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| Víctor Rodríguez Padilla | |||||||||||
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Sin duda, uno de los temas más sensibles y delicados para
millones de mexicanos es el del petróleo. Recurso natural, activo fundamental, bien de la nación, el oro negro es un producto estratégico cuyo significado no se limita al ámbito económico y energético. Discutir de petróleo, de la industria y del mercado que origina es hablar de nación, Estado, historia, nacionalismo, proyecto, desarrollo, independencia, seguridad, defensa, y soberanía. Pero no sólo eso. También es hablar de trasnacionales, derroche, corrupción, crisis, deuda, embargo, hipoteca, ambición y codicia.
Como en otros momentos claves de la historia de México, el petróleo se encuentra hoy día en el centro del huracán. Como agua entre las manos se nos escapa debido a las colosales presiones ejercidas por Estados Unidos y otros intereses extranjeros. Comprender y asimilar cabalmente el carácter multidimensional del petróleo y la importancia que reviste para México es la mejor arma para defender lo que es del país, construido a lo largo de seis décadas.
Producto estratégico
El carácter estratégico del petróleo no necesita demostración. Desde hace mucho tiempo las potencias dominantes han utilizado sus fuerzas económicas, comerciales, financieras, políticas y militares para tener la seguridad de disponer de este producto en el corto, mediano y largo plazo. Guerras, golpes de Estado, asesinatos, complots, negociaciones internacionales y acuerdos secretos son una constante en la industria petrolera. La actuación del agente británico Lawrence en Arabia (1914), las dictaduras de Gómez (1908) y Jiménez (1948) en Venezuela, el golpe de Estado contra Mossadegh en Irán (1953), la guerra de Biafra (1967), la guerra Irán-Irak (1980), la guerra del Golfo Pérsico (1990), la guerra de Yemen (1993) son páginas de la historia; nos recuerdan que el petróleo no es una mercancía como las otras: revelan que las grandes corporaciones petroleras y los gobiernos han utilizado todos los métodos, lícitos o ilícitos, morales o inmorales, con tal de controlar el oro negro. El último episodio de esa lucha sin cuartel es el acuerdo que Estados Unidos impuso a México a cambio de un paquete de rescate financiero para salvar al país de la bancarrota.
¿De dónde surge la importancia del petróleo? Las características asociadas a su producción y consumo nos dan la respuesta. Deben destacarse cuatro hechos de primera importancia.
La energía más consumida del mundo
Datos recientes señalan que el petróleo contribuye con un 40% al abasto de energía comercial del planeta.1 Si a eso se agrega la participación del gas natural, resulta que los hidrocarburos suministran el 63% a los requerimientos energéticos mundiales. Le siguen el carbón con un 27%, la nucleoelectricidad y la hidroenergía, que juntas totalizan un 10%. El petróleo es, pues, un producto indispensable para el buen funcionamiento de toda economía mundial. Sin él los sistemas productivos de los países simplemente dejarían de funcionar. En el caso de México, el peso de los hidrocarburos en el balance energético nacional es apabullante, pues asciende a 93%.
La energía más intercambiada a nivel mundial
La localización de las zonas productoras de petróleo no coincide con la de las regiones consumidoras. Eso da lugar a importantes intercambios, en los que participa más del 54% de la producción mundial de petróleo crudo. El comercio de una región a la otra, de un continente a otro, genera flujos de oro negro sobre los que gravitan riesgos ecológicos, militares y geopolíticos importantes, sobre todo en las regiones conflictivas. Varios puntos geográficos por los que transita el petróleo adquieren importancia estratégica y, de una u otra manera, son controlados por las grandes potencias que buscan evitar rupturas de suministro.
Enormes ganancias
El petróleo es un producto fósil, finito y no renovable que se extrae de yacimientos localizados en el subsuelo. Esos depósitos subterráneos tienen características muy diferentes de tamaño, calidad y condiciones de acceso. La doble particularidad de los yacimientos —geográfica y física— da lugar a la creación de rentas económicas que despiertan la codicia de todos los actores en el teatro petrolero. La diferencia entre el precio de venta de petróleo y su costo de producción, grosso modo, la renta petrolera, es considerable. El precio de un barril de petróleo tipo “Brent” del Mar del Norte (crudo de referencia mundial), se cotizó en 16 dólares por barril en 1994. En contraste, el costo de producción del mismo fue de sólo 2.5 dólares en Arabia Saudita, 6 dólares en México y 11 dólares en el Mar del Norte. Conviene señalar que México, al igual que los países del Golfo Pérsico y Rusia, posee algunos de los yacimientos más grandes y ricos del mundo, a partir de los cuales se extrae, cierto, un petróleo de baja densidad y alto contenido de azufre2 pero que permite generar una renta muy importante: entre 7 y 10 mil millones de dólares en 1994.
Características excepcionales
Por sus características químicas, físicas y económicas, el petróleo puede competir con todas las fuentes de energía y, en un momento dado, desplazarlas si las condiciones ecológicas, sociales, políticas y estratégicas son favorables para su uso. Los productos petroleros suministran calor por combustión directa; electricidad gracias a plantas termoeléctricas que consumen combustóleo; potencia mecánica gracias a motores de gasolina o diesel. Además, el petróleo es la única energía que tiene un sector cautivo: el transporte. Con algunas excepciones, los automóviles, camiones, barcos y aviones de hoy día no podrían funcionar sin los derivados del petróleo. Y todo parece indicar que en las próximas dos décadas los combustibles sustitutos y las tecnologías alternativas, no podrán penetrar en forma considerable ese mercado.
Gracias a las características asociadas a su producción y consumo, el precio del petróleo es el precio directo de la energía. Y lo seguirá siendo en los próximos años. Esto significa que el valor de las otras energías continuará atado al nivel que alcancen las cotizaciones del crudo y sus derivados en el mercado mundial.
Una industria con fuertes especificidades
El petróleo da origen a una industria con rasgos particulares que la distinguen de otras, y que le dan una vocación eminentemente internacional:
Multiproductos. A partir del petróleo crudo se obtiene toda una gama de productos derivados que dan origen a diferentes mercados. Entre los petrolíferos más importantes se encuentran el gas licuado, las gasolinas, el petróleo diáfano, el turbogas, el diesel, el combustóleo, las grasas, los lubricantes y el asfalto.
Intensiva en capital. Se requieren cuantiosas inversiones para desarrollar las actividades que componen la cadena petrolera: exploración, producción, refinación, almacenamiento, transporte y distribución. Perforar un pozo de 3 mil metros (profundidad promedio internacional) cuesta 6 millones de dólares; una campaña de exploración que contemple de 5 a 10 pozos, entre 40 y 100 millones de dólares. Extraer del subsuelo un barril por día requiere una inversión inicial de 5 mil a 10 mil dólares; procesarlo en una refinería no compleja, otros 10 mil dólares. Si México se viera obligado a construir la capacidad de producción y refinación con la que cuenta hoy día, necesitaría invertir 35 mil millones de dólares, pues produce 2.6 millones de barriles diarios de petróleo y procesa internamente más del 50% de la producción. Y eso sin contar las inversiones para construir tanques, ductos y terminales de distribución, entre otros.
De riesgo elevado. A pesar de los progresos de la geofísica, el riesgo de la prospección petrolera sigue siendo elevado. En una región virgen, sólo uno de cada siete pozos exploratorios descubre petróleo y gas en cantidades suficientes para explotarse económicamente. En zonas ya conocidas, el promedio de éxito aumenta a 25%. El carácter aleatorio de los descubrimientos exige a la compañía una capacidad financiera importante, apoyada sobre todo en el autofinanciamiento, pues los bancos no prestan para esa actividad.
De know how complejo. Si bien cualquier compañía puede acceder a la tecnología petrolera de punta, eso no basta para encontrar petróleo, trabajar con eficiencia y productividad y en última instancia obtener el máximo beneficio económico. Otros factores, como la experiencia de terreno, las técnicas organizativas y administrativas, la gestión del riesgo geológico y financiero, y la estrategia de subcontratación y alianzas son claves y constituyen verdaderos secretos industriales.
De maduración lenta. La duración de los proyectos petroleros y el tiempo de recuperación de los capitales invertidos son importantes: entre la decisión de explorar y el arranque de la producción transcurren, por regla general, entre 5 y 7 años. La vida de un yacimiento es de alrededor de 20 años, pero algunos llegan a producir durante más de seis décadas. Una refinería se construye en tres años, su vida económica es de 20 años y se amortiza en 15.
