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| Abelardo Ávila Curiel | |||||||||||
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La epidemia de obesidad irrumpió súbita y violentamente
en México coincidiendo con el siglo XXI. En una combinación de tormenta perfecta se sumaron múltiples factores que rápidamente nos condujeron al peor de los mundos posibles: la obesidad se tradujo en un grave daño metabólico generalizado en amplios sectores de la población desde edades tempranas, especialmente entre la población en situación de pobreza, generando una enorme carga de morbilidad e incrementando geométricamente la tasa de mortalidad por enfermedades asociadas con la obesidad; los enormes costos directos e indirectos que representa esta epidemia amenazan con colapsar no sólo el sistema de salud, sino la economía nacional. Lo inimaginable durante el siglo pasado acabó por ocurrir. Hasta hace dos décadas, las condiciones socioeconómicas de gran parte de la población hacían imposible que la mayoría de las familias tuvieran la capacidad para adquirir alimentos suficientes para satisfacer sus necesidades de consumo alimentario; en consecuencia, la desnutrición y el bajo peso prevalecían y la obesidad, históricamente privilegio de las clases altas, únicamente afectaba a una mínima parte de los miembros de las familias en situación de pobreza.
En el entorno ecológico existente en nuestro país hasta hace dos generaciones, el curso habitual de la historia natural del síndrome metabólico asociado con la obesidad tardaba décadas en superar el horizonte clínico, por lo que era una enfermedad relativamente rara en la población adulta joven y se expresaba predominante y moderadamente entre la población en edad posproductiva.
Hoy en día el daño metabólico precoz asociado con la obesidad se manifiesta con una creciente y alarmante frecuencia desde la juventud, incluso desde la infancia. México ocupa el primer lugar a escala mundial en obesidad infantil y uno de los primeros en obesidad global. Los daños a la salud asociados —diabetes, hipertensión, cardiopatías, hepatopatías, nefropatías, accidentes cerebrovasculares y ciertos tipos de tumores malignos— han incrementado espectacularmente su prevalencia en las dos décadas recientes y actualmente son causa de al menos un cuarto de millón de muertes anuales. Años antes de causar la muerte, el daño metabólico anula la calidad de vida de los pacientes: ceguera, amputaciones, insuficiencia cardiaca y renal, cirrosis por esteatosis hepática, secuelas neurológicas, discapacidad musculoesquelética y un mayor riesgo a las infecciones condenan literalmente a millones de pacientes y a sus familias a un prolongado viacrucis físico, moral y económico.
La demanda de atención médica por estas enfermedades excede con mucho, en estos momentos, la capacidad del sistema nacional de salud mexicano, segmentado, fragmentado e inequitativo, el cual destina uno de los porcentajes del producto interno bruto más bajos de América Latina al gasto en salud. Más aún, la mitad de ese monto se financia a expensas del gasto de bolsillo de las familias de los pacientes, con consecuencias empobrecedoras; por ejemplo, ante la imposibilidad de financiar las diálisis requeridas por los pacientes afiliados al Seguro Popular, la solución actuarial fue excluirlas de su catálogo universal de servicios de salud y del catálogo de financiamiento de gastos catastróficos. El documental Dulce Agonía ilustra dramáticamente las consecuencias de la falta de acceso a los cuidados paliativos mínimos en la fase terminal de la diabetes (www.dulceagonia.org).
¿Cómo fue que llegamos a esta situación?
Al iniciar la última década del Siglo xx, la obesidad todavía no era reconocida como un problema de salud pública en México. La atención a la situación nutricional se centraba en los graves problemas de desnutrición infantil que afectaba a la población en condiciones de pobreza, mayoritariamente asentada en el medio rural y en las zonas urbanomarginales pobladas con migraciones recientes provenientes del campo. En menos de una década la situación habría de cambiar radicalmente.
La desnutrición, sobre todo la infantil, había sido el principal problema de salud pública a lo largo de la historia nacional. Las primeras encuestas nacionales llevadas a cabo por el Instituto Nacional de Nutrición Salvador Zubirán (innsz) al finalizar la década de los años cincuentas del siglo pasado dieron cuenta de que en las zonas rurales e indígenas más de 70% de los niños menores de cinco años presentaban algún grado de desnutrición; ligada a esta circunstancia, la mortalidad infantil en esas zonas presentaba niveles extremos: uno de cada seis niños morían antes de cumplir el primer año de vida, la mayoría víctimas de infecciones respiratorias y gastrointestinales, cuyo desenlace mortal hubiera sido evitable de no haber padecido desnutrición y de haber tenido acceso a servicios sanitarios y de salud elementales.
A medida que se contaba con información de mejor calidad en la estimación de la desnutrición y de la mortalidad infantil, se hacía más evidente la grave situación de la población en pobreza. Entre 1974 y 1996 el innsz llevó a cabo cuatro encuestas nacionales de alimentación y nutrición en el medio rural mexicano. A lo largo de este periodo se observó persistentemente que alrededor de 50% de los niños de entre uno y cinco años de edad presentaban algún grado de desnutrición (< a 1 desviaciones estándar) de acuerdo con el parámetro (estimador) “peso para la edad”, y de alrededor de 60% según el de “talla para la edad”. En las zonas indígenas la situación era aún más grave: 74% de los niños menores de cinco años presentaban algún grado de déficit de talla. Al inicio de este periodo la mortalidad infantil anual en estadísticas vitales superaba las cien mil defunciones anuales, con un subregistro estimado en alrededor de 30%.
Las encuestas nacionales llevadas a cabo a partir de 1988 por el Instituto Nacional de Salud Pública permitieron documentar la diferencia de las condiciones de nutrición infantil entre el medio urbano y el medio rural. La prevalencia de talla baja (menor a dos desviaciones estándar de la población de referencia de la Organización Mundial de la Salud) en menores de cinco años en el medio rural era en ese año de 43.1% en tanto que en el urbano era de 22.5%.
La disponibilidad y el acceso a los alimentos es un factor crucial en la existencia de la desnutrición y el sobrepeso. Considerando la estructura de la pirámide poblacional mexicana se requiere alrededor de 2 200 kilocalorías diarias per capita (kdp) para cubrir las necesidades de energía alimentaria de la población. Considerando mermas, reservas, asimetrías en el consumo, desperdicios irreductibles, etcétera, una disponibilidad de 2 600 kdp sería un nivel social y ecológicamente adecuado y equilibrado. La proporción en que los alimentos contribuyen a este suministro de energía también es de gran importancia para la sustentabilidad y la salud.
A partir de la segunda mitad de la década de los setentas el Estado mexicano se propuso intervenir activamente en la transformación de la situación nutricional del país, para lo cual llevó a cabo un minucioso análisis de ésta y de las necesidades esenciales alimentarias de la población mexicana, con especial énfasis en la población marginada. De estos estudios se llegó a la conclusión de que había que llevar a cabo una profunda transformación que detonara el desarrollo rural, lograra la autosuficiencia alimentaria, erradicara la pobreza y la desnutrición, y permitiera un modelo de desarrollo basado en la satisfacción universal de los mínimos de bienestar de la población. Con los excedentes financieros derivados de la producción petrolera se lanzó a tal propósito, en 1979, un ambicioso programa denominado Sistema Alimentario Mexicano (sam), el cual tuvo entre sus logros elevar la producción nacional de alimentos básicos con lo que la disponibilidad alimentaria se incrementó en 17% respecto del inicio de sexenio, alcanzando, en 1981, 3 135 kdp —hasta el día de hoy la cifra más alta en la historia del país. El sam pretendía actuar en todos los componentes del sistema alimentario —producción, distribución, abasto, consumo y el estado de nutrición de la población— mediante una fuerte presencia de las instituciones del Estado. La grave crisis económica generada en 1982 por la caída en los precios del petróleo, el incremento en los intereses de la enorme deuda pública contraída, la corrida de capitales y la devaluación de la moneda imposibilitaron la continuidad de dicho programa.
Al inicio de la nueva administración, en 1983, se impuso el modelo económico de libre mercado bajo los preceptos del Consenso de Washington, que proscribía la intervención del Estado en la conducción de los procesos productivos. Más allá de las fuertes presiones ejercidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, fueron los funcionarios mexicanos de alto nivel los principales promotores de la aplicación a ultranza del nuevo modelo, lo cual se expresó en el abandono de la presencia del Estado en la conducción del sistema alimentario. En una década se desmantelaron o redujeron al mínimo prácticamente todas las instituciones que participaban en el fomento de la producción campesina de alimentos mediante insumos, transferencia tecnológica, capacitación, extensionismo, acopio, distribución, comercialización, orientación al consumo, subsidios y estímulos fiscales. Este proceso culminó en 1994 con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, con lo cual terminó de colapsar la producción familiar campesina y se dio inicio a una transformación radical de los patrones de consumo de alimentos por parte de la población.
La transformación del patrón alimentario de la población se caracterizó por una disminución en el consumo de los alimentos básicos —sobre todo maíz y frijol, frutas y verduras—, así como por un incremento en el consumo de alimentos ultraprocesados de alta densidad calórica con un elevado contenido de azúcar y harinas refinadas, y de alimentos de origen animal. Es especialmente destacable el rápido incremento en el consumo de bebidas azucaradas entre la población mexicana, hasta llegar a ocupar el primer lugar mundial per capita.
La crisis del campo auguraba la agudización de las condiciones de hambruna, tanto por la menor disponibilidad de alimentos para el autoconsumo como por la caída del ingreso económico en las comunidades rurales marginadas. Sin embargo, lejos de asumir pasivamente el deterioro alimentario y la agudización de las carencias, las familias campesinas emprendieron una serie de estrategias de supervivencia en las que la migración a las periferias urbanas y a los Estados Unidos desempeñó un papel central. Esta estrategia pudo contener la presión demográfica sobre la escasez de alimentos y, a la par, generar ingresos vía remesas monetarias de los familiares migrantes.
El fenómeno migratorio del campo a la ciudad fue creando nuevas condiciones para el deterioro de la alimentación popular. En pocos años, millones de personas que habían padecido desnutrición en las primeras etapas de la vida, al migrar modificaban su patrón alimentario y quedaban expuestos a una sobrealimentación relativa que los ponía en riesgo de sobrepeso y obesidad y, en consecuencia, de padecer las enfermedades crónicas no trasmisibles asociadas a tal circunstancia, las cuales estaban adquiriendo aceleradamente proporciones epidémicas en el medio urbano de todo el mundo.
En agosto de 1992 tuvo lugar en la Ciudad de México la Conferencia Internacional La Alimentación y las Enfermedades Crónicas no Trasmisibles convocada por la Organización Panamericana de la Salud a la que asistieron las más altas autoridades de salud de América Latina y de México. El Dr. Adolfo Chávez, uno de los nutriólogos más eminentes a escala internacional y organizador de la Conferencia, expresó la gravedad de la situación: “las predicciones que se pueden hacer para un futuro inmediato son ominosas; lo que está pasando ahora con la alimentación nacional va a tener grandes repercusiones para la salud dentro de pocos años. En este momento la pirámide poblacional es muy ancha en los grupos de 10 a 30 años y todavía muy estrecha en la parte alta, pero este gran sector poblacional de los jóvenes actuales, tan descuidados en su alimentación, que no le dan ninguna importancia a los excesos, guiada por la televisión, va progresivamente a ir engrosando la pirámide poblacional en las partes más altas; cuando se sitúe entre los 40 y los 60 años, entonces se verá la real magnitud de la epidemia de las enfermedades crónicas no trasmisibles […] para entonces el conocimiento ya no será útil porque ya será demasiado tarde”.
En los años siguientes numerosos expertos en epidemiología y salud pública continuaron insistiendo acerca de la gravedad de la creciente epidemia de obesidad y sus comorbilidades. Conforme la investigación científica avanzaba se hacía más clara la relación entre la alimentación y el daño metabólico. El costo en salud por abandonar la dieta tradicional basada en alimentos naturales y su sustitución por una dieta basada en alimentos ultraprocesados era demasiado alto. La investigación epidemiológica en la década de los ochentas reveló que la situación era aún más grave de lo que se suponía: un estudio poblacional de revisión de numerosos expedientes clínicos en Inglaterra encontró que el riesgo de obesidad y la muerte por enfermedades crónicas asociadas con el síndrome metabólico era mucho mayor en la población que había padecido desnutrición en las primeras etapas de la vida.
