revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Paloma Mejía Lechuga y Gerardo Alatorre Frenk      
               
               
El tema del agua ha sido abordado desde diferentes campos
del conocimiento, sin embargo hablar de ella no es referirse únicamente a un recurso natural o a las características que lo componen, sino que su abordaje requiere una connotación de mayor complejidad, se deben incluir elementos relacionados con su uso, manejo, conservación, disponibilidad, etcétera, que están mediados por conceptos, ideologías, significados, costumbres, culturas, sistemas de organización social, luchas e injusticias que han girado en torno a ésta y que han desatado su crisis, nuestra crisis.


Hablar de agua en México —y probablemente en gran parte del mundo— es hablar de un universo de relaciones, dependencias y problemas complejos, es hablar de personas, pueblos y ecosistemas significa visibilizar el manejo que una nación ha dado al elemento más importante para la vida; es hablar de derechos humanos porque éstos refieren a nuestros intereses vitales y comunes; hablar del agua desde un abordaje socioambiental ayuda a comprender el porqué de la crisis actual y cómo visualizar posibles salidas a ella. Hablar de agua es prioritario en estos tiempos.

Dicotomías y la crisis del agua

Abordar un problema ambiental mundial que permea desde las esferas más acomodadas económicamente hasta las más desprotegidas, afectando a todos los sectores sociales, implica hablar de una crisis que deja de ser local o temporal y que se traduce en una mayor: una civilizatoria, como ha sido llamada por Víctor M. Toledo y varios autores, ésta crisis deriva en otras de diversos tipos: ecológica, social, ambiental, económica, espiritual, humanitaria y algunas más.

Bajo este estado socioambiental presente es prudente reconsiderar cuál es la verdadera esencia del ser humano, pues el peligro de no reconocerla está ligado directamente con la destrucción del medio natural. Los problemas ambientales generados no son sino resultado de separar y remarcar las dualidades naturaleza-sociedad y urbano-rural como dos entes distantes, diferentes y excluyentes entre sí, dejando de lado que somos, como dice Salvador Simó, seres biopsicosociales con una esencia espiritual, inmersos en un medio cultural y ecológico y que es precisamente gracias a las conexiones entre ecosistemas, biomas, territorios y regiones que se construye la vida y se interrelacionan los elementos que nos hacen existir, coexistir y coevolucionar. Cuando comprendamos que la transformación del ser humano y el ambiente es una relación mutua, permanente y constante, podremos coevolucionar respetando los ritmos de desarrollo de cada elemento que interacciona en nuestra cultura socioambiental.

Del mismo modo, un abordaje socioecológico de los problemas debe sin duda conducir al análisis de posibles soluciones, con la debida distinción de funciones y grados de responsabilidad atribuibles a cada componente involucrado en el problema. El objeto de análisis no debe ser la sociedad aislada, sino todo el sistema formado por la sociedad y el ambiente.

Sin embargo, los procesos de articulación sociedad-naturaleza se estudian predominantemente dentro de lineamientos disciplinarios; así, cada área de la ciencia contempla el abordaje desde sus propias estructuras de análisis, dejando de lado otras disciplinas, otras miradas y otros saberes que, aunque se articulan, se invisibilizan al aislarse uno del otro.

Como apunta el ecólogo Guido Galafassi, tanto lo social como lo natural tienen características estructurales propias que resulta necesario distinguir mas no aislar, debido a que las instancias de articulación de la realidad posibilitan su entendimiento.

Los problemas socioambientales que se presentan en las ciudades no son, ni deben ser, los mismos que se presentan en el medio rural; sin embargo sí pueden ser originados por causas comunes o incluso estar conectados por las consecuencias de la actuación de un medio sobre el otro. Asimismo, el abordaje de problemas aislados de su contexto no sólo evade o limita el análisis de la problemática, sino que, además, impide abonar soluciones integrales cuando únicamente se analizan los elementos disciplinarios que componen un problema, pero no las causas, conexiones, influencias, relaciones entre los mismos. El riesgo es que se atienda o solucione temporalmente un problema o un fenómeno, pero el contexto no atendido —o incluso no visto—, continuará provocando que el mismo problema resurja nuevamente.

Alain Lipietz, un economista y político ecologista francés, brinda una explicación de la relación sociedad-naturaleza que sirve para entender el origen de esta crisis que vivimos. Argumenta que el ser humano no ha dejado de mejorar su capacidad de transformar su medio, al principio por luchar contra el hambre y la intemperie, pero desde hace alrededor de cuatro siglos tal parece que la sabiduría de la especie cambió, antes se trataba de someterse al orden de la naturaleza, después fue doblegarla a nuestros deseos. Actualmente, la idea del ser humano es de amo y propietario de la naturaleza.

La separación existente entre el medio urbano y el rural también tiene orígenes históricos, explicados por Karl Marx en su teoría de capital-trabajo, quien señala que el trabajo forma parte de un proceso que se da entre el ser humano y la naturaleza, en la cual el campo es visto como el espacio de producción y trabajo y la ciudad como centro de recreación y desarrollo, convirtiendo a la naturaleza en algo extraño al ser humano, en un mundo ajeno y aparte. Se enfatizan entonces las desigualdades, tanto socioeconómicas como ambientales. El medio rural constituye la primera oferta de medios de trabajo para ser tomados directamente por el ser humano y ser utilizados como instrumentos o herramientas en la moderna urbe; así el ciudadano urbano tiende a establecer una relación recreativa, contemplativa, utilitaria y finalmente distante con los elementos naturales. Por esta razón, el sociólogo Ernest García explica las ciudades del presente como un producto “más o menos monstruoso del desarrollo”.

Cuando la humanidad realizó la clasificación de los recursos naturales, los configuró de tal forma que colocó a unos como fuentes inagotables (el agua) y a otros como escasos o con riesgo de acabarse en un futuro (el petróleo), ahora cada vez más próximo. Sin embargo, la noción de inagotabilidad de ciertos recursos ha tenido una distorsionada interpretación social, se le asocia a la posibilidad de usar, desperdiciar y derrochar despreocupadamente, considerando que la naturaleza hará lo propio, dejando de lado preocupaciones de escasez, degradación, contaminación y pérdida de calidad del propio recurso. Enrique Leff, ambientalista mexicano, explica que “la degradación ambiental es el resultado de las formas de conocimiento a través de las cuales la humanidad ha construido el mundo y lo ha destruido por su pretensión de universalidad, generalidad y totalidad; por su objetivación y cosificación del mundo”. Los seres humanos estamos en un constante intercambio de materias con la naturaleza, asimilamos de acuerdo con nuestras capacidades y habilidades perceptivas e imaginativas o incluso por medio de herramientas, apropiándonos de lo útil y servible, y desechando lo contrario o lo que consideramos que lo es.

El resultado de este intercambio no puede más que derivar en la transformación y creación de nuevos entornos, nuevas condiciones de vida, muchas veces llamada “vida moderna” o “vida industrializada”, la cual también varía de acuerdo con las sociedades, las culturas y las civilizaciones. Las consecuencias ambientales de esta vida moderna también están relacionadas con el trabajo a causa del uso de tecnologías contaminantes. Éstas, a su vez, están buscando ser remediadas mediante la creación de nuevas industrias de limpieza, haciendo que se incremente todavía más el proceso de división social del trabajo y que aumente, en consecuencia, la desarticulación sociedad-naturaleza.