De economías de escala importantes. Entre más grandes sean los volúmenes producidos, transportados o almacenados, menos le cuesta a la compañía y más importante es la rentabilidad. Una consecuencia de esto es que las instalaciones petroleras tienden al gigantismo y la industria a trabajar integrada verticalmente, esto es, desde el pozo hasta la gasolinería.
Estas especificidades hacen que la industria petrolera base su razonamiento en la visión de largo plazo. Es ahí donde funda su poder y fortaleza. Sólo una estrategia con ese horizonte ha sido capaz de mantener a Shell, Exxon, British Petroleum, Chevron, Texaco, Agip y ELF, entre las principales compañías, consolidarse y crecer en una industria muy competitiva y maximizar su beneficio.
¿Qué importancia tiene el petróleo para México?
El petróleo es al mismo tiempo energía, materia prima, divisas, poder de negociación. En esos cuatro pilares se sustenta la importancia del oro negro para México. Ante todo el petróleo es energía para el funcionamiento de la economía y el bienestar de la sociedad. Hoy día satisface el 70% de los requerimientos energéticos del país. Además, ninguna otra fuente de energía fósil o renovable, nacional o importada, podría —en las condiciones económicas y tecnológicas actuales— ocupar su lugar, se trate del carbón mineral, el gas natural, la hidroelectricidad, la geotermia, la biomasa, la energía nuclear o las fuentes alternativas.
Por otro lado, el petróleo también sirve como materia prima, a partir de la cual la industria petroquímica produce multitud de productos, muchos de los cuales utilizamos en nuestra vida cotidiana (los plásticos son un ejemplo). Además, por su interacción dinámica con la industria química y la agricultura, la petroquímica es una industria “industrializante”, que confiere a México una ventaja comparativa respecto a otros países.
Para un país exportador como el nuestro, el petróleo es fuente de divisas. Las ventas del energético en los mercados internacionales generan recursos que sirven para financiar proyectos de gran envergadura, pagar la deuda externa, importar tecnología, modernizar la planta productiva, construir infraestructura, realizar programas de desarrollo social, e impulsar el sistema educativo y de investigación, entre otras opciones. Aunque, por supuesto, las famosas petrodivisas también pueden servir para especular o volver ricos a unos cuantos. Valga decir que si México no produjera petróleo tendría que erogar más de 8 mil millones de dólares anuales para comprar en el extranjero los volúmenes que requiere el país, amén de que dejaría de percibir entre 6 y 7 mil millones de dólares por concepto de exportaciones de crudo. Sin petróleo se agravaría el déficit de la cuenta corriente, precisamente una de las causas que provocaron la crisis financiera de este año.
Finalmente, para México el petróleo es algo más que riqueza material y fuente de financiamiento. Es poder de negociación frente a otros países del mundo. Sobre todo considerando la cuantía de nuestras reservas probadas y potenciales, y el elevado consumo que observan los países desarrollados, especialmente el vecino del norte. Quizás el petróleo sea nuestro único poder de negociación.
En efecto, México no es una potencia militar como Estados Unidos; de ninguna manera tiene una agricultura importante como Francia; tampoco tiene un impresionante sistema tecnológico como el de Japón, y mucho menos un sólido sistema financiero como el de Suiza, la crisis actual prueba exactamente lo contrario. Lo que tiene México es petróleo y en ese ámbito sí es una potencia mundial. Eso le ha permitido acceder a los mercados de capitales, renegociar en varias ocasiones la deuda externa, obtener ventajas comerciales, por ejemplo en el Tratado de Libre Comercio (TLC) y aumentar su presencia internacional.
Sin petróleo, México sería más dependiente de Estados Unidos y más vulnerable a las presiones intervencionistas extranjeras. Sin petróleo, el gobierno gozaría de un magro poder de negociación. Es por ello que está en el centro del proyecto de nación; pilar de la soberanía e independencia nacional hoy, como siempre, es una cuestión de seguridad nacional.
Amenazas permanentes
Desde que se descubrió el primer yacimiento en el país, las potencias dominantes no han ocultado sus ambiciones por el petróleo mexicano. Peor aún, la vecindad con Estados Unidos más que constituir una oportunidad comercial para nuestro país ha representado un riesgo permanente para el libre y pleno ejercicio de la soberanía sobre el principal recurso natural de México.
Después de un periodo de relativa tranquilidad —en que bien o mal las grandes potencias aceptaron la nacionalización del petróleo decretada por el presidente Lázaro Cárdenas (1938)— el interés por nuestros recursos se avivó a principios de la década de los años 70 con el descubrimiento de grandes acumulaciones de hidrocarburos en Tabasco y Chiapas primero, y en la plataforma marina frente a Campeche después. El hallazgo venía como anillo al dedo al Coloso del Norte, el más importante consumidor de petróleo en el mundo, presionado por el aumento vertiginoso de sus importaciones petroleras y la inseguridad e incertidumbre en la que entraron sus fuentes tradicionales de abastecimiento localizadas en los países de la OPEP, quienes tomaron el control del mercado en octubre de 1973.
A partir de lo que se conoce como el primer “choque petrolero”, Washington reconfirmó al petróleo mexicano como parte de los intereses estratégicos estadunidenses. Toda la maquinaria de persuasión de la superpotencia se puso en marcha para hacer de México una fuente de aprovisionamiento segura y confiable. Fue la CIA quien filtró a la luz pública la noticia de los descubrimientos del sureste, mucho antes que lo hiciera la administración de Luis Echeverría. Un empresario petrolero asociado a compañías del país vecino, Jorge Díaz Serrano, tomó las riendas de PEMEX durante el sexenio de José López Portillo, para manejar la paraestatal desde un punto de vista empresarial y orientar sus actividades hacia el mercado externo. Fue Estados Unidos quien puso a disposición de PEMEX recursos financieros ilimitados para desarrollar una de las plataformas de exportación más importantes del mundo.
Cuando México declaró la moratoria de pagos en 1982, el país al norte del río Bravo nos facilitó mil millones de dólares a cambio de que PEMEX incrementara las entregas de petróleo. Durante las negociaciones del TLC, el presidente Carlos Salinas no cedió, formalmente, a la exigencia de garantizar el suministro del petróleo al principal socio comercial de México, ni tampoco al otorgamiento de contratos de riesgo a compañías extranjeras. En compensación, sí cedió en materia de participación del capital extranjero en la industria petrolera nacional: petroquímicos, duetos, compras del gobierno y contratación de servicios, entre otros. Además, las sospechas de un contrato secreto de abastecimiento parecen confirmarse. Las exportaciones de crudo mexicano se orientan en forma creciente a Estados Unidos: 66% en 1993, 73% en 1994 y se espera un 80% este año. En fin, a principios de 1995 la Casa Blanca concedió 20 mil millones de dólares al gobierno de Ernesto Zedillo, a cambio, entre otras cosas, de cederle el control de facto de las exportaciones de PEMEX, como explicaremos más adelante.
En resumen, desde hace 20 años las amenazas sobre nuestro petróleo se han ido amplificando. La respuesta de nuestros gobernantes deja mucho que desear. Poco o mucho van cediendo a las presiones. Lo más peligroso es que el actual gobierno da muestras claras de haber abandonado la defensa del petróleo: El 21 de febrero de 1995, dio en prenda las reservas petroleras y aceptó un embargo precautorio sobre los ingresos de PEMEX por ventas al extranjero. La urgencia financiera, la crisis económica, las colosales presiones externas y las razones ideológicas (“el manejo de los recursos debe estar en manos del sector privado”), crean un clima muy difícil para este recurso de la nación. La amenaza es real. Lo único que falta es regresar al sistema de concesiones o a un esquema equivalente para dar por concluido el periodo en el que México mantuvo la soberanía sobre el petróleo.
El acuerdo petrolero con Estados Unidos
El “Acuerdo sobre Esquema de Ingresos Petroleros”, negociado en el marco del convenio entre Los Pinos y la Casa Blanca para el otorgamiento de apoyos crediticios por 20 mil millones de dólares, establece que PEMEX debe depositar en el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos el importe de sus exportaciones; en caso de que México deje de cumplir con las obligaciones de pago asociadas al paquete de rescate financiero, Estados Unidos puede cobrarse con las divisas que PEMEX transfiera a ese banco. También señala que las ventas foráneas se harán exclusivamente a través de la paraestatal, que no podrá transferir o vender sus derechos de cobro, pero sí deberá entregar al Departamento del Tesoro la información contable y financiera de la empresa y todo lo relacionado con las exportaciones. Finalmente establece que México se somete a la jurisdicción exclusiva de la Corte del Distrito de Manhattan en Nueva York, y que renuncia a emprender cualquier acción legal tendiente a modificar o rechazar lo estipulado en el acuerdo.