Esta relación entre la desnutrición en edad temprana, la obesidad y el daño metabólico, conocida como la Hipótesis de Barker, pronto fue respaldada por numerosas investigaciones en todo el mundo. La investigación nutrigenómica alentada por esta hipótesis demostró que desde la etapa intrauterina en los seres humanos se produce una programación metabólica en relación con las condiciones de nutrición existentes; la sobrevivencia en condiciones de escasez de nutrimentos demanda procesos adaptativos en función de la alimentación recibida en las primeras etapas de la vida. Esta plasticidad biológica es muy importante para incrementar las probabilidades de supervivencia mediante la adaptación eficiente del metabolismo al ecosistema, sin embargo, una vez que se ha producido la programación metabólica, un cambio drástico en la alimentación genera alteraciones que pueden conducir aceleradamente al desarrollo del síndrome metabólico.
La Organización Panamericana de la Salud publicó en el año 2000 el estudio Obesidad en la pobreza: un nuevo reto para la salud pública. En dicha publicación se advertía que la epidemia de obesidad en los países de la región latinoamericana presentaba características notablemente distintas a la observada en los países desarrollados, tanto por la extensión generalizada entre la población pobre, la gran mayoría de ella con antecedentes de deficiencia del crecimiento fetal e infantil, como por el cambio acelerado hacia un patrón de alimentación de alto riesgo y la extraordinaria gravedad del daño metabólico asociado.
En muy poco tiempo se sumaron múltiples factores de riesgo que tuvieron un mayor efecto deletéreo entre la población en situación de pobreza; el acelerado abandono de la lactancia materna exclusiva, la incorporación de las mujeres al mercado laboral, la extensión del sedentarismo en los estilos de vida urbanos, la invasión de los alimentos ultraprocesados y las bebidas azucaradas cómo única opción de alimentación e hidratación en las escuelas públicas de educación básica, incluso como parte de los programas de desayunos escolares, la explosión publicitaria especialmente dirigida a niños para promover mediante mecanismos de alta efectividad y afectividad el consumo de este tipo de alimentos y bebidas, el limitado acceso a los servicios de salud, la escasa prevención, el diagnóstico tardío de las enfermedades y la incapacidad económica tanto institucional como familiar para enfrentar los altos costos para el manejo paliativo de los daños a la salud producidos por la epidemia de obesidad.
Alimentos “chatarra”
Un efecto del cambio en el patrón de consumo es la “chatarrización” de los alimentos. En principio, los alimentos se consumen para saciar el apetito, pero en sentido fisiológico también deben cubrir los requerimientos de energía y nutrimentos para una vida saludable y ser inocuos e higiénicos, a la vez que sensorialmente satisfactorios, económicamente accesibles, culturalmente adecuados y ambientalmente sustentables. Al igual que cualquier otro bien, los alimentos pueden dejar de cumplir con la función para la cual fueron producidos y convertirse en un obstáculo para el fin que fueron creados. Un autotransporte debería cubrir con eficiencia la necesidad de movilidad de su poseedor; cuando por desgaste o por mala calidad deja de cumplir con esta función y se convierte en un obstáculo para satisfacer la necesidad para la que fue creado se le considera como chatarra.
La sabiduría popular acuñó el término “alimentos chatarra” para designar a los productos que, además de satisfacer en forma deficiente los requerimientos nutritivos, representan un riesgo para la salud y la buena nutrición de quienes los consumen habitualmente. Si bien el término alimentos chatarra es objeto de polémica ya que, en teoría, salvo en casos de contaminación o alergia, todo alimento consumido en la cantidad, frecuencia y equilibrio adecuados podría formar parte de una buena alimentación, el consumo cotidiano, excesivo y generalizado de este tipo de alimentos representa el principal factor de riesgo para la generación de la grave epidemia de obesidad y daño metabólico que asuela a nuestro país. Al igual que el término chatarra cuando se refiere a una maquinaria destaca el atributo de que ha dejado de cumplir con su función, al referirse a los alimentos destaca el hecho de su riesgo para la salud.
Para una alimentación saludable y equilibrada sería deseable que entre 80 y 85% de la energía fuera aportada por cereales, leguminosas, frutas, verduras y nueces en forma de productos mínimamente procesados; los cereales, preferentemente integrales, deberían constituir el 60% de la energía alimentaria, las leguminosas 10%, los aceites vegetales 5%, 10% podría ser aportado por productos de origen animal y sería admisible 5% por edulcorantes y azúcares refinados. Esta estructura proporcional se aproxima a la dieta tradicional mexicana basada en maíz, frijol y verduras que predominaba en la década de los sesentas. El suministro interno de alimentos durante esa década en México era deficiente en energía total con una disponibilidad promedio de 2 300 kdp. Lo ideal para alcanzar un adecuado equilibrio hubiera sido incrementar el suministro en 300 kdp a partir de una mayor disponibilidad de frutas, verduras y un ligero incremento de alimentos de origen animal como huevo, pollo y pescado, y optimizar la distribución, el abasto y el consumo equilibrado de alimentos entre la población en situación de hambre.
En lugar de una intervención de las instituciones del Estado para propiciar y promover este patrón de alimentación, a partir del Consenso de Washington el Estado mexicano optó por dejar que “las fuerzas del mercado” guiaran las preferencias en la selección de alimentos. La expansión del ambiente obesigénico se potenció por diversos factores estructurales del modelo económico de libre mercado. En un plazo muy corto se produjo la transformación radical de los patrones de alimentación y se detonó la grave epidemia de obesidad y el daño a la salud por las enfermedades crónicas asociadas al síndrome metabólico tal como la Organización Panamericana de la Salud y los expertos nacionales habían previsto.
La magnitud del daño a la salud
La medición de la obesidad no había formado parte de los indicadores de salud pública en México. No fue sino hasta el año de 1988 cuando la Encuesta Nacional de Nutrición reportó por vez primera la prevalencia de sobrepeso y obesidad exclusivamente en mujeres en edad reproductiva; en ese año, la prevalencia fue de 32.6% en el medio rural y de 34.6% en el urbano. Tan sólo una década después, la enn 1999 reportó un incremento a 55.1% y 62.8% respectivamente; para 2006 la Ensanut documentó la persistencia del incremento hasta alcanzar una prevalencia de 70% en el medio urbano y 68% en el rural, en 2012 de 71% y 69%, y en 2016 de 72% y 74.5%, dando un giro, ya que por vez primera el medio rural tuvo una mayor prevalencia. Es decir, durante un cuarto de siglo, a pesar de las repetidas advertencias de los expertos acerca del grave riesgo que se cernía sobre la población, las políticas públicas no sólo fueron incapaces de revertir el daño, sino ni siquiera de contenerlo (figura 1).
La epidemia de obesidad se tradujo de inmediato en un incremento en la morbimortalidad asociada. Como se advirtió, al incremento en la obesidad siguió un acelerado incremento en la mortalidad por enfermedades crónicas no trasmisibles. En conjunto, las enfermedades cardiovasculares, las cerebrovasculares, los tumores malignos y la diabetes mellitus pasaron de 180 mil defunciones en 1995 a 350 mil en 2015. La evolución de la mortalidad por diabetes mellitus ilustra claramente el efecto del cambio en el patrón alimentario en la salud de la población. De ser una enfermedad extraordinariamente rara hasta la década de los sesentas, con tasas de mortalidad menores a 20 por cada 100 000 habitantes, entre 1960 y 1990 tuvo un incremento asociado a los procesos de transición demográfica y urbanización, llegando en ese último año a 20 mil defunciones y una tasa de 50 por cada 100 000. A partir de 1990 se produce un intenso disparo hasta producir en 2015 cien mil defunciones y alcanzar una tasa de 130 por cada 100 000 (figura 2).
La epidemia se caracteriza también por un inicio más precoz de la etapa clínica y de la fase terminal. Los estudios efectuados por el innsz en niños en edad escolar con obesidad muestran que el daño metabólico evidenciado por hipertensión, dislipidemia, hiperinsulinismo, glicosilación de proteínas, activación proinflamatoria e hiperglicemia ya está presente en más de la mitad de los niños obesos al cumplir diez años de edad. Tomando en cuenta que México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil, el panorama es sombrío para la actual generación cuando inicie su etapa productiva en diez o quince años, en la cúspide del bono demográfico: lo más probable es que un porcentaje importante estará ya en una fase avanzada de daño a la salud.
El rápido incremento del sobrepeso y la obesidad hasta llegar a niveles de saturación epidemiológica se debe en buena media al incremento en el consumo de alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas con alta densidad calórica por parte de la población urbana y rural en situación de pobreza, tanto por la compra directa con los recursos de las transferencias monetarias como por su entrega en especie por parte de los programas gubernamentales de abasto y asistencia social alimentaria. Estos productos, además, suelen tener un elevado contenido de sal, grasas saturadas, colorantes, conservadores, saborizantes y estabilizantes, cuyo consumo abundante también contribuye al incremento del riesgo de contraer enfermedades crónicas no trasmisibles.
Hay una clara asociación entre el inicio de las transferencias monetarias a los estratos (llamados deciles en tales estadística) más pobres de la población mediante los programas Oportunidades y Progresa en 2002 y el incremento de la compra de alimentos chatarra en los hogares en esta situación durante la siguiente década; de acuerdo con las Encuestas de Ingreso y Gasto de los Hogares, el decil más pobre duplicó su compra de alimentos chatarra, los cuatro deciles más pobres incrementaron la compra de estos alimentos, a precios constantes, en casi 60% entre 2002 y 2012.
Se requiere al menos un billón de pesos para adquirir los alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas que consume la población mexicana. Se puede decir que la generación de la epidemia de obesidad implica una escala económica de gran magnitud, y por tanto involucra intereses económicos muy poderosos. A partir de las advertencias de los epidemiólogos y salubristas sobre la gravedad de la epidemia de obesidad en México, la industria de alimentos chatarra efectuó un intenso cabildeo para impedir que en las políticas públicas se identificara el consumo de sus productos con la epidemia de obesidad, consiguiendo que las acciones de gobierno abordaran el problema como si éste derivara de decisiones personales y por lo tanto su solución radicara en acciones de voluntad personal, en alianzas de la industria alimentaria, gobierno y población para promover la salud alimentaria, renunciando a brindar a la población la información, la orientación alimenticia y la educación nutricional requeridas para una toma consciente y racional de las decisiones de alimentación. Las consecuencias de ello han sido desastrosas.
De no corregirse en el corto plazo los graves errores cometidos en el manejo de la epidemia de obesidad, el sistema de salud será incapaz de enfrentar el enorme daño a la salud de la mayoría de la población; no sólo será un problema de infraestructura y costos, sino también el daño a la salud como fundamento del tejido social comprometerá gravemente la viabilidad de la nación.
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Referencias Bibliográficas
Ávila Curiel, Abelardo, et al. 2012. Espejos de la infancia. Pasado y Presente de los Derechos de niñas, niños y adolescentes en México. Red por los Derechos de la Infancia en México, México. Ávila-Curiel, A., Flores Sánchez, J. y Rangel Faz, G. 2011. La política alimentaria en México Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria. Cámara de Diputados, México. Covantes, Liza. 2013. "Derecho humano a la alimentación, explícito en la constitución mexicana: ¿qué sigue para asegurar a todos un acceso a alimentos adecuados?", en: El Derecho a la Alimentación en México: Recomendaciones de la sociedad civil para una política pública efectiva. oxfam, México. Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. 2016. Estudios de la ocde sobre los sistemas de Salud – México. ocde, París. Peña, Manuel y Bacallao, Jorge (eds). 2000. La obesidad en la pobreza: un nuevo reto para la salud pública. Pan American Heath Org. Rivera Dommarco, J.A., et al. 2012. Obesidad en México. Recomendaciones para una política de Estado. Universidad Nacional Autónoma de México, México. Rivera-Dommarco, J. A., y González-de Cossío, T. 2012. "Pobreza, nutrición y salud". Cap. 5, en: Cordera, R. y Murayama, C. Los determinantes sociales de la Salud en México. unam, México. Shamah Levy, T., Cuevas Nasu, L., Rivera Dommarco, J. y Hernandez Avila, M. 2016. Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Medio Camino 2016 (ensanut 2016).Informe final de resultados. insp, México. |
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| Abelardo Ávila Curiel Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Es Médico Cirujano por la Facultad de Medicina, UNAM, con maestría en Medicina Social con especialidad en Epidemiología, UAM e investigador en Ciencias Médicas del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. |
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| del tintero |
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| Otra manera de comprender la fisiología reproductiva |
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| Joel Hernández Cerón | ||||||||||||||
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Llegaban de todas partes, salían por miles de la boca
de los tubos como si los trajeran arreando. Venían revueltos: bien formados y robustos, simétricos, sin problemas del desarrollo, pero también aparecían algunos con malformaciones. Todos teníamos el mismo origen, habíamos sido creados por las mismas células en el tubo seminífero y experimentamos la misma metamorfosis en las células de Sertoli. Estábamos formados esencialmente por una cabeza y una cola o flagelo. Veníamos suspendidos en un medio acuoso que apenas nos permitía movernos, si uno se movía empujaba a su compañero. En la red testicular, así se llamaba esta red de tubos con más luz que los seminíferos, nos concentrábamos en grandes grupos, nos movíamos como una gran masa; poco a poco íbamos llegando a otros tubos de mayor luz; para entonces ya éramos millones. Sin saber cómo ni por qué, seguíamos avanzando. El conjunto de conductos se convirtió en uno solo, de mayor luz, muy largo, el cual se enrollaba sobre sí mismo y formaba una estructura grande y abultada. En este sitio permanecimos varios días, avanzábamos lentamente, terminamos nuestra maduración y recibimos nuestra instrucción básica. Las recomendaciones y consejos no cesaban, no había descanso; sin interrupción, los instructores nos repetían lo mismo, pero nunca nos mencionaron cuál era nuestra misión. Varios de nosotros los cuestionamos y siempre daban respuestas ambiguas: “no lo sabemos todavía, pero en cuanto nos lo informen se los diremos”. Nos repetían que el día de nuestra partida llegaríamos a un lugar hostil y que el costo en vidas sería muy alto, pero que el fin valía el sacrificio. Nos decían: “no pierdan el sentido de orientación, manténganse en movimiento, aprovechen las corrientes ascendentes, eviten las corrientes descendentes, no traten de ayudar a sus compañeros, cuídense de los polimorfonucleares, los que logren llegar a la unión úterotubárica esperen la señal para avanzar y el que penetre primero el objetivo debe activar el mecanismo para evitar que otros penetren”. No obstante que la mayor parte las recomendaciones eran incomprensibles, ya que nos estaban describiendo un medio inimaginable, yo puse atención a las instrucciones por un sentido elemental de superviviencia.
