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Propuesta para
una dama
de las camelias
posmoderna
R029B03  
 
   
   
Raymundo Méndez    
                     
Marguerite Gautier, la heroína de La dama de las
Camelias de Alejandro Dumas hijo, agoniza en brazos de Armando Duval, en una mezcolanza de besos, caricias y sangre. Entre los brazos de su amante, Marguerite ha alcanzado el clímax de la tuberculosis. Sus pulmones han sido consumidos por una bacteria que descubrirá Robert Koch a finales del siglo, llamada originalmente bacilo de Koch denominada ahora Mycobacterium tuberculosis.
 
Todavía en el siglo pasado —en el que vivió Marguerite Gautier sus épicos amoríos con prominentes personajes de la alta sociedad francesa— y a principios de éste, la tuberculosis era una enfermedad con una elevada prevalencia. No fue sino con la implementación de técnicas de diagnóstico bacteriológicas, la aparición de medicamentos específicos y el mejoramiento del nivel de vida de la población, que la epidemiología de la enfermedad tuvo un descenso importante, a grado tal que sólo permanece de forma endémica en los países del tercer mundo. Sin embargo, la prueba diagnóstica definitiva de tuberculosis, que consiste en obtener bacilos de Koch a partir de una expectoración para cultivarlos en el laboratorio e identificarlos, lleva por lo menos quince días, mientras que la enfermedad avanza devastando de manera irreversible el tejido pulmonar del paciente.
 
Una manera de resolver el problema se encuentra en el empleo de las sondas de ácido desoxirribonucleico o sondas de DNA. Con el desarrollo de la biología molecular a partir de la década de los setenta, se han implementado técnicas que permiten el estudio de los ácidos nucleicos de todo organismo vivo (desde Boris Yeltsin hasta Mycobacterium tuberculosis) y no vivo, donde se cuentan a los virus, a las momias faraónicas y restos como los cabellos hallados en el lugar del crimen. La estrategia, que a primera vista puede parecer simple, conlleva muchos meses de trabajo en el laboratorio y puede dar empleo a varios estudiantes de maestría y de doctorado. Como paso inicial se tendría que identificar, dentro del cromosoma de la bacteria sentada en el banquillo de los acusados, un fragmento de DNA que sólo le pertenezca a ella y a sus parientes, equivalente al lunar o nariz de una familia de buenas costumbres donde las esposas no alternan con los lecheros. Una vez hallado dicho lunar de DNA, debe colocarse dentro de una bacteria inofensiva, como nuestra comensal intestinal Escherichia coli, valiéndose de los buenos oficios de un plásmido (un plásmido es un vehículo de DNA empleado para transportar genes insertos en él). Ya dentro de Escherichia coli, el lunar de DNA o la sonda será replicada en cantidades industriales. La cosecha de las sondas se efectúa rompiendo la envoltura de la bacteria para obtener a los celestinos plásmidos. A su vez, éstos son víctimas de un corte que permite extraer las sondas, las que son señaladas con una bandera como puede ser una molécula radiactiva, fluorescente o colorida, que se detecta mediante técnicas especiales.
 
La sonda debe ser sometida a diversas pruebas que garanticen que va a identificar solamente a bacterias de las que proviene. La manera en que se lleva a cabo la identificación del microorganismo sospechoso se basa en una propiedad de los ácidos nucleicos llamada complementaridad.
 
Los ácidos nucleicos, en los organismos normales, son cadenas dobles de DNA constituidas por un azúcar, un fosfato y cuatro moléculas denominadas bases, en las que reside la propiedad de complementaridad. En una cadena sencilla de DNA, como lo es una sonda, las bases se organizan a manera de un número telefónico gigantesco constituido por sólo cuatro números. Así tenemos el ejemplo de una sonda cuyo arreglo o secuencia es 1-2-3-4-1-2-3-4. Para formar cadenas dobles, las bases deben aparearse con aquellas bases con las que tienen afinidad. Si en el ejemplo suponemos que 1 sólo establece relaciones normales con 2 y que 3 sólo busca a 4, entonces la sonda sólo formara dobles cadenas con un fragmento de DNA cuya secuencia sea 4-3-2-1-4-3-2-1. Podría decirse que la sonda ha encontrado así a su media naranja.
 
De forma análoga como sucede en las telenovelas, en ocasiones las sondas pueden formar dobles cadenas con fragmentos que no les corresponden. Puede atribuirse el hecho a que las condiciones en que ocurre el fenómeno no son lo suficientemente estrictas en cuanto a temperatura y concentración de sales. Otra razón podría ser que la sonda no es lo suficientemente específica y por ello, al dar el diagnóstico, arrojaría un falso positivo, con lo cual también Armando Duval, el amante de la Gautier, tendría tuberculosis.
 
En la actualidad, se cuenta ya con sondas para detectar diversos microorganismos que causan enfermedades como la malaria, la hepatitis B, el herpes simple tipos I y II y la gonorrea. El procedimiento consiste en colectar una muestra fisiológica del paciente, tratarla para romper a las células que contenga —tanto del paciente como bacterias, virus, hongos y parásitos—, de manera tal que liberen su DNA. El DNA se somete a un tratamiento para obtenerlo como cadena sencilla y puede aparearse con la sonda. La búsqueda de la media naranja puede llevar desde 30 minutos hasta 16 horas, dependiendo del tamaño de la sonda (que puede ser desde 14 hasta miles de bases). Mientras más pequeña sea la sonda, más rápido encuentra su objetivo. Después de cierta manipulación, puede llegarse al diagnóstico.
 
Se augura que para esta década, las sondas serán implementadas como procedimientos de rutina en la identificación de microorganismos patógenos, enfatizándose su uso en aquellos que requieran de condiciones de cultivo muy complejas o cuyo crecimiento sea lento. Si bien, inicialmente la radiactividad fue la opción mas sensible para colocar señales a las sondas, las perspectivas son alentadoras en cuanto al uso de señales inofensivas y tan sensibles como las moléculas radiactivas, lo que facilitaría su uso de manera corriente en hospitales y laboratorios de análisis.
 
Si algún escritor posmoderno quisiera trasladar la tragedia de Marguerite Gautier a esta década, podría plantear el argumento con el siguiente esquema: una Gautier posmoderna padecería de SIDA y el conflicto de su amante no residiría en enfrentarse a la sociedad, sino en cómo obtener dinero para costear el tratamiento de su amada. Marguerite Gautier agonizaría en un pabellón de enfermos infecciosos, víctima de una tuberculosis que adquiriría como consecuencia del SIDA y que le diagnosticaron con una sonda de DNA. Lo que se echaría de menos sería su muerte en una mezcolanza de besos, caricias y sangre. Una muerte bajo estas condiciones no es recomendada por el médico.
 
El autor agradece a la M. en C. Luz Elena Espinoza su apoyo para la realización de este trabajo.
 
articulos
Referencias Bibliográficas
 
Tenover, F. C., 1988, Diagnostic deoxyribonucleic acid probes for infectious diseases, Clin. Microbiol. Rev. 1:82-101.
McGowan, K. L., 1989, Diagnosis utilizing DNA probes, Clin. Pediatr., 28:157-162.
     
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Raymundo Méndez Canseco
Centro de Investigación y Estudios Avanzados,
Instituto Politécnico Nacional.
     
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cómo citar este artículo
 
Méndez Canseco, Raymundo. 1993. Propuesta para una Dama de las Camelias posmoderna. Ciencias, núm. 29, enero-marzo, pp. 72-73. [En línea].
     

 

 

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Deborah Dultzin y Darío Núñez
     
               
               
El 2 de diciembre de 1987 murió Yakov Borisovich Zeldovich, uno de los más grandes físicos de este siglo. En el obituario publicado por la revista Physics Today (vol. 41, diciembre de 1988) se lee: “Con su muerte, la humanidad ha perdido a uno de los últimos físicos universalistas, que poseía una erudición enciclopédica y una creatividad excepcional en todos los dominios de la física moderna y la astrofísica.”
 
Nosotros tuvimos el privilegio de tomar clases con él, de trabajar con él y de conocerlo de manera personal. Yakov Borisovich era un hombre apasionado por todo lo que hacía, en especial por la física; era un expositor brillante y su trabajo abarcó muchos campos de la física (¡casi todos!) e hizo contribuciones originales y fundamentales en ellas.
 
Quizá su mayor fama, sobre todo en el extranjero, la obtuvo por sus trabajos en astrofísica, que le valieron, entre muchas otras distinciones, el doctorado honoris causa de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y la membresía en la Royal Astronomical Society. Sin embargo, dentro de su país fue más conocido por sus contribuciones a la físico-química, a la teoría cinética y a la teoría de explosiones. Obtuvo el premio Lomonosov y la orden de Lenin como héroe del trabajo socialista (aunque en estos días esas cosas estén pasadas de moda).
 
Yakov Borisovich no fue tan conocido en el extranjero como ameritaba. La razón fundamental por la que durante años no se le permitió viajar fuera del país fue su participación en el proyecto de fabricación de la bomba atómica soviética, de lo cual desafortunadamente habla muy superficialmente en el presente relato. Para colmo, era de origen judío y además defendió abiertamente a Sajarov. No fue sino hasta 1982 cuando le otorgaron, en el último momento, el permiso para asistir a la XVIII Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional en Patras, Grecia, de la que fue invitado de honor. Borisovich relata este episodio con gran emoción.
 
Yakov Borisovich era un hombre con una personalidad singular, un gran talento, sentido del humor, amor por la vida, por las mujeres y por su país. En 1984, con motivo de sus 70 años, entre los festejos que organizó en su honor la Academia de Ciencias de la URSS se encontraba la edición de una selección de sus trabajos en los diferentes campos. La edición consta de dos tomos, y al final del segundo Borisovich escribió una especie de autobiografía científica, no detallada, sino de carácter subjetivo, con sus puntos de vista sobre sus trabajos y su desarrollo.
 
