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| María Cristina Piña Barba |
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A diario estamos expuestos a la radiación sin siquiera
darnos cuenta, especialmente a la radiación electromagnética que abarca un gran espectro de frecuencias que pueden causarnos desde molestias hasta daños muy graves, por ejemplo, la radiación solar tomada indiscriminadamente puede causarnos lesiones en la piel que pueden ir de lo leve hasta el cáncer de piel, puede causar daños irreparables en la visión, etcétera. En algunos laboratorios, se emplea la luz UV como bactericida, o para modificar algún fenómeno en el que se requiere suministrar alta energía en una zona de área pequeña como sucede con los fenómenos de termoluminiscencia.
La radiactividad es un fenómeno nuclear ya que se produce en el seno de los núcleos atómicos, ocurre durante la desintegración espontánea del núcleo y tiene como efecto la emisión de rayos α y β, y cuando los neutrones y los protones dentro de un núcleo se arreglan espontáneamente a sí mismos se producen los rayos gamma (γ).
A partir de fines del siglo pasado, se comenzó a estudiar la radiactividad y su empleo, en beneficio y en prejuicio del hombre. Fue Marie Curie la primera en observar el elemento radio emitir una intensa luz, por ello los bautizó con el nombre de elementos radiactivos.
¿Cómo se produce la radiactividad?
Un átomo consiste en un núcleo de volumen pequeño que contiene casi toda la masa atómica y que está cargado positivamente, rodeado por una nube de electrones que se mueven en un volumen atómico mucho mayor. Se sabe que las propiedades químicas de los elementos están determinadas por los movimientos de los electrones extranucleares, de modo que todos los átomos con el mismo número atómico tienen las mismas propiedades químicas. Las masas de todos los núcleos son aproximadamente un número entero de veces una masa muy cercana a la del protón, que constituye al átomo de hidrógeno. Sin embargo, existen elementos con el mismo número atómico pero de diferentes masas, su existencia puede inferirse de los diferentes pesos atómicos del plomo y otros elementos producidos en las cadenas atómicas radiactivas naturales. A estos átomos se les llama isótopos, de la palabra griega que significa “mismo lugar” y hace referencia a que los isótopos de un mismo elemento ocupan el mismo lugar en la Tabla Periódica.
La mayor parte de los núcleos que se encuentran en la naturaleza son estables, las partículas que los forman se denominan nucleones, y son los protones y los neutrones. Entre ellos actúan las fuerzas nucleares que los mantienen unidos y que son mucho mayores en magnitud que las fuerzas eléctricas de repulsión originadas también entre ellos.
Los núcleos son estables a medida que ocupan el estado de energía más bajo posible, lo que no sucede con un núcleo radiactivo, debido a que su estado de energía es tan alto que puede emitir radiación en forma espontánea y desintegrarse en núcleos más pequeños, fenómeno conocido como decaimiento radiactivo.
Podemos hacernos una idea de la magnitud de las fuerzas nucleares si empleamos la ecuación masa-energía de Einstein:
E = mc2
El átomo de deuterio tiene un núcleo compuesto por un protón y un neutrón, es el núcleo más simple que existe en el que fuerzas nucleares enlazan partículas. La masa de un núcleo de deuterio es ligeramente menor que la suma de la masa de un protón más la de un neutrón. La diferencia entre estas masas es lo que nos proporciona el grado de enlace entre el protón y el neutrón en el núcleo de deuterio. Para separar al protón del neutrón sería necesario proporcionarle a este núcleo una gran cantidad de energía (2.224 megavoltios). Si la energía suministrada es mayor, el resto de la necesaria para separar los nucleones se transforma en energía cinética de las partículas.
Si un neutrón lento, es decir, un neutrón que viaja a muy baja velocidad se encuentra con un núcleo de hidrógeno, éste puede capturarlo debido a que el nuevo sistema formado resulta más estable que el inicial, la relación masa-energía del nuevo átomo es menor que la del átomo de hidrógeno más el neutrón libre y la diferencia en la energía se irradia en forma de rayo gamma (γ) (figura 1). A esta emisión es lo que se denomina radiactividad.
La emisión de partículas radiactivas
Las partículas α
El hecho de que ciertos elementos radiactivos emitan partículas α fue uno de los primeros descubrimientos en los albores de la física moderna. En 1908 fue Rutherford quien demostró concluyentemente que las partículas α eran núcleos de 4He. Si un núcleo emite en forma espontánea una partícula α (o rayo α), su número atómico y su número de masa cambian necesariamente, y se forma un nuevo núcleo, al núcleo original se le llama núcleo padre mientras que al producto se le conoce como núcleo hijo. Por ejemplo, en el caso del radio 226Ra, cuyo número atómico es 88, emite una partícula α que tiene un número atómico de 2 y otra, cuyo número A es 4, se forma el 222Ra conocido como radón. Hay 30 materiales que emiten partículas α en las tres cadenas radiactivas que existen en la naturaleza y que se conocen como las series del uranio, protactinio y torio. Éstas comienzan en el 238U, 235U(Pa) y 232Th, y después de un cierto número de decaimientos radiactivos terminan en 206Pb, 207Pb y 208Pb respectivamente, siendo los tres isótopos del plomo materiales muy estables.
Además de la fisión o ruptura en dos fragmentos de masas casi iguales, el decaimiento α es el único proceso energéticamente posible que permite la emisión espontánea de nucleones a partir de núcleos pesados. Se da en algunos núcleos inestables, principalmente en aquellos con números de masa por arriba de 200, y emite en forma espontánea una partícula α, lo que provoca un decremento en la carga nuclear de dos unidades y un decremento en el número de masa de cuatro unidades. Si un núcleo tiene una masa mayor que la suma de las masas de los núcleos y de otro núcleo de He, entonces es inestable y puede decaer y emitir una partícula α.
Esencialmente todos los núcleos con número atómico mayor a 100 son inestables; sólo aquéllos con número atómico mayor a 200 presentan un decaimiento α importante. Los núcleos más pesados tienen un decaimiento α con una vida media suficientemente corta para que la emisión de las partículas α de una muestra dada ocurra con una velocidad que permite su observación en el laboratorio. Es importante notar que los núcleos pesados sólo emiten partículas α, no emiten protones, ni neutrones, ni otros grupos pequeños de nucleones.
Las partículas β
Este tipo de radiactividad llamada β fue uno de los primeros fenómenos nucleares en ser observados en los últimos años del siglo XIX. Algunos elementos pesados que son activos en forma natural emiten partículas β que no son otra cosa que electrones, sin embargo, los experimentos fundamentales que dieron información sobre el proceso no se llevaron a cabo sino hasta 1945. Este retardo se debió tanto a las dificultades que se presentaban al diseñar los experimentos que finalmente comprobarían este tipo de decaimiento, como a la evolución de la teoría cuántica que lo pudiera explicar, ya que implica la aparición de partículas fundamentales como son el neutrino y el mesón. El neutrino se caracteriza porque no interactúa con la materia ordinaria, lleva energía y momento y viaja a la velocidad de la luz.