Llegó el día. Previo a nuestra partida ya estábamos en la última porción de este larguísimo tubo. Unas contracciones fuertes nos expulsaron al conducto deferente; no sé cuántos éramos, pero a bulto les puedo decir que éramos muchos millones. Lo primero que sentimos fue un cambio de temperatura, ya que estábamos acostumbrados a temperaturas más frescas. Todo fue muy rápido, conforme recorríamos este conducto se nos iban agregando diferentes sustancias que nos permitían estar en suspensión y en un medio agradable. De manera súbita y violenta fuimos expulsados, llegamos a un órgano tubular de luz amplia, con una mucosa tibia y húmeda. Las primeras horas fueron de caos total, ya que no teníamos instructores, éramos una tropa sin mando. En poco tiempo, más de la mitad de nosotros ya había sido arrastrada por las corrientes descendentes. Otros ya habían sido fagocitados por los polimorfonucleares. Los primeros en caer y ser eliminados fueron los espermatozoides con anormalidades del desarrollo, es decir, los tullidos, con doble cabeza, cola enrollada, los que tenían movimientos anormales. Durante la matanza todos olvidamos las instrucciones elementales. Unos creían avanzar, pero iban en sentido contrario, otros entraron en pánico y en pocos minutos ya estaban en el oviducto o ya andaban buscando el objetivo entre los intestinos.
Yo tuve suerte, vi avanzar a un grupo numeroso de manera lineal y decidida, como si supieran el camino correcto, y a ellos seguí. Me mantuve en el grupo, llegamos al cérvix. Nadie, durante la instrucción, nos habló de esta estructura y de lo importante que era llegar a ella.
No obstante las bajas no cesaban, éste era un lugar que nos permitió reorganizarnos y pensar. A un alto costo, ya habíamos aprendido qué eran las corrientes ascendentes y descendentes, ya conocíamos de cerca a los polimorfonucleares y sabíamos que para sobrevivir teníamos que estar en movimiento. Recordamos y discutimos que el siguiente paso era llegar a la unión úterotubárica. Con la experiencia acumulada seguimos avanzando, pero permítanme reiterarles que aunque ya éramos veteranos, las bajas eran constantes y elevadas. Aprovechábamos una corriente ascendente para avanzar unos centímetros; esperábamos que pasara la onda descendente y otra vez avanzábamos. Los que se distraían, no sobrevivían.
Entramos a la famosa unión úterotubárica; menos de 5% de los espermatozoides llegamos a este sitio. Ya no se veían espermatozoides anormales. Todos ya habíamos pasado por un proceso de selección natural. Éramos simétricos, robustos y vigorosos. Este sitio nos sirvió para descansar y recuperar energías. Pero a menudo surgía la pregunta de qué hacíamos ahí, cuál era el objetivo del que nos habían hablado durante la instrucción. También nos preguntábamos si ese objetivo valía la muerte de cerca de 5 000 millones de espermatozoides.
En la unión uterotubárica, y con estas reflexiones, estuvimos alrededor de ocho horas. Esperamos con paciencia, recordábamos lo que se nos dijo en la instrucción “tienen que esperar la señal para avanzar”. Ésta llegó, no vimos nada, pero lo sentimos. Comenzamos a movernos frenéticamente. Ya no había desorientación, todos sabíamos que debíamos movernos en dirección ascendente. Ya no éramos una masa; la decisión y firmeza de nuestro movimiento creaba un ambiente victorioso. Pasamos por una porción estrecha del oviducto y llegamos a una sección con luz amplia. Aquí nos encontramos con el objetivo: era una célula gigante, arrogante, rodeada por células pequeñas y tenía una cubierta uniforme y refringente; por su brillo daba la impresión de un campo de energía impenetrable. No sabíamos por qué, pero estábamos seguros que aparte éste era nuestro objetivo. Debo reconocer que, como muchos de nosotros, dudé qué hacer, pero un grupo de espermatozoides no se detuvo a pensar nada, rodearon la célula y comenzaron a abrirse paso. Uno de ellos hizo contacto con la porción refringente y pudo penetrar perdiendo la cola durante la maniobra. No sé que haría adentro de la célula pero ninguno de los que después intentaron penetrar lo logró. Ahora recuerdo que una recomendación de los instructores era que el primero que penetrara tenía que “activar el mecanismo para evitar que otros penetren”; al parecer el compañero que entró activó dicho mecanismo eficazmente.
Después que nuestro compañero penetró, llegamos todos a un estado de paz y relajación, como si ya hubiera terminado nuestra misión en la vida y que lo que seguía era esperar el final. Así ocurrió, porque en las siguientes horas comenzamos a morir. Pero nuestra muerte no tenía el dramatismo que tuvieron las primeras horas de esta aventura. En todos nosotros se notaba una expresión de paz y orgullo. Todos íbamos muriendo con dignidad y algunos tuvimos tiempo de narrar nuestra experiencia.
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| Joel Hernández Cerón Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, Universidad Nacional Autónoma de México. |
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| del hebario |
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| Plantas medicinales en la salud sexual |
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| Daniel Juárez Mendoza |
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La Organización Mundial de la Salud define la salud
sexual como “la integración de los aspectos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser humano, en formas que sean enriquecedoras y realcen la personalidad, la comunicación y el amor”, y a la medicina tradicional como “el conjunto de conocimientos, aptitudes y prácticas basados en teorías, creencias y experiencias autóctonas de las diferentes culturas, sean o no explicables, usados para el mantenimiento de la salud, así como para la prevención, el diagnóstico, la mejora o el tratamiento de las enfermedades físicas y mentales”. En el contexto de la salud sexual y reproductiva las plantas medicinales son aquellas a partir de las cuales se elaboran sustancias que ejercen un efecto farmacológico y representan una opción atractiva y real para el tratamiento de algunos problemas relacionados con la disfunción sexual, en especial las conocidas como afrodisiacas. La disfunción sexual se caracteriza por la aparición de dificultades durante cualquiera de las fases de la respuesta sexual humana: deseo, excitación y orgasmo, impidiendo la realización normal del acto sexual de modo satisfactorio. Las causas de la disfunción sexual, cuya principal manifestación en los varones es la disfunción eréctil, son complejas: pueden involucrar factores físicos (enfermedades, uso de medicamentos, dolor), psicológicos (estrés, depresión, ansiedad, preocupaciones), vinculares (malas relaciones, discusiones, fase de cortejo pobre, falta de comunicación, infidelidades) y sociales.
En el caso de los hombres por ejemplo, durante la etapa de excitación, la óxido nítrico sintetasa se activa y favorece la liberación de óxido nítrico a partir de las células que forman las paredes de los vasos sanguíneos del pene y los cuerpos cavernosos, induciendo una pérdida del tono contráctil del músculo liso del pene y el aumento del flujo sanguíneo en los cuerpos cavernosos dando lugar a la erección.
Otro mecanismo se da mediante una vía llamada adenosín monofosfato cíclico, que favorece el incremento del flujo sanguíneo en la zona genital, lo que conlleva a la erección del pene.
Plantas medicinales
Algunas plantas han sido utilizadas como afrodisíacas y es posible que puedan mejorar el desempeño sexual de hombres y mujeres, así como la calidad de los espermatozoides y ser usados principalmente en el tratamiento de la disfunción sexual masculina.
Ajo (Allium sativum).
Parte utilizada: bulbo.
Usos: prevención y tratamiento de enfermedades cardiovasculares porque reduce la presión arterial y el nivel de colesterol y disminuye la agregación plaquetaria.
Modo de empleo: los preparados más utilizados son el ajo crudo, el aceite de ajo, el ajo en polvo y el extracto acuoso.
Efecto fisiológico: se ha observado aumento en la cantidad de espermatozoides después de complementar la alimentación en ratones con 100 mg/kg de extracto acuoso durante más de tres meses.
Ginseng (Panax ginseng).
Parte utilizada: raíz.
Usos: mejora la atención y la concentración, aumenta el estado de alerta, resistencia al trabajo y mejora la salud durante la vejez; también se utiliza para el tratamiento de la impotencia sexual.
Modo de empleo: se consume fresco en rodajas, en jugo, como tintura, extracto fluido, infusiones o en polvo.
Efecto fisiológico: la administración oral de extracto de raíz aumenta la libido y el rendimiento sexual en humanos gracias al efecto de sus componentes sobre los tejidos del sistema nervioso central y de los testículos. Facilita la erección del pene al inducir directamente la vasodilatación y la relajación mediante la liberación de óxido nítrico. También se ha encontrado en hombres que sufren disfunción eréctil que un tratamiento con tres dosis diarias de 900 mg de raíz de ginseng durante ocho semanas mejora el rendimiento sexual, comparado con individuos que tomaron un placebo.
Damiana (Turnera diffusa).
Parte utilizada: hoja.
Usos: debilidad muscular y falta de deseo sexual.
Modo de empleo: infusión (24 g de hoja seca en 150 ml de agua), 24 ml de extracto fluido, 1 ml de tintura tres veces al día o 34 g de polvo de hoja en tabletas o cápsulas.
Efecto fisiológico: se presume que el efecto afrodisíaco se debe a su contenido de cafeína, hidroquinona y gluconato de sodio.
Cacao (Theobroma cacao).
Parte utilizada: fruto.
Usos: aumenta la absorción de glucosa en el músculo, ofrece protección neuronal, potencia el estado de ánimo positivo; es además estimulante, relajante, euforizante, tónico, antidepresivo y afrodisíaco.
Modo de empleo: barras de chocolate, bebidas y helados.
Efecto fisiológico: su potencial afrodisíaco está enfocado en los efectos que puede tener en los procesos fisiológicos durante la excitación y orgasmo debido a que su consumo facilita la liberación de serotonina que conlleva a mejorar el estado de ánimo.
Dátil (Phoenix dactylifera).
Parte utilizada: fruto.
Usos: tradicionalmente se utiliza en el tratamiento de trastornos de la memoria, fiebre, pérdida del conocimiento y alteraciones nerviosas. Es anticancerígena, hepatoprotectora, antioxidante, antinflamatoria y afrodisiaca.
Modo de empleo: fruto seco.
Efecto fisiológico: en ratas, la administración oral del fruto a una dosis de 120 y 240 mg/kg aumenta la cantidad y movilidad de los espermatozoides.
Guaraná (Paullinia cupana).
Parte utilizada: semilla.
Usos: energético natural y diurético. Durante la época colonial fue ampliamente utilizada como tónico, fortificante y en el tratamiento de la migraña, la diarrea y la disentería. El extracto de las semillas se ha utilizado como estimulante y afrodisíaco.
Modo de empleo: como bebida, en polvo o jarabe.
Efecto fisiológico: se cree que su efecto está dirigido a la estimulación del sistema nervioso central. Se ha encontrado que enriquecer un medio de cultivo con extracto de semilla de guaraná mejora la criopreservación de espermatozoides.
Albahaca (Ocimum basilicum).
Parte utilizada: hoja.