Consideramos que es de gran interés este ensayo pues su vida ejemplar merece ser más conocida entre nuestra comunidad. Por ello tradujimos del ruso este ensayo, cuya lectura esperamos les sea provechosa y estimulante. Yakov Borisovich formó parte de la legendaria pléyade de científicos soviéticos que tan alto llevaron el nombre de la ciencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
A Yakov Borisovich, en su memoria.
Ciudad Universitaria, México.
 
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Al llegar a la última parte del libro, naturalmente surge
la pregunta acerca de los resultados finales de 70 años de vida y 53 de trabajo, así como de las lecciones que de estos resultados puedan surgir para el futuro.

 La primera pregunta sobre los resultados ha sido tratada por los editores del presente libro. Desde mi punto de vista sus comentarios han dado una calificación demasiado elevada a mis resultados y a su influencia en la ciencia contemporánea.

 Sin embargo, sería poco atinado discutir sobre la mayor o menor importancia de tal o cual trabajo. Tendría mayor interés la diferencia cualitativa entre las evaluaciones de mis trabajos, así como del estado general de la física, desde distintos puntos de vista: el externo —por los especialistas, incluidos los más bondadosos— y el interno —el mío propio—. Así pues, las presentes páginas están escritas desde la más profunda posición subjetiva, sin ninguna intención de objetividad.
 
Recuerdo muy bien mi primera elección en el campo del conocimiento, siendo niño todavía (tenía doce años), en una plática con mi padre. Para las matemáticas se necesitan capacidades únicas, y yo no me sentía dueño de ellas. La física parecía una ciencia terminada: se notaba la influencia del muy respetado maestro de física de la escuela, que muy ceremoniosamente presentaba las celestiales leyes de Newton, primero en latín y después en ruso. El espíritu más sencillo de la nueva física aún no llegaba a la escuela de educación media en 1926. Al mismo tiempo, el curso de química estaba lleno de acertijos: ¿qué es la valencia?, ¿la catálisis? Y los químicos no negaban la falta de una teoría fundamental. El libro de Ya. I. Frenkel, La composición de la materia, me produjo una gran impresión, sobre todo la primera parte, que básicamente se refería a la teoría atómica y cinética de los gases, a la determinación del número de Avogadro y al movimiento browniano. Pero la atómica, así como la termodinámica, se relacionaban de igual manera con la física y con la química. Posteriormente el destino me pondría en el Instituto de Físico-Química (IFQ).
 
En 1930 yo era ayudante en el Instituto de Trabajo Mecánico en Materiales Útiles (Mejanobra); observaba las grietas de los sedimentos montañosos. Se me grabaron para siempre las riquezas de la península de Kol’ski, lo mismo que el respeto al académico A. S. Fersman. En marzo de 1931, en una excursión con colegas del Mejanobra, fui al departamento de físico-química del instituto físico-técnico de Leningrado. En el laboratorio de S. Z. Roguinskii, me interesó la cristalización de la nitroglicerina en dos modificaciones. Sobre esto le platiqué a L. A. Sena (Roguinskii estaba fuera del país).
 
Después de algunas discusiones (acerca de las cuales ni yo ni Sena teníamos noticias confiables) me propusieron que trabajara en el laboratorio durante mi tiempo libre. Pronto llegó la situación de mi cambio de adscripción oficial. Al tiempo de mi inclusión (15 de mayo de 1931), el departamento se transformó en un Instituto de Físico-Química independiente. Recuerdo mi discurso arbitral sobre la transformación cinética del parahidrógeno en ortohidrógeno. No recuerdo completamente el proceso, pero defendía con vehemencia el principio de equilibrio detallado. Estaban N. N. Semenov, S. Z. Roguinskii y muchos más que después serían mis colegas.
 
Muchos años después escuché tres versiones. La primera: que el Mejanobra me cedió al Instituto de Físico-Química a cambio de una bomba de aceite. La segunda: que el académico A. F. Ioffe le escribió al Mejanobra que yo nunca sería útil en la solución de problemas prácticos. La tercera: que Ioffe no soportaba a los niños superdotados y por eso me cedió al Instituto de Físico-Química.
 
Hasta la fecha desconozco el grado de verdad que hay en estas versiones. Sólo puedo decir que a Ioffe no lo vi sino hasta 1932, en condiciones muy particulares: se había convocado a un seminario general del Instituto Físico Técnico y sus dependencias. Ioffe le envió un telegrama a J. Chadwick sobre el descubrimiento del neutrón así como sus comentarios al respecto y, como conclusión, se acordó y se respondió que también nosotros (¡todos!) nos conectábamos a la física del neutrón. Para mí, aunque no inmediatamente, la decisión fue profética.
 
En el interés por la química tuvo un papel muy importante la mera percepción visual de los colores brillantes y de las formas, que comenzaban con “la transformación de agua en sangre” merced a la interacción de las sales de hierro y de algunos tipos de potasio, con la formación de residuos y la cristalización. A esto seguía el interés por las transformaciones bruscas de los indicadores de color y, posteriormente, por las transformaciones bruscas de fase.
 
En los laboratorios vecinos estudiaban espectros atómicos. Recuerdo claramente que, en comparación con la variedad de colores y formas de los fenómenos macroscópicos, la teoría detallada del átomo parecía aburrida. Hoy escribo sobre esto como testimonio de mi enorme incomprensión de entonces sobre la teoría física.
 
De todos modos, había un sentimiento natural y válido de que tras las formas caprichosas y la alternación de dependencias continuas y bruscas, se escondían leyes generales. Hoy estas teorías reciben el nombre de teoría de catástrofes y sinergética.
 
En los años 30 al desarrollar la teoría de la combustión, esencialmente trabajamos con ejemplos concretos de estas nuevas ciencias, que aún carecían de nombre. Recuerden la confusión de Molière en el palacio al saber, ya a una edad madura, que toda su vida habló en prosa.
 
El enorme e indispensable trabajo de Abraham Fedorovich Ioffe y de Nicolai Nicolaievich Semonov fue la creación de institutos que de todos los rincones atrajeron a la juventud capacitada. Surgió una situación más que crítica generada por el rápido crecimiento en personal y en resultados. Para mí fue determinante el hecho de que tuve la posibilidad de estudiar con los físicos teóricos jóvenes (¡aunque mayores que yo!). Estoy muy agradecido con mis maestros de entonces y actuales amigos: L. E. Gurevich, V. S. Sorokin, O. M. Todes, S. V. Ismailov. Cerca de dos años estudié (sin terminar) en la facultad abierta de la universidad. Estuve en las notables de electrodinámica del finado M. P. Bronshteim. Ahora recuerdo las palabras “invarianza del gradiente”, que entonces no comprendía…
 
La conjunción de los trabajos experimentales y teóricos sobre una y la misma pregunta me produjo gran satisfacción. La adsorción isotérmica de Freindlich la vi por primera vez de manera experimental, al investigar el sistema MnO2—CO—O2—CO2. Sólo después de esto se desarrolló la teoría correspondiente (véase mi artículo sobre físico-química e hidrodinámica). Sin dejarlo de lado, probé en los experimentos la dependencia de la temperatura del exponente n en la fórmula q = cPn. En el experimento no había nada enteramente nuevo, pues las isotermas de Friedlich, como lo indica su nombre, las descubrió Friedlich no yo. Sin embargo, el propio experimento activó en mí, de manera inusual, el deseo de entender el fenómeno y darle su teoría. Creo que esta es una situación general. A los teóricos que trabajan en el campo de la física macroscópica, les recomiendo encarecidamente tomar parte en los experimentos.
 
Un determinado ciclo de trabajo en adsorción y catálisis formó mi tesis de candidato a doctor en ciencias. Brillantes aquellos tiempos en que el Consejo Académico Superior permitía defender la tesis a personas que no tenían instrucción superior. La defensa ocurrió en septiembre de 1936.
 
Aun antes de esto yo había decidido nadar solo y me puse a trabajar sobre elementos combustibles. Mi interés por la electro-química se nutría del respeto al académico A. N. Frumkin, quien generosamente se interesaba en mis trabajos sobre adsorción, que en buena medida eran paralelos a los suyos, realizados en colaboración con M. I. Temkin. Las disquicisiones sobre las formas de transformar la energía de los combustibles en energía eléctrica surgían, naturalmente, bajo la influencia de A. F. Ioffe.
 
Sin embargo, en la práctica, respecto al estudio de los elementos combustibles yo me encontraba solo en el IFQ de Leningrado. El trabajo se desarrollaba muy lentamente.
 
En 1935 llegó al Instituto —de hecho irrumpió en él— el enérgico y penetrante odeseño A. A. Rudoi. A él lo inspiró la teoría de las reacciones químicas en cadena. ¿Qué es lo que impide encontrar una manera de transformar la energía de la combustión en energía de los centros activos y usarla para una reacción endotérmica de la oxidación del nitrógeno? ¿Por qué no utilizar algunos litros de ácido nítrico a partir de un kilogramo de combustible y del aire, que no cuesta nada? Más allá del polvo nebuloso se dibujó un cuadro totalmente idílico: el tractor, al remover la tierra, simultáneamente se provee de sus fertilizantes de nitrógeno y las proposiciones clásicas para la síntesis de amoniaco quedan en el abandono. Semenov tomó a Rudoi para el instituto, pero al mismo tiempo fundó un grupo serio que se dedicara a buscar la respuesta a esa pregunta. Participaron los finados P. Ia. Sadovnikov, D. A. Frank-Kamenetskii, A. A. Koval’skii y yo mismo. Resultó que la formación de los óxidos de nitrógeno durante la combustión del hidrógeno en el aire había sido estudiada desde Cavendish, antes de que se conociera la composición del aire.
 
No voy a describir aquí los resultados de ese gran trabajo colectivo, pues se encuentran en mi libro de físico-química e hidrodinámica al que ya me referí.
 