El decaimiento β equivale a la transformación de uno de los neutrones nucleares en un protón. Como la partícula emitida lleva una carga negativa, el número atómico del núcleo hijo es una unidad más grande que la del núcleo padre cuando decae por emisión β. Por ejemplo, cuando decae el 14C, cuyo número atómico es 6, emitiendo una partícula β o rayo β, se forma 14N de número atómico 7.
La conversión de un neutrón en un protón y un electrón es el prototipo de la clase de procesos de desintegración conocidos como decaimiento β. Muchos núcleos se conocen por presentar decaimiento β con emisión de electrones en la misma forma en que decaen los neutrones libres.
Todos los procesos de decaimiento nuclear radiactivo en los cuales se emite un electrón pueden considerarse como resultado del decaimiento β de un neutrón en el núcleo padre. Por ejemplo, el caso de 8Li que consiste en 3 protones y 5 neutrones y que decae bajo emisión β con un tiempo de vida media de 0.85s. El proceso de decaimiento del 8Li transforma uno de los 5 neutrones en un protón de modo que el nuevo núcleo tiene 4 protones y 4 neutrones, este nuevo núcleo es 8Be.
Los positrones
Otro tipo de radiación se presenta cuando la partícula emitida es un positrón, ésta es idéntica al electrón pero con carga positiva y para diferenciarla de la β se denota como β+. De modo que hay dos procesos de decaimiento β complementarios que se denotan por decaimiento β
y β+. Entendiendo que estos procesos se llevan a cabo dentro del núcleo, el electrón (o positrón) y el neutrino se crean en el instante de la desintegración y son emitidos en forma inmediata del núcleo, con esto quiero enfatizar que ellos no existían antes en el núcleo. Existe además el proceso de captura de un electrón orbital por el núcleo para convertir un protón en un neutrón y así disminuir el número atómico en uno, pero dicho proceso no será descrito aquí.
Los rayos gamma
Los arreglos nucleares internos que dejan el número atómico y la masa inalterados están acompañados por emisiones de rayos gamma (γ), que frecuentemente son emitidos después de un decaimiento α o β, cuando los núcleos hijos se reajustan para ocupar el estado de energía más bajo. La radiación γ es radiación electromagnética de alta frecuencia.
Efectos biológicos de la radiación
Las radiaciones de diferentes frecuencias causan daño en varias partes del organismo, sin embargo, cuando hablamos de daños por radiación, en general nos referimos a los efectos producidos por radiación de alta energía como los rayos X de los dispositivos médicos y los rayos α, β y γ provenientes de materiales radiactivos. Los rayos X y los rayos γ se diferencian en su frecuencia, o lo que es lo mismo, en su energía, siendo ambos radiación electromagnética. Los rayos X y los rayos γ más energéticos pueden penetrar cualquier punto del cuerpo humano, pueden afectar el sistema nervioso, los órganos internos e incluso pueden causar serios daños en el DNA de las células dependiendo de la energía que lleven.
Las partículas α y β pueden producir ionización en el tejido biológico, lo que quiere decir que al chocar con el tejido pueden liberar electrones de los átomos que se encuentran a su paso o romper algunas de las moléculas que constituyen el tejido, produciendo un daño considerable, lo que se debe a su carga eléctrica. Los electrones, por ser mucho menos masivos que las partículas α, penetran mucho más en la materia, en este caso en el tejido biológico considerado. El alcance de un electrón de 1 MeV de energía llega a ser del orden de 4.2 milímetros, mientras que las partículas a de 5 MeV de energía penetran sólo unas 40 micras. Debido a que los neutrones no tienen carga eléctrica, no producen ionización al pasar por la materia. Cuando el neutrón choca con un núcleo, el núcleo rebota como resultado de la colisión, y al moverse a través de los átomos que lo rodean provoca que algunos de sus electrones salgan disparados, de modo que la colisión produce ionización a lo largo del camino de los núcleos con los que choca. En los tejidos biológicos, los neutrones interactúan principalmente con los protones de los átomos de hidrógeno que son muy abundantes en estos tejidos. Lo único que puede detener a los neutrones es que pierdan su energía por colisiones con la materia, lo que sucede después de provocar una gran destrucción.
Los rayos X y los γ pasan a través de la materia, interactúan con ella, liberan electrones y les proporcionan gran cantidad de energía. A su vez, estos electrones ionizan los átomos que los rodean al igual que lo harían los electrones producidos por el decaimiento β. La incidencia de rayos X o rayos γ en el organismo tiene un efecto más devastador que la incidencia de partículas α o β provenientes de una fuente radiactiva. Al no tener carga eléctrica, los rayos X y los rayos γ penetran profundamente en la materia y no pierden energía sino hasta que chocan con alguna partícula. A diferencia de los neutrones, estos rayos no tienen masa tampoco, por lo que pueden penetrar aún más que los neutrones a la materia. Al desintegrarse, el 60Co emite rayos γ que pueden penetrar en el tejido biológico hasta 10 cm antes de que su intensidad decrezca a la mitad. Cuando un material radiactivo es inhalado o ingerido, el efecto producido por las partículas α o β en los órganos internos del cuerpo humano es mayor que si sólo existe la exposición a este tipo de radiación, es decir, si una persona se expone a radiación α o β, ésta penetra mucho menos en el organismo que si la ingiere o la lleva de alguna forma directamente al órgano que se desea irradiar.
Debido a que los efectos causados por la radiación pueden o no ser transferidos a la descendencia de los individuos afectados, se dice que estos son somáticos o genéticos. Los efectos somáticos afectan únicamente al individuo que recibe la radiación, mientras que son genéticos si se alteran los genes de sus células de forma tal que son heredados a sus descendientes.
La exposición a la radiación a la que se somete un individuo puede ser aguda, lo que se refiere al hecho de que el individuo recibe toda la radiación en un intervalo de tiempo corto, de segundos a horas, o crónica cuando el intervalo de tiempo en el que se recibe la radiación es largo. Los efectos somáticos para una exposición a la radiación de cuerpo completo a varias dosis de radiación se resumen en el cuadro 1.