Usos: se utiliza para tratar afecciones gastrointestinales, como tónico, expectorante, diurético, laxante, analgésico, antibacteriano, antidiarreico, sedante y afrodisíaco.
Modo de empleo: infusión, aceite esencial y tintura.
Efecto fisiológico: un estudio en ratas macho determinó que la concentración de espermatozoides, el porcentaje de viabilidad y la movilidad de espermatozoides y la concentración de testosterona sérica aumentaron significativamente al recibir 1.5 g/kg del extracto de planta durante cuarenta días.
Maca (Lepidium meyenii).
Parte utilizada: raíz.
Usos: afrodisíaco, el consumo de la planta potencia la líbido, el rendimiento sexual, disminuye el riesgo de padecer disfunción eréctil e incrementa el volumen del semen.
Modo de empleo: infusión y en polvo.
Efecto fisiológico: la administración oral diaria de 2 ml de extracto acuoso de raíz de maca en ratas promueve el incremento de la movilidad de los espermatozoides; sus propiedades antioxidantes pueden ser responsables de su efecto. Se encontró aumento significativo de la movilidad de los espermatozoides en un grupo de hombres con valores espermáticos por debajo del rango normal tras la administración de 450 mg dos veces al día durante treinta días de un extracto seco de maca.
Frijol de terciopelo (Mucuna pruriens).
Parte utilizada: semilla.
Usos: tratamiento para la impotencia sexual, infertilidad masculina y como afrodisíaco.
Modo de empleo: semilla.
Efecto fisiológico: el alto contenido de levodopa, un aminoácido precursor de la dopamina, disminuye el estrés psicológico crónico al provocar una disminución en los niveles de cortisol en la sangre, lo que favorece la formación de espermatozoides de mejor calidad.
En un estudio clínico se trataron a sesenta hombres con infertilidad ocasionada por estrés psicológico por vía oral con cinco gramos al día de semilla en polvo, los cuales presentaron una notable mejoría en la calidad, cantidad y movilidad de sus espermatozoides.
Las plantas afrodisíacas incluidas en esta revisión se pueden agrupar en aquellas que sólo han demostrado su efecto sobre el desempeño sexual al mejorar la erección o la frecuencia de copula (maca, datilera, ginseng y albahaca), las que además de tener efecto sobre el desempeño sexual presentan efecto directo sobre los espermatozoides o la espermatogénesis (ajo, damiana, cacao y frijol de terciopelo) y el guaraná cuyo efecto afrodisiaco no se ha demostrado mediante experimentación científica, pero tradicionalmente se le considera como potenciador del deseo sexual.
Conclusiones
Las especies vegetales a las que tradicionalmente se les atribuye un efecto afrodisíaco pueden ser una opción viable en el tratamiento de los problemas implicados en la disfunción sexual. Sin embargo, con base en los resultados experimentales, es necesario concluir que hace falta una mayor investigación que dé sustento a su empleo, ya que los resultados obtenidos en algunos casos son variables y en otros únicamente se dispone de datos obtenidos en animales de laboratorio.
Es necesario continuar la evaluación científica de los beneficios que tienen en la salud humana, particularmente en la salud sexual y reproductiva, los compuestos naturales de origen vegetal.
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Referencias bibliográficas
Bonilla Pignataro, Janina. 2010. Plantas medicinales, su uso a través de la historia. Universidad de Costa Rica, San José. Saldaña Gómez, María Magdalena. 2007. Medicina tradicional. Gobierno del Estado de México, Toluca. Waizel Bucay, José. 2006. Las plantas medicinales y las ciencias: una visión multidisciplinaria. IPN, México. |
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| Daniel Juárez Mendoza Área de diseño y desarrollo, Técnico Distribuidor Infac (td-infac), México. |
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cómo citar este artículo
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| Juan Carlos Martínez García |
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En la tradición cultural de Occidente la idea de belleza
proviene de la cosmovisión aristotélica, la cual le asocia como formas principales: el orden, la simetría y la precisión. Implícita en esta conceptualización está la noción de equilibrio, esto es de balance; así, un objeto, sea físico o mental, es bello solamente si está en equilibrio. Al extender esta noción clásica de belleza a los sujetos, que han sido caracterizados por el pensamiento filosófico como seres dotados de la capacidad de ser actores de sus actos, se puede decir que son bellos únicamente si están en equilibrio consigo mismos y con su entorno. Por tanto, la existencia de la belleza en un individuo concreto necesita de la vigencia de la armonía en las interrelaciones de lo que lo compone en el plano individual, además de lo biológico, lo que lo constituye en tanto que entidad sociocultural dotada de la capacidad de actuar bajo la guía de sus propias decisiones, al interior de las limitantes impuestas por el espacio social al que pertenece. En términos biológicos, a un ser humano concreto lo forman no sólo la inmensa comunidad de todas y cada una de las células que dan forma y sustancia a los diversos tejidos (todas ellas descendientes del cigoto), sino también el conjunto de las diversas especies de microorganismos constitutivos de la microbiota normal, que en simbiosis comensal con la comunidad celular coadyuvan al establecimiento de una armonía dinámica; de ésta depende en gran medida el bienestar corporal. La salud del individuo es un reflejo del equilibrio ecosistémico de la comunidad celular que lo constituye. La dinámica de dicha comunidad, cabe mencionar que está sometida en permanencia a perturbaciones provocadas por el entorno, lo cual incluye la presión ejercida por la acción de virus y de parásitos que, de una o de otra manera, positiva o negativamente, actúan sobre el desarrollo biológico del individuo.
Debido a que la existencia humana transcurre en sociedad, la armonía en lo individual depende del equilibrio dinámico y continuo que el individuo sostiene con sus entornos ecológico y sociocultural. La dinámica de la comunidad de entidades biológicas que constituyen al individuo en sí, resuena con la dinámica que constituye al individuo en tanto que entidad social. Siguiendo entonces esta lógica, la enfermedad en el ser humano, entendida como la alteración de la armonía en el individuo afectado, constituye en consecuencia un atentado a la belleza, que toma la forma concreta de una alteración indeseable del equilibrio que sostiene su integridad biológica, ecológica y sociocultural. Así, el cuerpo humano es bello cuando se encuentra en equilibrio, esto es cuando está sano, lo cual se da cuando los entornos ecológico y sociocultural están también sanos, esto es cuando son bellos, debidamente equilibrados. La belleza resulta entonces de la sintonía armónica de los diversos flujos de materia, energía e información que ritman la interacción del individuo con sus elementos constitutivos y con el entramado de entornos con los que interactúa.
Lo anterior no significa que no haya belleza en la enfermedad. La plasticidad biológica y sociocultural, esto es la capacidad de modificar los patrones de interrelación que el individuo posee con sus diversos entornos, permite que nuevos equilibrios se establezcan de manera continua y con ello el cuerpo enfermo puede adaptarse a nuevas circunstancias dinámicas, redefiniéndose así la armonía. No es arriesgado afirmar que es en esta capacidad de lo humano donde reside la simbiosis entre dignidad, sufrimiento y belleza. La relación entre las nociones de salud y enfermedad que en esta reflexión establecemos podría llevarnos a concluir que su asociación con lo que aceptamos como belleza, bajo el canon clásico, requiere la inclusión de una escala que gradúe su potencia estética. Esto es, hablar de belleza en términos absolutos introduciría una barrera difícil de franquear al introducir una relación de equivalencia entre salud y belleza.
Nada nos impide entonces evitar tal trampa cognitiva, fijando para ello la equivalencia entre salud y belleza más deseable. Esto conlleva necesariamente la inclusión de las expectativas, individuales y colectivas, como factor regulador de la actitud individual y colectiva ante el infortunio, lo cual permite adaptar la conceptualización de lo estético a las circunstancias cambiantes del estado de salud. Así, la percepción social de la salud y de la enfermedad está condicionada por decisiones tanto individuales como colectivas, no necesariamente conscientes, que dan sentido y caucionan el significado vital del sufrimiento.
La acepción científica de lo individual
Esta manera de comprender aquello que conforma al individuo, a la vez cuerpo físico dotado de vida y sujeto sociocultural cambiante, inmerso en un contexto ecológico sometido al accionar humano, desafía los enfoques tradicionales de la práctica científica, la cual ha estado regida hasta nuestros días por una lógica de la hiperespecialización en la adquisición y gestión del conocimiento científico. Es una característica de la así denominada megaciencia contemporánea que se gestó en el contexto socioeconómico de las conflagraciones bélicas de la primera mitad del siglo xx e hicieron posible la asignación de grandes recursos materiales y humanos a dicha empresa científica en las naciones económicamente desarrolladas.
Esta dinámica se fortaleció en el contexto de la Guerra Fría durante la segunda mitad del siglo xx, dando lugar a la sociedad tecnológica de nuestros días con sus pros y contras socioculturales (incremento de los flujos globales del capital en todas sus vertientes y degradación acelerada de los ecosistemas planetarios, por ejemplo).
Desafortunadamente, con la megaciencia se impuso en la mecánica de evaluación de este quehacer el así denominado productivismo científico, el cual asocia dicha actividad a procesos de cuantificación del conocimiento que se sirven de métricas de utilidad del conocimiento publicado en revistas especializadas. El productivismo científico ha dificultado de sobremanera no sólo el desarrollo de enfoques multidisciplinarios en el quehacer científico, sino también de aquellos tratamientos que requieren por necesidad la interdisciplina y la transdisciplina.
Este enfoque ha sido puesto en evidencia por el ecologismo, cuyos orígenes se remontan al Romanticismo europeo de fines del siglo xix, estrechamente asociado a la dinámica sociocultural del movimiento pacifista global gestado en respuesta a la amenaza termonuclear surgida de la Guerra Fría, principalmente en la comprensión de fenómenos complejos tales como los que se han manifestado en el contexto de la evolución del clima planetario a consecuencia de la consolidación de la civilización industrial y sus formas contemporáneas.
El estudio de fenómenos resultantes del comportamiento de sistemas dinámicos cuyos componentes interconectados por vínculos que dan lugar a propiedades del sistema no admiten explicación a partir de las propiedades de los elementos aislados, los así llamados sistemas complejos, se está traduciendo en nuestros días en la creación de las ciencias de la complejidad. En plena efervescencia, éstas colocan el estudio de las consecuencias de las interdependencias dinámicas como foco central del proceso cognitivo en la indagación científica. En el contexto del estudio del individuo, dicha perspectiva científica se acerca a su comprensión sin aislarlo de los diversos contextos que lo explican.
Las interdependencias que ligan a los conglomerados celulares con la microbiota y los entornos ecológico y sociocultural, moldeadas en permanencia por fuerzas evolutivas naturales y socioculturales, dan lugar a dinámicas informacionales que sólo pueden aprehenderse, en toda su complejidad, mediante la aplicación de herramientas científicas y socioculturales que requieren la interacción continua de enfoques cognitivos diversos en los que conviven niveles elevados de especialización junto con tratamientos multidisciplinarios.
Esta manera novedosa de tratar la complejidad informacional necesita también de la intradisciplina y la transdisciplina para edificar una verdadera visión holística del ser humano que evite la tentadora constitución de oquedades epistémicas en las que se enquisten vicios intelectuales regidos por el interés, tales como los que hacen de la práctica biomédica una extensión de la lógica de mercado que impera en nuestros días, dominada por el interés económico. Dicha práctica concibe la salud del individuo como un proceso generador de ganancias para los proveedores de tecnologías biomédicas y condiciona la práctica científica a la obtención de conocimiento útil para sus fines, llegando incluso a la simulación de lo científico cuando esto sirve a fines mercadotécnicos caracterizados por la ausencia de lo epistémico. Si bien la diversidad de enfoques en la adquisición y el uso del conocimiento profundiza la comprensión de los fenómenos de la vida, no todos los enfoques ni todos los usos están plenamente justificados, en particular cuando éstos no colocan su prioridad en el bienestar objetivo del individuo.
Dada la gran complejidad que involucra la salud humana —esto es la preservación de la belleza (deseable), que de cierta manera puede ser utilizada para definir lo humano—, ésta se inscribe de lleno en las líneas de acción de las ciencias de la complejidad, en conjunción con virtuosos esquemas socioculturales de acción centrados en el cuidado de la armonía sociocultural y ecosistémica. Tales pautas de acción se fortalecen al alimentarse del sustrato cultural que las sustenta, a su vez nutridas por acuerdos colectivos motivados por la resistencia a las dinámicas de desintegración de los tejidos sociales y naturales, lo cual puntualiza la inevitabilidad de la inclusión de lo político en toda praxis científica promotora de la integridad epistémica.
De la misma manera que a la protección de los ecosistemas se le ha teñido con la significación cultural que acompaña al poderoso concepto de paisaje, con su gran carga estética asociada que moviliza al cuerpo social en la protección de la armonía de lo natural ante su interacción con el ser humano y sus necesidades, la protección de la salud humana se enriquece al ser moldeada por lo estético.