Las condiciones impuestas sobre los ingresos petroleros poco tienen que ver con el corto plazo. Si bien el periodo de garantía se escalona durante 10 años, pueden convertirse en 20 o 30 años si las circunstancias son desfavorables para México. Y Estados Unidos no perderá cuanta oportunidad se le presente para que los candados, limitantes y condicionantes sobre el oro negro perduren hasta el agotamiento total de nuestro recurso natural o hasta que sea desplazado por los energéticos sustitutos.3
Hoy como siempre, nuestros vecinos tomaron como pretexto las circunstancias de corto plazo para imponer condiciones de largo plazo.
Entre las múltiples observaciones que pueden hacerse a los compromisos de Los Pinos ante la Casa Blanca, al menos cinco se destacan por su importancia.
1. Es un acuerdo anticonstitucional
El acuerdo petrolero viola expresamente algunos artículos de la Carta Magna. Carlos Ramírez (periodista de El Financiero) lo plantea de esta manera: “el artículo 27 señala que la propiedad petrolera es un derecho inalienable e imprescriptible. Es decir que no se puede enajenar o vender y su validez es infinita pues no prescribe nunca. Así, el petróleo pertenece a la Nación y no al presidente de la República en turno”.4 A pesar de ello, el acuerdo autorizó el embargo precautorio de no menos de mil 300 millones de barriles de petróleo, y convirtió al Departamento del Tesoro de Estados Unidos en dueño de facto de una parte de las reservas petroleras mexicanas.5 Por su parte, el artículo 25 señala que corresponde al Estado la rectoría del desarrollo nacional y que ésta debe fortalecer “la soberanía nacional”. ¿Cómo podrán los compromisos petroleros del actual gobierno contribuir a ello, si autorizan al país vecino a apoderarse financieramente de una parte de nuestras reservas petroleras, las cuales nos confieren una posición de fuerza frente a los países del planeta? ¿Cuál fortalecimiento de la soberanía si la primera empresa del país, PEMEX, se ha convertido en caja recaudadora del Tesoro de Estados Unidos? ¿Cuál soberanía si ahora México está impedido a declararse en moratoria de pagos, toda vez que en el momento en que no pueda o no quiera pagar, el país del gran garrote se cobrará con las facturas de PEMEX, ahora bien guardadas en el banco central de ese país?
2. El acuerdo petrolero abre el renglón energético del TLC
Para Adrián Lajous, director general de PEMEX, los condicionantes sobre los ingresos petroleros no afectan las decisiones básicas de la empresa, como son el volumen de producción, el destino de las exportaciones y el precio de venta.6 Sin duda es cierto. Sin embargo, no puede negarse el hecho de que Estados Unidos logró reforzar las garantías de aprovisionamiento que el gobierno mexicano se ha resistido, formalmente, a conceder. Formalmente porque en los hechos las exportaciones petroleras hacia ese país nunca han descendido abajo de los 650 mil barriles por día desde 1982.
Con la intervención de la caja de PEMEX, Estados Unidos logró indirectamente el control y el diseño de la política petrolera de México. El control de la parte operativa, la que le quedó a PEMEX, es lo de menos. Lo importante es que ahora la Casa Blanca decide las grandes orientaciones y los criterios de la participación de México en el mercado petrolero internacional.
3. El acuerdo atenta contra la empresa petrolera nacional
Algunas de las consecuencias para PEMEX ya se han manifestado: degradación de las instalaciones e infraestructura por falta de mantenimiento, disminución en los índices de seguridad, incremento en el número y gravedad de accidentes y menor cuidado ambiental. Es de esperarse que todo lo anterior sea utilizado para justificar la venta de la paraestatal, toda o en partes.
PEMEX no puede disponer libremente de las divisas obtenidas de sus exportaciones, las cuales ascendieron a 7 mil 393 millones de dólares en 1994. Los escasos recursos financieros que el gobierno autorizará a la empresa, y que durante todo el sexenio salinista estuvieron disminuyendo, serán destinados prioritariamente a la actividad extractiva, precisamente para mantener a un nivel adecuado la plataforma de producción y las exportaciones del petróleo crudo.7 Ahora más que nunca México necesita generar petrodivisas para pagar puntualmente el impresionante servicio de la deuda pública externa, que ascenderá a unos 14 mil millones de dólares anuales en 1995, tomando en cuenta el préstamo con el que se hipotecó el petróleo. Si la Secretaría de Hacienda había decidido que algún día aplicaría a PEMEX un nuevo régimen fiscal, para ampliar su margen de autofinanciamiento, ahora esa posibilidad es cada vez más remota. La recuperación de los precios internacionales del crudo vendrían a relajar la presión financiera, pero los analistas ven remota esa posibilidad en el corto plazo.8
PEMEX tampoco podrá contar con la reducción espectacular de sus costos a fin de liberar recursos para la inversión. Esa labor ya fue realizada en buena medida por la administración precedente. En lo que constituye un verdadero grito de alerta, Francisco Rojas señaló en su último informe como director general de PEMEX que ésta, cómo cualquier industria extractiva, necesitaba inversión fresca para seguir funcionando, si no tendría problemas para afrontar sus responsabilidades.
Para financiar la cartera de proyectos prioritarios, PEMEX recurrirá por un lado a la emisión de bonos en los mercados internacionales, estrategia de financiamiento necesariamente limitada, o bien a sistemas de arrendamiento puro y financiero. Que nadie se extrañe si en los próximos años vemos en la industria petrolera esquemas parecidos a los que se están aplicando en la Comisión Federal de Electricidad y que violan el espíritu de la Carta Magna. Así, podríamos tener “productores independientes de gasolina” o empresas que rentan, a precios de oro por supuesto, duetos, gasoductos, plantas tratadoras de gas o terminales de distribución.
Además de las inversiones, el gasto del gobierno y de las pocas empresas que aún le quedan a PEMEX, deberá contraerse brutalmente con objeto de mantener las finanzas públicas sin déficit. Así se estará cumpliendo con uno de los compromisos contraídos con el FMI. Con la complicidad de un sindicato petrolero debilitado, la reducción del gasto se traducirá a fortiori en despidos masivos. Por lo pronto, PEMEX ya anunció la liquidación de 13 mil 500 trabajadores, para contraer la planta laboral de la empresa (unos 92 mil empleados).
Cada vez está más lejos el día en el que la relación de PEMEX con el gobierno cambie. Todo apunta en sentido contrario: la paraestatal seguirá supeditada a los compromisos y objetivos macroeconómicos del gobierno y es muy probable que nunca trabaje realmente como empresa. Adiós al proyecto de hacer de PEMEX una compañía competitiva a nivel internacional, capaz de ir a buscar y explotar hidrocarburos ahí donde se encuentren, y de hacer negocios rentables en el extranjero en beneficio del pueblo de México, el verdadero propietario de la empresa. Lo que le espera a PEMEX no es otra cosa más que la descapitalización en lo inmediato y la privatización más tarde.
4. El acuerdo atenta contra la explotación del petróleo
Las restricciones en los recursos económicos destinados a las empresas públicas y la enorme necesidad de divisas por parte del gobierno, repercuten directamente sobre la cartera de proyectos y las políticas de explotación de PEMEX Explotación Producción (PEP). En esas condiciones, la visión de largo plazo se encuentra seriamente comprometida. De hecho, desde antes de la crisis PEP reconocía que no estaba cumpliendo con uno de los criterios establecidos en el Plan de Negocios, el cual indica que deben elegirse los proyectos de inversión con lo que se obtenga un rendimiento económico óptimo a largo plazo. En realidad sucedía lo contrario: “las presiones que origina la demanda interna, los compromisos de exportación que hay que cubrir de inmediato (…) y las restricciones presupuestarias obligan a cambiar esa visión por un enfoque operativo de corto plazo.9
En esas circunstancias, PEMEX tendrá motivos y recibirá presiones para que abandone la búsqueda de reservas y concentre su atención en la actividad extractiva, desarrollando los yacimientos más grandes y rentables, dejando de lado la explotación integral de las cuencas. También para aumentar los volúmenes y la rapidez de extracción, buscando evitar las costosas operaciones de recuperación secundaria o perforación horizontal, es decir, que descreme los yacimientos en lugar de buscar la recuperación óptima de los hidrocarburos.