El proceso de trabajo es desarrollado por individuos que se mueven en un tejido social que dicta normas y valores. Las maneras de desenvolverse y proceder siguen pautas acordes con el grupo social que efectúa la acción. El medio natural, a su vez, impone sus condiciones posibilitando determinados tipos de intervención sobre él. Es en el espacio rural donde el vínculo sociedad-naturaleza se hace más directo, en donde adquiere toda su plenitud a través del tratamiento directo que sufre el medio natural debido al proceso de trabajo agrícola, por tanto, los grupos sociales que se mueven dentro del ámbito rural son los que se hacen cargo de la apropiación de los recursos naturales.

Esto es particularmente válido en el desarrollo agrario latinoamericano, que ha sufrido transformaciones constantes en las relaciones que establecen los actores sociales, pasando de un monólogo (gran terrateniente-pequeño productor), a un cruce de palabras entre organizaciones campesinas de productores, empresas comercializadoras, propietarios privados y otros actores, cada uno afrontando diferentes alternativas y opciones. La complejidad de estos cambios, aunada a la articulación entre centro y periferia, la disponibilidad de capital, mano de obra y capacidad organizativa, entre otros factores, ha determinado un particular modo de comportamiento de los grupos sociales frente a los recursos naturales que, sumada a la variabilidad ecosistémica, se manifiesta en una rica gama de configuraciones presentes a lo largo del tiempo y el espacio.

La relación entre las pseudodicotomías como sociedad-naturaleza o urbano-rural se enmarca en un sistema abierto cuyo ambiente es un sistema cerrado (impuesto por los límites del planeta Tierra); esto nos confronta con el principio del límite de los recursos naturales.

Los seres humanos, organizados en sociedad, no somos sino un producto de la evolución de la vida sobre la Tierra. Por lo tanto, la sociedad no puede aparecer como algo extraño o contrario; sea que se trate de contextos rurales o urbanos, todas nuestras conductas son un grado de organización adoptada por una población específica.

La concepción del agua

Las teorías del desarrollo urbano, económico, científico, tecnológico y hasta el sustentable, denotan siempre una carga positiva a favor de la palabra desarrollo, como si ésta implicara per se mejoría, evolución, progreso, crecimiento. En la actualidad, tenemos vinculado un sinónimo automático e irreflexivo de que todo desarrollo es bueno, bienvenido, necesario y por lo tanto, debe ser buscado por todos, a toda costa. Sin embargo, no existe un cuestionamiento sobre lo que esta búsqueda incesante del ansiado y mal entendido desarrollo ha provocado, ni sobre las crisis que se han desatado a partir de ésta. Actualmente, cuestionar, poner en duda o denostar el desarrollo como un elemento no favorable o negativo para ciertas culturas y contextos resulta socialmente reprobable en el constructo social, más aún cuando es acompañado de términos como sustentabilidad o sostenibilidad; sin embargo, pocos entienden en realidad la carga de significados que tiene esto.

Como afirma el filósofo Jorge Riechmann, debemos profundizar en la crítica del desarrollo sostenible y luchar por una mejor interpretación en lugar de malinterpretarlo y por tanto aceptarlo como es. El desarrollo sustentable (o sostenible) fue aceptado y difundido mundialmente a partir de 1987 a raíz del Informe Brundtland, que lo define como aquel que debe satisfacer las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades, y afirmaba per se que todos desean tal tipo de desarrollo y por tanto debía ser aceptado como favorable para todos por igual. Pensar de otra forma, según el discurso manejado en ese tiempo por los promotores del desarrollo sustentable, sería desear que el subdesarrollo continuara, que se perpetuaran las condiciones indignas de vida.

Este discurso enfatiza las diferencias y refuerza la idea del subdesarrollo, principalmente de tipo económico, entre las naciones desarrolladas y las consideradas subdesarrolladas, lo cual hace más sencillo que la idea penetre en la mente de las personas que se identifican con esa condición indigna de vida. Como afirma el activista Gustavo Esteva: “para que alguien pueda concebir la posibilidad de escapar de una condición determinada, es primero necesario que sienta que ha caído en esa condición”.

Por consecuencia lógica, en el discurso clásico y dominante del desarrollo sustentable no se enfatiza el agua como un eje fundamental para alcanzarlo, aunque poco a poco se va reconociendo que es un elemento básico no sólo para la vida del humano y del resto de los seres vivos, sino necesario para integrar las esferas clásicas de lo social, lo económico y lo ambiental que componen el discurso.

Otra desventaja de la concepción del agua en el desarrollo es que se le considera un recurso inagotable, lo cual ha influido negativamente ya que se ve únicamente en términos utilitarios —infinitos, inagotables, perpetuos— y por tanto como un elemento para el cual no es necesario desarrollar políticas públicas en pro de su regulación, de control en su uso, manejo y justa distribución. El resto de los llamados recursos naturales no corren con mejor suerte en dicho discurso, ya que la dotación de recursos se percibe como finita pero muy abundante, de tal forma que en la práctica no vale la pena ocuparse de ella.

Cuando se habla de estrategias de desarrollo sustentable, Jorge Riechmann afirma que, debemos considerar que los términos “desarrollo” y “sustentable” deberían incluir una connotación de límites. Precisamente éste es el gran problema de vinculación entre el desarrollo sustentable y el agua: la ausencia de reconocimiento de los límites que tiene la sobreexplotación y contaminación del agua con la insistente y perseverante idea de avanzar y desarrollar sin límite hacia la sustentabilidad.

Las políticas económicas que impulsan el desarrollo sustentable han desvirtuado el verdadero ejercicio de la política social, y si queremos sustentabilidad entonces no necesitamos estrategias de desarrollo, sino luchas sociales por la justicia y la sustentabilidad.

Para reorientar las políticas sobre el uso, manejo y distribución del agua resulta necesario retomar las teorías del decrecimiento, no como una solución tangible y segura que revierta la crisis del agua, sino como un elemento que contribuye a remarcar que los problemas socioambientales son procesos abiertos con expresiones plurales. Asimismo, avanzar hacia la sustentabilidad también ayudará a recentrarnos en el espacio y en el tiempo, volver al “aquí y ahora”.

Agua, ciudades y desarrollo

Al hablar de crisis ambientales hay que recordar que el ambiente es el resultado de la articulación sociedad-naturaleza y por lo tanto las crisis son el resultado de un conjunto de elementos sociales, políticos, culturales, económicos, ecológicos y otros más que están interactuando en un mismo espacio y tiempo. Desde el enfoque del desarrollo, el abordaje de las crisis y sus problemas ambientales incluye perspectivas parciales, con un tratamiento que sólo responde a un objeto de estudio particular de cada ciencia, sea natural o social. Es por ello que muchas de las crisis actuales no encuentran solución o enfoques integrales que ayuden a visualizar soluciones o alternativas para salir de ellas. En nuestro mundo actual, moderno, tan altamente influenciado por los avances tecnológicos, se confía en que serán las nuevas tecnologías las que podrán abastecernos de nuevos recursos. Sin embargo, Ernest García nos recuerda lo que Gregory Bateson señalaba hace más de veinte años: “si una civilización cree que la naturaleza le pertenece para dominarla y dispone además de una tecnología poderosa, entonces tiene la misma probabilidad de sobrevivir que una bola de nieve en mitad del infierno”.

El caso del agua es un claro ejemplo de lo que Bateson afirma, ya que se ha demostrado que, a pesar de todas las ingeniosas y modernas técnicas que se han usado desde las primeras civilizaciones para canalizarla, hoy en día todavía dependemos de los sistemas naturales que regulan su flujo en las cuencas de todos los ríos del mundo. Como afirma Ernest García, “sólo las tecnologías, la organización y la cultura cambian, los sistemas naturales de soporte y la naturaleza humana son inalterables” y, por tanto, no los podemos manejar a nuestro libre albedrío, capricho o interés.

