado en varios animales y vegetales. Sin embargo, la forma en que regula la respuesta circanual, no ha podido aún ser decifrada.
La inducción fotoperiódica consiste en el inicio de una respuesta biológica por cambios en la longitud luminosa del día o la presencia de luz durante algunos momentos de la fase de oscuridad. Este proceso se ha explicado mediante dos diferentes hipótesis, la del reloj de arena y la coincidencia con el reloj circadiano. La primera sostiene que al cambiar la longitud del día se induce la respuesta sin participación de un sistema que mida el tiempo. Algo así como que el reloj de arena inicia su marcha tan pronto le damos vuelta, y la magnitud y duración de la respuesta estará en función de la cantidad de arena depositada en cada compartimento del reloj.
La segunda, intuye la participación del reloj circadiano como determinante para definir la fase —hora del día interno— en que puede llevarse a cabo la inducción fotoperiódica. Esta hipótesis tiene dos interpretaciones principales. Por un lado, la propuesta por el botánico alemán E. Bünning en 1936, la cual considera que en un ciclo circadiano o un fotoperiodo natural hay una fase que suele presentarse durante la oscuridad —escotofila— y otra durante la luz —fotofila. La longitud de cada fase está bien definida y cuando, con el transcurso de las estaciones del año, la luz ambiental incide sobre la fase que normalmente se presentaba en oscuridad, suele inducirse una respuesta biológica. Es decir, la longitud del día natural en una época del año será capaz de incidir en la fase fotosensible del ciclo circadiano y, por lo tanto, inducir las respuestas biológicas de preparación al cambio de estaciones. A esto se le conoce como el modelo de coincidencia externa.
La segunda interpretación de la participación del reloj circadiano en la inducción fotoperiódica estipula que la longitud de la luz durante un día influye sobre varios osciladores circadianos con distintas fases entre ellos. Por ejemplo, en el transcurso de un día, diversas funciones fisiológicas cíclicas tienen sus máximos valores a distintas horas. Tal es el caso del aumento de cortisol en nuestra sangre antes de despertar, la máxima temperatura corporal durante la tarde o la elevada síntesis de melatonina pineal durante la media noche. Cuando extrapolamos los valores máximos de una función fisiológica cíclica, con respecto a la hora en que se presenta el fotoperiodo al que estamos expuestos, observamos que cada variable conserva una relación de fase estable con el ciclo de luz-oscuridad, lo que necesariamente incluye los propios osciladores. Cuando cambiamos la longitud del día, modificamos también la relación de fase entre los osciladores responsables de coordinar los ritmos observados, con lo que disminuye o aumenta la susceptibilidad de desarrollar una respuesta biológica específica. A este modelo se le conoce como de coincidencia interna y fue planteado en 1960 por C. Pittendrigh.
Los ritmos circanuales no son tan universales como los circadianos, y las respuestas estacionales que observamos en muchos animales y plantas posiblemente son reguladas tanto por un mecanismo circanual de medir el tiempo, como por la inducción fotoperiódica. En los vertebrados, la medición fotoperiódica de la longitud del día es complementada por el reloj circadiano. Actualmente, los modelos de incidencia interna y externa son ampliamente aceptados. Particularmente la glándula pineal en los vertebrados, que juega un importante papel en estos procesos de regulación, ya que sirve de regulador endocrino del fotoperiodismo. En vertebrados no mamíferos el ritmo de secreción de la melatonina pineal es controlado por señales de distintos osciladores que parecen radicar en la misma pineal; mientras que en mamíferos es regulado particularmente por el núcleo supraquiasmático del hipotálamo.
Una aguda capacidad de medir la longitud del día permite que muchos mamíferos que viven en latitudes alejadas del ecuador se preparen conductual y metabólicamente para el cambio de las estaciones, anticipando las necesidades energéticas que exige el invierno y las indispensables para reproducirse en las condiciones favorables de la primavera o el verano.
|
||||
|
Manuel Miranda Anaya
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
|
||||
|
Referencias bibliográficas:
Gruart A., J. M. Delgado, C. Escobar y R. Aguilar. 2002. Los relojes que gobiernan la vida. sep/fce/conacyt, Ciencia para todos, núm. 188, México.
