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La dama del té
y el matemático, historia ficticia basada en un hecho real
139B01   
 
 
 
Laura Sanvicente Añorve  
                     
Era la Inglaterra de los veintes del siglo pasado,
en Harpenden, un poblado al norte de Londres en donde la costumbre de tomar té por las tardes estaba muy arraigada. Los científicos de la antigua Estación Experimental de Rothamsted no escapaban a dicha tradición. Todas las tardes, los solariegos muros de la estación eran testigos de las aromáticas tertulias y las acaloradas charlas de mentes brillantes que estaban siempre a tono con las piruetas del humo de sus tazas y el batir de las cucharillas.

Entre los científicos se encontraban la señora Muriel Bristol y Sir Ronald Fisher. La señora Bristol era una mujer refinada, de gustos exquisitos y botánica de profesión; conocía perfectamente las plantas de las cuales estaban hechos los tés que degustaban: nombres científicos, origen, plantaciones y técnicas de fermentación. Sir Ronald Fisher era un reconocido matemático inglés interesado en las aplicaciones de la estadística a las ciencias naturales, de baja estatura, con un traje a tres piezas y gruesos anteojos debido a su severa miopía. Su carácter terco y obstinado fue fundamental en el desarrollo de varias teorías matemáticas que probaban la veracidad de sus afirmaciones. La señora Bristol sentía una especial empatía por él, pues además de ser un caballero, colaboraba con ella en el análisis estadístico de sus resultados y compartía su gusto por el té.

En las reuniones vespertinas, las discusiones entre camaradas parecían estar regidas por el aroma de sus bebidas. Un té negro Darjeeling —por ejemplo— los transportaba a la India, a los montes Himalaya, a sus expediciones científicas y extenuantes viajes en ferrocarril. Un té Oolong Jazmín evocaba la China milenaria, la gran muralla, los campos de arroz, las ancestrales dinastías y las exquisitas teteras de cerámica y porcelana. Un té de cerezo llevaba su imaginación al Japón, a las hermosas pagodas y a la colorida celebración Hanami o Festival del Cerezo. Al respecto, la señora Bristol explicaba que la floración de cerezos en Japón ocurre secuencialmente a través de la isla, de sur a norte y desde principios de marzo a fines de abril.

Un buen día y haciendo gala de su caballerosidad, Fisher sirvió personalmente el té a la señora Bristol. Al momento del primer sorbo, ésta dijo a Fisher: preferiría una taza de té en la que la infusión sea servida antes que la leche. Pero eso no tiene ninguna importancia —replicó Fisher— yo mismo no recuerdo qué puse primero en su taza, si la leche o el té. La señora Bristol, segura de agudeza gustativa, indicó a Fisher que él había vertido primero la leche. Amable, pero desconcertado, Fisher sirvió una nueva taza a la señora Bristol, teniendo cuidado de verter primero la infusión.

Los días subsecuentes, Fisher preparó y sirvió personalmente el té a la señora Bristol con la intención de probar su destreza para distinguir el primer líquido puesto en la taza. Desde el primer sorbo, la dama indicaba qué había sido vertido primero: la leche o el té. En correspondencia, la señora Bristol hacía lo mismo con Fisher, pero éste no siempre acertaba. El resto de los amigos se divertía haciendo apuestas en torno a ello.

¿Estaría la dama adivinando por suerte?, se preguntaba Fisher. El matemático decidió entonces diseñar un experimento para poner a prueba la agudeza gustativa de la dama del té. Veamos —cavilaba—, si ella acertara al azar, con una sola taza de té, ella tendría 50% de probabilidades de atinar; con dos tazas de té, ella tendría un 25%, pues habría cuatro formas diferentes de vaciar la leche y el té en ese par de tazas. Fisher propuso a la dama degustar una secuencia de ocho tazas: cuatro con la leche vertida antes y cuatro con el té. En un arreglo azaroso de esas tazas, la dama debería ser capaz de distinguirlas. La señora Bristol aceptó el reto y fijaron un día para el experimento.

Llegado el gran día, ninguno de los amigos faltó a la tertulia. Ante varios testigos, Fisher preparó ocho tazas del té preferido de la dama, y bajo cada una de ellas, colocó una tarjeta con el nombre del líquido que había sido vertido antes. Los amigos empezaron a hacer apuestas: ¿acertaría la señora Bristol a toda la secuencia?, ¿tendría algún fallo?, ¿qué probabilidad tiene de acertar azarosamente? A la distancia, la alharaca por las apuestas parecía estar empañada por el humo del té, estimulada por el calor de la tetera y musicalizada por el roce de tazas y cucharillas. Fisher explicó a Bristol que con ocho tazas —cuatro de cada tipo— ella tendría sólo un setentavo de probabilidades de atinar al azar, pues las combinaciones de ocho en cuatro son setenta. La única respuesta de la señora Bristol ante tal aseveración fue levantar la ceja derecha. Con gran sutileza y elegancia, la dama del té probó cada una de las ocho tazas y guardó en su memoria el resultado. Una vez que hubo terminado, comenzó a musitar el nombre del líquido vertido antes, al tiempo que Fisher volteaba las tarjetas que había puesto debajo de cada taza. Como era de esperarse, la señora Bristol acertó a todas las tazas, ganando la admiración y respeto de los presentes. Posteriormente, Fisher trató de distraer el gusto de la dama poniendo diferentes variedades de té: rojo, verde, blanco o azul, pero la dama siempre acertó.

En 1935, Sir Ronald Fisher publicó un libro llamado Diseño de experimentos, en el cual presentó un capítulo que denominó “La catadora de té”, en alusión al experimento que diseñó para probar la agudeza gustativa de la señora Bristol. En dicho capítulo, Fisher introdujo los conceptos de hipótesis nula y nivel de significancia, conceptos actualmente utilizados en las pruebas estadísticas. El matemático pasó a la historia como el “padre del diseño experimental”, pero nunca tuvo la habilidad de distinguir qué había sido puesto primero en una taza: la leche o el té. Esa capacidad sólo correspondía a su entrañable amiga, la dama del té.
     

Referencias bibliográficas


Bodmer, W. 2003. “R. A. Fisher statistician and geneticist extraordinary: a personal view”, en International Journal of Epidemiology, vol. 32, núm. 6, pp. 938–942.
Phillips, J. M. 2015. “Notes: hypothesis testing, Fisher’s exact test. CS 3130 / ECE 3530”, en Probability and Statistics for Engineers. Teaching lectures from Utah University (https://acortar.link/inrR8H).
Resto, N. 2013. Chado: the way of tea. Pasadena.
Senn, S. J. 2012. “Tea for three: on infusions and inferences and milk in first”, en Significance, vol. 9, núm. 6, pp. 30–33.
     

     
Laura Sanvicente Añorve
Instituto de Ciencias del Mar y Limnología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     

     
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