Es digno de reconocerse que la tecnología se ha convertido, en muchas maneras, en algo benéfico, útil y valioso para la humanidad en diversos campos: comunicaciones, medicina, educación, producción de alimento, etcétera; no obstante, pensar que de ahí surgirán los remedios para los problemas ambientales es un gran error. Como señala el informe de la Organización de las Naciones Unidas en la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio: “puede ser que nos hayamos distanciado de la naturaleza, pero dependemos completamente de los servicios que ella nos ofrece”; sin embargo, mientras sigamos considerando desde las políticas públicas que dichos servicios ambientales son gratuitos e inagotables resultará improbable que la protección de la naturaleza se convierta en prioridad.

En las ciudades existen manifestaciones de crisis que se han agravado en forma significativa en los últimos años (alimenticia, de salud, educativa, ecológica, económica, social, etcétera), ya que están relacionadas con el modelo de desarrollo urbano que se definió desde principios del siglo xx y con el cual se intenta reformular el entorno en las ciudades por medio de la producción industrial masiva y homogénea. De acuerdo con las cifras de la Organización de las Naciones Unidas, la mitad de la población mundial habita en ciudades y en dos décadas más, casi 60% de la población vivirá en zonas urbanas.

Como afirma Riechman: “a medida que aumenta la población y el consumo per capita, la demanda de bienes y servicios ambientales está superando la capacidad del medio ambiente para proporcionar los mismos”. El agua es un claro ejemplo, pues las consecuencias del sobrepoblamiento urbano provoca múltiples complejidades sociales, entre las cuales el acceso y disponibilidad al agua no están ausentes y, si a esto se le suma el mal manejo, la distribución y contaminación del agua y los ecosistemas en general, estamos agravando aún más un problema que incide directamente en la calidad de los servicios ambientales que recibimos de los ecosistemas que socavamos, suprimimos y envenenamos.

Al revisar estadísticas sobre catástrofes ambientales, grados de contaminación, extinción de especies, pérdida de cobertura forestal, etcétera, claramente vemos la muestra de que vivimos por encima de los límites del planeta o que éstos están muy próximos a alcanzarse; es innegable que entramos ya en la fase de la translimitación. Es un hecho que la relación entre población, producción de alimentos y provisión de agua dulce se mueve ya en márgenes muy estrechos.

Las presiones que estamos ejerciendo desde las ciudades sobre los ecosistemas en nombre del desarrollo están dando como resultado que la velocidad del cambio climático sea mayor de lo experimentado en el pasado, haciendo mucho más difícil que las especies puedan adaptarse a dichos cambios, afectando su supervivencia y orillando a muchas a su extinción. La particularidad de la ecología de la especie humana es que sus relaciones con la naturaleza están mediadas por formas de organización social que reposan en dispositivos políticos para asegurar su consenso y su reproducción.

Destacar el poder político de la sociedad, invisibilizado o minimizado por la influencia del sistema económico de dominación que rige a las sociedades occidentales, resulta de gran utilidad para la conservación de los recursos naturales, ya que es mucho más probable que las comunidades, rurales o urbanas, desarrollen estrategias de conservación ecológica cuando sienten que tienen una influencia real sobre las decisiones en cuanto al uso de los mismos y, por consiguiente, se lograría un reparto más equitativo de los beneficios que esto trae.

Epílogo

La naturaleza es sociedad, en tanto la primera es aprehendida e interpretada necesariamente por medio del pensamiento humano. La interpretación de las leyes de la naturaleza se basa en modelos creados por el ser humano en su constante intento por conocer para transformar y controlar. Debemos comprender que no existe una naturaleza única, unánime, compartida y vivida de la misma manera por todas las culturas; por tanto, es necesario aprender a reconocer el verdadero valor de la naturaleza, tanto en términos económicos como en la riqueza que aporta a nuestras vidas en aspectos que son mucho más difíciles de cuantificar.

Por lo tanto, importa reconocer que el problema fundamental es que la relación ser humano-naturaleza está mediada predominantemente por la economía, impulsada por un malentendido “desarrollo”.

La crisis socioambiental existe y está presente en nuestras vidas, influyendo particularmente sobre la crisis mundial del agua. Entonces el reto se muestra claro: encontrar nuevas formas de convivencia entre los humanos y en su relación con la naturaleza, ¿pero a partir de qué elementos se debe construir la nueva relación?

Existen distintos niveles desde donde se puede empezar, la información es uno de ellos; sin embargo, confiar en que eliminando la ignorancia de la sociedad se consolidarán actitudes proambientales es un error que desgraciadamente todavía es muy frecuente en los planes y programas de educación ambiental. Si bien es cierto que alfabetizar científicamente no es un error, sí lo es pensar que es la solución para resolver los problemas socioecológicos.

Partir de que “el ambiente de los hombres no es simplemente la naturaleza salvaje, sino que incluye también la naturaleza transformada por su actividad”, y en consecuencia relacionar la ecología humana con la ecología biológica puede contribuir al análisis de la compleja interacción del “medio ambiente (medio de vida de la humanidad) y el funcionamiento económico, social y político de las comunidades humanas”.

En la cultura occidental existe un conjunto de valores y conceptos como la naturaleza, el progreso, la responsabilidad, la solidaridad y la autonomía, que si bien no son los únicos, sí pueden ayudarnos a mejorar las relaciones sociedad-naturaleza y a formar juicios críticos. Remover estos valores en la sociedad, no para eliminarlos, sino para usarlos en las prácticas de educación ambiental y reformularlos desde la educación ambiental para ser pensados y repensados nuevamente puede contribuir a que éstos sean retomados de forma más profunda en nuestro sistema individual y colectivo de valores “para establecer nuevas regulaciones, añadiendo a la protección social, la protección del medio ambiente”.

Finalmente, si bien pensar y actuar a nivel local y global puede ser benéfico en cualquier aspecto, lo importante es hacerlo, impulsarlo, promoverlo y orientarlo en el ámbito que nos corresponde de acuerdo con la trinchera que atendamos.

     
Referencias Bibliográficas
 
Esteva, Gustavo. 1996. “El desarrollo”, en Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, Sachs, W. (ed.). Pratec, Lima. Pp. 52-79.
Galafassi, G. 1998. “Aproximación a la problemática ambiental desde las Ciencias Sociales. Un análisis desde la relación naturalezacultura y el proceso de trabajo”, en Theorethikos, año 1, núm. 6.
García, Ernest. 2006. “El cambio social más allá de los límites al crecimiento: un nuevo referente para el realismo en la sociología ecológica”, en Aposta, núm. 27.
Lipietz, Alain. 2000. “La ecología política, ¿remedio a la crisis de lo político?”, en AGIR Revue générale de stratégie, vol. 3, núm. 137.
Paré, Luisa y Patricia Gerez (coords.). 2012. Al filo del agua: cogestión de la subcuenca del río Pixquiac, Veracruz. inesemarnatsendasunam, México.
Sauvé, Lucie y Carine Villemagne. 2006. “L’éthique de l'environnement comme projet de vie et’ chantier’ social: un défi de formation”, en Chemin de Traverse, núm. 2, pp. 19-33.
Simó, Salvador. 2012. “Terapia ocupacional ecosocial: hacia una ecología ocupacional”, en Cadernos Brasileiros de Terapia Ocupacional, vol. 20, núm. 1, pp. 7-16.
Toledo, Víctor M. 1992. “Modernidad y ecología: la nueva crisis planetaria”, en Ecología política, Martínez Alier, Joan (coord.). unam, México. Pp. 9-22.

En la red

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Paloma Mejía Lechuga
Instituto de Investigaciones en Educación,
Universidad Veracruzana.