De nuevo trabajé en los campos experimental y teórico. El trabajo me hizo estudiar y aplicar los resultados a la teoría de las dimensiones, semejanzas y automodelación; amplió horizontes, me condujo a problemas de turbulencia, convección y técnicas de calor. El libro de A. A. Gujman, Teoría de las semejanzas, influyó mucho en mí. Surgió una estrecha y fructífera amistad con David Albertovich Frank-Kamenetskii. Ingeniero de formación mandó al IFQ una carta en la cual N. N. Semenov vio su talento y lo llamó a Leningrado y pronto lo entusiasmó para que trabajara en la oxidación del nitrógeno. Por Frank-Kamenetskii y su formación de ingeniero, yo supe acerca del número de Reynolds, de corrientes supersónicas, de la tobera de Lavall y de muchos puntos más.
 
Tiempo después, también respecto de la oxidación del nitrógeno, me encontré con Ramzinii, quien por ese entonces había recibido el premio estatal y se hallaba activo aún pero ya muy enfermo trabajando él solo en casa por las tardes, terminó en dos semanas un trabajo que cualquier proyecto científico del instituto hubiera desarrollado en varios años. Pero la respuesta cualitativa había sido aclarada aun antes. En el mejor de los casos con el calentamiento del aire y del combustible, e incluso añadiendo oxígeno, se obtienen relativamente bajas concentraciones de óxidos de nitrógeno. Resultó muy limitante el proceso de transformación NO —> NO2, por la reacción clásica trimolecular 2NO + O2 = 2NO2. Sólo el NO2 se puede tomar y utilizar, pero los volúmenes tecnológicos necesarios para su transformación son exageradamente grandes. El sueño no se realizó, y sólo hasta los ochenta la teoría de la oxidación del nitrógeno adquirió un nuevo significado, el ecológico. La teoría de la oxidación del nitrógeno fue el tema de mi tesis doctoral, defendida a finales de 1939. Me dio gusto reconocer que entre los sinodales estaba Aleksandr Naumovich Frumkin. La continuación natural del trabajo en el cual la combustión era la fuente de las altas temperaturas, fue la investigación del proceso mismo de la combustión.
 
La combustión es parte de diversos procesos, como la combustión de mezclas explosivas, la combustión de gases que no se mezclan, la detonación, etcétera. Todos estos procesos fueron estudiados desde hace tiempo, pero sin incluir el estudio de la cinética química de la reacción. La generación anterior de investigadores empezó a partir de las técnicas de calor y de la dinámica de gases. La brillante excepción fue el francés Taffanell, quien en 1913-1914 publicó numerosos trabajos que sirvieron de inspiración a muchos científicos. En 1914 calló. Apenas en abril de 1985 supe que Taffanell vivió hasta 1946, trabajando con éxito en cuestiones de ingeniería.
 
Frente a nosotros había un enorme campo de actividad y el periodo de 1938 a 1941 fue fructífero. N. N. Semenov manifestó un gran interés. Por lo general, después de unos diez minutos de que había llegado a mi casa, cada noche Nicolai Nicolaievich me llamaba por teléfono y la cena tenía que esperar una hora más. Discutíamos algunas partes de los famosos artículos de revisión de Semenov en los “Uspeji”. Éxitos de las ciencias físicas, importante revista científica (N. del T.).
 
En el Instituto se organizó un laboratorio de combustión en el cual, de acuerdo con un plan de trabajo se investigaba la cinética de la reacción 2CO + O2 = 2CO2, hasta las más altas temperaturas. Probablemente fuera más importante el hecho de que en el Instituto ya existiera, desde hacía tiempo, un laboratorio de motores de combustión interna, en el que K. I. Schel’kin investigaba la detonación. Estar junto al laboratorio de materiales explosivos influyó mucho en mí. En él estaban mis compañeros de generación A. F. Beliaiev y A. A. Appin. Este laboratorio lo organizaba y dirigía Yuli Borisovich Jariton, mi amigo y maestro hasta la fecha. Los trabajos en colaboración con Yuli Borisovich todavía van a dar muchos frutos.
 
Como físico teórico, me considero alumno de Lev Davidovich Landau. No es necesario referirse al papel de Landau en la creación y el desarrollo de la física teórica soviética. Quisiera decir más bien que al paso de los años, al crecer y envejecer, empecé a entender mejor y a apreciar más el papel de otras escuelas y de otras personas. Entre ellos menciono a Ya. I. Fenkel, de quien destaco su enorme intuición, optimismo y amplitud. Estarían enseguida sus discípulos y la escuela que surge de L. I. Mandelshatm sobre la teoría de las oscilaciones. Finalmente estarían muchos grandes matemáticos que trabajan exitosamente en la física teórica.
 
Suplico que no se considere que hay malicia en el párrafo anterior. Si escribo que Frenkel tenía intuición y que Fok era un buen matemático, no debe concluirse que Landau carecía de intuición o de conocimientos matemáticos. Nada más lejos de mí. El talento de Landau era armónico, sus juicios eran severos pero casi siempre justos. Lo dicho sobre las escuelas de física teórica se puede aplicar a las escuelas de física en general.
 
En mi juventud, mi visión del mundo se reducía al IFQ y al IFT. Sin duda el IFT generó una brillante pléyade de físicos, entre ellos a Igor Vasilievich Kurchatov y a sus colegas, que realizaron tareas gubernamentales muy importantes. Sobre esto se ha escrito mucho y bien en gran cantidad de artículos y libros. Pero en los años anteriores a la guerra, e inclusive en los primeros de la posguerra, me parecía que, por ejemplo, la óptica era una ciencia a la que se le habían agotado las interrogantes principales. Hoy basta mencionar la radiación Cherenko y los láseres para rebatir mi juicio y demostrar que es incorrecto y superficial. La línea que parte de Lebedev y pasa por Rojdestbenskii y Vavilov, Mandelshtam y Tamm, Cherenkov, Frank, Ginsburg, Projorov y Basov, se manifestó infinitamente más fructífera de lo que me parecía en los años treinta.
 
Ahora bien, resulta difícil determinar si esto era tan sólo mi daltonismo, si se trataba más bien de una cierta falta de valoración de otra u otras escuelas que dividía a mis colegas. De cualquier modo, las memorias —muy francas— de Gamov y de algunas respuestas de Skobelnitsin, puedo juzgar con seguridad las opiniones de los representantes de otras direcciones. La escuela de Lebedev marcaba muy claramente su existencia independiente de la escuela de Ioffe. Pero dejemos este tema a los historiadores de la ciencia. Por fortuna, este tipo de antagonismos ha desaparecido gracias al provechoso intercambio entre dichas escuelas.
 
Regresando a mi trabajo de los años treinta, percibo una falla esencial: la insuficiente difusión de mis resultados fuera del país. Yo conocía bien los trabajos extranjeros, publiqué algunos de ellos en revistas soviéticas editadas en inglés. Sin embargo, no se me ocurrió comentar mis investigaciones con científicos de otros países. Ni hablar siquiera de un permiso para trabajar en el extranjero. Los tiempos fueron culpables, pero en cierta medida fueron mayormente responsables, los camaradas más maduros, que debieron haberse preocupado mas aún por los lazos vivos.
 
Pero prosigamos. Con el descubrimiento del decaimiento del uranio y la posibilidad en principio de la reacción en cadena, se produjo algo que cambió el destino del siglo, y el mío propio. Los trabajos de Jariton y los míos se publicaron en el presente libro y no tengo nada que agregar a los comentarios en los puntos científicos. Quiero mencionar tan sólo el papel director de mi maestro Jariton, en la comprensión de lo que para la humanidad significaban dichos trabajos. A mí tal vez me interesaban más las preguntas específicas sobre los métodos de los cálculos y ese tipo de cosas. No es casualidad que haya sido precisamente Yulii Borisovich quien fue nombrado en 1940 miembro de la Comisión de Uranio. El ulterior desarrollo de los trabajos es bien conocido por muchos trabajos de los participantes.
 
Un detalle curioso lo menciona Yulii Borisovich: el trabajo en la teoría del decaimiento del uranio lo considerábamos fuera del plan y lo hacíamos por las tardes, a veces hasta muy tarde… y la administración del instituto, por lo que se ve, tenía el mismo punto de vista: un colega capaz, pero más práctico, pidió 500 rublos para una revisión del decaimiento de los isótopos, pero dicha suma no se consiguió…
 
Al hablar de mi trabajo posterior quiero recalcar el papel de la teoría de detonaciones y explosiones.
 
Es conocido el asombro de los científicos de los Estados Unidos cuando las pruebas del aire les mostraron que, en agosto de 1949, su monopolio nuclear había terminado. En ese mes y año se realizó la primera prueba nuclear soviética, que fue el resultado lógico de un enorme esfuerzo muy dirigido, de todo el pueblo, y en el que se utilizó el potencial científico acumulado desde antes de la guerra. El asombro de los estadounidenses habría sido menor si hubieran leído nuestros trabajos anteriores a la guerra, publicados en ruso. No me refiero sólo a los trabajos acerca del decaimiento en cadena del uranio. La ciencia sobre las explosiones y la teoría de las detonaciones es también una parte necesaria de aquellos conocimientos sin los cuales no es posible resolver el problema. Recordemos que Jariton había formulado las condiciones de límite de la detonación ya desde 1938. La teoría unidimensional sobre detonaciones en su forma final la formulé en 1940. En los Estados Unidos el mismo problema fue resuelto por John von Neuman, un eminente matemático apenas en 1943. Quiero hacer la observación de que Von Neuman trabajó sobre el tema de detonaciones precisamente en relación con el problema (para mayores detalles sobre la teoría de las detonaciones véase mi libro de físico-química e hidrodinámica).
 