5. El acuerdo petrolero despoja a México de su poder de negociación
Por su carácter estratégico, el petróleo confiere a México una posición de fuerza que no tienen otros países del mundo. Este hecho ha sido utilizado, históricamente, como uno de los pilares de nuestra capacidad de negociación como nación, Estado, gobierno y sociedad, frente a la compleja comunidad internacional. Gracias al petróleo se obtuvieron recursos financieros en la década de los 70 y se pudo renegociar la deuda externa y obtener nuevos créditos en la década de los 80. Al hipotecar el petróleo a mediados de los 90, el gobierno hizo que México perdiera la capacidad para generar competencia entre sus clientes y obtener ventajas económicas, comerciales, financieras y tecnológicas. Ahora, sin el preciado petróleo en nuestras manos, ¿qué nos queda para negociar? La respuesta se antoja evidente: el subsuelo y el territorio nacional. Por otro lado, desde el punto de vista geoeconómico, geopolítico y geoestratégico, el paquete de condiciones impuestas a México es un mensaje directo a las potencias rivales para hacerles saber —por si hiciera falta— que el petróleo mexicano está reservado para Estados Unidos, que para ellos también se trata, de una cuestión de seguridad nacional.
Privatizar, errónea solución
¿Todo está perdido? Todavía no. Gracias a la impresionante ola de oposición política que se elevó en el mes de enero, y a la imposibilidad real de obtener dólares rápidamente vía la privatización, el gobierno postergó para otro momento la decisión, secreta y vergonzante, de vender tanto las reservas de hidrocarburos como a PEMEX mismo. México todavía conserva, formalmente, la propiedad y el control de su industria petrolera.
A pesar de autoproclamarse derrotado antes de la pelea, el gobierno aún no cede al mayor deseo de Estados Unidos: el otorgamiento de contratos de riesgo, que autorizan a las compañías internacionales en general y estadounidenses en particular, a explorar, producir y exportar petróleo y gas pagando regalías e impuestos.10 Sigue cerrada la puerta que conduce directamente al control del petróleo mexicano y a la enorme renta económica que genera.
El gobierno no se ha decidido a vender PEMEX abiertamente. Se conforma con aplicar una estrategia de apertura gradualista, que consiste en la venta de las plantas petroquímicas en pequeños paquetes, la concesión de actividades que dejaron de considerarse estratégicas, el otorgamiento de contratos de servicios para la perforación de pozos con cláusulas de productividad, la concesión de duetos y gasoductos, entre otras medidas. Sería inocente pensar que ahí acaba el asunto. La prensa nacional ha señalado la existencia de planes secretos, elaborados por la compañía consultora Mckinsey & Company, para profundizar y acelerar la apertura.
Organismos y analistas extranjeros como la Fundación Heritage, el Journal of Commerce, Jorge Baker y Rudiger Dornbusch, entre otros, han sugerido la privatización de las reservas y de PEMEX para resolver el crónico problema de la deuda, aumentar ingresos fiscales y, ahora, resolver la crisis financiera. Para Dornbusch la disyuntiva es: “privatizar PEMEX o recesión y pobreza”.11 Algunos empresarios y analistas nacionales opinan en el mismo sentido. Jorge Díaz Serrano propone el otorgamiento de contratos de riesgo. Para Luis Pazos, la venta de PEMEX en estos momentos “no sólo es cuestión de principios o postura ideológica, sino una necesidad para aminorar los efectos de la crisis para la mayor parte de la población mexicana”.
Entre los argumentos más socorridos para justificar la liquidación del monopolio público se cuentan los siguientes:
“El gobierno ya no va a tener que sacarle al pueblo dinero vía impuestos o aumento de precios y tarifas”. Sin embargo, el cambio de propiedad no garantiza lo contrario; el ejemplo de Telmex es ilustrativo.
“La venta de PEMEX garantiza la solvencia de las finanzas mexicanas ante todos los extranjeros que detentan acciones y obligaciones mexicanas, para que no se lleven su dinero”. Empero, sería absurdo volver a repetir los errores que convirtieron a la economía nacional en una economía casino. Eso sin contar que es poco probable que el capital extranjero especulativo deje de serlo para orientarse a la inversión productiva.
“PEMEX es una fuente de enriquecimiento para gobernantes en turno, líderes sindicales y empresarios cortesanos”. No obstante, la propiedad privada en sí misma no garantiza la eliminación de la gran corrupción. La solución a este fenómeno está más bien ligada al aumento de la democracia real que permite a los ciudadanos pedir cuentas al gobierno y a los funcionarios públicos. Por lo pronto, es urgente replantear la relación de PEMEX con el Estado y el gobierno, para que la paraestatal funcione realmente como empresa.”
La privatización del petróleo y de PEMEX no es la solución a la crisis por la que atraviesa México. El carácter multidimensional del petróleo, las especificidades de la industria a la que da origen, y las características de la crisis nos llevan a esa conclusión. Por una parte, resulta irracional querer resolver un problema a corto plazo —la crisis de liquidez— con un instrumento que trabaja fundamentalmente a largo plazo —el petróleo y su industria. Por otra parte, el anuncio de la privatización no devolverá la confianza de los inversionistas extranjeros. La desconfianza no es en el futuro de México, sino en la capacidad del equipo gobernante para determinar y dirigir con mano firme el rumbo del país.
Y, finalmente, con la venta de PEMEX y de las reservas no se va a resolver el fracaso de las políticas estabilizadoras y de un modelo económico neoliberal de apertura indiscriminada que financia sus déficits con inversión extranjera especulativa; que produce pobres o millonarios, pauperiza a la clase media y obliga a los marginados a tomar las armas; que depende con exceso del capital externo e impide el fomento del ahorro interno; que tiene efectos devastadores sobre la planta productiva que genera riqueza real. La venta o privatización de la industria del petróleo tampoco tiene que ver con los acontecimientos políticos y criminales derivados de la pugna del poder en México, ni con la incapacidad del equipo gobernante para aplicar una estrategia adecuada antes y después de la crisis.
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Referencias Bibliográficas
1. BP Statistical Review of World Energy, junio de 1994.
2. Esto significa que el crudo mexicano produce pocas gasolinas y requiere para su utilización de costosos dispositivos anticontaminantes. 3. La Jornada, 20 de enero de 1995. 4. El Financiero, 24 de febrero de 1995. 5. Esto es otra prueba de que el gobierno mexicano primero dice una cosa y luego hace exactamente lo contrario. Un mes antes de haber firmado el acuerdo negó ante dirigentes del PRD (El Financiero, 17 de enero de 1995) que su gobierno estuviera comprometiendo las reservas nacionales de hidrocarburos a cambio de la asistencia financiera. 6. El Financiero, 8 de febrero de 1995. 7. En 1994 PEMEX produjo 2.7 millones de barriles de petróleo, de los cuales exportó 1.3 millones de barriles, lo que reportó al país 6 mil 624 millones de dólares. 8. Un aumento sustancial en las exportaciones mexicanas tendría sin duda el efecto contrario, es decir hundiría los precios internacionales. El mercado petrolero internacional sigue saturado, al grado que variaciones de producción, del orden de 500 mil barriles diarios, menos del 1% de la producción mundial, logran perturbarlo seriamente. 9. PEMEX, Análisis de las carteras de proyectos de inversión de PEMEX Exploración-Producción de 1993 y 1994 y resultados de 1993, sp. 10. Hoy día sólo seis países en el mundo siguen negando este tipo de contratos: Arabia Saudita, Brasil, México, Kuwait, Irán e Irak. Pero la presión para que esos países abran su territorio a las transnacionales es enorme, al punto que los tres últimos están negociando acuerdos que sin violar las leyes respectivas, permitan el acceso a las compañías para la reinyección de gas, el desarrollo de yacimientos y la recuperación secundaria, entre otras actividades. 11. El Financiero, 11 de marzo de 1995. |
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Víctor Rodríguez Padilla
Facultad de Ingeniería,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Rodríguez Padilla, Víctor. 1995. Las desventuras de un recurso no renovable: el petróleo en México. Ciencias, núm. 38, abril-junio, pp. 40-50. [En línea].
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| José Antonio López Cerezo | ||||||||||
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Comienzo disparando a quemarropa: ¿Para qué sirve
la filosofía de la ciencia? Es difícil encontrar una obra de filosofía de la ciencia que no comience discutiendo el valor de la filosofía para la propia ciencia. Se trata de una pregunta que sinceramente preocupa a numerosos profesionales de la filosofía de la ciencia. Pero también resume una convicción por la que otros tantos científicos ven a los filósofos como intrusos en sus congresos y coloquios sobre “temas serios”. Los filósofos, de acuerdo con esa popular convicción del científico ordinario, no sirven para nada, en el mejor de los casos, o bien constituyen una lacra para el propio desarrollo científico, en el peor. Es bien conocido el ejemplo de Kant. El filósofo de Königsberg hizo de la geometría euclídea una característica estructural de nuestro sistema perceptivo del espacio, dificultando así seriamente el posterior desarrollo y aceptación de otras geometrías. Hay otros ejemplos.