Los efectos somáticos retardados por exposiciones agudas a la radiación han sido cuidadosamente monitoreados a partir de 1947, en las personas sobrevivientes a la tragedia ocurrida por la detonación de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, en 1945. La presencia de cataratas en los ojos es uno de los desórdenes más comunes relacionados con la radiación en este grupo de personas, tumores en tiroides, leucemia, aberraciones cromosómicas en los linfocitos de la sangre, y un ligero achaparramiento de quienes fueron expuestos durante su niñez. Hallazgos recientes indican una mayor incidencia de tumores, siendo los más frecuentes el cáncer de pecho y de pulmones. Es notorio el incremento en la incidencia de cáncer en este grupo de personas a más de 30 años de la exposición a la radiación y el acortamiento de la vida que se ha podido estimar en aproximadamente 2.5 días/rem para exposiciones crónicas y de 10 días/rem para exposiciones agudas.
En la terapia por radiación y en algunas exposiciones accidentales sólo ciertas regiones del cuerpo son irradiadas, y es notorio como un órgano determinado puede tolerar una dosis considerablemente mayor que la tolerada por el cuerpo entero. En los procedimientos que se llevan a cabo en la terapia por radiación se administran altas dosis a órganos afectados por tumores malignos o a partes de ellos para producir un efecto benéfico en el individuo. Algunas dosis de tolerancia para órganos particulares se listan en el cuadro 2.
Los efectos genéticos, como su nombre lo indica, ocurren en los genes del individuo, ya que debido a la radiación se pueden producir mutaciones por rompimientos irreparables en los cromosomas de la cadena del ADN. Sin embargo, aún no se conocen los trastornos que esto puede producir ya que hoy día se sigue estudiando la cadena del ADN. Aunque sí se sabe que produce trastornos en el individuo y en su descendencia, éstos todavía están lejos de ser identificados por completo, no se conoce aún el nivel de radiación para el cual la producción de mutaciones es importante.
Los daños biológicos resultantes de la dosis acumulada por una exposición crónica son definitivamente menores que si la misma dosis se recibe en una exposición aguda. La razón para esto es que el cuerpo tiene oportunidad de reparar el daño producido por pequeñas dosis, espaciadas en el tiempo, lo que no necesariamente es cierto en el caso de efectos genéticos.
La otra cara de la radiactividad
Casi siempre que oímos hablar de la radiactividad, ésta nos produce temor; sin embargo, la radiactividad también tiene su lado bueno, ya que sirve para la generación de electricidad, gracias a los elementos radiactivos es posible fechar la cultura del hombre, proporciona datos que permiten conocer la evolución de nuestro planeta, y con su ayuda se pueden diagnosticar enfermedades y curar muchos tipos de cáncer.
Los isótopos radiactivos han sido empleados tanto en el diagnóstico como en la terapia. Una de las principales razones de emplear radioisótopos en la medicina es la selectividad que tiene el organismo para ciertos elementos. Por ejemplo, el iodo es absorbido selectivamente por la glándula tiroides, si además consideramos que el isótopo 131I tiene una vida media de 8.05 días, se convierte en una sustancia considerablemente aplicable en medicina, ya que si una pequeña cantidad que contiene iodo 131I es ingerida por un paciente, éste tendrá una gran probabilidad de encontrar su camino a la glándula tiroides; además decae en un periodo de semanas, por lo que no representa una radiación azarosa a largo plazo.
El iodo radiactivo en la tiroides (u otro isótopo en un órgano diferente) puede localizarse en forma efectiva por medio del empleo de un dispositivo de barrido que detecta la radiación gamma del isótopo. Dichos arreglos pueden ser usados, por ejemplo, en el barrido del cuerpo o del cerebro. El tipo más avanzado de dispositivos de barrido es el de tomografía axial computarizada (TAC). Estas máquinas generan vistas de la sección transversal del cuerpo con alta resolución, que pueden ser aplicadas a mujeres embarazadas, lo que no ocurre con los rayos X convencionales.
Los barridos de TAC aportan una gran cantidad de información muy detallada para el diagnóstico, e identifican con ayuda de una computadora más de 2000 densidades diferentes de tejido. Pueden determinar la localización y el tipo de información y diferenciar así entre varios tipos de tumores, cosa imposible para los equipos de rayos X convencionales.
Además de emplearse como herramientas de diagnóstico, los radioisótopos se emplean en el tratamientos de diferentes tipos de carcinomas (tumores cancerosos). Por ejemplo, el iodo radiactivo llevado a la tiroides se concentra en el tejido canceroso y destruye las células malignas. En el cuadro 3 se listan algunos de los radioisótopos más empleados en la medicina, así como sus aplicaciones terapéuticas y de diagnóstico.
Muchos tipos de crecimientos cancerosos pueden ser atacados por medio de cirugía o por tratamiento de radiación. En muchos casos la acción de la radiación tiene distintas ventajas. Por ejemplo, en el cáncer de laringe la remoción quirúrgica de ésta tiene un 80% de éxito, pero este procedimiento invariablemente afecta el funcionamiento de la voz y deja al paciente totalmente incapaz de hablar o con severos problemas para hacerlo. Esto es evitable si se irradia el tumor canceroso empleando una fuente radiactiva externa, como 60Co radiactivo, que proporciona energías de 1 MeV y que es frecuentemente usado en tratamientos que requieren penetraciones profundas.
Recientemente se ha incrementado el uso de haces de electrones acelerados hasta energías de 4 MeV en aceleradores lineales compactos diseñados especialmente para uso médico. Quizá la mejor forma de irradiar un tumor profundo es usar haces de alta energía de iones pesados, como carbón, oxígeno o neón, ya que se ha demostrado que estos haces pueden liberar grandes dosis de radiación a la región deseada, mientras los tejidos sanos que la rodean son irradiados con dosis relativamente bajas. Sin embargo, debido al alto costo de los aceleradores de iones pesados, los tratamientos de radiación rutinarios de este tipo se ven lejanos.8
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Referencias Bibliográficas
Ma. Cristina Piña Barba, 1987, La Física en la medicina, La Ciencia desde México, FCE, México.
David Jou, Josep Enric Llebot y Carlos Pérez García, 1994, Física para las ciencias de la vida, Mac Graw Hill/Interamericana de España, España. Jerry B. Marion, William F. Hornyak, 1985, General Physics with Bioscience Essays, John Wiley & Sons, Nueva York. John R. Cameron, James G. Skofronick, 1978, Medical Physics, John Wiley & Sons, Nueva York. Arthur Beiser, 1977, Conceptos de física moderna, Mac Graw Hill, México. D. M. Burns y G. G. MacDonald,1975, Physics for Biology and Pre-medical Students, Addison Wesley Publishers Limited, Ontario. M. A. Preston,1982, Physics of the nucleus, Addison Wesley Puhlishing Co. |
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María Cristina Piña Barba
Instituto de Investigaciones en Materiales,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Piña Barba, María Cristina. 1997. La radiactividad y sus efectos en el organismo. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 16-22. [En línea].