En su sentido más profundo, lo estético actúa como aglutinador de lo culturalmente deseable con la práctica médica derivada de la interacción de ciencia y cultura, acopladas éstas a la observación de normas sociales sustentadas en la aceptación de obligaciones sociales reacias al egoísmo. La biología de sistemas, forma contemporánea en plena gestación de la ciencia biológica, marca así la pauta cultural de construcción de una nueva manera de abordar la comprensión del fenómeno de la salud humana. El entendimiento de lo que significa la salud humana en toda su complejidad requiere para su preservación los equilibrios naturales y socioculturales que sean necesarios para la sobrevivencia de nuestra especie, lo cual no puede ser ajeno a la preservación de los entornos en los cuales se da su existencia.
Biología y ciencia de los datos
Los avances espectaculares de la ciencia y de la tecnología contemporáneas han incrementado de manera notable nuestra comprensión del fenómeno biológico y con ello también los riesgos que han acompañado desde siempre, la adquisición de toda empresa humana centrada en la gestación de conocimiento. Los progresos de la biología actual se dan en un contexto que trasciende las aspiraciones culturales de la ciencia, debido sobre todo a sus implicaciones en la conformación de la tecnología biológica.
La interrelación de ciencia y tecnología es inevitable, para bien y para mal. Así, la evolución científica y tecnológica de la biología molecular hizo posible el planteamiento del proyecto del genoma humano, que inició en 1990 y fue declarado completo en el año 2003. Un ambicioso proyecto financiado básicamente por los Institutos Nacionales de Salud y el Departamento de Energía de los Estados Unidos, este último heredero directo del Proyecto Manhattan que llevó a los Estados Unidos (y a sus aliados ingleses y canadienses) a la obtención de la bomba atómica y con ello a la consecuente destrucción de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial.
El proyecto del genoma humano se inscribió desde sus inicios en el contexto de los esfuerzos continuos de los países anglosajones por sostener su predominio sobre los asuntos del mundo, sirviéndose para ello de la ciencia y de sus frutos instrumentalizados bajo la forma de tecnociencias —concebidas como medios de producción de mercancías. Los fondos presupuestales consumidos por el proyecto, alrededor de tres mil millones de dólares estadounidenses, hicieron posible el lanzamiento de las llamadas tecnologías de cribado de alto rendimiento. Aunque este costo es importante, no deja de ser irrisorio cuando se le compara con los gastos en armamento o con los consumos de videojuegos o de tiempo aire en el mercado de la telefonía móvil. En lo que respecta a las tecnologías de cribado, estas innovaciones tecnológicas asociaron técnicas básicas de la biología celular con métodos automáticos que se sirvieron de la óptica, la química y el análisis de imágenes, entre otras —dependientes en gran medida del cómputo—, para determinar en el humano la secuencia de pares de bases químicas que componen el ácido desoxirribonucleico (adn), la celebre molécula informacional fundamental de la vida.
Los conocimientos científicos adquiridos en el marco del proyecto del genoma humano, así como las soluciones tecnológicas derivadas, se han traducido en nuestros días en la constitución de numerosas bases de datos que almacenan información de índole celular relativa al genoma, el proteoma (proteínas codificadas por el genoma) y el transcriptoma (moléculas del ácido ribonucleico mensajero), que dan soporte empírico a las denominadas ciencias ómicas: genómica, proteómica, metagenómica, metabolómica, epigenómica, transcriptómica, etcétera.
El análisis de tal información, plagada de incertidumbre por las limitaciones tecnológicas y la misma naturaleza de la información biológica, ha coadyuvado a la comprensión de fenomenologías biológicas por demás importantes, como la elucidación del hecho de que la inmensa mayoría de los pares de bases constitutivas del adn no codifican proteínas, esto es que los genes codificantes de proteínas constituyen sólo una pequeña fracción de la información almacenada en el genoma, únicamente entre 1 y 2% del genoma humano consiste en exones que codifican alrededor de los veinte mil genes humanos codificantes de proteínas. Los resultados del proyecto del genoma humano constituyen un gran logro, aunque matizado en cuanto a sus ambiciones originales; secuenciar el genoma de un organismo no significa comprender en su totalidad los pormenores de la dinámica de su realidad biológica. Vista como un paisaje de gran riqueza informacional, incluye al genoma como una de las numerosa entidades que la constituyen, ninguna de las cuales existe en aislamiento.
Con el advenimiento de las ciencias ómicas llegó también la tentación de inscribir a la ciencia biológica en los dominios de acción de la denominada ciencia de los datos, la cual se enfoca en la comprensión de los fenómenos que dan origen a éstos mediante la aplicación de procedimientos computacionales diseñados para reconocer patrones repetitivos en ellos, una visión que depende en gran medida de esquemas conceptuales dominados por la conocida metáfora computacional, la cual considera a los sistemas biológicos como computadoras vivientes (de hecho hay quienes denominan procesos de computo líquido a las reacciones bioquímicas).
Desde tal perspectiva el adn es visto como un software y la evolución biológica como una suerte de proceso algorítmico. Es una visión informacional de lo biológico que deriva en gran medida de la conceptualización de los genes como las entidades informacionales que constituyen el objeto central del proceso evolutivo —conceptualización en proceso de caducar ya que no resiste la confrontación con la integración en curso de la ecología con la biología del desarrollo y la evolución. Sin embargo, la influencia cultural de la metáfora computacional en biología es muy fuerte, en gran medida debido a la presión constante que ejercen los intereses de la industria global del cómputo en colusión con las colosales industrias farmacéuticas. No se puede pasar por alto que esta simbiosis entre el imaginario colectivo (sometido en permanencia a la presión de la industria de medios) y los agentes económicos dominantes a escala planetaria influyen en la formación misma de los investigadores científicos y la selección de pautas de investigación en el campo biológico.
Conforme se consolida la orientación computacional en la ciencia biológica, se propagan en ésta los enfoques tecnocientíficos que dieron lugar a los modos contemporáneos de la astronomía observacional y de la física de altas energías; sin embargo, a diferencia de éstos, en donde prevalece la homogeneidad estructural por la interacción de objetos relativamente simples (átomos) vinculados mediante asociaciones también relativamente simples (regidas por las leyes fundamentales de la interacción materiaenergía), los sistemas biológicos a todas las escalas (desde lo biomolecular celular hasta lo ecosistémico) se caracterizan por la predominancia de la heterogeneidad.
Lo anterior, evidentemente, limita los alcances de los enfoques computacionales en el contexto de la biología, pero no evita que constantemente se emitan promesas de corte mercadotécnico los cuales afirman, de manera por demás acrítica, que las tecnologías ómicas permitirán en el corto plazo la resolución de una gran diversidad de problemáticas de interés humano, entre las que se incluye desde la cura de las enfermedades crónico degenerativas (el cáncer y el Alzheimer), mediante esquemas de intervención individualizados, hasta la administración sustentable de los ecosistemas planetarios para satisfacer las necesidades de la población humana.
Si bien es innegable la importancia de las tecnologías ómicas en la comprensión de una rica diversidad de fenómenos biológicos, su verdadera utilidad se incrementa cuando se les asocia con esquemas de indagación científica que toman en cuenta las particularidades y especificidades de la realidad biológica.
La heterogeneidad estructural y organizacional de los sistemas biológicos, que involucran una gran riqueza de especies biomoleculares (componentes informacionales tales como el adn y las diversas clases de moléculas de ácido ribonucleico —mensajero, de transferencia, ribosómico, interferente—, proteínas, metabolitos primarios y secundarios, etcétera), vinculados funcionalmente mediante diversos esquemas informacionales en los que predomina la retroalimentación, dificulta en extremo la aplicabilidad de metodologías de exploración empírica que privilegian la búsqueda estadística de patrones recurrentes en los datos extraídos de la exploración tecnológica de dichos sistemas. Afortunadamente, la evolución científica y tecnológica ha dado lugar al desarrollo de nuevos métodos de exploración de la funcionalidad biológica, entre los cuales se encuentran la microfluídica, la citometría de flujo y la secuenciación a nivel de célula única, entre otros, los cuales permiten minimizar las restricciones que han acompañado el uso de métodos estadísticos, que observan la realidad biológica por medio de medidas que invisibilizan las especificidades del comportamiento espaciotemporal de células individuales y de comunidades celulares altamente organizadas (incluso cuando están compuestas de números relativamente pequeños de células, tales como los nichos de células troncales en organismos multicelulares).
Es necesario puntualizar y reiterar que la innovación en la ciencia y la tecnología biológicas son un resultado importante de los condicionantes socioculturales, lo cual da lugar a dinámicas retroalimentadas que influyen en la formulación misma de las agendas de la investigación científica.
La formalización en biología
La utilidad de nuevas tecnologías de indagación de lo biológico se enriquece al ser acompañada de metodologías formales de descripción de las dinámicas de los sistemas biológicos. Tales métodos formales consisten en medios de representación del conocimiento que se sirven de objetos lógicos ligados entre sí con base en reglas de interacción, codificadas a su vez por reglas inmersas en un entramado conceptual de corte axiomático. Debido a las diversas ventajas que presentan, la aplicación de métodos de modelado matemático y computacional permiten la formalización del conocimiento adquirido en el marco de la ciencia biológica. Tales métodos han progresado enormemente, expandiendo hacia el dominio de lo biológico metodologías provenientes inicialmente de la descripción formal de los sistemas dinámicos físicos, que usan básicamente para ello herramientas del cálculo.
La interrelación de métodos estadísticos de reconocimiento de patrones —aplicados a la información generada por las tecnologías de cribado de alto rendimiento— y las metodologías formales de modelado matemático y computacional de sistemas biológicos aporta sustancia al tratamiento conceptual de la biología de sistemas —al cual se suele denominar enfoque abajoarriba—, que parte de la caracterización detallada de los procesos básicos subyacentes a la funcionalidad biológica y luego se enlazan para elucidar procesos de mayor complejidad, sosteniendo en todo momento una perspectiva holística.
Desafortunadamente, el tratamiento abajoarriba no es aún predominante en la ciencia biológica, la metáfora computacional tiene una gran influencia en la representación del conocimiento de lo biológico y domina la biología de sistemas mediante el enfoque arribaabajo, que privilegia la obtención de resúmenes de los sistemas bajo estudio, sin especificar detalles. Este modo de abordar la complejidad de lo biológico sustenta a la denominada biología computacional; por su parte el modo abajoarriba da forma a la biología matemática. La convivencia virtuosa entre la biología matemática y la biología computacional es el gran reto en la construcción de la biología de sistemas. En lo que concierne el estudio de los procesos biológicos que sustancian el desarrollo, el enfoque abajoarriba ha dado lugar al formalismo del paisaje epigenético, cuyos méritos y logros crecen de manera constante, además de poseer una inspiración de corte estético que acentúa la importancia del envolvente cultural que orienta la construcción de medios de representación del conocimiento de índole biológica en el caso que nos concierne.
Una perspectiva estética
Para la ciencia biológica contemporánea la comprensión del desarrollo de los organismos multicelulares, la elucidación de los pormenores del proceso que va de la constitución del embrión a la edificación del organismo adulto, constituye su máximo foco de atención. En él conviven: la teorización del proceso evolutivo, la narrativa que puntualiza el significado de lo contingente y la evidencia empírica restringida a los modos de acción de las tecnologías, los cuales dominan el proceso de adquisición del conocimiento, obligando a la comprensión de procesos dinámicos dominados por la heterogeneidad estructural y funcional en los componentes constitutivos, así como de los vínculos dinámicos que los asocian. Los sistemas biológicos son complejos y, como tales, en ellos la autoorganización y la adaptibilidad, a la luz de lo evolutivo, instrumentan procesos que potencian características fundamentales de los seres vivos, tales como la plasticidad y la evolvabilidad, encausando así la evolución misma de lo evolutivo.
El indeterminismo probabilista omnipresente en las reacciones biomoleculares, aunado a la predominancia de lo contingente en el desenvolvimiento de la existencia de los ecosistemas, cataliza la edificación de estructuras dinámicas que dan forma a lo vivo y en ellas se proyecta la potencia estructurante de la materia moldeada en permanencia por los procesos de minimización de gradientes que regulan la termodinámica de la vida. Ésta es la realidad evidenciada empíricamente en la que se da el desarrollo de los organismos multicelulares y para cuya comprensión se ha elaborado el formalismo del paisaje epigenético. A este respecto, y de manera general, la noción de paisaje está claramente anclada en lo estético, al dar un rol principal al observador en la apreciación de lo vivo. La responsabilidad con la que el observador asume su papel fundamental en la dinámica de lo vivo depende de la calidad de las construcciones científicas, que guían sus procesos adaptativos de toma de decisiones bajo las normas del espacio social en el que está inmerso.