Es bióloga e hizo la maestría en recursos naturales y desarrollo rural, estudia el doctorado en investigación educativa en la Universidad Veracruzana. Su tema de interés es la construcción de ecociudadanía con jóvenes de bachillerato.

Gerardo Alatorre Frenk
Instituto de Investigaciones en Educación,
Universidad Veracruzana.


Es doctor en antropología por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Coordina la maestría en educación para la interculturalidad y la sustentabilidad. Su trabajo se basa en investigar y promover la articulación saber-hacer para el manejo y defensa del territorio.
     

     
 
cómo citar este artículo

Mejía Lechuga, Paloma y Gerardo Alatorre Frenk. 2017. La crisis del agua: una propuesta teórica para su entendimiento. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 66-74. [En línea].
     

 

 

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Carlos Renato Ramos Palacios y Mauricio Sánchez Godines      
               
               
El establecimiento de plantas en la ciudad o de jardines
urbanos se remonta a las más antiguas civilizaciones, como Babilonia, Egipto y Roma, en virtud de sus productos y beneficios. Los jardines podían ser el lugar de cultivo de legumbres, plantas medicinales, estar asociados a un santuario religioso o a actividades educativas. Existe una amplia variedad de temas y estudios al respecto, pero en este trabajo nos limitaremos a los beneficios de las áreas verdes en el contexto de una ciudad, de su transformación constante.


A lo largo de la historia, por ejemplo, muchas de las fuentes de abastecimiento, como las de agua y las áreas de cultivo debieron separarse o distribuirse de manera diferente a la del área urbana o central; es el caso de Tenochtitlan, en donde, por ejemplo, una de las zonas arboladas que dotaban de agua limpia a la ciudad de era el cerro del Chapulín, ahora conocido como Chapultepec, pero en donde todavía el huerto, el solar y el pozo de agua podían localizarse en una vivienda, mientras el terreno lo permitiera. Con su crecimiento, al igual que en otras ciudades, debido a la demanda se construyeron acueductos o sitios públicos de abastecimiento, que en algunos casos estaban asociados con la vegetación.

El primer espacio arbolado en México y América, que además contaba con una acequia en uno de sus perímetros, fue el paseo de la Alameda (ahora Alameda Central) establecido alrededor de 1591. Al mismo tiempo, el reto de adecuar un fragmento de naturaleza para cierto espacio urbano también se convirtió en un valor estético exclusivo de las clases privilegiadas.

La utilización de plantas con fines de ornato ya se usaba en diferentes culturas, pero cobró relevancia entre la realeza y los sectores de poder en Europa. Para el siglo xvii, los suntuosos jardines de los castillos y palacios europeos fueron motivo de inspiración para la arquitectura del paisaje y también una influencia importante en la creación de espacios verdes. Sin embargo, la situación de las calles y barrios en varias ciudades de Europa difería mucho de los jardines palaciegos. Para esta época, la falta de higiene de la gente era causa de enfermedades y numerosas muertes, especialmente en los centros urbanos. Ante la alta mortandad, ciudades grandes como Berlín y Londres emprendieron políticas de salud pública que incluían el ordenamiento de espacios como los mercados, la alineación y empedrado de calles. El propósito de estos cambios fue fomentar medidas de higiene y orden para la población, en especial para la clase trabajadora. De esta manera, se crearon lugares dedicados al paseo en un ambiente de jardines y arboledas.

Fue hasta el siglo XVIII cuando la instauración de estos espacios se hizo extensiva en varias ciudades europeas. Por ejemplo, una de las medidas que dictaban las leyes borbónicas en España era que el Estado debía garantizar la salud de los ciudadanos, ya que esto representaba mayores beneficios económicos. Las nuevas reformas de sanidad pública también influyeron en las ciudades de varias colonias españolas en América. La idea era que los paseos y alamedas construidos en estas tierras debían estar a la altura de los jardines de las ciudades europeas. De acuerdo con tales reformas, la solución fue higienizar el aire y dotar de espacios públicos saludables por medio de jardines y sistemas de abastecimiento de agua limpia, por mencionar algunos. Asimismo, los lugares de caminatas al aire libre debían ser arbolados, para que el aire se “saneara”, además de generar un espacio de convivencia, distracción y educación.

Estas áreas se volvieron cada vez más populares, además de ser signo de modernidad y elegancia de la ciudad. Como parte de los espacios públicos, los lugares con plantas no sólo eran un elemento estético sino también una muestra de dominio del entorno urbano. Esta ideología influyó asimismo en el manejo de otros elementos naturales, como en la canalización y entubamiento del agua en la ciudad de México, donde se cubrió el suelo natural con materiales impermeables como las vialidades; de esta manera, las calles enlodadas fueron reemplazadas por el empedrado, lo cual fue visto como un adelanto importante por desviar el agua de los espacios públicos. Pero si bien al instante esto garantizó la higiene en el entorno inmediato, con el aumento de dichas superficies los centros urbanos se volvieron más vulnerables a las inundaciones. Por ello, las áreas que podían absorber el agua excedente, como los jardines y sitios arbolados, tuvieron un significado importante para las ciudades. De esta manera, los espacios con plantas figuraban como una forma de control ante la demasía de agua.

Para el siglo XIX, además de las transformaciones que trajo la Revolución industrial, se fortaleció la idea de dominar la naturaleza para su aprovechamiento y de esa manera cubrir las necesidades humanas por completo. En aquel entonces, los jardines públicos fueron aumentando en número y popularidad, hasta que se desarrollaron otros espacios llamados parques urbanos, donde la superficie y las actividades sociales se incrementaron. En un principio eran amplios espacios verdes dentro de las colonias, como los “comunes” (commons) en la ciudad de Londres, o diferentes tipos de parques urbanos cuya regulación existe desde mediados de siglo xix. Por otro lado, se instauraron parques que albergarían actividades acuáticas, deportivas y culturales, como en el famoso Central Park de Nueva York. En otras ocasiones, el aprovechamiento de las amplias extensiones de terreno forestal en cierta zona de la ciudad daría origen a los llamados bosques urbanos. Un ejemplo fue el Bosque de Chapultepec en la ciudad de México, que después de un largo periodo de cambios políticos y sociales, a finales del siglo xix empezó a tener actividades culturales, artísticas, deportivas y también de entretenimiento.

En los primeros años del siglo XX, además de avances como el ferrocarril, la electricidad y el alcantarillado subterráneo, varias ciudades en México experimentaron notoriamente la instauración de numerosas áreas verdes basadas en estándares europeos. Todavía bajo el enfoque de higienizar el aire, los arbolados en calles, paseos y demás áreas verdes se establecieron con el propósito de modernizar y adornar la ciudad. Así, siguiendo el criterio de “dominar la naturaleza” se privilegiaron las plantas exóticas en lugar de las nativas, limitándose a su apreciación como elementos estéticos de mobiliario moderno. Algunas de las especies arbóreas traídas de otros países y que ahora se encuentran en varias localidades de México son el pirul, el trueno y la palma canaria, en la época virreinal; y las acacias, los eucaliptos y las casuarinas, a principios del siglo XX.

Por tanto, se puede decir que las áreas verdes siempre han formado parte de los espacios urbanos, aunque sus propósitos han sido muy distintos. Con su creación, se ha buscado mejorar las condiciones de higiene y salud pública, limpiar el aire, reducir los eventos de inundación, asegurar sitios de abastecimiento de agua, brindar espacios de convivencia o control social, crear sitios para promover la cultura, el deporte y también para ocio y entretenimiento.