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| César Carrillo Trueba |
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A causa de su inconciencia este país perdió quizás por siglos su libertad
¿y ustedes gritan que son inocentes? ¿Cómo pueden seguir mirando a su alrededor sin sentir terror? ¿Son capaces de ver? Si tienen ojos deberían [como lo hizo Edipo] sacárselos y partir de Tebas.
Milan Kundera,
La insoportable levedad del ser
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Primavera en algún lugar del otro lado de la cortina de hierro.
Policía en gris con abrigo y gorro de piel (¿Boris?).
—Akaba de ocurrir una desgracia, camarrada. El núkleo de uno de los reactores de la Central Nuklear de …pííí… sufrió una fusión y produjo una cantidad de radiactividad que haría morir de envidia al mismo ensayo nuclear que hicieron los amerikanos en Hiroshima. ¿Qué hacemos?
— A-cor-donen la zona e impidan el paso de cualquier periodista—, respondió la voz en el auricular. —A-quí, no ha pasado nada.
Desafortunadamente la información y la radiactividad son llevadas por los vientos y el azar hacia el otro lado del muro, causando conmoción entre la población de los países del Mundo Libre. Los recuerdos de la última Gran Guerra brotan de labios de los viejos y los memoriosos. Parte del territorio de la vieja Europa es bañado por lluvia radiactiva, contaminando cultivos, pastos, bosques, ríos y mares, con Cesio 137, Estroncio 90 y otros elementos radiactivos. El pánico cunde.
Los medios de información alertan al público. —El Cesio 137 es asimilado por el tejido vegetal de los cultivos y pastos y, por medio del suelo, en la raíz— afirma un locutor con cara de consternación. —Esto puede provocar que la contaminación de los pastos dure más de un año. Las vacas que se alimentan del pasto producen leche cuya concentración de Cesio 137 es mayor a la que contienen su misma carne o las frutas y verduras expuestas a la radiactividad. La leche es el alimento de consumo humano que mayor concentración de elementos radiactivos puede vehicular— concluye.
—Al ser ingerida la leche contaminada, el Cesio 137 es absorbido por tejidos suaves, como el intestino, músculos y huesos del organismo humano— se escucha en la radio. —En mujeres embarazadas es trasmisible directamente al feto, afectándolo con la misma intensidad que a la madre debido a que la placenta es incapaz de impedir su paso. A dosis altas se produce cáncer en los órganos que absorben el Cesio 137— afirma la voz con solemnidad.
La alarma sonó en toda Europa y el miedo a la ingestión de cualquier alimento susceptible de estar contaminado se apoderó de sus habitantes. Toneladas de productos tuvieron que ser destruidos. No obstante, en ese mar revuelto, algunos buscaban obtener provecho comprando productos a un ínfimo precio con la idea de colocarlos en países lejanos, ajenos a la psicosis, no informados: el llamado Tercer Mundo.
Oficina de una empresa en una pequeña isla que todavía se niega a ser parte de un imperio que ya no existe. En la puerta se lee I… Dairy Board y An Board Baine Coop Ltd. La cabeza de alguien que abre la puerta tapa parte de la primera palabra. Un tipo hace una llamada.
—¿Aló? ¿Sí? Sr. Director de compras. Sí. Como le digo, tenemos los mejores precios de todo el mercado en leche en polvo y mantequilla. Cualquier cantidad. ¿Radiactividad? Bueno, un poco más de lo permitido. Usted sabe, el accidente aquél. ¿No? Bueno, ni hablar. Adiós.
Voltea hacia el personaje que entró. —Los brasileños se niegan a comprar una onza. ¡Bah! Y los filipinos dijeron lo mismo.
—Yo tampoco tengo muy buenas noticias, boss— contesta el otro. Los venezolanos dijeron que nos fuéramos mucho a no sé donde. No entiendo muy bien su inglés.
—Parece que no va a ser fácil. En un acto humanitario, alguien intentó regalarla a Ghana, y, no te lo puedes imaginar, ¡muy dignamente dijeron que no! ¡Que se sigan muriendo de hambre!
De una de las puertas que comunican a otras oficinas, sale una mujer. —¡Lo tengo! Una compañía estatal de… pííí… está interesada en la compra. El país de la dictadura perfecta, como le llaman (ojo, falla cronológica. Este apelativo es posterior a la caída del muro. Buscar otro). Consa o algo así se llama. Su director dice que no habrá problema alguno. Que incluso nadie hará caso al embajador de su país en Brasil, quien ya envió un aviso para prevenirlos de que con certeza tocaríamos a su puerta ofreciendo el producto. El big boss de la compañía estatal, Cona no sé qué, es un hombre muy influyente, es algo de alguien cercano al presidente.
—¡Esto amerita un trago!— dice el jefe sacando una botella de whisky del cajón de su escritorio.
Invierno del mismo año. Paisaje de palmeras borrachas de sol. En camisa de mangas dos personajes platican.
—Tenemos problemas. Se ha corrido la voz de que el cargamento de leche que nos recomendaron está muy contaminado. De radiactivida’, dicen. Parece que una de las compañías comercializadoras de leche se enteró y mandó hacer análisis.
—¿Qué no era para los desayunos escolares? Nadie se habría dado cuenta así.
—No. Parece que la vendieron a precio normal y le sacaron mucha lana. Aunque después fue a parar a algunas escuelas, como la naval, que está cerca de aquí.
—A mí me dijeron que llegarían otros cargamentos y que habría más chamba. Ya veremos…
Centro de la gran urbe. Oficinas de lujo. Detrás de un escritorio un hombre vestido de traje gris habla por teléfono.
—Ya salió el peine. Me acaba de llegar el reporte de la compañía… pííí… que compró parte del lote contaminado. Ya lo mandaron a analizar y parece que sí esta grueso. Dicen que tiene más de 700 beque-re-lios. No sé que será, pero parece que es grave. Con razón estaba tan barata. Hay que ver cómo lo resolvemos. Mantén alejada a la prensa. Por lo pronto, aquí no ha pasado nada.
Días después. Mismo sitio. Varios hombres de gris discuten acaloradamente.
—La cosa no está fácil— explica uno de ellos. La Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguarda tomó muestras al azar en los supermercados y las analizó. Yogurts, leche y queso de diferentes compañías están llenos de radiactividad. Después analizaron el cargamento que está en nuestras bodegas y resulta que está muy contaminado.
—También inspeccionaron las bodegas de las compañías que nos compraron de ese lote de leche— comenta otro. Por suerte ya habían comercializado una buena cantidad.