Ward R. R. L. 1977. Los Relojes Vivientes. 2, Biología y Psicología de hoy. Grijalbo.
Saunders D. S. 1979. Insect clocks. Pergamon Press.
Dunlap J. C., J. J. Loros, P. J. DeCoursey (eds). 2004. Chronobiology, Biological Timekeeping. Sinauer Associates.
Aschoff J. (ed.). Handbook of behavioral Neurobiology, Vol 4, Biological Rhythms. Plenum Press, Nueva York.
_______________________________________________________________
como citar este artículo → Miranda Anaya, Manuel. (2005). El calendario biológico y la inducción fotoperiódica. Ciencias 77, enero-marzo, 56-57. [En línea]
|
||||
|
|
||||
![]() |
![]() |
|||
| bibliofilia | ||||
| Ciencia , cyborgs y mujeres |
|
|||
|
Aída Hernández Castillo
conoce más del autor
|
||||
| HTML ↓ | ←Regresar al índice ⁄ artículo siguiente→ | |||
|
Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza, Donna J. Haraway. Cátedra. Traducido por Manuel Talens.
Madrid, 1995. 431 p.
|
|
|||
|
Donna Haraway, una de las pioneras en lo que ahora se conoce como estudios culturales de la ciencia, reúne en este excelente libro una serie de artículos publicados previamente en distintas revistas científicas. Sus trabajos inauguran nuevos espacios de etnografía para los antropólogos al recordarnos que las comunidades científicas también son comunidades culturales con visiones del mundo que alimentan y delimitan el tipo de conocimiento científico que se produce. Haraway muestra cómo los posicionamientos de clase, raza y género influyen en las formas y contenidos del conocimiento científico, ocultándose detrás de la retórica de objetividad y neutralidad producto de la Ilustración. Su trabajo nos recuerda que la ciencia es uno de los productos culturales de la civilización occidental y como tal no puede ser analizada al margen de las relaciones de poder que le dieron origen.
Haraway combina las reflexiones espistemológicas y la historia cultural de la primatología, con artículos de enfoque político en los que denuncia los efectos del poder que se ocultan detrás de la retórica de la objetividad científica. Así, por ejemplo, en el capítulo “Conocimientos situados: la cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial”, hace una crítica al positivismo y señala sus vínculos con las perspectivas androcéntricas de la realidad. La autora nos propone sustituir el objetivismo patriarcal con conocimientos situados (situated knowledge) que reconozcan desde dónde hablamos, pero que a la vez no renuncien a la posibilidad de conocer, ni relativicen el valor ético y explicativo de cualquier otro conocimiento. Al respecto plantea “la alternativa al relativismo son los conocimientos parciales, localizables y críticos, que admiten la posibilidad de conexiones llamadas solidaridad en la política y conversaciones compartidas en la epistemología […] El relativismo es el perfecto espejo gemelo de la totalización, y ambos son “trucos divinos” que prometen, simultáneamente y en toda su extensión, la visión desde todas las posiciones y desde ningún lugar, mitos comunes en la retórica que rodea la ciencia. Pero es precisamente en la política y en epistemología de las perspectivas parciales donde se encuentra la posibilidad de una búsqueda objetiva, sostenida y racional”.