La realidad innegable de la influencia de las actividades humanas en los ecosistemas terrestres, lo que dio lugar al Antropoceno, da soporte a la hipótesis que asocia la evolución de la vida en la Tierra con las explicaciones humanas, lo cual incluye necesariamente el posicionamiento estético que guía la organización del conocimiento obtenido mediante la indagación empírica en función de las pautas propuestas por las construcciones teóricas de la ciencia. Reiteremos entonces que en la práctica social de la ciencia hay presencia de lo estético.
La noción cultural de paisaje se genera en Occidente en el campo del arte pictórico renacentista, comprendido inicialmente como un decorado que dispone de valor estético, que hace de la representación de la naturaleza en el espacio cognitivo social una entidad estética. Este modo cultural de representar la naturaleza ha influido en la construcción de los modos de adquisición y representación del conocimiento, moldeando culturalmente a la ciencia misma.
La idea de paisaje epigenético fue acuñada por el biólogo inglés Conrad Hal Waddington a principios de los cuarentas como una metáfora del desarrollo biológico. El concepto propuesto por Waddington representa la manera en que en los organismos, entendidos como entidades informacionales asociados a la transmisión de los caracteres hereditarios del organismo concernido, los genes podrían interactuar dinámicamente con su entorno para producir el fenotipo, las características observables del organismo. Es altamente probable que la construcción metafórica de Waddington haya sido resultado de la interacción de su mente entrenada para la teorización científica y el análisis filosófico con su trabajo analítico en torno a la relación entre las ciencias naturales y la pintura en el contexto de la corriente modernista en el arte del siglo xx.
Uno de los primeros grandes logros de la biología de sistemas es la formalización rigurosa de la metáfora de Conrad. En efecto, la noción actual de paisaje epigenético se sirve del enfoque de estado de los sistemas dinámicos para caracterizar el destino celular, esto es el proceso que lleva a la célula desde un estado indiferenciado hasta un estado plenamente diferenciado (potencialmente reversible). En el contexto celular suele caracterizarse a los sistemas biomoleculares de interés como redes de agentes (genes, en el caso de las redes de regulación de la expresión génica), vinculados mediante interacciones funcionales (complejos compuestos por sitios de amarre del adn y los factores de transcripción correspondientes, por ejemplo).
El estado de una red específica (el conjunto de variables que describen en el tiempo al sistema de manera completa) está constituido por el conjunto de las concentraciones de los agentes en el medio en el que ocurren las reacciones. Los puntos de equilibrio del sistema (los estados específicos en los que el sistema se estaciona) se corresponden directamente con fenotipos celulares.
En el caso del desarrollo, se ha concluido que éste es coordinado por redes genéticas de regulación estructuradas funcionalmente de manera modular, cada módulo coordinando un proceso de desarrollo específico. Un ejemplo de esta fenomenología biológica lo constituye el módulo de regulación genética que coordina la construcción floral. Un conjunto sorprendentemente pequeño de genes interactúa en este módulo y con el entorno para coordinar en el tiempo y el espacio el proceso de diferenciación celular que produce los linajes celulares que van dando forma a los órganos florales (sépalos, pétalos, estambres y carpelos), esto en función de la interacción del módulo con su entorno dinámico, el cual modifica las probabilidades con las que el sistema cambia de circunstancia de equilibrio. Así, cada célula en un órgano específico posee una identidad fenotípica propia que se corresponde con un punto de equilibrio dado del módulo de desarrollo. El paisaje epigenético asociado a este módulo caracteriza las circunstancias intrínsecas (dependencias del sistema con respecto de las fluctuaciones probabilistas en los niveles de concentración de los agentes biomoleculares involucrados: el ruido molecular endógeno) y extrínsecas (interacción con el entorno: ruido molecular exógeno, así como los estímulos externos que codifican la interacción del módulo con otros sistemas intra y extra celulares).
El formalismo del paisaje epigenético reconoce y promueve de manera explícita la naturaleza multiestable del sistema biológico asociado, así como la dependencia que presentan las transiciones fenotípicas con respecto de las interacciones del sistema con su entorno. En la práctica, el paisaje epigenético suele formularse mediante herramientas propias del cálculo y de su exploración con la finalidad de elucidar fenómenos asociados a la dinámica del sistema descrito, empleando diversas clases de herramientas computacionales, lo cual permite caracterizar posibles experimentos y también darle sentido biológico a datos almacenados en los repositorios que almacenan los resultados de la aplicación de las tecnologías de cribado de alto rendimiento.
De la metáfora de Conrad Hal Waddington a la explotación del formalismo del paisaje epigenético se ha recorrido un largo trecho. En la actualidad, el formalismo comienza a emplearse para darle sentido a los datos provenientes de la investigación biomédica, es decir, la ciencia de la biología de sistemas está en proceso de gestar una nueva clase de tecnología médica.
La estética en el ámbito de la medicina
Hemos dicho que la enfermedad en el ser humano puede ser vista como un hecho estético, o sea, como un atentado a la belleza. La noción de fealdad en este sentido captura la negatividad que produce en nuestro ser sociocultural la alteración indeseable del equilibrio que sostiene la integridad biológica, ecológica y sociocultural. También hemos puntualizado que el cuerpo humano lo consideramos como dotado de belleza cuando está en equilibrio, condición que ocurre cuando los entornos ecológico y sociocultural son sanos, cuando son bellos. Si bien hasta cierto punto la enfermedad está inscrita en el orden natural de las cosas, por la realidad material que hace de nuestra existencia un proceso acotado, también es cierto que en gran medida los procesos dinámicos que dan lugar a la enfermedad son potenciados por anomalías en la regulación de los intercambios que ligan al cuerpo con su entorno.
El cuerpo humano mismo es un paisaje y como tal se sostiene en lo material por intercambios regulados de materia y energía y en lo social por pautas de comportamiento y convivencia sociocultural, también sometidos a dinámicas de regulación. En el contexto de las enfermedades crónico degenerativas, usualmente asociadas a los procesos de envejecimiento, se dan fenomenologías biológicas ligadas al desarrollo; así, el cáncer epitelial ocurre cuando ciertas células constitutivas de un determinado tejido pierden la capacidad de mantenerse integradas a éste, iniciando procesos de desdiferenciación que coadyuvan a su vez a la gestación de procesos de diferenciación celular usualmente asociados con etapas del desarrollo embrionario. Bajo ciertas condicionantes instrumentadas por los procesos de regulación que conectan la célula con su entorno, la célula alterada puede generar un linaje celular perteneciente a una nueva clase de células (las senescentes) cuya interacción con un entorno excitado por dinámicas inflamatorias puede a su vez dar lugar a células que poseen el fenotipo mesenquimatoso y que se caracterizan por una conectividad laxa, conocida precondición para la carcinogénesis. El proceso que permite la transición de lo epitelial a lo mesenquimatoso es un claro ejemplo de funcionamiento anómalo en la regulación genética, ocasionado por la pérdida de armonía en los equilibrios que ligan el organismo con su entorno.
El formalismo del paisaje epigenético provee medios conceptuales cualitativos para ligar la regulación de procesos de diferenciación celular inducida con la modulación del estilo de vida. En efecto, la respuesta inflamatoria está íntimamente asociada a la dieta (así como a diversos procesos dinámicos potenciadores del estrés), por lo que la caracterización de los procesos biológicos que ligan el estilo de vida a la dinámica de regulación genética y epigenética, los cuales establecen el balance entre diferenciación y proliferación celular, es así un requisito indispensable para abordar el tratamiento del cáncer epitelial desde una óptica regida por estrategias de intervención preventivas.
La estética, entendida bajo la lógica aristótelica que asocia la belleza al orden, a la simetría y la precisión, encauza una articulación cultural de la medicina a la luz de la biología de sistemas. A diferencia de la perspectiva tecnocientífica que con el fin de tratar enfermedades, se centra en la búsqueda de biomoléculas —ante todo lucrativas para sus inventores, fabricantes y comercializadores— la biología de sistemas ofrece la oportunidad de fortalecer lo preventivo conectando lo médico con lo ecológico, cobijado por lo que la armonía social puede denominar sin timidez como lo estético.
La ciencia, refugio en disputa de lo objetivo, se fortalece al aceptar la realidad de la influencia de las construcciones cognitivo culturales que han encausado la imaginación que guía las pautas de su quehacer exploratorio.
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Referencias Bibliográficas
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| Juan Carlos Martínez García Centro de Investigación y de Estudios Avanzados-Instituto Politécnico Nacional y Centro de Ciencias de la Complejidad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es ingeniero mecánico electricista por la UNAM, hizo el doctorado en teoría matemática del control automático en la Escuela Central de Nantes, Francia. Actualmente trabaja en el Departamento de Control Automático del Cinvestav-IPN y en el Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM. Sus intereses incluyen los aspectos teóricos del control de sistemas dinámicos abstractos. |
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| Alejandro Calvillo Unna | |||||||||||
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Hacia finales del año 2016 la Secretaría de Salud hizo
lo que ninguna institución pública había hecho antes en ningún lugar del mundo: declarar una emergencia epidemiológica por obesidad y diabetes. No se había declarado antes, en ningún país, una emergencia epidemiológica por una enfermedad no transmisible. La medida es totalmente justificada en un país donde el sobrepeso y la obesidad afectan a más de 70% de la población adulta, en donde se estima que 10% de dicha población sufre diabetes, y ésta es causa de más de cien mil muertes al año, lo cual se duplicó entre 2000 y 2016. Es una epidemia que ha contribuido al colapso del sistema de salud pública, incapaz ya de salvar pies diabéticos, pues ahora los amputa, de cubrir la diálisis por medio del Seguro Popular, ya que se llevaría 70% de sus recursos. Es un sistema de salud pública anclado en la atención de enfermedades que lo han rebasado, que no tiene capacidad para fortalecer la prevención —la clave para enfrentar tales enfermedades. Para prevenir este tipo de enfermedades se requiere formular políticas y regulaciones que inevitablemente afectan fuertes intereses económicos, así como compromisos profundos de los encargados de tomar decisiones respecto de la salud pública —un hecho que en nuestro país no ha existido,mas bien ha ocurrido todo lo contrario: los funcionarios y las instituciones se encuentran al servicio de intereses privados.
¿Cómo llegamos a esta situación? La respuesta está en el cambio dramático que sufrió la alimentación a escala global y, de manera especial, entre los mexicanos. Se estima que es en las nuevas generaciones en donde esto ha sido más profundo, la esperanza de vida de los hijos será menor a los de los padres, un hecho que no había ocurrido en varias generaciones. Las enfermedades llamadas “no transmisibles”, como la diabetes tipo 2, las cardiovasculares y el cáncer, gran parte de ellas debidas a una mala alimentación, se han convertido en la principal causa de muerte prematura. A la mala alimentación se suma el consumo de tabaco y alcohol, otros determinantes comerciales de estas enfermedades. En el caso mexicano, se estima que uno de cada dos niños nacidos a partir del año 2010 va a desarrollar diabetes a lo largo de su vida si tales condiciones no cambian.
Un secuestro de cincuenta años
Si nos preguntamos por qué la humanidad, en su historia, nunca había experimentado un cambio fisiológico tan radical como el que sufre actualmente con la epidemia de obesidad, para poder hallar alguna explicación necesitamos remontarnos un poco atrás. Una de las causas principales la encontramos en el secuestro de la ciencia, del conocimiento acerca de la salud pública durante alrededor de cincuenta años por parte de poderosos intereses comerciales. En 2016 salió a la luz una serie de documentos que ahora forman parte de la historia negra que nos ha llevado a esta epidemia de obesidad y diabetes. Los documentos exponen cómo fue que se ocultaron los daños que provoca el consumo de azúcar en la salud –una historia muy similar a la del tabaco.
El expediente contiene una serie de documentos internos de la industria azucarera de Estados Unidos que revelan cómo en los sesentas y setentas, en contubernio con científicos y cabildeando instituciones públicas, ésta influyó para determinar que la política de salud pública destinada a reducir la mortalidad por enfermedad coronaria se enfocara en las grasas saturadas como su principal causa e ignorara el impacto del consumo de azúcar. Esta influencia ha durado decenios comprometiendo la eficiencia de las políticas públicas para enfrentar la principal causa de muerte en muchos países, como los Estados Unidos y México.