Parámetros ecológicos y ambientales

De todas las expectativas que se tenían de las áreas verdes en el pasado, pocas son las que ahora pueden considerarse malogradas o equivocadas, como lo fue el uso de la vegetación para hacer saludable el aire y poder prevenir enfermedades en el entorno público o la utilización de plantas introducidas en reemplazo de las originarias de cada región. Los estudios recientes reivindican varios de los beneficios que se obtienen de tales áreas en la ciudad, pero también revelan muchos más.

Las áreas verdes se pueden describir como las superficies de vegetación instauradas o preservadas en espacios urbanos que cumplen funciones como la agrimensura, demarcación de zonas, servicios ambientales, fomentan la cohesión social y poseen un valor estético y ecológico, por mencionar algunas. Bajo dichos atributos se pueden distinguir diferentes tipos de áreas verdes en el sistema urbano: bosques, parques urbanos, parques de bolsillo, jardines públicos, jardines domésticos, muros y azoteas verdes y toda clase de vegetación dispuesta en la vía pública como glorietas, taludes, camellones o banquetas. El valor ecológico de cada área verde está en función de parámetros como la composición de especies, la diversidad, distribución, densidad, estado físico y fisiológico vegetal. Asimismo, las dimensiones del área verde y su influencia en los mecanismos naturales del ecosistema urbano son algunas medidas que pueden constituir indicadores de gran valor; por ejemplo, los bosques y parques urbanos pueden ser reservorios de carbono y proporcionar servicios hidrológicos, es decir, tienen la capacidad de absorber grandes cantidades de materia y energía, en este caso dióxido de carbono y agua para el subsuelo.

A dichas propiedades se puede agregar la mitigación de la temperatura del aire, la absorción de la energía radiante y el control de los escurrimientos urbanos, entre otros; diferentes estudios sugieren que estas funciones de la vegetación urbana, incluyendo las áreas verdes, pueden mitigar los efectos del fenómeno llamado isla de calor en una ciudad, por esta razón, la densidad de elementos constructivos en proporción con la extensión de las zonas de vegetación puede influir en el clima urbano. Al reducirse o sustituirse las áreas verdes por más superficies de cemento y asfalto debido al desarrollo urbano se generan varias alteraciones ecológicas, es el caso del mecanismo de la vegetación que elimina ciertos contaminantes del aire; por ejemplo, en la zona metropolitana de Guadalajara los elevados índices de calor y ozono en el aire pueden reducir la eficiencia fotosintética en la vegetación y por lo tanto su capacidad de captura de carbono atmosférico, favoreciendo el aumento de los gases de efecto invernadero.

Así, aun cuando los cambios en las superficies de vegetación pueden ser locales debido a que suelen ocurrir en muchos lugares, tanto en las periferias de la ciudad como en su interior, sus efectos influyen en la escala global o regional. La pérdida de espacios verdes causados por el urbanismo desmedido es uno de los factores que contribuyen al fenómeno del cambio ambiental en los sistemas urbanos.

Por otro lado, junto con los cuerpos de agua, las áreas verdes de una ciudad representan espacios privilegiados por su capacidad de concentrar numerosos grupos de seres vivos y servir de hábitat para tales especies. Esto indica que en tales áreas se puede observar un incremento en los índices de biodiversidad urbana. En un muestreo global de metadatos, el cultivo y manejo de especies vegetales, preferentemente, se hace en jardines y parques, lo que sugiere altos niveles de diversidad en tales áreas; incluso en lugares de menores dimensiones como los jardines domésticos la diversidad florística puede ser alta debido al potencial de interacción con herbívoros nativos.

Así, en dichos espacios, desde los bosques urbanos hasta los jardines domésticos, se pueden desarrollar distintas especies vegetales que sirven de hábitat y alimento para especies de insectos, aves y pequeños mamíferos. Cuando un área verde mantiene un valor alto de diversidad biológica se convierte en un microsistema con múltiples beneficios, tanto en el aspecto ecológico como social. En este sentido, varios autores indican que el manejo y uso de las plantas que suele tener un jardín doméstico puede favorecer la diversidad biológica urbana e incluso el cultivo de plantas hortícolas, como en ciudades de latitudes bajas. No obstante, en la actualidad un número creciente de personas se muestra cada vez más dispuesta a cultivar en la ciudad hortalizas y ciertas plantas frutales con fines de autoconsumo. Además, si las especies vegetales que se consumen son nativas y atraen polinizadores de la región, con el tiempo se podría aumentar el acervo genético de dichas plantas al reproducirse, beneficiando el valor de los productos comestibles que podría brindar el área verde. Otras propiedades de las plantas nativas son su compatibilidad con el tipo de suelo de la región, la fijación de sedimentos para el control de la erosión y un uso eficiente del agua de evapotranspiración en cuanto a su función mitigadora de la temperatura ambiental. Así, el uso de especies nativas se considera sustentable debido a sus beneficios ambientales, las altas tasas de sobrevivencia y, generalmente, por su mantenimiento fácil y económico.

Sin embargo, ni las áreas verdes ni sus beneficios son extensivos a todo el territorio urbano ni accesibles a toda la población. De ahí que uno de los indicadores más frecuentes para determinar estos espacios era el porcentaje de superficies verdes en la ciudad con relación a la superficie urbana total; este valor puede obtenerse mediante un mapeo de la ciudad empleando un sistema de información geográfica. Otro valor es el de la superficie verde que a cada persona o habitante de una ciudad le corresponde. La Organización Mundial de la Salud recomienda un mínimo de 9 m2 de área verde por habitante y que se localice a quince minutos caminando de cualquier residente; por ejemplo, la ciudad de París tiene 17 m2 y Nueva York 11 m2. En la ciudad de México se ha estimado en promedio 5.3 m2 de área verde por habitante, con variaciones que van de 12.5 m2 en la delegación Miguel Hidalgo a 0.6 m2 en Iztapalapa; si se contara el suelo de conservación habría delegaciones con superficies mayores, pero no se cumple el criterio de los quince minutos andando. Finalmente, debe quedar claro que los espacios verdes suelen ser un conjunto de superficies delimitadas que se constituyen por especies plantadas y relictos de vegetación original, pero capaces de brindar servicios de tipo ecológico y ambiental. Estas zonas juegan un papel funcional importante en el engranaje del ecosistema urbano y en la vida de las personas en una ciudad.

Beneficios sociales

Ante una población mundial más urbana que rural, el crecimiento actual de las ciudades influye cada vez más en el distanciamiento del medio natural, además de la homogenización cultural por efectos de una vida globalizada. Esto repercute en la identidad cultural y social que conlleva cambios importantes en los estilos de vida. Por esto, los espacios abiertos en una ciudad pueden otorgar múltiples ventajas, tanto en el aspecto ambiental como en el social, en especial si estos se componen de una cubierta vegetal. Los espacios verdes que cuentan con mayores posibilidades de albergar distintas actividades sociales son los parques y bosques urbanos. Cuando éstos son públicos pueden otorgar espacios para el ocio y promover las relaciones sociales en general. En un estudio realizado en la ciudad de San Luis Potosí se advierte que las características importantes de accesibilidad a las áreas verdes son su extensión, la condición de uso público y cercanía con los centros de trabajo o de vivienda que influyen en el bienestar social y la salud pública. En México, uno de los planes y programas pendientes es y ha sido la planeación y crecimiento urbano por medio del ordenamiento territorial ecológico y social incluyente. A partir de esta política se podrían elaborar programas de conservación, regeneración, aumento y planeación de las áreas verdes en una ciudad.