No mucho tiempo después del comienzo de la guerra me enviaron a Kazán. Surgió el problema de efectuar un análisis detallado de los procesos relacionados con los cohetes con armas, las katiushas. La teoría de la combustión de la pólvora, que era suficiente para balística interior de la artillería de ataque, tenía que ser corregida. Para las recámaras de combustión de las cargas a reacción es característico el balance detallado entre la entrada de los gases de pólvora durante la combustión y su salida a través del escape. Nuevas maneras de ver el problema de la combustión de la pólvora; el fenómeno de la expansión, descubierto en nuestro laboratorio de O. I. Leipunskii; el papel de una capa caliente de pólvora; todo esto era novedad para los artilleros y recibió diferentes valoraciones de los que usaban la pólvora y de los especialistas en balística interior.
 
Quiero mencionar el interés y apoyo al trabajo por parte del general y profesor I. P. Grave, del conocido constructor de cohetes Yu. A. Probedonostsev (ambos fallecidos) y de G. K. Klimenko, quien vive todavía. Pero no siempre se contó con ese apoyo; hubo momentos difíciles, interferencias por parte de autoridades administrativas, intercambio de argumentos a gritos…
 
En relación con los trabajos sobre la combustión de la pólvora, nuestro grupo se trasladó a Moscú. El nuestro resultó ser el grupo de avanzada, después del cual se trasladó a Moscú (y no de regreso a Leningrado) todo el Instituto de Físico-Química al terminar la guerra. Los trabajos sobre la combustión y detonación, así como los referentes a la combustión de la pólvora, continuaron en el IFQ aun después de que el grupo de teóricos, junto conmigo, nos dedicamos a otros temas. Quiero expresar aquí mi agradecimiento por esto a A. G. Merzhanov y su grupo, B. V. Novozhilov, G. G. Manelis, A. I. Dremin y a muchos otros (al Instituto de Físico-Química de la Academia de Ciencias de la URSS). En el curso de sus trabajos, ellos no olvidaron los míos, ni dejarán que otros lo olviden. Sin esta fidelidad es seguro que mucho de lo realizado por nosotros hubiera sido descubierto de nuevo en el extranjero. No hay trabajo más ingrato que el de una lucha atrasada por la prioridad…
 
El primer amor no se olvida, así que en 1977 se organizó un consejo científico sobre los fundamentos teóricos de los procesos de combustión. Hasta el presente continúo trabajando en el área de los problemas de combustión, aunque ya no con todas mis fuerzas. En relación con los problemas de la combustión, durante los años cincuenta, en interacción muy cercana con G. I. Barenblat, se formuló el concepto de la “asintoticidad intermedia”, que tiene significado general para la física matemática. Así mismo, junto con él se encontró en la teoría de las perturbaciones de procesos auto-ondulatorios (la difusión y el movimiento de una flama, por ejemplo), una solución muy general que corresponde al movimiento y tiene incremento de cero definido. Los físicos que trabajan en teorías de campo verán aquí una analogía con la llamada partícula de Goldstone.
 
Se ha investigado (junto con A. O. Adlushinii y S. I. Judiaebii del IFQ, el paso de la teoría de Kolmogorov, Petrov, Piskunov y el inglés Fisher, a la teoría de Frank-Kamanestskii y mía. En el caso más general de la cinética de la reacción y las condiciones iniciales arbitrarias, el acercamiento correcto al problema de la difusión y el movimiento estuvo relacionado nuevamente con la idea de las asíntotas intermedias.
 
Muy complicada resultó la pregunta relacionada con el descubrimiento de L. D. Landau sobre la inestabilidad hidrodinámica de la flama: aquí, después de un trabajo fundamental de A. G. Istratov y V. B. Librovich, sólo en los años ochenta se logró un avance junto con V. B. Librovich y N. I. Kidinim.
 
Algunas ideas, tomadas de la teoría de campos, permitieron un nuevo acercamiento a la teoría no lineal de la combustión con spin. En los últimos tiempos, en los niveles del Soviet, es necesario prestar gran atención a la organización del trabajo relacionado con la combustión con mucha energía del carbón.
 
Regresemos al problema del átomo y a los años cuarenta y cincuenta.
 
Surgió un enorme grupo encabezado por Igor Borisovich Kurchatov. Una parte muy importante del trabajo la dirigió Yilii Borisovich Jariton. Muy pronto este problema me atrapó —también a mí— completamente. Durante estos años difíciles, el país no escatimó recursos para que se tuvieran las mejores condiciones de trabajo. Para mí fueron años felices. Una técnica enorme y nueva se fundaba en las mejores condiciones de la gran ciencia. La atención a nuevas ideas y a las críticas era totalmente independiente del rango y de los títulos de los autores, no había secretos ni intrigas ni suspicacias, tal era el estilo de nuestro trabajo.
 
El país sufría los difíciles años de la posguerra. Sin embargo, la gran autoridad de Kurchatov generaba una atmósfera sana. Es más, nuestro trabajo tuvo una influencia positiva en la física soviética en su conjunto. Un día estando yo en el cubículo de Kurchatov, llegó una llamada desde Moscú “Entonces, ¿se imprime en Pravda el artículo del filósofo que contradice la teoría de la relatividad?” Igor Vasilievich, sin titubear, respondió: “Si lo hace, puede cancelar todo nuestro trabajo.” El artículo no se publicó.
 
Hacia mediados de los años cincuenta, algunos de los problemas más importantes ya se habían resuelto. Soplaban vientos nuevos. La conferencia de Ginebra sobre la utilización pacífica de la energía atómica y el famoso discurso de Kurchatov en Harwell, Inglaterra, sobre las reacciones termonucleares, fueron fundamentales para el desarme.
 
Se publicó parte del trabajo, relacionado con temas aplicados, que presentaban interés para la ciencia en general. Dentro de este paquete están los ensayos sobre ondas fuertes de choque, su estructura y sus propiedades ópticas.
 
El interés por los fenómenos que ocurren a altas temperaturas llevó también al planteamiento de una pregunta fundamental, referente al establecimiento del equilibrio termodinámico entre los fotones y los electrones. La especificidad se tenía en que, a temperaturas suficientemente altas, la dispersión se vuelve más importante que la radiación y la absorción. A. S. Kompaneets realizó un brillante trabajo sobre este tema. Se publicó en 1965 y resultó ser de gran importancia para la cosmología y la astrofísica, para los plasmas del universo caliente y para la radiación de materia que cae en el campo gravitacional de un hoyo negro.
 
El trabajo en el campo de la teoría de las explosiones me preparó psicológicamente para la investigación de explosiones estelares y de la más grande explosión: el universo en su conjunto. El trabajo realizado despertaba el interés lo mismo hacia la física nuclear que hacia la física de neutrones. En los cincuenta era muy fácil pasar de aquí a la física de partículas elementales. El librito de Enrico Fermi, Teoría de las partículas elementales, ejerció en mí un efecto profundo y muy estimulante. En la edición inglesa, que era la que yo usaba —pero no en la traducción al ruso, sino en una edición de pasta dura—, estaba el siguiente prólogo (¡no de Fermi!): “El presente libro se edita con los medios de cierta dama rica, con la intención de demostrar la existencia de Dios. El descubrimiento de las leyes de la naturaleza y su armonía demuestran la existencia de Dios mejor que un tratado teológico.”
 
Si por existencia de Dios se entiende la objetividad de las leyes de la naturaleza, que existen independientemente de nuestro conocimiento y voluntad, entonces esta tesis puede ser suscrita por cualquier filósofo marxista.
 
Dentro de mis estudios autodidactas trabajé con la mejor exposición de la teoría general de la relatividad: la segunda parte de teoría de campos, segundo tomo del curso de física teórica de Landau y Lifshits. Quiero de nuevo subrayar el papel tan importante que tuvo para mí la relación con Lev Davidovich Landau. En Kazan, y posteriormente en Moscú, vivíamos cerca uno del otro y trabajábamos en temas muy afines. La posibilidad de ir con él a recibir un consejo, a que juzgara mis suposiciones, ideas, trabajos, todo esto me daba tranquilidad. Sobre la tragedia de enero de 1962, cuando Landau dejó de ser físico teórico (aunque quedó vivo), me enteré lejos de Moscú. No es posible olvidar los días de angustia, las semanas, los meses de lucha para salvarle la vida, un colectivo de físicos que trasponía las fronteras de los estados. La escuela fundada por Landau ¡se conservó!, vive en personas que continuaron su monumental Curso de Física Teórica: E. M. Lifshits, L. P. Pitaevskii; vive en el Instituto de Física Teórica L. D. Landau, de la Academia de Ciencias de la URSS. Su organización, la selección de personal, el mantener el más alto nivel de teóricos, todo ello es un gran mérito de I. M. Jalatnicov y sus colaboradores. A la escuela de Landau, en un sentido estrecho se puede asociar al departamento teórico del Instituto de Física Teórica y Experimental de la Academia de Ciencias de la URSS, hijo de I. M. Jalatnikiv, dirigido actualmente por L. B. Okunii. En sentido amplio, las ideas y métodos de Landau, junto con las ideas y métodos de otros grandes teóricos soviéticos (ya los mencioné de manera breve) llegaron a formar parte orgánica de toda la física teórica soviética.
 
Regresando al género de las memorias, quiero decir que el trabajo de Kurchatov y Jariton significó mucho para mí. Lo más importante fue el sentimiento pendiente con el país y con el pueblo. Esto me dio una cierta justificación moral, para en el periodo subsecuente, trabajar en problemas del área de partículas y astronomía, sin detenerme a pensar en su valor práctico. Antes escribí sobre cómo se despertó el interés científico hacia estos problemas. Es necesario ahora de manera autocrítica, mencionar mis debilidades y problemas, con los cuales me enfrenté en este nuevo cambio de mi actividad científica. Recuerdo que en 1964 pasé oficialmente al Instituto de Matemática Aplicada (IMA) de la Academia de Ciencias de la URSS, organizado por M. V. Keldish desde 1953.
 