Asimismo, en un reporte publicado en la revista de la Asociación Médica de los Estados Unidos, JAMA Internal Medicine, fue publicado el reporte “La industria del azúcar y la investigación sobre enfermedades coronarias del corazón. Un análisis histórico de documentos internos de la industria”, donde se da a conocer la estrategia que desarrolló la industria azucarera en los Estados Unidos por medio de la Sugar Research Fondation (srf), su fundación dedicada a la investigación sobre el azúcar, con el fin de negar el vínculo existente entre el consumo de azúcar y las enfermedades cardiovasculares, alejando así dicho ingrediente del campo de atención de las políticas de salud pública.
Asimismo salió a la luz cómo la fundación financió estudios científicos e influyó en organismos gubernamentales para que centraran su atención en las grasas saturadas y el colesterol como única causa de tales enfermedades, evitando cualquier política pública para reducir el consumo de azúcar. Incluso, la industria azucarera identificó que una dieta baja en grasas era una oportunidad para aumentar la presencia de azúcar en la dieta, lo cual manifestó claramente en 1954 su presidente, Henry Hass: “este cambio significará un aumento de más de una tercera parte en el consumo de azúcar por persona con un mejoramiento tremendo para la salud pública”.
A fines de los años cincuentas surgió una enorme preocupación a causa del incremento en la mortalidad por cardiopatías coronarias en Estados Unidos y los estudios científicos señalaron que la causas estaban en las grasas y el colesterol, pero también en la sacarosa. La propia srf conocía la existencia de estudios que señalaban el azúcar como la principal causa de las enfermedades coronarias, los cuales “indican que, en dietas bajas en grasas, la clase de carbohidratos consumidos puede tener una influencia en la formación de colesterol malo […] Desde varios laboratorios de gran y menor reputación están saliendo reportes de que el azúcar es una fuente menos deseable de calorías que otros carbohidratos”. En ese entonces, John Yudkin señalaba que había otros factores que aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, como el azúcar, que al menos es igual de importante que las grasas saturadas”.
En 1965 la fundación invitó al Dr. Fredrick Stare, jefe del Departamento de Nutrición de la Escuela de Salud Pública de Harvard, a ser miembro de ella, así como al Dr. Mark Hegsted, profesor de la facultad dirigida por Stare, quien había publicado dos artículos que presentaban relaciones epidemiológicas más claras entre los niveles de azúcar en la sangre y la posibilidad de aterosclerosis que en las establecidas entre los niveles de colesterol malo y la hipertensión, es decir, una relación más evidente entre el azúcar y las enfermedades cardiovasculares que entre las grasas y éstas, y en un tercer estudio señaló que “posiblemente la fructuosa, ingrediente del azúcar pero no de las harinas, es el agente mayormente responsable”.
Estos resultados ocuparon la atención de medios de comunicación que comenzaron a difundir la relación entre el azúcar y las enfermedades cardiovasculares. Ante esto, la srf reaccionó financiando una revisión de la literatura (“Metabolismo de los Carbohidratos y el Colesterol”) elaborada por los investigadores de Harvard (Hegsted y McGandy) bajo la coordinación de Stare. Los documentos internos muestran que la revisión tenía como finalidad el criticar los estudios que vinculaban el azúcar con las enfermedades cardiovasculares. Ésta fue publicada en el New England Journal of Medicine en 1967 sin que se mencionara el financiamiento del srf, y concluía que la única medida recomendada para prevenir las enfermedades cardiovasculares era reducir el colesterol en la dieta, sustituyendo las grasas saturadas por grasas polinsaturadas, negando así toda evidencia del daño causado por el azúcar.
La investigación sobre los documentos internos de la industria muestra cómo se influyó también en el Programa Nacional de Caries del Instituto de Investigación Dental para que se dejara de poner en el centro de atención el consumo de azúcar como su principal causa. La industria influyó asimismo en la elaboración del reporte El azúcar en la dieta del hombre, el cual sirvió para proteger sus intereses en la evaluación que realizó al respecto la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos en 1976.
Ciertamente, existe consenso en cuanto a que las recomendaciones para reducir el consumo de grasas saturadas deben mantenerse como un objetivo para la protección de la salud cardiovascular; sin embargo, la exclusión del azúcar como un ingrediente relacionado con dichas enfermedades y, por consiguiente, el aumento en su consumo a causa de las estrategias de la industria ha traído consecuencias para la salud pública incalculables: obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares, entre otros padecimientos.
Pasada la Segunda guerra mundial y gracias a la intervención de la industria azucarera en la investigación científica y en las políticas de salud pública, las empresas trasnacionales de bebidas y alimentos comenzaron a extenderse en los mercados de alimentos de todos los continentes con productos que contenían altas cantidades de azúcares. La palatabilidad que agrega este ingrediente a los alimentos y bebidas, aunada a la generación de descargas de dopamina en el cerebro —la también llamada “hormona de la felicidad”—, se volvió una base fundamental para la proliferación de alimentos ultraprocesados y bebidas, ya que favorecía que una mayor cantidad de consumidores comenzaron a ingerirlos y que quienes ya los conocían, consumieran aún más. Posteriormente se encontró que la palatabilidad aumentaba cuando en algún producto el azúcar se combinaba con la grasa y con la sal, o la sal con la grasa. Estos tres ingredientes comenzarán a presentarse en altas concentraciones en los alimentos ultraprocesados con el fin de incrementar su consumo, repercutiendo de igual manera en las ganancias. De ahí que la denominada comida chatarra tenga en común la presencia de altas cantidades de azúcar, grasas y sal.
Es en esta lógica que se encuentra el origen de las epidemias de sobrepeso, obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. Fue un cambio radical en la dieta en el mundo entero.
¿Quién propaga males no transmisibles?
Margaret Chan, exdirectora de la Organización Mundial de la Salud (oms), hace un par de años señaló, no sin ironía, ante la Asamblea Mundial de la Salud que si bien anteriormente las epidemias eran transmitidas por los mosquitos —son de los principales vectores, transmisores de epidemias como el dengue, el paludismo (malaria), la fiebre amarilla y el chikungunya, entre otras—, actualmente ya no es así, hoy en día las principales epidemias son transmitidas por las grandes corporaciones, que emplean todos los medios para mantener sus ganancias: “los mosquitos no tienen grupos de presión y cabildeo pero la industria que contribuye al aumento de las enfermedades no transmisibles si los tienen”. Dicha declaración de la exdirectora general de la oms hace eco de una serie de análisis recientes sobre el papel que dichas corporaciones están desempeñando a escala global en la difusión de estas enfermedades, verdaderas epidemias.
Así, por ejemplo, una investigación publicada por la Organización Panamericana de la Salud (ops) y la Organización Mundial de la Salud encuentra una relación directa entre el aumento en el sobrepeso y la obesidad y el aumento en el consumo de bebidas y alimentos ultraprocesados: “las ventas de productos ultraprocesados se relacionan con el aumento de peso y la obesidad en América Latina”, esto significa que, a mayor consumo de tales productos, mayores son los índices de sobrepeso y obesidad. La ops indica que los mexicanos tenemos el mayor consumo de bebidas y alimentos ultraprocesados en la región con 214 kilogramos al año por persona. Asimismo, la agencia Kantar, dedicada a efectuar estudios sobre el consumo en todo el mundo, señala que los mexicanos somos los mayores consumidores de comida chatarra en el planeta. Euromonitor, otra empresa que hace estudios similares, ya había reportado un poco antes que México ocupa el primer lugar en el consumo de bebidas azucaradas.
Frente a la evidencia científica sobre la relación entre el consumo de comida chatarra y bebidas azucaradas y el sobrepeso, la obesidad y la diabetes, la cual también es reconocida por los mayores organismos internacionales y las instituciones más prestigiadas, la industria reacciona hoy día de la misma manera que lo hizo hace cincuenta años, tal y como lo han hecho las industrias del tabaco, del asbesto, del ddt, del petróleo y de muchos otros productos que generan un daño en la salud de la población o el ambiente. Son industrias que pagan a científicos estudios “a modo” y financian organizaciones que aparentan ser independientes con la finalidad de negar la evidencia sobre el daño que generan sus productos.
En este sentido, la distinción que se ha establecido formalmente entre las enfermedades transmisibles por vectores, como los mosquitos, y las enfermedades crónicas no transmisibles (cáncer, enfermedades cardiovasculares, diabetes, etcétera) ha sido criticada ya que se considera que las enfermedades llamadas “crónicas no transmisibles” en realidad sí son transmitidas por la acción de las corporaciones que, con sus productos y sus estrategias de bloqueo a las políticas públicas, esparcen tales epidemias.
Antes de que la doctora Chan hiciera las declaraciones mencionadas, varias revistas científicas habían abordado el tema de las corporaciones de alimentos y bebidas que, junto con las de tabaco y alcohol, actúan como trasmisoras de epidemias. El Journal of Public Health de Oxford dedicó en 2011 una editorial a señalar que la industria de alimentos y bebidas es el vector corporativo más preocupante que amenaza las políticas de salud pública: “no es sorprendente encontrar que las mayores empresas de alimentos están utilizando las mismas tácticas de la industria del tabaco para influir en el entorno regulatorio. Al igual que la industria del tabaco, la alimentaria pone la responsabilidad del problema en las decisiones de los consumidores, se oponen a la intervención gubernamental con el argumento de que se infringe la libertad individual […] usa sus campañas de marketing social para fortalecer su reputación y promover sus marcas, oponiéndose a cualquier política efectiva”.
Declaraciones similares encontramos en otras revistas científicas como The Lancet y Plos, así como en la propia Declaración de Bellagio, la cual fue firmada por un destacado grupo de especialistas en nutrición y salud pública de África, Asia, Europa, el Pacífico y las Américas, convocados por la International Obesity Task Force y la International Union of Nutritional Sciences para tratar de las tendencias en la obesidad, las acciones que se están impulsando y las barreras existentes para establecer políticas contra la obesidad en Bangladesh, Brasil, Chile, India, México, Singapur, Sudáfrica, Tailandia y las Islas del Pacífico. En dicha declaración se señala que: “la acción de la gran industria de alimentos y bebidas ha sido la fuerza más significativa encargada de bloquear los esfuerzos para promover políticas de salud alimentaria y reducir la obesidad en muchos lugares del mundo”.
Existen múltiples ejemplos de la estrategia seguida por esta industria para bloquear aquellas políticas que intentan combatir el sobrepeso, la obesidad y la diabetes: desde una oposición declarada contra las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud en cuanto al consumo máximo tolerable de azúcar, en especial, pasando por el fuerte y multimillonario cabildeo para evitar etiquetados frontales de advertencia que sean sencillos y útiles a los consumidores y que éstos puedan distinguir si un producto contiene altas cantidades de azúcar, grasas y sodio, hasta su oposición a las regulaciones que protegen a los niños de la publicidad de sus productos no saludables y su venta en las escuelas. Además, esta industria mantiene una estrategia internacional para evitar que se establezcan medidas fiscales, como impuestos, a sus productos.
El azúcar y, especialmente, el jarabe de maíz de alta fructuosa, apoyados por los altos subsidios a la producción de maíz en los Estados Unidos, a partir de los ochentas se convirtió en un ingrediente básico en la fabricación de la mayor parte de los productos, desde cereales y yogurts, hasta refrescos y aderezos.
La práctica de comprar la ciencia y determinar las políticas públicas ha continuado hasta nuestros días por parte de la industria del azúcar pero, especialmente, de la industria de bebidas azucaradas, responsable de la mayor ingesta de azúcar entre la población. En 2015 se dieron a conocer documentos internos que demostraban que Coca Cola había financiado a un grupo de académicos de la Universidad de Carolina para fundar el Global Energy Balance, una iniciativa que aparecía como independiente y que se llamaba a sí misma “la voz de la ciencia”, y que se dedicó a intentar mostrar que la epidemia de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares no estaba en lo que se bebe y come sino en la falta de ejercicio. El paradigma que difundía, como lo han hecho tales empresas y sus funcionarios aliados, es que no hay alimentos buenos y malos, lo que importa es el balance energético.
El escándalo llevó al cierre de esta organización y presionó para que la empresa refresquera hiciera pública parte del financiamiento que otorga a científicos, instituciones, asociaciones de profesionales de la salud, asociaciones de enfermos, asociaciones de minorías étnicas, etcétera, con el fin de neutralizar a los posibles críticos y sumar apoyos a su versión sobre el balance energético.
Meses después, el International Life Science Institute (ilsi) en México, una institución financiada por la industria de alimentos y bebidas, organizó aquí un evento con investigadores estadounidenses para negar el impacto en la salud de las bebidas azucaradas y criticar el impuesto establecido en México a dichas bebidas. El grupo de expertos invitados estaba liderado por el Dr. James Rippe, quien había recibido diez millones de dólares de la Asociación de Refinadores de Maíz de Estados Unidos para establecer que el consumo de azúcares no tenía impacto alguno en la salud cardiovascular. Este evento se realizó en 2015, exactamente cincuenta años después de que la industria azucarera inició su estrategia para desviar la atención del azúcar en las enfermedades del corazón. La oficina de ilsi en México, dirigida por un funcionario de Coca Cola, fue cerrada por decisión de ilsi Internacional tras reconocer que la oficina de México estaba tratando de intervenir en política pública. Al parecer, si bien ilsi siempre ha tratado de intervenir en las políticas públicas, la oficina en México lo había hecho de una manera demasiado burda.