El capítulo “El manifiesto para cyborgs” resume las propuestas epistemológicas y políticas de la autora frente a la fractura de los ideales que regularon el proceso civilizatorio de la modernidad occidental —como historia, progreso, sujeto—; ante la diversificación de los signos y la multiplicidad de voces y significados; y frente al abandono de las certidumbres y la aceptación de los conocimientos parciales y relativos. Para Haraway, a pesar de la sofisticación de las formas de dominación, en el actual momento histórico, no todo es pesimismo, esta nueva etapa abre a la vez nuevos espacios de resistencia. Para hablar de los valores mezclados de esta época utiliza la metáfora de la cyborg, un fenómeno que viola ciertas distinciones antes dominantes, especialmente aquellas establecidas entre humanos y animales, humanos y máquinas, mentes y cuerpos, materialismo e idealismo. La cyborg rechaza las antiguas esperanzas en la unidad y la totalidad que se expresaban en la idea de una fuerza de trabajo liberada, la comunidad como familia y lo femenino como divinidad. Este nuevo sujeto histórico, no necesita crear mitos de origen de un pasado idílico, “la escritura de la cyborg no necesita ser acerca del había una vez un tiempo de integridad, antes del lenguaje, antes de la escritura y antes del Hombre. La escritura de la cyborg es acerca del poder para ser capaz de sobrevivir, no en base a una inocencia original, sino buscando las herramientas para marcar al mundo que alguna vez la aisló en la otredad”; en un momento histórico en el que la dominación se da a través de imágenes e información, el lenguaje y la escritura se convierte en una herramienta fundamental, “la escritura es la principal tecnología de la cyborg […] su forma de hacer política es la lucha por el lenguaje y contra la comunicación perfecta, contra ese código que asume que es capaz de traducir todos los significados perfectamente”.
Su compromiso con la transformación de la realidad y la necesidad de mantener una resistencia activa a las distintas formas de dominación es lo que la ha diferenciado de otros teóricos posmodernos, ubicando su trabajo en donde se cruzan la ciencia, la filosofía y la política.
Ciencia, cyborgs y mujeres es un libro indispensable no sólo para quienes están interesados en el estudio cultural de la ciencia o en los estudios de género, sino también para aquellos integrantes de las comunidades científicas que estén abiertos a reflexionar sobre las implicaciones políticas del tipo de conocimiento que producen.
|
||||
|
Aída Hernández Castillo
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, D. F.
_______________________________________________________________
como citar este artículo → Hernández Castillo, Aída. (2005). Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza. Ciencias 77, enero-marzo, 76-77. [En línea]
|
||||
![]() |
![]() |
|||
| de la solapa | ||||
| El sesgo hereditario |
|
|||
|
Caja de herramientas para hacer astronomía
|
||||
| HTML ↓ | ←Regresar al índice | |||
|
El sesgo hereditario. Ámbitos históricos del concepto de herencia biológica,
Carlos López Beltrán Estudios sobre la Ciencia, Coordinación de Humanidades, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004. |
|
|||
|
Las raíces de la herencia humana se hunden en la percepción de que los vínculos genealógicos conllevan mucho más que puros lazos sociales, que en ellos existe una atadura física que se revela en semejanzas corporales, temperamentales y de salud. La inferencia de que algo debe pasar de padres a hijos por medio del acto de la generación es bastante directa, y en muchas culturas aparece de una u otra forma en diversas épocas. Médicos, naturalistas, clérigos, antropólogos, filósofos sociales, y muchos políticos y reformadores más o menos altruistas participan del espacio de delimitación de la noción de herencia. A todos les incumbe e importa el desenlace, por ello su historia tiene numerosas aristas. Puede ser contada como historia social, ideológica, disciplinaria o conceptual. Todas iluminarían ciertas facetas y eclipsarían otras; sin embargo, la última permite asomarnos a ratos a cada una de las otras y facilita un hilo más o menos claro para la narrativa; la cual, por otro lado, no es autoevidente, hay que escarbar y ponerla de relieve contra las múltiples hebras de otras historias que se entretejen.
En realidad, la noción de herencia humana en su faceta biológica sólo fue usada metafóricamente durante muchos siglos. El sustantivo que nos resulta habitual, el de herencia, simplemente no se aplicaba en dichos contextos, ni refería al tipo de causalidad biológica con el que hoy lo vinculamos. Hasta finales del siglo XVIII solamente se empleaba la forma adjetival —hereditario— para desplegar la metáfora en cuestión, tratándose casi siempre de calificar el hecho de que una particularidad o un rasgo podía señalarse como característico de una familia o un linaje. Las similitudes hereditarias eran las marcas del linaje. Tonos de piel, de voz, formas de los ojos, gracia al caminar, talento artístico o militar asociados a familias o clanes, invitaban a pensar que el cuerpo de los hijos, al formarse, recibía influjos que copiaban o repetían las cualidades de los padres, los cuales podían ser de múltiples tipos y no necesariamente se entrometían en las rutas por las que la especie se reproduce.