A la muerte de éste, dirigí el Instituto A. N. Tijonov. En este instituto trabajé 19 años (hasta que me cambié al Instituto de Problemas Físicos, a principios de 1983).
 
Hasta el cambio al IMA, mi trabajo sobre partículas y astronomía estaba fuera de calidad. Hasta hace poco yo me enorgullecía de que obtenía el máximo de resultados físicos a partir de una reserva por demás elemental de conocimientos matemáticos, pero ahora, y sobre todo en relación con la teoría de partículas elementales, veo frente a mí el otro lado de esta afirmación. Y, de hecho, ¿por qué hay que limitarse a un determinado y humilde volumen de conocimientos matemáticos? Sin embargo, ahora pienso esto aplicado sobre todo al físico teórico profesional.
 
Existe una pregunta, completamente diferente, sobre la enseñanza de las matemáticas impartida en la educación media. Cuando crecieron mis hijos vi sus libros escolares y decidí escribir uno nuevo. Así surgió el libro Matemática superior para físicos y técnicos que empiezan.
 
Reproduzco parte de mi carta, publicada en la revista norteamericana Physics Today no. 95, en relación con el análisis de esta revista sobre las causas de la disminución del nivel académico de enseñanza de la física en Estados Unidos.
 
En relación con la discusión acerca de cómo enseñar física a las jóvenes generaciones, quiero mencionar una dificultad común.
 
Las leyes de la física se formulan con expresiones de ecuaciones diferenciales; esto ocurre, por ejemplo, con las leyes de Newton del movimiento de los puntos materiales de cuerpos sólidos o del giróscopo. Las leyes de Maxwell del campo electromagnético son ecuaciones en diferenciales parciales; del mismo modo se describen las leyes de la dinámica de los gases.
 
Los alumnos son capaces de entender todo este material. Sin embargo, sería más exacto afirmar que no son capaces de entender profundamente la física y de amarla, si no cuentan con los conocimientos matemáticos necesarios para ello. Ésta es mi principal observación: en la mayoría de los casos la enseñanza del análisis matemático empieza ya con atraso e incluye elementos de teoría de conjuntos y límites que la dificultan.
    
Las llamadas demostraciones “rigurosas” y los teoremas de existencia son mucho más complejos que el acercamiento intuitivo de las derivadas e integrales.
 
Como resultado, las nociones matemáticas necesarias para entender la física llegan a los estudiantes demasiado tarde. “Del mismo modo se puede añadir la sal y la pimienta no a la hora de la comida, sino un poco después, a la hora del té.”
 
Pero regresemos a esas matemáticas que se usan y se trabajan en la física teórica actual.
 
La teoría de las partículas en gran medida se desarrolló bajo la influencia de las ideas matemáticas que la adelantaban y en direcciones marcadas por las estructuras matemáticas. No voy a recordar el ejemplo clásico de la teoría de Dirac del electrón relativista, que llevó al concepto de la antipartícula. Refirámonos a la invariancia isotópica.
 
Experimentalmente se observaba una simetría discreta: el cambio de protón por neutrón (o el cambio inverso), en estados cuánticos idénticos, no cambia la energía del núcleo. Sin embargo, Heisenberg consideró necesario introducir el grupo continuo de rotaciones en el espacio de isótopos, que directamente ¡transforma a un neutrón en protón con una rotación de 180 grados a través de místicos estados intermedios! No la más simple, sino la más complicada e ingeniosa formulación, fue la que resultó más fructífera. La profundidad de la formulación de Heisenberg se manifestó al ir del núcleo a los mesones. De manera muy evidente se manifiestan los conceptos, construidos en analogía con la rotación isotópica, relacionados con la teoría de los colores de los quarks con invariancia de gradiente, la teoría de Yang-Mills.
 
No voy a describir con detalle mis trabajos sobre partículas pues han sido publicados y comentados por personas muy calificadas. Dejando a un lado la gentileza de mis colegas, es fácil notar en sus observaciones la cantidad de errores que cometí.
 
En el presente libro se han editado parte de mis trabajos en astrofísica y los comentarios en torno de ellos. No es razonable hacer caso a estos comentarios. Ahora bien me parece que el más significativo de mis trabajos particulares es el de la teoría no lineal para la formación de estructura del universo o, como se llama actualmente, la teoría de los blinis (tortillas). La estructura del universo, su evolución y las características de la materia que forma la masa escondida son cuestiones que hasta la fecha siguen sin resolver del todo. En este trabajo desempeñaron un papel importante A. G. Doroshkevich, R. A. Suniaev, S. F. Shandarin y Ia. E. Einasto. El trabajo continúa. Sin embargo, la teoría de los blinis es “hermosa” por sí misma; si se satisfacen los supuestos de partida, entonces la teoría da una respuesta verdadera y no trivial. La teoría de los blinis es una contribución a la sinergética. Me fue particularmente grato saber que este trabajo en cierto modo inició las investigaciones matemáticas de V. I. Arnold y otros. Un gran volumen de trabajo en el espectro de la radiación de fondo con la presencia de las perturbaciones “está en el aire”: el universo resultó ser demasiado terso y las perturbaciones demasiado pequeñas.
 
La propuesta que formulé junto con R. A. Suniaev sobre el diagnóstico del plasma caliente mediante la dispersión de la radiación de fondo y del espectro producido, surgió entonces y despertó gran interés.
 
Es muy significativo que mi trabajo (junto con el de mis colegas muy cercanos, ante todo el de R. A. Suniaev, A. G. Doroshkevish, S. F. Shandarin y, hasta 1978, I. D. Novinkov) en el campo de la astrofísica, resultara ser propagandístico, difusor y pedagógico. Todo esto es necesario y saludable; sin embargo, al comparar los resultados originales obtenidos se desdeñar un tanto.
 
Al principio de mi labor en la astrofísica me molestaban las formas de trabajo que había adquirido durante el desarrollo de mis actividades prácticas. El astrofísico se debe preguntar: ¿cómo está formada la naturaleza? ¿qué observaciones hacen posible aclarar esto? Al mismo tiempo me planteé el problema más bien de este modo: ¿cómo construir mejor el universo, o cómo construir los pulsares, para que se satisfagan las condiciones técnicas; perdón, quise decir las primeras observaciones? Así surgió la idea del universo frío, así apareció la idea de los pulsares, una enana blanca en estado de fuertes oscilaciones radiales. Como justificación sólo puedo decir que no me encaprichaba con mis propuestas. Parece que toda mi actividad científica y propagandística fue útil. Los astrónomos me aceptaron en su grupo. Merced a mis trabajos en astronomía, me eligieron para la Academia Nacional de los Estados Unidos y para la Real Academia; me otorgaron medallas de oro de la Sociedad de Astrónomos del Pacífico y de la Real Sociedad de Astronomía. Fue para mí un gran honor recibir el encargo de leer el discurso sobre Astronomía Internacional, en Grecia, entre las columnas de un antiguo foro; sobre mí el negro cielo estrellado, y las personas sentadas en bancas de mármol; mis preocupaciones antes y durante la lectura, y el final feliz. La vida sigue y la cosmología profundiza en regiones donde la física ya está muy lejos de la comprobación experimental. La nueva generación de teóricos no hablan ya de los primeros tres minutos o segundos, no de reacciones nucleares y plasmas. Se discuten procesos a la distancia de Plank de 10-33 cm, en el tiempo de Plank de 10-43 segundos con energía de Plank de 1019 GeV., Linderen S. Hawking, A. D. Linde, A. A. Starobinskii, A. Guth y otros. En teoría de campo se estudian espacios y dimensión 5, 11 y 26. En condiciones de laboratorio, definitivamente van a imitar nuestro habitual espacio-tiempo 3 + 1; las otras dimensiones se esconden, se doblan, quedando sus huellas en partículas y campos sistemáticos. Llegan muchachos de 20 años e inmediatamente, sin tener en cuenta tradiciones y los trabajos anteriores, se lanzan a una nueva temática. ¿No me veré yo entre ellos como un mastodonte o arquetipo?
 
Me tranquiliza la transformación mental que viene con la edad. Actualmente, a unos días de cumplir los 70 años, me interesa menos la competitividad, el que sea yo precisamente quien diga esa “E” por la que discutían Boshinkii y Dobshinkii. El resultado final, la verdad física, me interesa casi independientemente de quién la haya encontrado primero. ¡Con que me alcanzarán las fuerzas para entenderla!
 
La humanidad, como nunca antes, se encuentra a punto de realizar descubrimientos maravillosos. Cada vez adquiere mayor claridad la idea de una teoría física que une a todo, en la que sigue desempeñando un papel importante la geometría. Puede ser que, en un sentido superior, no literal, resulte que Einstein tiene razón y que su teoría, introduciendo la fuerza de la gravedad como geometría, sea el modelo de la teoría unificadora.
 
Puede resultar que sea precisamente la cosmología la piedra de toque para la comprobación de nuevas teorías. Entonces recuerdo los trabajos de S. S. Gershtein, B. F. Shvarsman, S. B. Pikelner, L. B. Okuhi, I. Yu Kobzarev, M. Yu, Jlopov, y los míos propios, como los primeros intentos de formular argumentos cosmológicos para resolver problemas de partículas elementales que no están al alcance de los experimentos actuales. Junto con L. P. Grishuk y A. A. Starobinskii intentamos avanzar en el análisis del nacimiento del universo. Hoy, a mediados de los ochenta, las interrogantes más difíciles y fundamentales del conocimiento natural constituyen un nudo gordiano. Mi mayor deseo es que se encuentre la respuesta y poder entenderla.
 
Moscú, 3 de marzo de 1984
Yakov Borisovich en 1987
_______________________________________      
Deborah Dultzin 
Instituto de Astronomía,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Darío Núñez
Instituto de Investigaciones Nucleares,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
 _______________________________________      
 
cómo citar este artículo
Nuñez, Darío y Dultzin, Deborah. 1993. Recuerdos autobiográficos de Yakov Borisovich Zeldovich. Ciencias, núm. 29, enero-marzo, pp. 62-71. [En línea].
     