—Acabo de hablar con el jefe y me dijo que él va a parar todo esto— afirma con determinación el que convocó la reunión en su oficina. —Parece que el acuerdo será que no se distribuya y que no se difunda nada en los medios. Aun así, el cargamento es una fuerte evidencia que nos puede reventar en las manos en cualquier momento. No se puede quedar allí.
—No se preocupe, jefe. Las bodegas no son caja fuerte y ellos no saben exactamente cuánta leche queda en total— comenta con tranquilidad otro de los presentes. —Ya habrá manera de hacerlos circular.
—Eso no me preocupa tanto— contesta el jefe. —El problema es que ya hay una alerta y todavía faltan cargamentos por llegar. Necesitamos mucha discreción y todo el apoyo de arriba. Que no nos vayan a dejar colgados.
Hojas de almanaque que se desprenden.
Junio 3.
Imagen de un barco en el puerto. Procedente de… pííí… llega el barco Adventure con 5569 toneladas de leche en polvo y 138890 kg de mantequilla.
Junio 13.
Del buque Tenacious desembarcan 5569 toneladas de leche en polvo y 56550 kg de mantequilla procedente del mismo país.
Titulares de periódico se acercan girando a la cámara y se fijan llenando el cuadro.
Julio 1. Leche radiactiva. La Asociación de Estudios para la Defensa del Consumidor denuncia su comercialización en el país.
Julio 6. México mantiene un estricto control sanitario, afirma el secretario de Agricultura acerca de la supuesta comercialización de leche radiactiva.
Hoja de almanaque que se desprende.
Noviembre 1. El barco Rmija llega con 5820 toneladas de leche radiactiva y 56550 kg de mantequilla a través de la misma compañía.
Diciembre del mismo año. Ambiente navideño en un bar de la capital. El mismo grupo de hombres de traje gris parece celebrar algo. En el centro de la mesa una botella de Presidente.
—¡Lo logramos!— dice uno de ellos levantando su cuba. Nos ganamos una buena lana. Miles de toneladas de leche facturadas casi al precio normal. Y sin un solo periodicazo. ¡Todo un éxito!
—Me acuerdo de esa reunión en que se discutió el análisis que realizaron los laboratorios de nuestra única y gloriosa central nuclear, que dictaminaba muy pomposamente que la leche contenía grandes cantidades de Cesio 137 y Estroncio 90 —ríe otro de ellos. Todo eso se tuvieron que guardar. Hasta el sector salud tuvo que cerrar la boca. Ja, ja, ja…
—Un año más y nuevo gobierno sentenció el jefe. Todo habrá quedado atrás y aquí no pasó nada. ¡Salud! —¡Salud!— respondieron a coro.
Titulares de periódicos se acercan girando a la cámara y se fijan llenando el cuadro.
Enero 22. Grupo de ciudadanos alerta sobre la leche radiactiva. 3700 toneladas se encuentran en las bodegas de El puerto.
Enero 26. El secretario de Salud acepta que hay leche contaminada en el país. 3000 de las 11000 que entraron, estarían contaminadas.
Enero 29. Robo hormiga de 1000 toneladas de leche radiactiva. Se presume que se ha comercializado.
Febrero del siguiente año. Presidencia Nacional. Reunión del presidente con la parte del gabinete involucrado en el asunto y el gobernador del estado en que se encuentra la H.H.H. ciudad en donde desembarcaron los cargamentos y la única central-nuclear-orgullo-del-país. El presidente todo en gris; su traje, su cabello, su rostro, su actitud. El vocero de la Presidencia da lectura a los acuerdos de la reunión.
—La leche que se compró a… pííí… se encuentra en su mayoría dentro de las normas internacionales. Pero, en virtud de la intranquilidad que se ha manifestado en un amplio sector de la sociedad, se ha decidido que la totalidad de la leche en cuestión sea devuelta al país de origen.
—Aquí no ha pasado nada— dice el presidente al oído de uno de sus secretarios de economía.
Seis + 1 año después. Titulares de periódicos se acercan girando a la cámara y se fijan llenando el cuadro.
Diciembre 12. Ciudadanos piden investigación a fondo acerca del caso de leche radiactiva. El Congreso debe abrir el dossier.
Enero. Se crea una comisión en el Congreso para investigar el caso de la leche radiactiva. Podría involucrar a funcionarios de la antigua administración.
3 de julio. Confirmado: la leche importada estaba contaminada. Conclusión de la comisión de la cámara.
Septiembre 26. En un café del centro de la gran ciudad. El antiguo jefe y uno de sus compinches están sentados en una mesa —unos kilos de más y cabello y bigote ya canosos. El jefe tiene el periódico abierto. Se cierra el caso de la leche radiactiva, reza el encabezado de la primera plana.
—Creo que ahora sí la libramos— dice a su compinche.
—Qué lástima que nuestro querido… pííí… haya caído en prisión— contesta el otro. —Seguro que no va a durar mucho. Con tanto poder que tiene su hermano.
—Quién sabe. La vida es una ruleta.
Pero por lo pronto a nosotros ya nos la pelaron —afirma moviendo los brazos hacia atrás con las dos manos cerradas. —Podrán hacer mucho escándalo, pero en el Congreso nos la pelan. Ja, ja, ja ... ¡Señorita!, la cuenta por favor.
THE END
Epílogo en dos tiempos
La realidad
Como mucho se ha dicho, la realidad rebasa la ficción con gran frecuencia. El accidente nuclear que da origen a esta historia es el que ocurrió en la central nuclear de Chernobyl el 26 de abril de 1986, y que emitió una cantidad de radiactividad 200 veces superior a la producida por las bombas de Hiroshima y Nagasaki juntas. La nube que produjo fue detectada por los suecos el 28 de abril y el 3 de mayo cubrió parte del territorio de Inglaterra y casi todo Irlanda. Las compañías irlandesas que estuvieron tratando de colocar leche y mantequilla radiactiva Irish Dairy Board y An Board Baine Coop Ltd. tienen su sede en Dublín y su representante en México era Eduardo Cavazos. El embajador de México en Brasil que alertó al gobierno de los intentos de estas compañías por vender leche contaminada fue Antonio González de León. La paraestatal que compró la leche fue Conasupo por medio de Liconsa.
El primer embarque con leche radiactiva llegó a México en junio de 1986. A partir de entonces, durante ese año se importaron más de 28000 toneladas de lácteos procedentes de Irlanda. Aun sabiendo que había productos contaminados en busca de mercados, el gobierno mexicano nunca realizó análisis alguno para asegurarse de que no hubiesen entrado al país. Afortunadamente, una empresa que compraba leche a Conasupo hizo análisis de ésta y encontró que poseía una gran cantidad de elementos radiactivos (700 bequerelios por kg cuando la cantidad máxima tolerada internacionalmente es de 375 y la norma nacional fue establecida en 50), e informó a Conasupo acerca de ello. Sin embargo, haciendo caso omiso, el gerente comercial de la paraestatal, Gustavo Luna Garnica, firmó un contrato para otra compra. En 1987 se importaron 39000 toneladas de lácteos procedentes de Irlanda, parte de las cuales llegó en los barcos que se mencionan por sus verdaderos nombres y que atracaron en el puerto de Veracruz.