Se puede decir que, por su uso y conservación, las áreas verdes son, por sí mismas, espacios sustentables. Uno de los impactos positivos de un área boscosa o arbolada en la ciudad es el de aumentar la calidad del aire, alcanzar condiciones de confort térmico, remover los contaminantes atmosféricos y, por lo tanto, mejorar las vías respiratorias de los habitantes. Se ha encontrado que la alta densidad de árboles en las calles de una zona habitacional puede disminuir los casos de enfermedades cardiometabólicas en los residentes, disminuir los niveles de estrés en las personas y por lo tanto mejorar su estado de salud en general.

Otro atributo de valor en las áreas verdes es que, a partir de su mantenimiento y cuidado, la vegetación puede influir en la disminución de los índices delictivos de ciertas colonias y barrios. También se han descubierto otras alternativas como los skateparks que, al brindar mayores expectativas de recreación y actividad física, pueden brindar oportunidades de ocupación para los jóvenes y de esta manera obtener beneficios sociales. Así, el uso de suelo de este tipo de espacios abiertos queda más que justificado.

Las ventajas de los sitios arbolados influyen en el aspecto económico, ya que la alta densidad de sus copas puede reducir el costo energético de las edificaciones. Siempre que estas se encuentren en contacto directo con los espacios verdes, los árboles contiguos mitiguen las altas temperaturas o permiten el calentamiento natural para evitar el uso de sistemas de enfriamiento en la época cálida y de calefacción en la fría. Asimismo, los sitios que mantienen una cubierta arbórea importante suelen aumentar el valor y la rentabilidad de las zonas urbanas. Una explicación a esto es que los árboles son la forma de crecimiento conspicua de la vegetación urbana y los elementos paisajísticos por excelencia, aunque cuando se encuentran en las banquetas se pueden ver rodeados por numerosas instalaciones y componentes constructivos que limitan su crecimiento aéreo y subterráneo, así como también sufrir modificaciones por parte de la gente al considerarse tanto perjudiciales como favorables de acuerdo con su percepción, como lo muestra un estudio efectuado en la ciudad de Morelia. Por lo general, las zonas verdes de una urbe provocan mayor satisfacción y en tales estudios de percepción social y comportamiento generan más adeptos que otros sitios del espacio público.

Además de lo anterior, se refuerzan otros valores como el aspecto cultural o la satisfacción que la gente encuentra al acudir o relacionarse con las áreas verdes. Comúnmente, las personas se sienten atraídas por lugares que contienen elementos naturales, como aquellos que se componen de plantas. La explicación puede encontrarse en la teoría de la biofilia, la cual establece que el humano suele mostrar una afinidad innata hacia la naturaleza, sugiriendo efectos positivos en la salud, el estado anímico y a la recuperación de personas enfermas. De esta manera, la atracción por la vegetación en un ambiente donde dominan los espacios construidos tiene una justificación fundamental debido a los efectos positivos que ésta produce en la sociedad.

Una tarea importante sería la recuperación y apropiación del conocimiento básico sobre el manejo y cultivo de las plantas con el fin de recapitular la relación vegetaciónsociedad en los sistemas urbanos. Aunque esta experiencia con las plantas es ajena en las sociedades urbanas actuales, al menos la moda por los huertos urbanos y los cultivos de autoconsumo es promisoria, ya que es motivada por la idea de prescindir de productos hortícolas tratados con agua contaminada o fertilizantes. Esto podría generar un cambio significativo en la idiosincrasia en cuanto a la conservación o restauración de los espacios urbanos dedicados a la vegetación. Así, desde los bosques o parques urbanos hasta las franjas de césped en la vía pública, la gente puede hacer mucho por la eficiencia de los servicios que ofrecen las áreas verdes.

Calidad de vida

Ante la urgente necesidad por elevar la calidad del ambiente y las condiciones de vida de la población, los efectos de los sistemas urbanos se han convertido en un importante foco de atención en toda región y latitud. El crecimiento desmedido de las ciudades es considerado uno de los principales factores del cambio ambiental global. De este fenómeno resultan importantes efectos ambientales en el contexto global pero que se fundamentan en la escala local. Diferentes estudios señalan que cuando el paisaje se vuelve más urbano sin la planeación de áreas verdes, la calidad de vida de sus habitantes disminuye.

El término de calidad de vida se ha empleado como un punto de referencia para explicar fenómenos sociales, de salud y condiciones de vida, entre otros; es un término ampliamente utilizado en diferentes sectores de la sociedad para referirse a la condición de los individuos con base en el aspecto económico, social, ambiental, de seguridad, educación y de salud de acuerdo con el grado de satisfacción humana. Cabe mencionar que este concepto ha ido cambiando con el tiempo, con la sociedad, así como con sus necesidades. Muchos de los factores que contiene están relacionados con el bienestar humano: salud, integridad física y mental, valorando las interacciones sociales, el contexto económico y la situación ambiental. Por lo tanto, las áreas verdes se convierten en un espacio fértil para evaluar las funciones que brindan como indicadores de calidad de vida.

La vegetación es un elemento importante del ecosistema urbano, especialmente por los servicios de provisión que dan sustento material a la población humana y los de regulación, como la mitigación de variables climáticas y la captura de dióxido de carbono. Sin embargo, las áreas verdes suelen incumplir con tales servicios debido a varios factores, entre ellos la falta de programas de planeación, protección o restauración y la ausencia de estudios ambientales y sociales. Uno de los impactos más tangibles es la pérdida de metros cuadrados causados por la actividad comercial e inmobiliaria en el territorio urbano, el cual afecta el entorno físico y por lo tanto el de los habitantes, de ahí la referencia a los factores ambientales. Además, en la esfera de lo urbano, los aspectos históricos, culturales y sociales representan parámetros para evaluar el contexto en el que se encuentran los espacios verdes de una ciudad. La estimación de tales factores en las zonas urbanas es fundamental, ya que éstas se componen de más elementos construidos que naturales. Así, cuando se habla de calidad de vida urbana es necesario tomar en cuenta que existen servicios ambientales y sociales que tienen una influencia en la población.

Un concepto que puede estar asociado con el de calidad de vida es el de estilo de vida, el cual tiene especial relevancia en las actividades de cualquier ciudad. Éste puede entenderse como aquellos hábitos y conductas que cotidianamente presentan las personas. Por lo general, en las sociedades urbanas se desarrollan diferentes estilos de vida debido a la gran diversidad e interacción cultural y social, especialmente en las ciudades grandes en donde se hacen esfuerzos considerables por la movilidad de la gente y la accesibilidad a las diferentes zonas. En la actualidad, una característica que comparten todas las sociedades urbanas es la forma tan rápida en que la gente realiza sus actividades diarias. De ahí que el tiempo que una persona dedica a las relaciones sociales y los espacios abiertos es importante en la dinámica urbana. Las formas de actuar o de vivir de las personas pueden estar definidas por las actividades y hábitos que realizan, así como los lugares que frecuentan. En este sentido, las personas deberían preferir sitios con un ambiente más saludable, que son precisamente aquellos que ofrecen elementos naturales como las áreas verdes. No obstante, mientras la calidad de vida se puede asociar con los atributos del área verde, el estilo de vida representa una variable que podría medirse de manera cualitativa mediante el uso y aprovechamiento del sitio, entre varios factores más.

Por otro lado, un fenómeno común en ciudades de distintas latitudes es la globalización. Así, un patrón del estilo de vida en las sociedades contemporáneas puede basarse en el consumismo y la socialización virtual, por mencionar algunos ejemplos, que fomentan el problema del sedentarismo. Una de las propiedades que cumplen los parques urbanos es la de promover la caminata y el ejercicio físico, que incluso pueden ser gratuitos. Pero, ¿cómo hacer que la gente procure o se interese por las zonas verdes de su ciudad? Esto es un aspecto por averiguar en la educación.