 

 

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Juan Somolinos Palencia      
               
               
Pocos conocen la verdadera personalidad del doctor Francisco
Hernández y las razones que movieron al rey Felipe II para enviarlo a explorar la naturaleza de unas regiones que pocos años antes eran desconocidas. Para descubrir estas razones se han realizado muchas investigaciones durante varios años, y hoy se puede presentar una silueta de Francisco Hernández bastante más completa de lo que antes se tenía. Es poco el espacio del que disponemos y mucho lo que podríamos y querríamos decir, así que trataremos, de hacer una síntesis donde primero describiremos la reacción del propio Hernández ante el descubrimiento de América. Al comenzar su Libro de la Conquista de la Nueva España, dijo así: “Después de la reciente conquista y sometimiento a Carlos César por Cristóbal Colón de la Haitiana y otras islas cercanas del Océano septentrional y abierta por el mismo la vía al Continente, apenas había en España, por no decir en toda Europa, quien no estuviera poseído de un vehemente deseo de visitarlas ya sea por las muchas maravillas que en aquel tiempo la fama publicaba acerca de ellas o por la enorme cantidad de plata, oro, perlas y otras riquezas que se decía que abundaban muy por encima de lo que se pudiera creer”.1
 
Este párrafo escrito para explicar las razones que movieron a Hernán Cortés a partir en busca de tierras que conquistar, resulta involuntariamente autobiográfico, como lo son otras tantas apreciaciones de los libros de Hernández, por las que sabemos que no eran solamente algunas personas, sino toda España y toda Europa, quienes estaban pendientes de las maravillas de América y de sus riquezas.
¿Pero qué maravillas eran éstas? Es difícil contestar a esta pregunta. En general toda América era una maravillas para los ojos ansiosos que venían de España. Había hombres nuevos, costumbres nuevas; plantas, animales y minerales desconocidos, tierras vírgenes que a cada paso mostraban algo ignorado por el conquistador. Montañas inmensas, llanuras inacabables; mares, golfos, islas, ríos de anchura inconcebible para un europeo. Y pronto, aquella tierra, ofreció tesoros incalculables en oro, en plata, en piedras preciosas, en alimentos y en medicinas.
 
Las noticias que llegaban de América eran extraordinarias. Fueron sorprendentes para la mente del español los relatos de aquellos que retomaban. Llegaron a Cádiz y a Sevilla barcos cargados de objetos extraños que disputados por los que esperaban en el puerto más tarde se mostraban o vendían a precios exorbitantes.
 
Pronto intervino la fantasía. Si las cartas de Colón o de Cortés son documentos veraces, apegados a la realidad de lo visto, los relatos de los marinos y soldados que vinieron después, ya no son tan veraces. La vanidad, el deseo de ostentación, desbordó las mentes de aquellos hombres y deformó los hechos hasta crear un mundo de fantasía y relatos imaginarios. Ficciones que invadieron las ideas de los que escuchaban creando una confusión de noticias que mucho imposibilitaron la acción gubernamental.
 
Simultáneamente con los relatos idílicos o monstruosos que llegaban de América, existía otra realidad palpable. Desde los primeros tiempos del descubrimiento, nuestro continente suministró a Europa un acervo de simples medicamentos y de elementos alimenticios extraordinarios. Todos los viajeros y cronistas relataban casos de curaciones maravillosas conseguidas con raíces, plantas y elementos de origen indígena americano. El propio Cortés alabó en sus cartas la medicina de los mexicanos, y los primeros cronistas hicieron elogios del modo de curar de los aborígenes; para ello recogieron fragmentariamente remedios y elementos terapéuticos que enviaron a España.
 
La nueva farmacopea americana se extendió por toda Europa, algunos de sus remedios fueron aplicados contra la terrible peste sifilítica que por aquellos días asolaba al Viejo Mundo y vemos cómo las raíces y yerbas que modestamente usaban los curanderos indios adquirieron categoría de simples en las farmacopeas oficiales e importancia literaria al ser alabadas por los poetas y escritores de la época como Cristóbal de Castillejo y Francisco Delicado que dedicaron odas y apologías al palo santo o guayaco que los libró del entonces llamado mal francés.2 Respecto a los elementos alimenticios que América envió a Europa, resulta casi imposible en la actualidad darse una idea de cómo pudo alimentarse la humanidad sin la contribución americana que, al incorporarse a la tradicional cocina europea, produjo una verdadera revolución nutricia en el Viejo Mundo.
 
Estas fueron las razones que movieron indudablemente al rey español cuando decidió iniciar la exploración científica de América. Hacía ya más de cincuenta años que México estaba sometido. Las horas heroicas habían pasado al olvido y era necesario fijar los cimientos de una nueva y floreciente organización.
 
La corona desde España había legislado, y dictó leyes para nuevos súbditos a quienes era preciso defender de la voracidad conquistadora. Los misioneros emigraron también para trocar la espiritualidad pagana de los nuevos vasallos de América, iniciándolos en los principios indispensables de la cristianidad. Con muchos defectos, con muchas rebeldías de ambas partes, con pasiones desatadas que corrompían la obra, España edificó en sus nuevos territorios una organización estatal a imagen y semejanza de sí misma. La conquista militar cedió el paso a la conquista civil. La espada y la cruz de los primeros momentos dejaron campo libre a los facultativos universitarios. Llegó el momento en que el médico, el farmacéutico y el naturalista entraron en acción, de la misma manera que poco antes habían entrado juristas y legisladores.
 
Así lo comprendió Felipe II. Era indispensable conocer la realidad de la historia natural y la medicina de América, sobre todo en la Nueva España, país culturalmente superior a los demás conquistados, de donde las noticias llegadas hacían suponer un rico venero de conocimientos útiles y por esta razón se le pidió a Francisco Hernández iniciar en México un informe completo y bien documentado de la medicina y los elementos curativos de toda América. Hernández, al sentir el influjo de la tierra americana y deslumbrarse con su imagen, se excedió en su labor, escribió lo que le encargaron pero también se lanzó a investigar y recoger datos históricos que le permitieron escribir un tratado de “Antigüedades”3 y un relato de la Conquista. Sin embargo, la misión específica para la que fue designado, era la de informar al rey de España, y por lo tanto a Europa, de la realidad médica americana en todos sus puntos.
 
Pero si por el lado real las razones fueron puramente informativas, por el lado de Hernández, hay motivos suficientes para asegurar que su viaje obedeció a la satisfacción de un deseo de aventura. Sólo así se explica que un hombre maduro, de posición desahogada y envidiable, abandonase la vida de la corte, el favor real y los pacientes distinguidos para lanzarse a un desconocido piélago de trabajos y peligros, probablemente soñados en sus años mozos cuando vivió en Sevilla.
 
Este hecho parece inexplicable para algunos investigadores que no lo llegan a comprender y han emitido otras hipótesis. No hay datos para poder sostenerlas, pero son tan sugestivas que es interesante consignarlas. Se sospecha que, independientemente de las verdaderas razones y del deseo de aventura, motivos suficientes para cubrir la capa externa de la expedición, existieron otras causas más íntimas, más poderosas y menos confesables que encaminar a Hernández hacia América.
 
Orientados así es posible suponer cuales pudieron ser estas razones. Hernández, educado en la cuna eramista de la universidad Complutense, había sido amigo de Vesalio, hombre de origen flamenco con espíritu liberal y renovador.
 
Atento olfateador de novedades científicas, Hernández no tuvo reparo en presentar en sus escritos ideas que todavía estaban en vías de admisión, como: la circulación sanguínea que describió en su versión a la obra de Plinio; esto hace pensar que tal vez Hernández fue un peligro en la corte. Hermano directo de Arias Montano, como él mismo se llama, hay que suponerle enemigo también de aquellos que atacaban al eminente polígrafo, y son bien conocidas las dificultades que existieron durante años, entre éste y algunas órdenes religiosas, sobre todo con la compañía de Jesús de reciente formación que era entonces la más combativa.
 
Para comprender el alcance que en aquella época podía tener una diferencia de criterio con los componentes de una orden religiosa, es necesario conocer de antemano lo que las órdenes monásticas representaban en España durante el siglo XVI. En primer lugar, constituían una especie de partidos políticos que actuaban aconsejando a los gobernantes y modelando la opinión pública, de modo similar a como en la actualidad puede hacerlo una facción política de cualquier régimen. Por lo tanto, la enemistad con una y otra orden no era en el fondo un problema religioso, como puede serlo hoy, sino un problema de sentimiento político, dado que el catolicismo era integralmente acatado por el pueblo español.
 
Al considerar a Hernández un elemento avanzado, discrepante del sentir general y con dificultades más o menos políticas dentro de la corte, surge la hipótesis que supone que fue alejado de la corte por factores ajenos a su propia misión.
 
La misma redacción de la orden real, modelo de hipocresía, con subterfugios que mientras dan alas para actuar al protomédico le cortan el vuelo, y su conocida desgracia al retornar a España, han servido también como nuevos apoyos a la idea del viaje forzado.
 
De ser cierta la hipótesis anterior, de la que como decimos no podemos hacernos solidarios, por falta de datos concretos que lo afirmen, tendremos entonces que admitir que el viaje de Hernández a México y su fructífera expedición, enmascaraban la realidad de uno de tantos exilios de españoles como ha tenido que acoger la generosa tierra de América.
 
Pero nos hemos extendido demasiado al hablar de las razones del viaje y estamos olvidando al hombre. Tal vez el mayor interés de la expedición, esté en la propia figura de Francisco Hernández, hombre renacentista de hechos hasta hoy casi ignorados y, sin embargo, capaz de colmar todos los ideales de la época en que vivió.
 