En marzo de 1987, a petición de Conasupo, la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguarda toma muestras de productos lácteos de venta en tiendas y encuentra que los niveles de radiactividad son muy elevados en algunos, como los pertenecientes a la compañía Weyth Vales, que produce leche maternizada, y que pueden causar daño al consumidor. La información se mantiene a nivel estrictamente confidencial y se decide no comercializarla. Se intenta diluir con leche no radiactiva a fin de disminuir la cantidad de elementos radiactivos, pero no se logra. Ante este fracaso, el área de comercialización distribuye casi toda la leche contaminada y el total de la mantequilla.
Se sabe que en la escuela naval Antón Lizardo, en Veracruz, se encontró que la leche que consumían los alumnos estaba contaminada con Cesio 137 y Estroncio 90. Se comienza a correr el rumor de la existencia de leche contaminada. No obstante, durante el año de 1987 el gobierno logra controlar el flujo de información. Según los anuarios estadísticos de Comercio Exterior, a lo largo de la segunda mitad de 1986 y todo 1987 ingresaron al país más de 50000 toneladas de leche radiactiva y 2000 de mantequilla, aunque de acuerdo con los datos de la Dirección de Servicios Portuarios de Veracruz, fueron 80000 toneladas de leche.
En enero de 1988 el Grupo de los Cien denuncia públicamente la existencia de leche radiactiva. La Secretaría de Salud acepta entonces que 3000 toneladas sí están contaminadas. Los involucrados argumentan que se compró a muy buen precio y que por eso contiene cierta dosis de radiactividad. El precio de una tonelada en los Estados Unidos era de 800 dólares y ellos, dicen, pagaron 790.
En febrero, el gobierno de Miguel de la Madrid da por cerrado el caso declarando que aunque contaminada, la dosis de radiactividad que tiene la leche no rebasa las normas establecidas, pero que la devolverá.
En diciembre de 1995 el Grupo de los Cien y Greenpeace solicitan que se haga una investigación en torno a la importación y comercialización de leche radiactiva y que se castigue a los culpables. Se forma una comisión pluripartidista en la Cámara de Diputados. Tras varias discusiones y una amplia cobertura en la prensa, en septiembre de 1996 los diputados del PRI que participan en la comisión, con apoyo de la mayoría absoluta de que goza este partido en la cámara, deciden cerrar el caso.
La ilusión
Marzo de 1998. Portales del Puerto de Veracruz. Un joven marino, casi sin pelo ni cejas (¿en quimioterapia?), mira los titulares de los periódicos en un puesto. Leche radiactiva: Cayeron los culpables, Impotencia del PRI ante el caso Conasupo, son algunos de los encabezados de los principales diarios. El marino se detiene a leer uno de ellos. A pesar de la oposición del PRI, tras reabrirse el caso en la nueva Cámara de Diputados, se hace un juicio a los participantes en el caso de la leche radiactiva. Dos están prófugos; la PGR les sigue los pasos. Una leve sonrisa se esboza en su rostro. Ahora sí les pasaron la cuenta —dice para sus adentros.
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Referencias Bibliográficas
IPCS, 1983, Selected Radionuclides, World Health Organization.
Fuentes hemerográficas
La Jornada, El Financiero, Proceso.
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Agradecimientos
Agradezco a Alejandro Calvillo, de Greenpeace, la información proporcionada para la elaboración de este texto. Ilustraciones de Saul Steinberg.
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Carrillo Trueba, César. 1997. Leche radiactiva. Historia de una infamia. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 34-38. [En línea].
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| del tintero |
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Recuerdos de Chernobyl
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| Guillermo Sheridan | ||||||||||||||
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Para Alicia y Pancho
Cuando la planta nuclear de Chernobyl, en la URSS,
explotó y roció de plutonio enriquecido a varios millones de habitantes y hectáreas del continente europeo, convirtiéndolo en una probeta llena de carcinomas, yo vivía con mi familia en Norwich, al noroeste de Londres, una ciudad que por cierto era bastante mona.
Recuerdo, lleno de nostalgia, que fue espantoso. Todas las noches, como todos los ingleses, veíamos dónde andaba la nube. La nube era la nube radioactiva que había salido de Chernobyl: era una nube que tenía, aproximadamente, el tamaño de Francia y que se movía con los caprichosos vientos del continente. Cuando la locutora de la BBC decía que la nube se había movido hacia Finlandia, dejábamos de aguantar la respiración. A la mañana siguiente volvíamos a aguantarla hasta saber en dónde andaba la nube. Esto era realmente incómodo, sobre todo a la hora de estornudar. La paranoia no había tardado en desatarse. La gente se arremolinaba en los supermercados tratando de comprar agua embotellada, leche en polvo empolvada y colecitas de Bruselas congeladas ante de la explosión.
Los verdaderos problemas comenzaron la tarde en la que mi hijo de cinco años regresó del jardín de la casa muy emocionado por haber encontrado un pájaro muerto, que traía en la manita. Después de que lo tallamos dos horas con el equivalente inglés del FAB, informó que se lo había encontrado junto al pond (es decir: el estanque). Al fondo del jardín que había en nuestra casa, vecino al patio de la escuela llena de aprendices de punk, estaba ese pond cuya profundidad siempre ignoramos y donde vivían una ranas sumamente histéricas.
Enterré el cadáver del pájaro en un montón de abono, cubriéndome las manos con unas bolsas de plástico y le prohibimos al niño acercarse al estanque. Esa noche estábamos más ansiosos que nunca, esperando que la locutora dijera dónde andaba la nube. Si anda por arriba del pond, me dije, andamos en problemas.
Andaba por Alemania Federal. Sin embargo, al día siguiente hubo dos pájaros muertos y tres el día después. Lo que había comenzado como un pánico normal comenzó a convertirse en pánico excesivo. Cada mañana me metía entero en una bolsa de plástico para ir a inventariar pájaros muertos al pond.
Estábamos hartos de aguantar la respiración. Nos salía leche en polvo y colecitas de Bruselas de las orejas.