¿Qué interés tiene, por lo tanto, la filosofía para la ciencia? En mi opinión, y a pesar de casos como el de Kant, tiene un interés considerable. El objetivo último de esta contribución es desarrollar un ejemplo de cómo la filosofía, una filosofía de la ciencia inspirada en el darwinismo, puede ser de utilidad a las ciencias particulares. Volveré sobre esta cuestión al final del texto.
Física o filatelia
El tema que me interesa ahora es más bien el inverso. Es decir: ¿Es simétrico el interés de la filosofía de la ciencia para la ciencia? En otras palabras, y aunque suene un tanto bizarro, ¿tiene valor la ciencia para la filosofía de la ciencia? Creo que la respuesta, desgraciadamente, está muy lejos de un sí incondicional. Sólo en las últimas décadas, particularmente desde la popularización de la obra de Kuhn en la segunda mitad de los años sesentas y principios de los setentas,1 comienzan las ciencias particulares a ser realmente consideradas por la filosofía de la ciencia.
El alcance normativo y el instrumental conceptual lógico de la filosofía de la ciencia tradicional hicieron del trabajo metacientífico una actividad que se desarrollaba a espaldas de la ciencia real. De acuerdo con esa “concepción heredada” de la ciencia —que se origina con el Círculo de Viena en los años veintes—, el modelo paradigmático de “buena ciencia” era establecido por la física matemática y, en concreto, por la mecánica clásica. La excelencia del resto de disciplinas era estimada por su “cercanía” a la física.2 Es la actitud que resume la lapidaria frase de William Thomson (Lord Kelvin): en ciencia, uno sólo puede dedicarse a la física o a la filatelia. Si bien hemos aprendido muchas cosas de la filosofía de la ciencia tradicional, también hemos recibido una imagen distorsionada de la naturaleza de la ciencia y del cambio científico.
La obra de Darwin, y la posterior investigación biológica basada en ella, constituyen una valiosa lección en filosofía de la ciencia. Se trata de una lección que, al corregir ciertas tesis de la concepción heredada, puede contribuir al desarrollo de una imagen metacientífica más satisfactoria y, eventualmente, a potenciar el desarrollo de la investigación en ciertas ciencias sociales.
Descendencia con modificación
Entre las enseñanzas filosóficas que podemos extraer de las contribuciones de Darwin y el darwinismo (en un sentido amplio), encontramos las siguientes:
• La ciencia no es sólo física matemática, y tampoco puede aspirar a serio. Aunque el reduccionismo ha demostrado ser extremadamente fructífero como ideal metodológico en ciertos ámbitos de trabajos puntuales (e. g. biología molecular), no es razonable mantener la reducción epistemológica efectiva de un buen número de disciplinas en ciencias naturales y sociales.3
• El fundamento para la unidad de la ciencia no debe buscarse en la absorción de las ciencias especiales por la física (reducción epistemológica). Aunque reconozcamos un compromiso materialista básico, por el que todos los hechos son hechos físicos, ello no implica que todas las propiedades sean físicas.4 El reconocimiento de propiedades que no pueden enunciarse en el restringido vocabulario de la física (de modo que sirvan de base para generalizaciones nómicas), hace de la coherencia y la complementariedad un fundamento más apropiado para una imagen unificada de la ciencia.
• La observación, y el análisis comparativo, constituyen procedimientos científicos tan legítimos como la experimentación.5 A pesar del claro ejemplo de la astronomía, durante largo tiempo “método científico” y “método experimental” han sido expresiones equivalentes.
• La potencia predictiva no es la única utilidad epistémica o virtud cognitiva relevante en la evaluación de una teoría científica. También lo es el poder explicativo; la capacidad de dar cuenta de hechos diversos bajo un mismo marco teórico. Por su parte, dicho poder explicativo puede estimarse en términos de explicación probabilista, y no sólo la explicación determinista.6
• No hay lugar para causas finales ni explicaciones teleológicas en ciencia. En la naturaleza hay descendencia con modificación, no sentidos o tendencias evolutivas a las que pueda apelarse explicativamente.7
• Las ciencias particulares no sólo pueden madurar por unificación conceptual y metodológica. También pueden hacerlo por diversificación, e incluso por división disciplinar.
No disponemos aquí de espacio para ampliar todos los puntos anteriores. Para ello, puede acudirse a la literatura que han desarrollado autores tan conocidos como F. J. Ayala, S. J. Gould, P. Kitcher, E. Mayr, M. Ruse o E. Sober, entre muchos otros.
Nos centraremos ahora en el punto que considero menos conocido de la lista anterior: la tesis de que las ciencias pueden madurar por diversificación.
El hechizo de la mecánica clásica
Aunque el rechazo del positivismo tradicional es lugar común en la filosofía de la ciencia contemporánea, también lo es la presuposición crítica (y en gran medida inadvertida) de algunos puntos del programa positivista de la concepción heredada. Entre estos destaca la creencia de que la fusión y unificación disciplinar es el mejor criterio de madurez para una ciencia. Más aún, que las ciencias sólo alcanzan su consolidación mediante la uniformización conceptual y metodológica. Groseramente expresado, se trata del colapso de la diversidad en un pequeño número de conceptos y principios básicos.
El acuerdo en torno a tal creencia es tan unánime que incluye a autores tan innovadores y heterodoxos como Thomas Kuhn. Este autor describe las fases características de evolución de una ciencia, desde la diversidad y confrontación pre-paradigmática hasta la estabilización alrededor de un único paradigma. Tal estabilidad es la condición normal de una ciencia madura —de acuerdo siempre con Kuhn—, una estabilidad sólo alterada por episodios de crisis en los que un paradigma, tras un periodo de revolución, es sustituido por otro paradigma alternativo. Sólo en ocasionales periodos revolucionarios se divide la comunidad científica entre paradigmas que, además, son considerados como rivales incompatibles.
En la base de esa creencia general que asimila “madurez” a “uniformización”, se halla una vieja convicción positivista: la imagen de la física newtoniana como ciencia modélica.
Ciertamente, una parte considerable del mérito de Isaac Newton consistió en la unificación de la mecánica. Newton fue capaz de dar cuenta de la mecánica celeste de Kepler y de la mecánica terrestre de Galileo en términos de un pequeño número de conceptos y principios matemáticos (las tres leyes del movimiento y la ley universal de la gravitación). De modo simple y elegante, Newton formuló una potente teoría capaz de explicar fenómenos tan dispares como el movimiento orbital de los planetas y el comportamiento de las mareas.
El hechizo de la mecánica clásica ha sido tal que ha conseguido desorientar a científicos y filósofos de la ciencia hasta nuestros días. Una de las lecciones filosóficas más interesantes, que podemos aprender de Darwin, y el posterior desarrollo de la biología moderna, es que el modelo positivista de madurez en dinámica de la ciencia tiene una validez restringida. No todas las ciencias maduran por uniformización o unificación paradigmática.
La república de las ciencias
En la biología contemporánea, o mejor, en las ciencias biológicas o ciencias de la vida actuales, contamos con una ciencia madura y con una diversidad de disciplinas cuyos vocabularios, métodos y dominios de aplicación sólo tienen un solapamiento parcial. Darwin, y el posterior pensamiento evolutivo, no son el equivalente biológico de Newton y el posterior desarrollo de la mecánica clásica. Y no lo son en un sentido crucial. Los principios de la biología evolutiva proporcionan coherencia y complementariedad, no unidad paradigmática, a las diversas disciplinas que forman parte del conglomerado que llamamos “ciencias biológicas”. La ecología, la paleontología, la etología, la citología, la anatomía comparada, la genética de poblaciones, etcétera, tienen marcos conceptuales y metodológicos diferentes, así como estilos explicativos distintos. Mientras en unos casos se procede a la reconstrucción histórica mediante explicaciones narrativas, en otros se aplican explicaciones por cobertura legal y se practica la predicción basada en la experimentación.8
Una afirmación bien conocida de T. Dobzhansky es que “nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”. Ciertamente, la teoría darwiniana de la evolución proporciona un marco teórico general, que permite relacionar una diversidad de fenómenos aparentemente desvinculados, resultados generales de, digamos, la genética con otros de la anatomía comparada o la biogeografía. Es lo que William Whewell llamaba en el siglo pasado “concurrencia de inducciones”. Ahora bien, esa “luz evolutiva”, ese marco teórico general no proporciona unificación en el sentido de uniformización conceptual y metodológica bajo un único paradigma.