A falta de un retrato que nos fije sus facciones, podemos imaginarlo, por datos que él mismo expresa en sus obras, como un hombre flaco, con la barba cana, ágil, con sangre ardorosa en su juventud y animoso en la vejez, inteligente y trabajador, curioso de novedades en todos los campos de la ciencias y de las letras amigo del buen beber y del buen comer, enamorado de las cosas bellas, se extasiaba ante una flor y gozaba de la visión de un paisaje nuevo. Afectuoso y caritativo, sentía cariño por los indios que lo acompañaron en México y les dejó mandas en su testamento. Supo sufrir con paciencia las adversidades, las enfermedades y la incomprensión humana. Honrado a carta cabal y responsable de sus obligaciones, consiguió llegar a los más altos puestos con que un médico podía soñar en su época; y para completar este retrato de gruesas pinceladas donde sólo señalamos los rasgos que sirven para identificarlo como un cumplido humanista del Renacimiento español, coloquémosle a los pies de la obra imperecedera que perpetuó su memoria a través de todos los tiempos y de todas las épocas.
 
Francisco Hernández fue toledano, de la Puebla de Montalván, pueblo rico de hacendados olivareros con edificios señoriales que albergaban a muchas familias de judíos conversos. Para cuando Hernández vino al mundo, Puebla de Montalván contaba ya entre sus hijos distinguidos a Fernando de Rojas, el discutido autor de La Celestina.
 
Es probable que sus primeros estudios los llevase a cabo en la ciudad de Toledo, donde se unieron con tolerancia absoluta judíos, árabes y cristianos; se calcula que en la época de Hernández eran más de 60000 los israelitas encerrados dentro de los muros toledanos y gran parte de ellos dedicados a vigilias de la sabiduría y los desvelos de la enseñanza.
 
Siempre se ha sospechado que Hernández fue de origen judío. No se puede afirmar documentalmente, pero cada vez se piensa más en esta hipótesis por los numerosos rasgos psicológicos de su carácter y porque muchos pequeños detalles observados en su estudio biográfico, hacen creer que tal vez perteneció a una familia de conversos, tan abundantes en la provincia toledana.
 
Estudió medicina en Alcalá de Henares, deambuló por los patios universitarios y tuvo que doctorarse en el famoso paraninfo que aún existe. Es valioso para conocer a Hernández este dato universitario, pues el haber estudiado en Alcalá nos explica algunos hechos de su vida. Allí conoció a Arias Montano, intimó con Fragoso y tal vez fue orientado por el gran cirujano Arce. Pero sobre todo, lo que Hernández obtuvo en Alcalá fue una profunda y arraigada formación humanística al estilo moderno de su época —inspirada en Erasmo, a quien cita en sus obras— y una pasión por Aristóteles que conservará toda su vida, y en quien encarnó su ideal científico. Muchos años después de su época de estudiante, cuando el rey lo envió a estas tierras de México, soñaba con imitar a su ídolo y de este modo no tuvo empacho en comparar a Felipe II con Alejandro Magno, por haber mandado escribir una historia natural tan importante, y en la que él se colocó como el nuevo Aristóteles que llevaba a cabo la empresa.
 
Muy joven se lanzó a la tarea de interpretar a los clásicos. Tradujo las obras de Nicandro, poeta colofonio, y lo hizo del griego al latín; alternó estas tareas literarias con otras más domésticas a las que le obligaba su puesto de médico del Duque de Maqueda, en el castillo de la ciudad de Torrijos o en la casa señorial de Toledo. Pero el Duque no satisfizo los anhelos de Hernández, y éste, ambicioso y con preparación para alcanzar otras alturas, dejó al Duque y se marchó a ejercer en Sevilla.
 
Fue sin duda ahí, en Sevilla, donde Hernández concibió la idea de su viaje. A la orilla del Guadalquivir cada día atracaba un barco nuevo que arribaba cargado de noticias y objetos extraños de lejanas tierras, y el mismo Hernández nos lo cuenta; asistía interesado a esos desembarcos de objetos exóticos, contemplaba extasiado y curioso los barcos y los detalles de la navegación. Hombre activo y aventurero que despreció desde el primer momento el método informativo de Monardes —coleccionista sedentario y a distancia— para lanzarse a la exploración directa y al conocimiento de visu de lo que la Naturaleza ofrecía al otro lado del mar.
 
Algunos años ejerció en Sevilla, ocupando lugar honesto entre mis consortes, como él describió y después de recorrer media Andalucía recolectando plantas para estudiarlas y componer una flora andaluza, lo vemos aparecer un día con el importante puesto de médico del monasterio de Guadalupe. Allí intimó con Micó, uno de los grandes médicos de su época, pero sobre todo, fue también ahí donde obtuvo una profunda preparación anatómica conseguida sobre cadáver, a través de múltiples disecciones, en las cuales se nota que la guía espiritual sobre sus estudios fue de Vesalio, quien para entonces acababa de revolucionar el saber anatómico.
 
Como fruto de su estancia en Guadalupe, escribió un tratado de medicina con comentarios sobre Galeno e Hipócrates, libro al que hizo referencia muchas veces en sus trabajos y que desgraciadamente está perdido. Pero si ignoramos el contenido literal de este libro, en cambio, sí podemos suponer su espíritu, ya que Hernández cuando en otras obras tuvo que comentar párrafos galénicos, no se recató en advertir que las obras de los antiguos estaban plagadas de errores que era necesario corregir. Con esta actitud vemos que Hernández se unió a la corriente avanzada de su tiempo, la que más adelante, al fructificar, dio origen a muchos de los conocimientos de la medicina moderna.
 
Las labores de Hernández en Guadalupe fueron muchas; encargado de la enfermería, presentaba atención médica a los numerosos caminantes y enfermos que acudían al monasterio en busca de alivio. También se ocupó de vigilar la botica, y él mismo cuenta cómo salía por los campos cercanos a recolectar plantas terapéuticas. Dio clases de medicina al grupo que se reunía en la que entonces era una afamada escuela médica, y se dedicó interesantemente a la anatomía y a la disección.
 
La estancia guadalupana para un médico español del siglo XVI, era con seguridad la antesala de la Corte, pues pocos años después encontramos a Hernández como médico de cámara. Entre su estancia en Guadalupe y la corte, ejerció en Toledo, y resulta muy interesante para su biografía este periodo que nos informa sobre el medio intelectual donde se desenvolvió. Sus trabajos hablan continuamente de personajes de la época a los cuales trató y atendió. Muchos de ellos son figuras conocidas por otros relatos e incluso por cuadros famosos.
 
El Toledo del Greco fue también el Toledo de Hernández, y así, a través de los maravillosos retratos del cretense, podemos conocer cómo eran los hombres que lo rodearon durante sus años de vida toledana. Tal vez alguno de los desconocidos asistentes al Entierro del Conde Orgaz fue amigo o paciente de nuestro médico. Durante esos años, Hernández nos cuenta que asistió al hospital de la Santa Cruz y relata algunos casos clínicos muy interesantes.
 
En 1567 fue llamado a la corte y se le nombró médico de la cámara. Con ese motivo, Hernández vivió en el Palacio Real de Madrid, palacio de los Asturias que se quemó a fines del siglo XVII y en su lugar se edificó el actual Palacio Real.
 
La actuación cortesiana de Hernández es poco conocida, pero es indudable que en la corte conoció a los médicos más importantes de su época; con seguridad trató al doctor Laguna, pues lo cita refiriéndose a su obra del Dioscórides; digamos que intimó con Valles quien a la vuelta de América le revisó sus originales; y sobre todo conoció a Vesalio, de quien dijo años más tarde que era varón excelente en anatomía y mientras vivía amigo nuestro.
 
Hernández, en su Plinio, relata hechos y casos sucedidos durante su estancia cortesiana, y por ello sabemos que no se limitó puramente a las funciones palaciegas, sino que, movido por su espíritu observador y estudioso, se dedicó a cultivar y conocer las plantas medicinales que se producían en lo que hoy es el campo del Moro de Madrid y que en aquel entonces, era una huerta del Palacio Real.
 
En sus descripciones es curioso destacar la presencia en palacio de un perro sin pelo, de los llamados en México tepezcuintle, que a Hernández le causo extrañeza y que fue un regalo que le habían llevado al infortunado príncipe Don Carlos.
 
Seguramente su actuación cortesiana es la que le llevó a conseguir el título de Protomédico en América, pues el rey, al designarlo para dicho cargo, en el título le dijo que lo nombraba: por la noticia y experiencia que de cosas semejantes tenéis y para que acatando vuestras letras y ciencia y lo que nos habéis servido y esperamos que nos serviréis en esto que vais a emprender. Sus vicisitudes americanas son lo más conocido de su vida. Transcurrieron siete años de trabajo intenso que minaron su existencia y lo incapacitaron para continuar su labor.
 
Fruto de sus años de estancia cortesiana fueron los famosos comentarios sobre la filosofía aristotélica, donde presentó interesantes observaciones sobre los libros aristotélicos de la Física y el Alma, manuscritos hoy conservados en Madrid.
 
Después de un año de preparación, el primero de septiembre de 1570, Hernández se embarcó en Sevilla, en la flota que lo traería a México.
 
De su travesía, más larga de lo habitual, han quedado dos noticias en sus libros. Pasó varios días en la Gran Canaria, donde escribió un libro, hoy perdido, sobre la flora local. Llegó a Santo Domingo, donde fue recibido con todos los honores, comió con el Arzobispo y el Capitán General y escribió otro libro de plantas haitianas. Lo mismo hizo en Cuba donde pasó varios días en La Habana, hasta que, finalmente, llegó a Veracruz.
 
El día primero de marzo de 1571, en el palacio virreinal, se reconoció su título ante la Audiencia. Desde ese momento fue Protomédico de la Nueva España. México, la capital donde residió por el momento, era entonces una ciudad naciente que cautivaba a los que la conocían; Hernández dedicó en sus obras varios capítulos a alabarla y se sintió feliz en ella.
 