El día que hubo siete pájaros muertos, decidí consultar a Dora, la vecina, que era bióloga. Nunca imaginé la cantidad de problemas que eso nos iba a meter. Su nombre completo era Dora Highbrow, casada con Bobby Highbrow. Otro vecino nos había comentado antes que era un escándalo, pero que se sospechaba que Dora y Bobby no estaban del todo casados. Bobby era un gato calicó de treinta kilos. Yo, que respeto la unión libre, no me escandalicé. Dora estaba convencida de que hablaba muy bien el español, a causa de mi impecable inglés, no obstante lo cual se empeñaba en vocalizar muy lentamente cada rara vez que hablaba conmigo. Después de que le canté lo de los pájaros, dio tres pasos en reversa hacia su casa tapándose la boca con la mano y enunciando la famosa expresión inglesa: Oh, dear (que literalmente traducida significa “Ay, querido” —no es que entre Mrs. Highbrow y yo hubiera algo: Bobby era celoso y ella era vieja—, pero que en realidad significa algo como “qué barbaridad”, “qué horror”, “qué cosa”, “habráse visto”, etcétera).
Me sentí como un apestado. Una vez adentro de su casa, la escuché llamar a gritos a Bobby para contarle. Regresé a mi casa pensando qué hacer. Esa noche la nube se acercó al norte de Escocia. Ahora sí el pánico comenzó a desbordar. Se organizaban brigadas que soplaran hacia el norte con objeto de impedir que la nube cruzara la Muralla de Adriano. Pensé en la conveniencia de regresar a México. Me imaginaba a mi hijo eructando burbujas de zonzilio fosforescente por la boca que iba a salirle en la nuca a su tierna edad. Lo que ignoraba era que Mrs. Highbrow, quizá aconsejada por Bobby, ya había tomado cartas en el asunto y nos había delatado.
A la mañana siguiente, temprano tocaron la puerta. Afuera había dos hombres vestidos de astronautas de 2001: Odisea del espacio y un camión lleno de antenas y radares. Cuando iba a preguntar que qué se les ofrecía, me metieron en la boca un contador geiger bastante desabrido. Los hombres eran cruelmente eficaces, como deduje del hecho de que se negaron a beber una taza de té. Comenzaron a leer con su contador geiger toda la casa: el pan blanco sobre la mesa, el excusado, los pasaportes, un disco del “Flaco Ibáñez”.
Finalmente preguntaron por el pond. Se meneaban como osos mientras nos dirigíamos a él. Había tres pájaros muertos y uno agonizante. Mientras le pasaban el contador geiger, vi a Mrs. Highbrow y a Bobby pertrechados en la ventana de su casa, cubiertos con sendos tapabocas. Los hombres tomaron muestras del agua, secuestraron una rana y pidieron ver los otros pájaros muertos. Cuando exhumaron los cuerpos del cementerio de pájaros exclamaron:
—Oh, dear, dear…
Pusieron todo lo que confiscaron en respectivas bolsas de plástico que sellaron con cautela, me advirtieron muy cortésmente que se pondrían en contacto conmigo, se subieron a su camión y se fueron.
Para entonces ya veíamos el fondo del jardín como una terra ignota de la que, en cualquier momento, emanarían unas ranas mutantes de dos metros, con colmillos de cristal goteantes de sangre, rugiendo como un mofle mexicano. Por si fuera poco, Dora y Bobby se encargaron de platicarle a los vecinos lo que sucedía en el mexican’s pond, por lo que el cartero comenzó a aventar las cartas desde lejos, a mi hijo lo sentaron en un banco hasta atrás del salón, y el chofer del autobús nos negaba la parada. Hasta la princesa Diana nos miraba feo, cuando bautizaba un submarino, desde la televisión.
Días más tarde llegó un oficial de la oficina de salubridad. Explicó que los pájaros se habían muerto por la culpa de la escuela que colindaba con el jardín. En la escuela rociaban la basura con un veneno especial para aniquilar ratas inglesas. Este veneno operaba del siguiente modo: provocaba una sed terrible en las ratas, y cuando bebían agua, el veneno hacía efecto y las desfondaba. Pues bien: los pájaros también comían de ese veneno, bebía agua en nuestro pond y se morían junto a él. No había ni rastro de radiactividad y nuestra casa era tan segura como el palacio de Buckingham. Le pedí, por favorcito, que repitiera eso a Mrs. Highbrow.
Todo volvió a la normalidad. La nube iba y regresaba por el mapa de la BBC con cierta indecisión hasta que, eventualmente, dejó de aparecer. Desde luego que toda Europa, las islas y el continente, estaba saturada de “polvo de Chernobyl”, pero quedaba cada vez más claro que la intención general era olvidarse de ello y ya. La locutora regresó a las catástrofes habituales: la migraña de la reina o el clima. Regresó a la pantalla la princesa Diana, que no miró y se sonrojó, como apenada por lo que hacen en la escuelas inglesas para matar ratas. Meses más tarde, Bobby asesinó a Dora para quedarse con la herencia. Regresamos a México. Descubrí que prefería la certeza de salmonela en las carnitas a la posibilidad del estroncio 2000 en el roast-beef; la certeza de la mierda en el aire nacional a la posibilidad de berilio en el europeo.
Pero ya existía la amenaza de Laguna Verde, la planta nuclear orgullosamente diseñada y construida por ingenieros mexicanos en el estado de Veracruz que, según el presidente en su informe, ya casi va a estar lista. Inevitablemente, pensé en la que se va a armar el día en que Laguna Verde estalle, porque va a estallar, arrastrando detrás de sí un buen porcentaje de la cultura occidental. Decidí precaverme: calculé esconder billetes de cincuenta mil pesos para pagar las mordidas que exigirán los inspectores cuyos contadores geiger ni siquiera van a servir. Consideré ir almacenando agua, leche en polvo, huauzontles congelados. Supuse luego que todo era inútil porque, cuando suceda, nadie va a enterarse. El gobierno no va a decir nada, y en caso de que diga algo (cuando no sea posible evadir más el hecho de que el Golfo de México se ponga amarillo canario y amanezca junto a la ciudad de Puebla), seguramente será algo como que todo estaba calculado, cómo todo funcionó adecuadamente, cómo nuestros heroicos juanes, etcétera... La tragedia de Laguna Verde se mutará en un gran triunfo; nosotros nos mutaremos en unas como marimbas de tripas; una de las bocas de Lolita Ayala dirá que no hay ni una sola nube en ningún lado y el PRI declarará, encendido de fervor, que ahora sí, por fin “¡La radiactividad es para todos!”.
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Nota
Tomado de Cartas de Copilco y otras postales, Editorial Vuelta, México 1992.
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| Guillermo Sheridan | ||||||||||||||
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cómo citar este artículo →
Sheridan, Guillermo. 1997. Recuerdos de Chernobyl. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 66-67. [En línea].