El caso de la geología es aún más claro. Las disputas que comienzan a finales del siglo XVIII entre neptunistas y plutonistas, y siguen en el XIX con catastrofistas y uniformitaristas,9 acerca del paradigma explicativo que debía imponerse en geología, sólo terminan definitivamente con la explosión de la propia geología en una diversidad de disciplinas que, lejos de compartir un único paradigma, sí mantienen entre ellas una relación de complementariedad y coherencia (mutua y en relación con la físico-química). Me refiero a las llamadas “ciencias de la tierra”: meteorología, oceanografía, cristalografía, tectónica de placas, vulcanología, etcétera. En este caso la madurez no se alcanzó por unificación, ni siquiera por diversificación, sino más bien por división.
Ciencias de la conducta
Un caso especialmente interesante para nuestra discusión es la psicología. Si uno toma cualquier manual o texto introductorio a la psicología, encontrará que una parte sustancial se dedica a discutir la cientificidad de la psicología y otras cuestiones metodológicas relacionadas. También la enseñanza de la psicología en las universidades (o al menos en las universidades españolas) suele dedicar una parte considerable de los primeros cursos a tales cuestiones. Y lo mismo puede decirse de la discusión profesional en las revistas especializadas.
La opinión general entre los filósofos de la ciencia, pero quizá no entre los psicólogos, es que la psicología no es aún una ciencia madura. Esto, se supone, explica la importancia que todavía tienen las cuestiones metodológicas en el desarrollo teórico de la psicología. Los psicólogos, por su parte, suelen atribuir tal interés a la juventud relativa de su ciencia.
Es curioso observar que cuanto menos “madura”, o más “blanda”, se considera generalmente a una ciencia, tanto más tiempo y energías parecen dedicar los profesionales a discusiones metodológicas, casi totalmente ausentes en los manuales de física o química, y poco representadas en los textos de biología.
La opinión general es que tales discusiones terminarán, como terminaron en física, cuando la psicología consiga su madurez plena a través de la unificación paradigmática. Un ejemplo representativo de la obsesión entre los psicólogos por el tema de la naturaleza de la ciencia —y eventualmente por la unificación paradigmática en su propio campo de trabajo— lo encontramos en la tradición conductista.
Desde el conductismo clásico de J. B. Watson hasta el reciente conductismo social de A. Wa. Staats,10 los psicólogos conductistas han dedicado una parte considerable de su obra al tema de la unificación paradigmática bajo los principios del análisis conductual. Tal discusión, sobre todo en casos tan significativos como el de B. F. Skinner,11 se ha desarrollado principalmente a través de la crítica de enfoques alternativos.
Esta polémica general, por acción o por reacción, ha conseguido que numerosos autores en psicología hayan dedicado mucho tiempo a criticar, debatir o defender determinados proyectos de convergencia disciplinar. A mi juicio, un modelo metacientífico inadecuado de madurez disciplinar es, en buena medida, responsable de la tradicional polémica metodológica en psicología. El tiempo y las energías de los mejores psicólogos, entre ellos Skinner, podrían haberse dedicado a realizar más avances sustantivos en la investigación y enzarzarse menos en estériles polémicas.
De hecho, un punto de vista con aceptación creciente es el que defiende la complementariedad de la psicología neurofisiológica, el análisis conductual y el estudio de la cognición, en la comprensión de la conducta humana. No parece posible ofrecer una explicación satisfactoria de esa conducta sin tener en cuenta tanto la naturaleza de los materiales (neurofisiología), como las propiedades funcionales del sistema (análisis conductual) y el diseño de la arquitectura (modelos cognitivos). Y en la medida en que el objeto de estudio y sus propiedades son diferentes en cada nivel explicativo —como es ciertamente el caso—, es inviable una postura reduccionista que trate de disolver los conceptos, leyes y métodos de un nivel en los de otro.12
A pesar de ello, numerosos psicólogos siguen enfrascados en dicha discusión, proponiendo la reducción epistemológica y metodológica global. Y siguen presuponiendo que sólo un colapso teórico tal permitirá a la psicología alcanzar la madurez. ¿Por qué no reconocer la complementariedad de las diferencias y comenzar a hablar de ciencias psicológicas o de facultades de ciencias de la conducta?
La utilidad de la filosofía
Darwin inauguró una nueva forma de hacer ciencia, desencorsetándola del rígido determinismo, la estructuración axiomática y estricta matematización de la física newtoniana, algo que le valió las críticas desafortunadas de los filósofos de la ciencia de su época. Considero que la evolución de su pensamiento, a través del desarrollo de las ciencias biológicas, constituye un magnífico ejemplo en filosofía de la ciencia. Tomarlo en serio puede liberarnos de más de un prejuicio filosófico y contribuir a zanjar estériles polémicas sobre dinámica de la ciencia.
Esta discusión constituye un pobre y modesto ejemplo de cómo la filosofía de la ciencia, o la filosofía de la biología, puede contribuir a enriquecer la propia ciencia, en este caso la psicología. Wittgenstein decía de ella que tenía métodos experimentales y confusión conceptual.13 Los conceptos, y los nudos conceptuales, son precisamente el objeto tradicional de la actividad filosófica.
Este texto fue presentado como contribución al Coloquio Internacional “Teoría de la Evolución, Hoy”, celebrado el 29 de octubre de 1993 en el Rectorado de la UAM Xochimilco. Deseo expresar mi agradecimiento a los profesores Jorge Martínez Contreras, por su amable invitación a participar en el coloquio, y Raúl Gutiérrez Lombardo, por haber hecho posible mi estancia en este país.
Notas
1. La obra básica de Thomas S. Kuhn, publicada originalmente en 1962 por The University of Chicago Press, es La Estructura de las Revoluciones Científicas. Con ella, Kuhn denuncia el aislamiento artificial de la filosofía de la ciencia tradicional y vindica el valor de la historia (y diversos conceptos de carácter pragmático) en la comprensión de la naturaleza real de la ciencia. Entre las fechas más características de la popularización de las ideas kuhnianas en filosofía y en ciencias sociales, destacan la discusión de la obra de Kuhn en el coloquio celebrado en Londres en 1965, recogido en Lakatos y Musgrave (1970); sus “Segundas Reflexiones acerca de los Paradigmas” que aparecieron en las Actas del congreso de Urbana de 1969, editadas en Suppe (1974); y la segunda edición de La Estructura, publicada en 1970 con un nuevo y sustantivo apéndice. Sin olvidar, por supuesto, los numerosos libros y artículos que, discutiendo la amenaza de irracionalismo planteada por la obra de Kuhn, aparecen durante los años 60 y 70.
2. La reducción teórica a la física era, de este modo, contemplada como el objetivo último de cualquier disciplina realmente científica. Nos encontramos así con la paradoja de que cuanto más éxito tenga una disciplina más próxima debería hallarse su desaparición. Esta paradoja es discutida por Jerry Fodor en (1974), que también incluye una convincente crítica de la interpretación tradicional del reduccionismo.
3. Véase Ayala (1984) y Fodor (1974).
4. Véase Fodor (1974), así como, en general, Ayala y Dobzhansky (1974).
5. Véase, e. g., Mayr (1988: Cap. I. 1).
6. Véase, e. g., Mayr (1991: Cap. 7).
7. Véase Nagel (1961: Cap. 12).
8. Véase, e. g., Mayr (1988). Véase también, no obstante, Ruse (1973: Cap. 5).
9. Véase, en general, Hallam (1983).
10. Véase Watson (1913); así como Staats (1989). En discusión con Staats, véase también López Cerezo (1989).
11. Véase, e. g., Skinner (1953) y (1974).
12. Otra cuestión, por supuesto, es la fertilidad metodológica que pueda tener una posición reduccionista de modo local y puntual, tal como reconocíamos al principio del texto.
13. Véase Wittgenstein (1953: Parte II, Secc. xiv).
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Referencias Bibliográficas
Ayala, F., 1984, “Relaciones ontológicas, metodológicas y epistemológicas entre la biología y la física”, Contextos II/3:7-20.
Ayala, F., y T. Dobszhansky, (eds.), 1974, Estudios sobre la filosofía de la biología, Barcelona, Ariel, 1983.
Darwin, C., 1859, The Origin of Species, ed. por J. W. Burrow, London, Penguin, 1968.
Fodor, J., 1974, “Special Sciences”, Synthese, también en: El lenguaje del pensamiento, Madrid, Alianza, 1984, Introducción.
Hallam, A., 1983, Grandes controversias geológicas, Barcelona, Labor, 1985.
Kuhn, T. S., 1962/1970, La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1971.
Kuhn, T. S., 1974, “Segundas reflexiones acerca de los paradigmas”, en: F. Suppe (ed.), La estructura de la ciencia, Madrid, Editora Nacional,1979.