Este libro intenta mostrar cómo se decantó y endureció la noción de herencia biológica en el curso de unas cuantas décadas, y cómo lo que ha llegado a constituir nuestro sentido común postmendeliano, que la mayoría de los occidentales vemos como una descripción natural de la causalidad biológica que fluye de los genes a los rasgos físicos y morales de los individuos —y a través de la reproducción genética, de los padres a los hijos y a los nietos y así sucesivamente—, fue producto de una serie de procesos de delimitaciones y definiciones conceptuales que se vieron moldeados por contextos y situaciones históricas específicas.
|
||||
|
|
||||
|
Caja de herramientas para hacer astronomía,
Susana Biro
Croma, Paidós núm. 19, México, 2004. |
|
|||
|
En la ciencia, la palabra instrumento está fuertemente asociada con los objetos materiales, por ello en este texto se utiliza el término herramientas para significar tanto los auxilios para las manos —y los ojos, los oídos— como aquellos para la razón. En el caso de la astronomía, esto quiere decir que dentro de la caja encontrarán telescopios al igual que teorías y experimentos. Entre los instrumentos físicos, los que sirven para ver mejor el Universo, se incluye desde un par de pequeños lentes que le permitieron a Galileo ver por primera vez los satélites de Júpiter, hasta los enormes cuadrantes y astrolabios con los que Tycho Brahe midió con gran precisión las posiciones de los astros. De los instrumentos intelectuales, se tienen desde modelos sencillos construidos con esferas para explicar el Universo, hasta teorías muy abstractas que son todo un reto a nuestra imaginación, como la cosmología actual. En todos los casos, además de las herramientas, verán la mano, el ojo y la mente de los hombres y mujeres que las guiaron o fueron guiados por ellas. También verán el entorno, las ideas, las condiciones en que estas personas desarrollaron su trabajo. Encontrarán asimismo herramientas para la comunicación, tanto entre científicos como con la sociedad en general.
El libro contiene ensayos que hablan de una herramienta material, por ejemplo un telescopio. Otros, prácticamente sólo hablan de una herramienta intelectual, como un modelo. Pero hay muchos en los que aparecen todo tipo de proporciones de los ingredientes necesarios para hacer astronomía. La razón es que no hay un solo momento aislado en que se desarrolle la parte teórica del estudio de cierto fenómeno, ni se hacen los experimentos con anteojeras puestas para evitar pensar en otra cosa distinta mientras los hacemos. Las actividades se traslapan y se retroalimentan, y precisamente por eso se avanza.
Por otra parte, para ser un libro que trata sobre astronomía, se habla poco de los objetos astronómicos como planetas, cometas u hoyos negros. Sólo se les menciona cuando sirven para hablar de las herramientas, porque la Caja de herramientas para hacer astronomía más que transmitir conocimientos sobre el cosmos y las cosas que lo pueblan, busca mostrar a los lectores en qué consiste la investigación en astronomía, cómo trabajan los astrónomos y cómo hacen sus descubrimientos. No contiene todas las herramientas del astrónomo, pero sí una de cada tipo. El propósito es brindar un panorama de cómo se ha hecho y se hace la astronomía. Es una caja apta para gente de todas las edades y con todo tipo de inquietudes, pero sin duda divertirá especialmente a quienes de vez en cuando voltean al cielo a ver las estrellas.
_______________________________________________________________
|
||||
|
como citar este artículo → López Beltrán, Carlos. (2005). El sesgo hereditario. Ciencias 77, enero-marzo, 78. [En línea]
Biro, Susana. (2005). Caja de herramientas para hacer astronomía. Ciencias 77, enero-marzo, 79. [En línea]
|
||||
|
|
||||