Pronto comenzaron los inconvenientes, las autoridades encontraron que la labor de Protomédico, al tratar de ejercer sus funciones legales y de dirección médica, les perjudicaba. Luchó con la audiencia, con el virrey,4 y en general, con todas las autoridades que trataron de mermar sus prerrogativas y poderes. Hernández, acostumbrado a la legalidad y el orden de la Corte española, no tenía experiencia para enfrentarse a la pandilla de truhanes y trapisondistas que disfrazados de oidores y concejales dirigían la Nueva España en beneficio de sus haciendas. Indudablemente, la inspección era una fuente de ingresos bastante importante y los oidores veían con malos ojos que el Protomédico ejerciese sus funciones privándoles de beneficios mal habidos pero bien recibidos. El virrey, hepático y amargado, tuvo durante esos siete años varias expresiones alternadas de amistad y animadversión, y el cabildo llegó incluso a impedir que Hernández circulara por las calles precedido de un criado con vara, símbolo de su dignidad.
 
Mas como todo no había de ser desagradable, Hernández encontró en México un núcleo de humanistas e intelectuales con los cuales entabló amistad y tuvo relaciones, fueron varias las personas con quienes sabemos que se relacionó.
 
Además de los médicos famosos de aquel entonces, como Francisco Bravo y Juan de la Fuente, Hernández hizo amistad con Cervantes de Salazar y con el Arzobispo Moya de Contretas. La amistad con este último sirvió para que Hernández escribiese el trabajo más extraño de toda su obra. Nos referimos a la famosa Doctrina Cristiana en Versos Hexámetros que, aparte de ser un manuscrito valiosísimo por las notas autógrafas que el propio Arzobispo Moya le puso al margen, representa una no explicada actividad del Protomédico.
 
Después de iniciar sus trabajos científicos y de sufrir una penosa y grave enfermedad, Hernández salió a explorar el territorio de México. Hoy es casi inconcebible cómo pudo recorrer en el poco tiempo de su misión una extensión tan amplia. Por el norte llego a Michoacán, Colima y Querétaro. Descendió por la Costa del Mar Austral hasta cerca del Istmo y estuvo en Oaxaca. Recorrió la región central, pueblo por pueblo y casa por casa. No quedó lugar de lo que hoy es Morelos, Puebla y Guerrero que no explorara y examinara. Viajaba en litera con mulas, acompañado de su hijo y de varios pintores y copistas. Se hospedaba en los Monasterios y a veces en las casas de los encomenderos. El alojamiento en esos lugares obedecía a la falta de otros mejores.
 
En el famoso poema dirigido a Arias Montano, después de su regreso a España, escribió lo que sigue relatando su aventura:
 
Callaré las penosas fatigas que por largos siete años sufriera (ya en vejez, sin la sangre ardorosa de mis juventudes) cruzando dos veces el piélago, peregrino por tierras ignotas, en extraños climas, sin comer el pan que solía y abrevando la sed muchas veces en impuras aguas.
 
No diré los calores ardientes, los fríos intensos contra los que no valen recursos de la humana industria; las boscosas alturas, las selvas hostiles, los pérfidos ríos, lagunas y lagos y temibles pantanos inmensos.
 
No diré la pérfida confabulación de los indios, las perversas mentiras con que me burlaban incauta, hablando con gran fingimiento, con mafias y astucias; ni las muchas veces que confiado en falaces intérpretes creí conocer de las plantas mentidas virtudes, y apenas logré combatir sus nocivos efectos con el arte médico y el favor insigne de Cristo; ni el cuidado de que los pintores no diesen imágenes falsas, ni las moras de los poderosos que frustraban empresas e intentos.
 
¿Qué decir de las múltiples veces que puse en peligro mi vida probando las yerbas dañosas por saber su naturaleza?
 
¿Qué decir de las enfermedades que de tantos trabajos y penas me vinieran y habrán de acrecerse a través de todos mis días?
 
¿Para qué recordar los frecuentes encuentros hostiles?
 
¿Para qué el horror de los monstruos que habitan los lagos y tragan y alojan enteros a los hombres en su enorme vientre?
 
¿Y la sed, y el hambre, y los miles de insectos dañinos que laceran la piel de incontables picaduras sangrientas?
 
¿A qué hablar de los guiís ceñudos y del torpe rebaño de siervos?
 
¿A qué recordar la salvaje condición de los indios, nada sinceros, rehacios a revelar sus secretos?
 
Olvidado de tantos afanes quiero sólo decir lo que hicimos con la gracia de Cristo y el favor especial de sus santos, recorriendo las vastas regiones de la Nueva España.
 
Es innecesario recordar la enorme labor desarrollada en estos viajes. En la mente de todos están las obras de Hernández y los miles de elementos naturales estudiados; parece imposible que un solo hombre pudiese recopilar y estudiar tantas cosas, describiéndolas de modo tan prolijo y exacto. No le arrediaron para desarrollar su labor los inconvenientes de ningún tipo. Se sabe, por sus propios datos, que enfermó varias veces y sufrió los rigores del clima y la fauna tropical. Sin embargo, la obra prosiguió, la recolección de datos, especies y muestras no fue interrumpida y cuando retornó a España llevaba además de sus libros, un extenso cargamento de macetas y cajones con semillas, muchas de las cuales son hoy corpulentos árboles del Alcázar de Sevilla.
 
No contento con la labor recolectora, Hernández se dedicó también a experimentar la acción de los productos recogidos. Para ello trasladó su vivienda al Hospital Real de los naturales y allí, en colaboración con cuatro médicos de los que sólo nos ha quedado con seguridad el nombre de Alfonso López de Hinojosos, practicaba y observaba la acción de las plantas.
 
Viviendo en ese hospital, le sorprendió la epidemia de cocolixtle lo que lo motivó a escribir un curioso trabajo, en el que detallaba la enfermedad, incluso con los datos anatomopatológicos obtenidos en las autopsias que efectuó para conocer la causa.
 
Aún tuvo tiempo Hernández para escribir algunos trabajos filosóficos, terminar el Plinio y escribir un libro de Antigüedades de México, antes de que apremiado por el rey y por las enfermedades, resolviese volver a España sin proseguir la expedición por otros territorios mexicanos.
 
Como es sabido, llegado a España, Hernández tuvo poca suerte, no recibió el favor real que esperaba y, en cambio, tuvo que soportar las intrigas de un grupo de enemigos poderosos. Mientras tanto, el rey Felipe II mandó guardar la obra en el Escorial y al ver a Hernández enfermo y cansado, comisionó al médico italiano Recco para que la recortase y adaptase a las necesidades editoriales.
 
Hernández hizo un testamento que se conserva en el archivo de Simancas, y en el que se demuestra su buena situación en la Corte, pues dejó de albacea a Juan Herrera, el arquitecto de El Escorial. Más tarde, ya muerto Hernández, se publicaron sus obras. No voy a repasar aquí su bibliografía completa, pero sabemos que en sus últimos días ya en Madrid, enfermo y con el favor real, si no perdido, por lo menos entibiado, Hernández llevaba una vida triste y apagada. Tiene que pasar el amargo trabajo de ver cómo entraban a saco en sus originales otros autores que no tenían la suficiente preparación para ello. Siguió en la Corte viendo desvanecerse todos sus sueños y una fría mañana del enero madrileño de 1587, desapareció de entre los vivos, sin ruido, inadvertidamente. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de la Santa Cruz, delante del altar de San Cosme y San Damián. La iglesia pocos años después se quemó y fue trasladada a la acera de enfrente, con lo que quedó definitivamente perdido el enterramiento de Hernández, que hoy, a sus 400 años, vive y seguirá viviendo gracias a la obra inmortal que escribiera para el conocimiento de México.
 
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Referencias Bibliográficas

1 El Libro de la Conquista de la Nueva España, es uno de los originales históricos escrito durante su estancia en México. Permaneció inédito en la biblioteca de la Academia de la Historia en Madrid, hasta el año de 1926, en el que Del Paso y Troncoso, efectuó por cuenta del gobierno mexicano una edición facsimilar de todo el manuscrito hernandino, que también contiene el libro de las Antigüedades de la Nueva España. Posteriormente, el original latino fue traducido y anotado por el doctor García Pimentel y publicado por la editorial Porrúa en 1946.
2 Cristóbal de Castillejo: Loor del Palo de las Indias estando a la cura de el, Madrid, 1573; Francisco Delicado. Modo de usar el palo de india occidental salutífero remedio de toda peste y mal incurable, Venecia, 1529.
3 El tratado de Antigüedades de la Nueva España ya ha sido citado en la nota número 2. Sobre estos estudios de se ha discutido si es labor original o si solamente se limitó a tomar datos de otros autores. En nuestro trabajo “Bibliografía del doctor Francisco”, Revista Interamericana de Bibliografía, vol. VII, núm. 1, pp. 1-76, enero-marzo de 1957, aparecen estudiados estos datos de la producción científica hernandina.
4 Martin Enríquez de Almanza, cuarto virrey de la Nueva España. El Hospital de Santa Cruz, que fundara el Cardenal Mendoza, era el más importante de Toledo y la sola presencia de Hernández en él, afirma el prestigio de nuestro médico en aquellos momentos. Fue entonces cuando empezó a traducir y comentar el Plinio, trabajo que sin duda es el más importante de las obras de Hernández, cuya elaboración le llevó más de quince años, y que representa un trabajo enciclopédico de todo el saber de su tiempo. Interesante desde todos los puntos de vista, ha sido fuente de datos biográficos, índice de sus conocimientos e incluso una exposición evolutiva de sus ideas.
     
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Juan Somolinos Palencia
Instituto Mexicano del Seguro Social.
     
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cómo citar este artículo
 
Somolinos Palencia, Juan. 1993. Una silueta del doctor Francisco Hernández. Ciencias, núm. 29, enero-marzo, pp. 35-41. [En línea].
     

 

 

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