Lakatos, I., y A. Musgrave, (eds.), 1970, La critica y el desarrollo del conocimiento, Grijalbo, 1975.
López Cerezo, J. A., 1989, “Manipulando la inteligencia: ¿Quién necesita hablar de causas?, 170, Psicothema 1/1-2: 41-45.
Mayr, E., 1988, Toward a New Philosophy of Biology, Cambridge (Mass.), Harvard University Press.
Mayr, E., 1991, Una larga controversia: Darwin y el darwinismo, Barcelona, Crítica, 1992.
Nagel, E., 1961, La estructura de la ciencia, Barcelona, Paidós, 1981.
Ruse, M., 1973, La filosofía de la biología, Madrid, Alianza, 1979.
Skinner, B. F., 1953, Ciencia y conducta humana, Barcelona, Martínez Roca, 1986.
Skinner, B. F., 1974, Sobre el conductismo, Barcelona, Orbis, 1986.
Staats, A. W., 1989, “Paradigmatic Behaviorism’s Theory of Intelligence, A. Third-Generation Approach to Cognition”, Psicothema 1/1-2:7-24.
Watson, J. B., 1913, “Psychology as the Behaviorist Views It”, Psychological Review 20, 158-177.
Wittgenstein, L., 1953, Investigaciones filosóficas, Barcelona: UNAM/Crítica, 1988.
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José Antonio López Cerezo
Profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia,
Universidad de Oviedo, España.
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cómo citar este artículo →
López Cerezo, José A. 1995. Observaciones sobre el Darwinismo como filosofía de la ciencia. Ciencias, núm. 38, abril-junio, pp. 4-9. [En línea].
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Selling science. How
the press covers science and technology
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Dorothy Nelkin,
W. H. Freeman and Company, 1995.
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La ciencia es parte de la cultura y está atada integralmente
a las prácticas sociales, a los asuntos públicos y políticos. Los frecuentes reportajes acerca de los escándalos científicos y los riesgos tecnológicos nos muestran la dependencia que tenemos de los medios para obtener información actualizada sobre ciencia y tecnología, además de los límites que tiene la prensa. En general, la gente no recibe reportes actualizados y críticos acerca de la ciencia en la sociedad contemporánea, donde la mayoría de las decisiones son tomadas por expertos. A pesar de que dependemos de los medios para obtener información científica, poco se han analizado las relaciones entre científicos y periodistas y cómo se reflejan éstas en los medios impresos.
Mientras la autora de este libro desarrollaba una investigación sobre las actitudes del público hacia la ciencia y la tecnología, se interesó por la tendencia generalizada de los científicos, ingenieros y médicos de condenar a los medios y criticar la forma en que estos difunden noticias científicas, atribuyéndoles la actitud negativa o la información errónea que el público tiene. Al mismo tiempo, los científicos son incapaces de especificar la información errónea en estos reportes, por lo que el autor comenzó a explorar la forma en que la ciencia y la tecnología son presentadas al público a través de los medios y las características, tanto del periodismo como de la ciencia, que contribuyen a moldear estas imágenes.
En este libro se estudian las relaciones entre los científicos y los medios en la medida en que dichas relaciones influyen en la cobertura que los medios hacen del medio científico.
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Dorothy Nelkin |
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cómo citar este artículo →
Nelkin, Dorothy. 1995. Selling science. How the covers science and technology. Ciencias, núm. 38, abril-junio, pp. 62. [En línea].
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| poema |
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Sigue la muerte
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| Jaime Sabines | ||||||||||||||
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I
No digamos la palabra del canto,
cantemos. Alrededor de los huesos, en los panteones, cantemos. Aliado de los agonizantes, de las parturientas, de los quebrados, de los presos, de los trabajadores, cantemos. Bailemos, bebamos, violemos. Ronda del fuego, círculo de sombras, con los brazos en alto, que la muerte llega. Encerrados ahora en el ataúd del aire,
hijos de la locura, caminemos en torno de los esqueletos. Es blanda y dulce como una cama con mujer. Lloremos. Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte, hija de puta viene. La tengo aquí, me sube, me agarra
por dentro. Como un esperma contenido, como un vino enfermo. Por los ahorcados lloremos, por los curas, por los limpiabotas, por las ceras de los hospitales, por los sin oficio y los cantantes. Lloremos por mí, el más feliz, ay, lloremos. Lloremos un barril de lágrimas.
Con un montón de ojos lloremos. Que el mundo sepa que lloramos aquí por el amor crucificado y las vírgenes, por nuestra hambre de Dios (¡pequeño Dios el hombre!) y por los riñones del domingo. Lloremos llanto clásico, bailando,
riendo con la boca mojada de lágrimas. Que el mundo sepa que sabemos ser trágicos. Lloremos por el polvo y por la muerte de la rosa en las manos de los mendigos. Yo, el último, os invito a bailar sobre el cráneo del tiempo. ¡De dos en dos los muertos!
Al tambor, a la luna, al compás del viento. ¡A cogerse las manos, sepultureros! Gloria del hombre vivo: ¡espacio para el miedo que va a bailar la danza que bailemos! Tranca la tranca,
con la musiquilla del concierto ¡qué fácil es bailar remuerto! II
¿Vamos a seguir con el cuento del canto y de la risa?
¡Ojos de sombra, corazón de ciego! Pirámides de huesos se derrumban, la madre hace los muertos. Aremos los panteones y sembremos. Trigo de muerto, pan de cada día, en nuestra boca coja saliva. (Moneda de los muertos sucia y salada, en mi lengua hace de hostia petrificada.) Hay que ver florecer en los jardines piernas y espaldas entre arroyos de orines. Cráneos con sus helechos, dientes violetas, margaritas en las caderas de los poetas. Que en medio de esto cante el loco pájaro gigante, aleluya en el ala del vuelo, aleluya por el cielo. ¡De pie, esqueletos!
Tenemos las sonrisas por amuletos. ¡Entremos a la danza, en las cuencas los ojos de la esperanza! III
Hay que mirar los niños en la flor de la muerte
floreciendo,
votivo de la muerte.luz untada en los pétalos nocturnos de la muerte. Hay que mirar los ojos de los ancianos mansamente encendidos, ardiendo en el aceite Hay que mirar los pechos de las vírgenes delgados de leche amamantando las crías de la muerte. Hay que mirar, tocar, brazos y piernas, bocas, mejillas, vientres deshaciéndose en el ácido de la muerte. Novias y madres caen,
se derrumban hermanos silenciosamente en el pozo de la muerte. Ejército de ciegos, uno tras otro, de repente, metiendo el pie en el hoyo de la muerte. IV
Acude, sombra, al sitio en que la muerte nos espera.
Asiste, llanto, visitante negro. Agujas en los ojos, dedos en la garganta, brazos de pesadumbre sofocando el pecho. La desgracia ha barrido el lugar y ha cercado el lamento. Coros de ruinas organiza el viento. Viudos pasan y huérfanos, y mujeres sin hombre, y madres arrancadas, con la raíz al aire, y todos en silencio. Asiste, hermano, padre, ven conmigo, ternura de perro. Mi amor sale como el sol diariamente. Cortemos la fruta del árbol negro, bebamos el agua del río negro, respiremos el aire negro. No pasa, no sucede, no hablar del tiempo.
Esto ha de ser, no sé, esto es el fuego —no brasa, no llama, no ceniza— fuego sin rostro, negro. Deja que me arranquen uno a uno los dedos, después la mano, el brazo, que me arranquen el cuerpo, que me busquen inútilmente negro. Vamos, acude, llama, congrega
tu rebaño, muerte, tu pequeño rebaño del día, enciérralo en tu puño, aprisco de sueño. Dejo en ti, madre nuestra, en ti me dejo. Gota perpetua, bautizo verdadero, en ti, inicial, final, estoy, me quedo. |
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Jaime Sabines
Poesía, nuevo recuento de poemas
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Tamoanchan
y Tlalocan
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| José Rubén Romero Galván | ||||||||||||||
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Michel Tournier, en una de sus Pequeñas prosas escribió
“… el mundo entero no es sino un conjunto de llaves y una colección de cerraduras. Cerraduras, el rostro humano, el libro, la mujer, cada país extranjero, cada obra de arte, las constelaciones del cielo. Llaves: las armas, el dinero, el hombre, los medios de transporte, cada instrumento de música, cada útil en general. La llave, no hay sino saberla usar… La cerradura, no hay sino saberla abrir…”
Traigo a cuento estas líneas porque, a medida que avanzaba en la lectura de Tamoanchan y Tlalocan de mi maestro Alfredo López Austin, la imagen del mundo que Tournier propone venía constantemente a mi recuerdo. Estoy persuadido de que este libro que hoy presentamos contiene en verdad un proceso complejo que se inicia con el reconocimiento de un problema —a saber, definir y situar a los dos sitios que dan nombre al libro, y que desde hace mucho tiempo han sido el origen de no pocas confusiones, de incontables quebraderos de cabeza y de intensas discusiones entre especialistas. Tal problema no es otra cosa que una cerradura, ávida de ser abierta, que se ofrece al ingenio y a la habilidad de quien sepa, no reconocer una en el conjunto de las llaves, sino elaborar, manufacturar la llave, obra de gran precisión, que pueda abrir tan delicada cerradura sin violentar, sin forzar sus interiores mecanismos.