Los investigadores que publicaron el análisis de los documentos internos de la industria azucarera señalaron: “el recuento histórico de las estrategias de la industria demuestra la importancia de tener revisiones realizadas por personas sin conflicto de interés y la necesidad de establecer la información sobre el financiamiento de los estudios”.
Como lo ha explicado el Centro para la Defensa del Interés Público de los eua, la estrategia de la industria azucarera ha sido relevada, con los mismos objetivos, por la industria de bebidas azucaradas: “aunque desde fines de los setentas las Guías Dietarias de los eua han recomendado reducir el consumo de azúcar, esa recomendación fue anulada por las campañas publicitarias multimillonarias de las refresqueras y otras bebidas y alimentos azucarados”.
El relevo ahora ya no va a culpar a las grasas saturadas, en este caso la industria refresquera lo pone en la actividad física, reduciendo todo a un dogma de consumo y gasto de calorías. Basta regresar a los sesentas para darse cuenta de que los estudios que mostraban el daño del azúcar nunca se centraron en la obesidad, se centraron en el daño metabólico de este ingrediente, algo que las corporaciones quieren ignorar.
Vuelta a las emergencias epidemiológicas
Ante las declaraciones de emergencias epidemiológicas por obesidad y diabetes de fines de 2016, que citamos al inicio de este artículo, surgió la esperanza de que, por fin, ésta llevaría a establecer políticas de prevención efectiva, libres de la interferencia de la industria. Esperábamos que la Secretaría de Salud anunciara que seguiría las observaciones de la Organización Mundial de la Salud para reformar el etiquetado frontal que cofepris, junto con la industria, había puesto en los productos y que nadie entendía, un etiquetado que estaba promoviendo el consumo de altas cantidades de azúcar entre la población mexicana. Esperábamos que el titular de la Secretaría de Salud, el Dr. José Narro, anunciara que la regulación de la publicidad dirigida a la infancia se tomaría en serio y dejaría de ser una simulación que la misma cofepris había también orquestado en acuerdo con la industria. Esperábamos que la Secretaría de Salud tomaría en cuenta los reportes del Instituto Federal de Telecomunicaciones que demostraban que los horarios más vistos por los niños —de 20 a 22 horas— no están regulados, que los programas más vistos por los niños —telenovelas, series y concursos— tampoco lo están.
Teníamos la esperanza de que retomaría nuestros estudios y los estudios del Instituto Nacional de Salud Pública que demostraban la exposición de los niños y niñas a una publicidad multimillonaria en muy diversos medios (espacios abiertos, internet, centros de diversión, puntos de venta) y con muy diversas herramientas (tasos, juguetes, personajes populares infantiles, coleccionables) para reformar la raquítica regulación que había desarrollado cofepris en acuerdo con la industria. Esperábamos que la Secretaría de Educación anunciara que ahora sí establecería los lineamientos para regular alimentos y bebidas que desde hace ocho años existen y no se han aplicado. Esperábamos un protocolo que siguiera, al menos, los pasos que tiene que seguirse cuando se declara una emergencia epidemiológica; mínimamente un plan de acción para enfrentar dichas emergencias epidemiológicas. Pero no ocurrió nada. La declaración quedó en el aire mientras la emergencia epidemiológica continúa sin importar si hay declaraciones o no.
En el fondo, todo ello implicaba un acto de compromiso con la salud pública, implicaba limpiar las políticas públicas de la interferencia de las grandes corporaciones. Es decir, que si se hacía un etiquetado frontal a fin de que los consumidores tengan acceso a una información útil y así poder efectuar elecciones saludables al comprar, que al menos se probara y se demostrara que el etiquetado elegido es entendible por la población mexicana. No fue así como lo hizo cofepris, que seleccionó un etiquetado frontal diseñado y usado ya por la propia industria durante al menos cuatro años, un etiquetado que nunca fue probado con los consumidores, como se vio obligada a reconocerlo la misma cofepris ante requerimientos de acceso a la información. Implicaba, además, que las regulaciones las llevara a cabo cofepris conformando grupos de trabajo con los institutos nacionales de salud, la academia de medicina y grupos académicos y organizaciones especializadas, lo cual tampoco ocurrió y, que también por requerimientos de acceso a la información, la cofepris tuvo que reconocer que no había conformado grupos de trabajo; En realidad si existió un grupo de trabajo, pero con la industria, con los propios regulados.
En su reporte “A red light for consumer information”, el Corporate Europe Observatory, una organización dedicada a vigilar y exponer el poder de los cabildeos de la industria en la Unión Europea, estima que la industria de alimentos y bebidas invirtió mil millones de euros para lograr que el etiquetado frontal allá empleado fuera el llamado Guía Diaria de Alimentación (gda), el mismo establecido por cofepris en México. Los parlamentarios europeos han declarado que fue el cabildeo más fuerte que han vivido, ya que la inversión por parte de dicha industria fue de tantos millones de euros —como se puede apreciar en un documental elaborado por la televisión francesa, Sobredosis de Azúcar (Sucres, Gare à l’overdose!, disponible en: www.lesdocus.com). Una tremenda ofensiva para lograr imponer su propio etiquetado, el cual nadie entiende y, que por lo tanto, no es útil para los consumidores —es un etiquetado que busca mantener en la ignorancia a los consumidores—, y muestra a la vez claramente lo que está dispuesta a hacer dicha industria para impedir otra alternativa que verdaderamente sirva a los consumidores y el temor a que éstos puedan realizar elecciones informadas.
Epílogo: contra el conflicto de interés
El uk Health Forum publicó el año pasado un libro con doce casos sobre la interferencia de la industria de alimentos y bebidas en la política de salud pública. El libro inicia con el caso del etiquetado en México (Public health and the food and drinks industry: the governance and ethics of interaction). El artículo parte de entrevistas a miembros de dicha industria, así como a funcionarios, académicos y miembros de la sociedad civil que estuvieron involucrados en el caso del etiquetado frontal. Las entrevistas anónimas demuestran claramente que los únicos actores que reconocen haber participado en el diseño de esta regulación son los miembros de la industria de alimentos y bebidas, es decir, los propios regulados.
Una y otra vez se demuestra que el gran obstáculo en México para impulsar las políticas recomendadas que sirvan a prevenir la obesidad y sus consecuencias son los grandes intereses económicos de las transnacionales de alimentos y bebidas. Su forma de actuar es muy similar a la de la industria del tabaco: negar los daños de sus productos, señalar otras causas, pagar estudios a modo para negar la eficiencia de las políticas dirigidas a regular sus productos, atacar a quienes promueven estas políticas, controlar los congresos, las agencias reguladoras, los ministerios de salud y los ministerios de economía.
Y a donde miremos: sea cofepris, la Secretaría de Salud, las Comisiones de Salud de Diputados y Senado, en todas se encuentra algo en común: la prevalencia del interés de las corporaciones de alimentos y bebidas por sobre la salud pública, el desentendimiento frente a las recomendaciones de los organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, y de los nacionales, como el Instituto Nacional de Salud Pública, el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición y la Academia Nacional de Medicina.
En nuestro mundo se ha disparado una concentración del poder económico en un grupo reducido de grandes corporaciones que dominan diversos sectores del mercado a lo largo y ancho del globo terráqueo. El crecimiento del poder económico de estas grandes corporaciones ha ido acompañado de un debilitamiento generalizado, en gran parte de las naciones, del papel regulador del Estado para la protección del interés común, del bienestar público. Estos dos procesos están íntimamente ligados por medio de una ideología que afirma que son los propios mercados los que deben regularse y que tal dinámica es la que traerá mayor crecimiento y bienestar a una nación. El resultado es todo lo contrario, y el daño al bienestar de la población se debe a una incapacidad casi generalizada de los gobiernos —salvo excepciones—para enfrentar los efectos negativos del consumo de productos no saludables, vendidos por medio de prácticas empresariales poco éticas.
En este sentido, aquellas corporaciones que han introducido al mercado productos que representan una amenaza a la salud o al medio ambiente cuentan con un entorno favorable a sus intereses por dos razones: 1) los gobiernos están debilitados en sus funciones reguladoras; y 2) existen instituciones y expertos que reciben recursos de ellas para negar el daño de sus productos; políticos en los poderes ejecutivo y legislativo aliados a sus intereses; importantes agencias de relaciones públicas y cabildeo pagadas por ellas para influir en quienes toman decisiones y desacreditar las políticas que intentan reducir el consumo de sus productos.
Es difícil de comprender cómo es que las enfermedades no transmisibles se convirtieron en la principal causa de daños a la salud y muerte, y que en diversas naciones se proyecte que, por primera vez en muchas generaciones, la esperanza de vida se reduzca —es decir, que los hijos vayan a vivir menos años que sus padres. No puede entenderse esta situación sin tener conciencia del poder de las grandes corporaciones, pues los principales productos que están causando estas enfermedades no transmisibles son sus productos: la comida chatarra y las bebidas azucaradas, junto con el tabaco y el alcohol.
La única alternativa para enfrentar las epidemias de obesidad y diabetes que son causadas, en esencia, por un cambio radical en la dieta de los mexicanos, está en evitar que en el diseño de las políticas de salud pública contra la obesidad interfiera la industria. Un país ejemplar actualmente en promover una política efectiva de prevención frente a la epidemia de obesidad es Chile, y ésta se sustenta en medidas relativamente simples: a) un etiquetado frontal de advertencia que hasta los niños pequeños que ya leen lo entienden; b) una regulación efectiva de la publicidad dirigida a la infancia que va desde la prohibición de la publicidad en televisión de los productos no saludables hasta el retiro de cualquier personaje, regalo, juguete o promoción en el empaque de tales productos; y c) la prohibición de tales productos en las escuelas.
Si Chile es el ejemplo positivo, el negativo es México pues, a pesar de haber avanzado en la elaboración de una política que parecía integral e incorporaba las políticas regulatorias recomendadas por la oms (etiquetados frontales en alimentos y bebidas, regulación de publicidad a niños, regulación de estos productos en escuelas, entre otras medidas), al final dichas regulaciones se vieron anuladas por la intervención de la industria. La cofepris, encargada de regular alimentos y medicamentos, excluyó del diseño de las políticas públicas a los institutos de salud, en especial, al Instituto Nacional de Salud Pública. El resultado fue una política contra la obesidad que es ineficiente en su diseño, como también en su implementación y evaluación, debido a la interferencia e imposición de los intereses de la industria de los alimentos ultraprocesados y las bebidas azucaradas en todos los cargos públicos y las comisiones legislativas vinculadas a la elaboración de una vigilancia y evaluación de las políticas contra la obesidad.
Esto se podría remediar si se tomara seriamente una iniciativa internacional a la que el gobierno mexicano se sumó como uno de sus promotores, la Alianza por el Gobierno (aga), que elaboró el Plan de Acción de México 20162018, en cuyos objetivos figura una estrategia para prevenir la obesidad en niños y adolescentes, y para lo cual es necesario: “garantizar que el diseño, implementación y evaluación de las políticas en materia de combate a la obesidad están libres de conflicto de interés”. Con este espíritu en mente, en la mesa sobre obesidad de la aga, constituida por representantes del gobierno, la academia y la sociedad civil, se avanzó en el esbozo de lineamientos para evitar el conflicto de interés en la formulación de la política contra la obesidad, los cuales deberían ser guía para evitar el conflicto de interés, no sólo en las instituciones públicas involucradas, sino también en las comisiones legislativas de salud.
Ante este panorama, el nuevo gobierno deberá tomar una postura frente a las emergencias epidemiológicas de obesidad y diabetes que vive la población mexicana: decidir si seguirá entregando a los intereses comerciales la política de salud pública en esta materia o si, con el apoyo de los institutos nacionales de salud, la evidencia científica y las recomendaciones internacionales, desarrollarán una política efectiva de prevención, especialmente en la infancia.
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| Alejandro Calvillo Unna Director de El poder del Consumidor, A. C. Es Sociólogo, doctorando en filosofía, con altos estudios en medio ambiente y desarrollo sustentable. Miembro de la Comisión de Obesidad de la revista The Lancet. Colaboró con la Organización Panamericana de la Salud en las recomendaciones para regular publicidad de alimentos y bebidas dirigida a la infancia. |
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