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Víctimas olvidadas
de la Guerra Fría
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| Alan Burdick | ||||||||||||||
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Saint George, Utah, se encuentra en el corazón del
país mormón. Allí, como en muchas otras ciudades tranquilas del desierto esparcidas por la región, la vida y la muerte son vistas como regalos del cielo. Por ello, cuando el 27 de enero de 1951 una explosión atómica cimbró el sitio de ensayos de Nevada, desde donde llegan los vientos —la primera de más de cien pruebas atmosféricas que se llevaron a cabo en ese lugar con gran orgullo a lo largo de los siguientes doce años—, los ciudadanos de Saint George aceptaron el hecho como un signo más de la divina inspiración del gobierno.
El programa de pruebas de armas nucleares de Estados Unidos nunca fue benigno. Sin embargo, este hecho apenas pudo ser demostrado hace algunos años gracias a la apertura de documentos confidenciales. Nubes de radiación tan tóxicas como la que produjo la explosión del reactor nuclear soviético en Chernobyl, derramaron una lluvia rosa en sitios muy lejanos hacia el este, como Nueva Inglaterra, envenenando leche, matando ganado y perjudicando a los habitantes de paso. Miles de soldados recibieron órdenes de realizar ejercicios de combate cerca de la zona cero (el lugar donde se produce la explosión nuclear), expuestos a dosis de radiación supuestamente disminuidas, al igual que cientos de electricistas y obreros de mantenimiento del sitio de ensayos. Durante los años que siguieron, veteranos, trabajadores del sitio de ensayos y residentes de los poblados que se encuentran en la dirección que los vientos transportan las nubes han muerto de cáncer en una tasa alarmantemente alta.
A diferencia de los demás infortunios de la guerra vividos por la población civil, estas víctimas de la Guerra Fría nunca fueron alertadas acerca de los peligros para su salud. De hecho, fueron sometidos a una cruel campaña de desinformación. “El Sol, no la bomba, es tu peor enemigo”. Las mujeres que sufrían los efectos de las radiaciones —pérdida de cabello, severas quemaduras en la piel—, fueron rechazadas en los hospitales con un diagnóstico de “neurosis” o “síndrome de ama de casa”. Cuando un habitante de estas ciudades escribió reportando que su hijo y otros vecinos más habían muerto de un cáncer que parecía ser provocado por la lluvia radiactiva, el director de la agencia respondió: “no hay que exagerar en cuanto a los efectos de la lluvia radiactiva”. Cualquier peligro al que ella y sus vecinos “podrían” ser expuestos, añadía, “significaría un pequeño sacrificio” en beneficio de la paz mundial.
Los ensayos nucleares subterráneos también constituyen un riesgo para los habitantes de estas ciudades. De las más de 760 pruebas subterráneas conocidas, al menos 126 han arrojado radiactividad a la atmósfera. Y aunque desde 1971 las emisiones han sido en dosis pequeñas comparadas con las anteriores, muchas de ellas no fueron anunciadas. Así, en mayo de 1986 los directores del sitio de ensayos nucleares intentaron disfrazar la radiación que produjo la explosión de la prueba Mighty Oak al realizarla justo cuando la nube procedente de Chernobyl se encontraba a la deriva. De hecho, no es una coincidencia que las pruebas subterráneas se lleven a cabo únicamente cuando el viento sopla hacia el este, lejos de Los Ángeles y Las Vegas. Cuando Callagher interrogó a un portavoz del Departamento de Energía, éste respondió sin más: “a esa gente de Utah le vale madres la radiación”.
Este comentario ilustra la idea que la industria federal de armas nucleares sigue teniendo acerca de la seguridad de sus trabajadores, de la sociedad y el ambiente. El año pasado en una corte federal se mostró que durante años el Departamento de Energía había ayudado a la planta de armas nucleares de Rocky Flat, cerca de Golden, Colorado, a ocultar crímenes contra el ambiente para engañar a la Agencia de Protección del Ambiente. Asimismo, un enorme tiradero de residuos nucleares será construido en Nuevo México sin haber pasado por ninguna de las regulaciones ambientales federales.
Lo que Carole Callagher captó con su cámara no es una triste anomalía del pasado, sino parte de lo que ha sido una traición a la confianza de la sociedad. Al darles un rostro y una voz, las personas manifiestan una gran dignidad y exigen la verdad de una manera tan tranquila y fiera como la radiación que acecha nuestras vidas.
Ken Case
Conocido entre los trabajadores del sitio de ensayos nucleares como el “cowboy atómico”, Case fue contratado por la Comisión de Energía Atómica en la década de los cincuenta para arrear rebaños de animales a “territorio cero” (el corazón del sitio de las pruebas) inmediatamente después de las detonaciones atómicas, para que los científicos pudieran medir los efectos de las radiaciones. Case sufrió once cirugías, incluyendo la extirpación del bazo y varios metros de intestino, antes de morir en 1985. “Ellos desarrollaron cáncer y nosotros también, decía Case acerca del ‘material vivo’ que arreaba. Sólo que los animales murieron más rápido”. Della Truman Al igual que muchos otros residentes de la ciudad de Enterprise, Utah, que recibe los vientos procedentes del sitio de ensayos nucleares, Truman desarrolló nódulos en la tiroides por beber leche contaminada con iodo radiactivo. A pesar de que fue examinada muchas veces por médicos militares de la Comisión Nacional de Energía Nuclear, nunca fue informada de los resultados de los análisis. Truman murió en 1987 de un ataque al corazón provocado por una “tormenta tiroidea”, una fuerte aceleración del metabolismo. “En la escuela una vez nos mostraron una película titulada A es de átomo y B de bomba”, recuerda ella, mas “la mayoría de quienes vivimos la época de los ensayos nucleares hemos añadido en nuestra mente ‘C de cáncer y M de muerte’ (D is for death)”. Walter y Marvel Adkins Chofer de autobús en el sitio de ensayos nucleares, Walter Adkins quedó atrapado durante seis horas en medio de una lluvia de polvo radiactivo procedente de Braneberry, ocasionada por una prueba subterránea realizada en 1970 que arrojó a la atmósfera dosis masivas de radiación. Adkins desarrolló tumores malignos en la piel, el esófago y los pulmones. Murió de cáncer de pulmón en 1988. “Venía y caía una cosa como color rosa. Lo podía ver sobre mis manos. Ellos me dijeron que la radiación nunca podría hacerte daño”. Fotos y textos Carole Gallagher Tomado del libro American Ground Zero, The Secret Nuclear War, MIT Press, 1993.
Fragmentos tomados de The Sciences, marzo-abril de 1993
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Alan Burdick
Traducción de César Carrillo Trueba
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cómo citar este artículo →
Burdick, Alan. (Traducción Carrillo Trueba, César). 1997. Víctimas olvidadas de la Guerra Fría. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 24-26. [En línea].
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