Un atributo muy importante de los lugares que procuran el cuidado y mantenimiento de plantas es que cumplan con funciones culturales. Por esto, las ideas que se tenía en el pasado sobre las áreas verdes no estaban tan erradas, ya que éstas debían fomentar o aumentar el nivel de educación. Si bien una persona no se vuelve culta por sólo ir al parque, es posible que en un ambiente donde se combinen la instrucción académica y los espacios verdes esto sí suceda; por ejemplo, las áreas de escuelas y campus universitarios, generalmente, se diseñan con amplias secciones de área verde.

¿Es arbitrario o casual que estos espacios abiertos se aprovechen de tal manera en los centros educativos? Probablemente no, porque desde los jardines de niños hasta los centros de educación superior tienen lugares con elementos naturales o en todo caso con plantas. Así, una idea acertada fue pensar que los niños debían crecer mejor en medio de un lugar natural, al igual que las plantas en un jardín. Existen programas educativos dedicados a los niños, donde el cultivo y manejo de plantas incrementa los niveles de aprendizaje sobre el lenguaje, la cultura y el ambiente. La incorporación de esta estrategia en los programas de estudio de los diferentes niveles de educación en México podría mejorar la experiencia del aprendizaje sobre las plantas, además sería otra forma de asegurar la importante diversidad biológica y el gran acervo de conocimiento etnobotánico que se tiene en el país.

Consideraciones finales

El acelerado crecimiento de las ciudades representa uno de los efectos más significativos en materia ambiental. Entre otros resultados, esto indica que los nuevos desarrollos urbanos no se planean a la par que los espacios verdes, los cuales pueden encontrarse descuidadas o en desuso. Entre las probables causas están los intereses comerciales e inmobiliarios sin ordenamiento a expensas de la situación ambiental y de la sociedad, en donde la moneda de cambio son los metros cuadrados de uso de suelo construido. Esto no significa que el crecimiento de las ciudades no pueda planificarse junto con las áreas verdes ni que éstas deban dominar el paisaje urbano. Las áreas verdes, hoy en día, pueden considerarse un bien común y con estándares de calidad muy altos para beneficio de la población urbana.

El concepto actual de la conservación de la naturaleza va más allá de los contenidos meramente de preservación, pues la importancia por defender las áreas verdes tiene un impacto no sólo ambiental sino social. La dilapidación y el consumo descontrolado de recursos en las ciudades son muy altos como para despreciar sus espacios verdes. Una parte esencial que ha perdido en el diseño y la construcción de los espacios habitables es su integración con el ambiente natural, haciéndolo a un lado. Muchas veces, debido a esta actividad con fines de lucro se pasa por alto la riqueza natural que dichos espacios ofrecen, pues son propicios para el desarrollo cultural, la inclusión social, el bienestar físico y emocional. De esta manera, las áreas verdes deben contemplarse como fuentes de enriquecimiento socioambiental en vez de considerarse una infraestructura verde inerte y contemplativa. Tal vez, la analogía que considera a la ciudad como un organismo vivo, donde parques y jardines figuran como pulmones, deba cambiarse a la de núcleos de renovación del metabolismo urbano.

Finalmente, ante la crisis de valores en la sociedad y las necesidades de restauración de distintos ecosistemas, incluyendo los urbanos, la responsabilidad es compartida entre tomadores de decisiones y ciudadanos. En este sentido, la planificación, vista como una medida emergente para el aprovechamiento consciente de los recursos, debe ser una tarea permanente en cualquier sistema urbano. Así, lejos de ser elementos decorativos, las áreas verdes serán consideradas como el resultado de una necesidad ambiental y de desarrollo humano. La preservación e incremento de dichos espacios representan una oportunidad latente para elevar la calidad de vida en las ciudades.

     
Referencias Bibliográficas
 
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Granados Sánchez, Diódoro y Óscar Mendoza Ángeles. 2002. Los árboles y el ecosistema urbano. Universidad Autónoma de Chapingo, México.

     

     
Carlos Renato Ramos Palacios
Facultad del Hábitat,
Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

Es biólogo por la Facultad de Ciencias, maestro en ciencias en biología ambiental por el Instituto de Ecología, ambos de la Universidad Nacional Autónoma de México; es doctor en ciencias ambientales por el Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica. Sus líneas de investigación son la ecología y ecofisiología vegetal, microclima, arbolado y paisaje urbanos.

Mauricio Sánchez Godines
Facultad del Hábitat,
Universidad Autónoma de San Luis Potosí.


Es arquitecto por la Facultad del Hábitat de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Desarrolla un trabajo de investigación de maestría sobre percepción social e indicadores de calidad de vida en parques urbanos de la ciudad de San Luis Potosí.
     

     
 
cómo citar este artículo

Ramos Palacios, Carlos Renato y Mauricio Sánchez Godines. 2017. La áreas verdes y la calidad de vida en las urbes. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 28-37. [En línea].
     

 

 

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Los árboles:
tecnología verde
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Emilye Rosas Landa Loustau y Antonio
del Río Portilla

 
                     
Según cuentan los libros de historia, la cuenca
de México fue descrita como un enorme lago rodeado de montañas verdes y cielo azul, inmortalizada en una novela como la región más transparente. Los volcanes Iztaccihuatl y Popocatepetl al horizonte descansaban la vista y los ríos que alimentaban el lago apaciguaban el espíritu. Seguro que el águila devorando a la serpiente no fue lo único que motivó a los mexicas a asentarse en esta cuenca.

No obstante, en la actualidad la ciudad de México está al borde del colapso: 1 200 toneladas de basura producidas diariamente, escasez de agua, reducción de áreas verdes por construcción ilegal, aire contaminado, tráfico y muchos otros problemas. Veamos el caso de las áreas verdes.

La ciudad de México tiene una superficie total urbana —es decir, sin incluir suelo de conservación— de 632.66 km2, de la cual 128.28 km2 corresponden a áreas verdes urbanas, es decir aproximadamente 20%. De éstas, poco más de la mitad son áreas arboladas (71.70 km2) y el resto de pastos y arbustos. Si dividimos la superficie arbolada entre el número de habitantes de la zona urbana de la ciudad de México, obtenemos que cada habitante tiene alrededor de 9 m2 de árboles. Sin embargo, sólo 44.69 km2 arbolados se hallan bajo un programa de mantenimiento que asegura que los árboles estén saludables para que brinden un beneficio ambiental cercano al que se estima en forma teórica y que se basa en su tamaño, especie y estado de salud, por lo que cada capitalino sólo tiene 5.3 m2 de árboles (en promedio) cuando lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud es de 9 a 11 m2, es decir, se requiere casi el doble de zonas arboladas en la ciudad de México. ¿Por qué se recomienda esta superficie por persona? ¿Cuáles son las funciones que desempeñan en nuestro entorno urbano las zonas verdes?

Beneficios

Empecemos por calcular la cantidad de dióxido de carbono que absorben las áreas verdes cuidadas de la ciudad de México. Se estima que cada metro cuadrado de zona arbolada es capaz de absorber 2.8 kg de dióxido de carbono al año, entonces la superficie arbolada en esta ciudad podría absorber aproximadamente 125 132 toneladas de dióxido de carbono en ese lapso. Si se venden estas reducciones de dióxido de carbono en los mercados voluntarios de carbono, donde cada certificado de reducción de emisiones de dióxido de carbono vale en promedio 6 dólares por tonelada (de acuerdo con la plataforma mexicana de bonos de carbono el precio de estos instrumentos financieros depende de la localización y tipo de proyecto y del mercado en que se ofertan, por lo que el precio va de 1 a 12 dólares por tonelada), es decir, aproximadamente 120 pesos por tonelada. Se obtendrían así 15 015 840 de pesos al año.