Tamoanchan-Tlalocan, cerradura por abrir, problema por resolver, son lugares que los mexicas definieron como sitios de niebla, y así lo señala el autor del libro que nos ocupa. Lugares de niebla, sí, pero cada cual con características propias que no impidieron que, en no pocas ocasiones, se les confundiera. “Tamoanchan —refiere Alfredo López Austin— es el lugar de la creación. La pareja suprema, Ometecuhtli y Omecíhuatl, envía desde Tamoanchan el germen anímico del niño al vientre de la madre, y fue en Tamoanchan, en el tiempo primordial, donde los dioses pusieron el maíz en los labios del hombre después de haber triturado los granos con sus propias muelas”. Por su lado, Tlalocan —nos lo recuerda el autor— “es el lugar de la muerte. Es una montaña hueca llena de frutos porque en ella hay eterna estación productiva. A su interior van los hombres muertos bajo la protección o por el ataque del dios de la lluvia…”
Estos sitios, que así descritos parecen aludir a los universales conceptos del principio y del fin, encierran en realidad una profunda riqueza que toca la sorprendente idea de eternidad. Son muchos los estudiosos que en sus trabajos se han aplicado, ya de manera lateral, ya con mayor cuidado y precisión, a tratar de dilucidar tan complejas cuestiones; de ellos da cuenta Alfredo López Austin, reconociendo aciertos, señalando desatinos, en aras de cumplir con el propósito de todo humanista: descubrir aquello que es válido, que es digno de ser tomado en cuenta para construir la explicación de una realidad.
Partir de lo conocido para adentrarse en el campo de la creación de nuevos conocimientos, que una vez adquiridos son luz que permite al hombre tener conciencia de al menos algunas de las características de su propio ser y del paisaje del mundo de las ideas en que habita, es la acción que lleva a Alfredo López Austin a caminar por senderos complicados, cuyas señales ha debido reconocer y descifrar recurriendo no sólo a los métodos que la historia tiene por propios. El autor debió acudir, pues, a técnicas de análisis tan específicas como las de la lingüística y la iconografía, así como de aquella que requiere el estudio del simbolismo que encierran los textos poéticos, además de echar mano tanto de elementos conceptuales como de conocimientos salidos de trabajos que algunos antropólogos realizaron entre indígenas de nuestro siglo.
El análisis y la discusión de las versiones de las palabras y las frases nahuas más importantes, vinculadas con Tamoanchan-Tlalocan, comenzando por los severos problemas que plantea el significado del primero de estos términos, es de entrada una labor compleja y delicada, que amerita el manejo de un ámbito determinado de la lengua náhuatl, pienso en aquel específico de la religión, de la cosmovisión, de eso que nos empeñamos en llamar mito, y que alude a ciertas regiones de la producción de las ideas que desde siempre parecen escaparse, huir ante la posibilidad de un análisis que pueda descubrir y esclarecer el secreto que ancestralmente han guardado. Es aquí donde la filología, esa esmerada ciencia que se aplica al estudio de una lengua y de las manifestaciones del espíritu a que tal instrumento sirve de medio de expresión, se hace necesaria, pues no es la simple tarea de buscar equivalencias semánticas de una lengua a otra; es, antes que nada, incursionar en el espacio espiritual donde se gestan los conceptos que la lengua expresa. El trabajo que en este renglón ha realizado mi maestro es encomiable por el grado de sutileza con el que ha bordado sobre la profundidad de los significados.
Los pueblos prehispánicos dejaron plasmado un sinnúmero de conceptos, a no dudar muy complejos, en los glifos que aparecen en los códices, en las piedras, en los muros de sus edificios. Estas representaciones, desde los primeros tiempos coloniales, toda vez que se manifestaban como misterios a los ojos de los extraños, constituían verdaderos retos para sus intelectos. Esas calidades, que vuelven misterios, que tornan en retos, en retos misteriosos, tales manifestaciones, perduran hasta nuestros días, y son origen de no pocas discusiones entre especialistas. El estudio de esta iconografía, siempre a la luz de los testimonios que dejaron los antiguos cronistas, es otro de los materiales que integran los caminos de la explicación que Alfredo López Austin se ha empeñado en recorrer, a fin de acceder al conocimiento de los míticos lugares, objeto de su libro. Las representaciones de dioses, de ritos con los que los hombres de otros tiempos los honraban, así como de diversos elementos vinculados con la cosmovisión, son objeto de un análisis cuidadoso, cuyos resultados se reflejan en la validez de la explicación.
La poesía náhuatl —que ha estado sujeta a incontables aproximaciones, muchas de ellas dignas de admiración— viene a ser en Tamoanchan-Tlalocan una fuente de incalculable valor para enriquecer con más elementos las argumentaciones que dan lugar a la explicación. Los textos poéticos analizados se muestran a fin de cuentas bondadosos, pues denotan una correspondencia que sorprende con todo aquello que el autor encontró tanto en las imágenes como en los términos y las frases que analizó en su recorrido por las otras vías.
Es un hecho que en las culturas de los indígenas con quienes compartimos este tan quebrantado fin de siglo, existen componentes que provienen de la antigua cultura mesoamericana. Descubrirlos y valorarlos con certidumbre no es tarea fácil, no es trabajo para la mente del neófito aún poco diestra. Sólo el hombre maduro, el experimentado, puede realizar tan pesada labor. Alfredo López Austin logra, inquiriendo los textos producidos por antropólogos contemporáneos con base en cuidadosas pesquisas, encontrar aquellos elementos que resuman antigüedad, para con ellos construir un modelo explicativo que le permite introducirse e introducirnos en el Tlalocan y enfrentar allí, a través de análisis filológicos, iconográficos y poéticos, los misterios de la región de Tláloc.
Así, usando los instrumentos que esas varias disciplinas ponen al alcance del humanista, Alfredo López Austin logra manufacturar, con la maestría de un artífice, la llave que corresponde a la cerradura —misteriosa y problemática— que impedía nuestro acceso a la comprensión de Tamoanchan, de Tlalocan, de Tamoanchan-Tlalocan. La puerta está abierta. La propuesta está expresada: “Tamoanchan es el gran árbol cósmico que hunde sus raíces en el inframundo y extiende su follaje en el cielo. Las nieblas cubren su base. Las flores coronan sus ramas. Sus dos troncos torcidos uno sobre otro, son las dos corrientes de fuerzas opuestas que en su lucha producen el tiempo… Tlalocan es la mitad del árbol cósmico. Es su raíz hundida para formar el mundo de los muertos, del cual surge la fuerza de la regeneración… La otra mitad del árbol es Tonátiuh-Ichan. Forma las ramas de luz y fuego en las que se posan las aves. Son estas las almas de los distinguidos por los dioses celestes… Tamoanchan, en conjunto, es la guerra, el sexo, el tiempo, la cancha del juego de pelota”.
El libro de Alfredo López Austin es una valiosa contribución al conocimiento de la parte ideal de la realidad de los mesoamericanos. Que sea elemento de conciencia de algo que desde el siglo XVI viene negándose de facto: la humanidad de los descendientes de quienes fueron capaces de pensar el universo como un todo ordenado alrededor de Tamoanchan-Tlalocan. Que sea respuesta afirmativa a la pregunta “¿Estos, no son hombres?” que en el Adviento de 1511 lanzó fray Antón de Montecinos, y que hoy, según nos damos cuenta, sigue tan clara y lamentablemente fresca en nuestros días. Que sea el trabajo de López Austin elemento importante en las búsquedas de lo que el hombre ha sido, para que algún día podamos decir con Rimbaud: “Está reencontrada. /Qué… la Eternidad”.
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José Rubén Romero Galván
Instituto de Investigaciones Históricas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Romero Galván, José Rubén. 1995. Tamoanchan y Tlalocan. Ciencias, núm. 38, abril-junio, pp. 58-59. [En línea].
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