Con el fin de comparar esta cifra con algún servicio conocido por el capitalino pondremos como ejemplo que la línea 1 del metrobús al vender sus reducciones de emisiones de dióxido de carbono en Europa obtuvo poco más de 2 millones de pesos en 2009. En este caso los bonos de carbono de las áreas verdes son casi veinte veces los bonos de carbono provenientes del metro.

Si se incrementara la extensión de las áreas arboladas de la capital, no sólo podríamos reducir nuestras emisiones de este gas invernadero, sino además financiar su mantenimiento junto con algunas otras acciones sociales o ambientales.

Además de absorber dióxido de carbono los bosques urbanos producen oxígeno; la cantidad de este gas generado por un metro cuadrado de bosque depende de la especie de los árboles, de su tamaño y su salud.

En diferentes ciudades de Estados Unidos se hizo un estudio del oxígeno liberado por los bosques urbanos y se obtuvo que la tasa mínima de emisión de oxígeno es de 2.7 toneladas al año por metro cuadrado. Utilizando este dato, la zona arbolada cuidada de la ciudad de México provee 300 437 toneladas de oxígeno anualmente. Sería muy necesario hacer un estudio similar en nuestras ciudades a fin de que se registren las especies de árboles locales y sus emisiones de oxígeno.

Por otro lado, un adulto en promedio respira 0.84 kg de oxígeno al día, es decir 306.6 kg al año; multiplicando este consumo por la población que había en 2010 en la ciudad de México (8 851 080 habitantes) obtenemos 2 713 741 toneladas de oxígeno, es decir, los bosques de la ciudad proveen nueve veces menos oxígeno que lo requerido por los capitalinos. Afortunadamente 21% de la atmósfera está compuesta de oxígeno de modo que todos los capitalinos logramos sobrevivir, aunque está claro que si la ciudad de México fuera un sistema cerrado nos asfixiaríamos en pocos días.

Otra de las virtudes de los bosques urbanos es la de remover contaminantes del aire como el ozono, el dióxido de nitrógeno, el dióxido de azufre y el monóxido de carbono. En un estudio de 2006, David Nowak, Daniel Crane y Jack Stevens revisaron los datos de cincuenta y cinco ciudades estadounidenses en las que sus bosques eliminaron en promedio 1% de estos contaminantes anualmente. Dependiendo de la ciudad estudiada, los bosques remueven del aire entre 11 100 y 22 000 toneladas de contaminantes; aquí mismo se indica que el valor promedio de remoción de contaminantes es de 10.8 g/m2 por año. Estos valores parecen modestos, pero si se considera que la remoción de una tonelada métrica de dióxido de nitrógeno cuesta 6 752 dólares, la de dióxido de azufre 1 653 y 959 la de monóxido de carbono, los bosques urbanos de los Estados Unidos son capaces de ahorrar del orden de 60 millones de dólares cada año tan sólo por remover contaminantes de la atmósfera. Es claro que tales datos son alentadores y pueden ser considerados como inversiones rentables en el largo plazo. De nuevo es necesario indicar que se requiere un estudio semejante al hecho por Nowak, Crane y Stevens para la ciudad de México y otras ciudades del país, pues como ellos mencionan, los valores de captura de contaminantes depende de la especie y tamaño de los árboles, además de las condiciones meteorológicas de la zona.

Más árboles, más beneficios

Usualmente, cuando una ciudad crece se reemplazan sus zonas verdes por edificios, caminos o estacionamientos que generan islas de calor. Este fenómeno consiste en una elevación de la temperatura local debido a que los materiales urbanos absorben un gran porcentaje de la radiación solar que reciben en lugar de reflejarla.

Se ha encontrado que las islas de calor pueden elevar la temperatura de la zona centro hasta 10 °C por encima de la temperatura ambiente de los alrededores. La sombra y humedad que los bosques nos brindan permiten reducir 20% el costo de ventilación artificial en los edificios. Se dice por ejemplo que cada grado centígrado incrementado en una zona urbana provoca que los costos por ventilación artificial suban de 4 a 8%.

Cada delegación de la ciudad de México invierte una cantidad distinta de electricidad en ventilación artificial, pues algunas concentran un gran número de oficinas con ventilación artificial mientras que otras son de carácter residencial y sólo algunas casas cuentan con dicho servicio.

Una vez más, resulta clara la necesidad de diferenciar el origen del consumo eléctrico en nuestra ciudad; relacionando el consumo eléctrico causado por ventilación artificial y el incremento en la temperatura local por islas de calor podríamos determinar la extensión de área arbolada necesaria para atenuar los efectos.

Por otra parte, se ha observado que las temperaturas altas promueven la reacción fotoquímica de hidrocarburos y óxidos nitrosos de la atmósfera que producen ozono, elevando la concentración de este compuesto en las zonas urbanas. Al moderar la temperatura local, los bosques no contribuyen a la formación de ozono. Se ha registrado que por cada grado centígrado incrementado, la concentración de esmog crece de 7 a 18%. De acuerdo con los estudios realizados en el Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México, durante el siglo xx la temperatura de la ciudad de México se ha incrementado en 3° C a causa de la urbanización; esto significa que el consumo de energía eléctrica por ventilación artificial se incrementó 24% y la concentración de esmog 54% tan sólo en el siglo pasado.

Los bosques urbanos con mantenimiento pueden retribuirnos más de 42 millones de pesos anualmente. Una vez que se tengan datos técnicos precisos, a estos recursos se les puede sumar los que se obtienen por producción de oxígeno, remoción de contaminantes y disminución en consumo eléctrico por ventilación artificial. Las áreas arboladas deben considerarse como tecnologías verdes rentables, con beneficios que influyen directamente en la calidad de vida de los habitantes de las ciudades.

Faltan árboles

Resulta claro que el índice de superficie arbolada por habitante no es la adecuada para que la población se beneficie de las funciones que cumplen los bosques, que cada capitalino no disfrutará de un aire más limpio, ni de reducir tu tarifa eléctrica, de una temperatura más agradable en su localidad, etcétera. Pero, además de los beneficios ya mencionados, los árboles capturan partículas o polvo en sus hojas, bloquean la radiación ultravioleta, filtran agua contaminada, amortiguan la contaminación auditiva y contribuyen a la salud mental de quienes pueden vivir cerca de un bosque; algunos árboles producen frutos que nos alimentan y cualquiera los puede plantar y cuidar.

Finalmente, dadas las enormes emisiones de dióxido de carbono de nuestra urbe es claro que para disminuirlas se requiere implementar tantas alternativas de fuentes renovables de energía como sea posible. Sin embargo, pensamos que la alternativa de reverdecer las ciudades es la más accesible para la población. Aprendamos a vivir en simbiosis, para lo cual se necesita un poco de respeto y esfuerzo.

Estimado lector: ¿se cree capaz de plantar y cuidar un árbol durante toda su vida?, ¿mantener un jardín?, ¿embellecer un camellón?, ¿cavar jardineras en su banqueta? Son pequeños sacrificios para obtener grandes beneficios, ¿no lo cree?

     
Referencias bibliográficas

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En la red

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Emilye Rosas Landa Loustau
Facultad de Ingeniería,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Antonio del Río Portilla
Instituto de Energías Renovables,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     

     
 
cómo citar este artículo


Rosas Landa Loustau, Emilye y Antonio del Río Portilla. 2017. Los árboles: tecnología verde. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 29-41. [En línea].
     

 

 

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