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| Para aprender un poco sobre la diversidad de la vida |
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Oscar Flores
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Imaginemos que en las galerías de arte aparece una especie de virus que sin dañar las pinturas solamente borra la firma del artista, después escapa a todos los catálogos y libros sobre pintura, para seguir con las mentes de los críticos de arte, visitantes de los museos y cualquier persona que posea algún conocimiento relativo a la pintura. ¿Qué pasaría?, los registros sobre quién, cuándo, dónde y por qué se pintaron todas las pinturas del mundo desaparecerían. Posiblemente quedarían algunas pistas, tales como motivos, brillantez, uso de colores, estilos, etcétera. Los nuevos críticos seguramente podrían reconstruir con cierta confiabilidad la historia de la pintura, pero los autores permanecerían desconocidos. Un crítico muy aguzado podría separar qué cuadros fueron pintados por la misma mano o quién influyó a quién, aunque estas conclusiones sólo fueran hipotéticas.
Esto es lo que nos dice Colin Tudge, en su libro La variedad de la vida, al referirse a los organismos vivientes y su estudio desde el punto de vista de la sistemática, “los animales y las plantas, los hongos y las bacterias, no llevan consigo ni firma ni resúmenes históricos, simplemente son. De dónde provienen y por qué tienen determinada forma es algo que tenemos que averiguar por nuestros propios medios”. Menciona que conocemos mejor el inventario de las estrellas que se observan en el cielo que las especies de organismos vivos sobre la superficie de la tierra. Tudge, al hacer una historia de la clasificación de la naturaleza, es muy claro al diferenciar las taxonomías tradicionales —ahora conocidas como taxonomías folk— y la búsqueda de otro tipo de clasificaciones, más formales desde el punto de vista del biólogo. Sin duda las primeras son útiles, pero es importante resaltar que una cosa es clasificar algunos aspectos de la naturaleza por propia conveniencia, y otra muy distinta buscar un conocimiento más profundo y las causas de que ciertas especies mantengan unas relaciones con otras muy parecidas. En otras palabras, no se necesita tener un doctorado para conocer muchas especies diferentes y nombrarlas por su binomio científico —incluso hasta describirlas—, pero hay que tener una visión más amplia y hacerse preguntas de otra naturaleza para investigar las causas de sus relaciones y los por qué de éstas. Para Tudge, allí radica la diferencia entre naturalistas y científicos, y llega a la conclusión de que resultan más útiles las clasificaciones que toman en cuenta las relaciones filogenéticas de los organismos, que las llamadas clasificaciones utilitarias. La contundencia del autor se nota al mencionar que el cladismo se ha distinguido por ser un método objetivo de análisis de caracteres, es un “modo de antídoto contra […] la taxonomía basada en las afirmaciones de expertos […] que no podían ser cuestionadas, cual escolásticos medievales”. Yo, como sistémata, no estoy de acuerdo con lo que Tudge propone al reconciliar las nuevas propuestas de algunos cladistas con el sistema de jerarquías linneanas para ordenar la naturaleza. Para fines prácticos, dice Tudge, es conveniente reconocer en las clasificaciones grupos que no son estrictamente monofiléticos. Esto equivale a decir que los niños que van a la misma escuela, nada más por utilizar el mismo uniforme y parecerse superficialmente, deben considerarse hermanos. Si bien, el cladismo es un método muy apegado al principio darwinista, de que la clasificación debe basarse en las relaciones genealógicas, la propuesta de Tudge de reconocer grupos parafiléticos e incluso polifiléticos por mera convención me resulta inconsistente con este principio. Quizás, sólo Ernst Mayr estaría de acuerdo con este punto de vista, tal como lo ha expresado en su último libro de sistemática. La segunda parte del libro de Tudge trata sobre cada uno de los grupos de seres vivientes, presentando un cladograma para ilustrar su posición y proporcionando una diagnosis general y, en lenguaje muy entendible, qué es cada grupo. Esta parte es muy valiosa para que el zoólogo se entere de qué son las plantas y los hongos, entre otras criaturas de la naturaleza, y los micólogos y botánicos sepan por qué hay tantas formas animales. El epílogo trata el problema de la conservación de la naturaleza. Tudge lo ubica en una dimensión que rara vez leemos en un texto; es más, muchos hemos comentado, pero la mayoría no lo decimos en voz alta. Con cifras realmente aterradoras, nos habla de un crecimiento desmedido de la población de una sola especie, Homo sapiens; la cual está llevando a la extinción a miles y miles de otras especies, que prácticamente indefensas, nada pueden hacer por sobrevivir en un mundo contaminado, despojado de su vegetación natural, con graves problemas de erosión y pérdida de agua, o con comercio ilegal. Como reflexión Tudge menciona, ¿de qué sirve conservar áreas naturales?, si de todos modos con el calentamiento global cambiará el clima del planeta y las reservas que fueron diseñadas para conservar ciertas especies, ya no lo podrán hacer. Tudge, también nos habla de reservas protegidas por milicias armadas, las cuales aún siguen perdiendo, por los cazadores furtivos, las valiosas especies que deben proteger. Que Yellowstone a pesar de ser el área protegida más grande de los Estados Unidos —excluyendo Alaska—, no es suficiente para mantener poblaciones sanas de osos pardos ni de lobos. Que aunque se podrían implementar muchos programas de propagación en cautiverio de especies en peligro, éstos serían demasiado caros y probablemente poco efectivos. Tudge tiene su propia solución, parte de ella puede ilustrarse en un fragmento del último párrafo del libro, “es un privilegio poseer conciencia en este Universo, habitar en este planeta y compartirlo con tantísimas criaturas. Podemos destruirlas con facilidad; con algo más de esfuerzo, podemos salvarlas, como podemos salvarnos a nosotros mismos. Merece la pena hacerlo. Yo no puedo demostrar que debemos hacerlo; nadie puede. Pero me resulta difícil pensar en algo que merezca más nuestro esfuerzo”. Como puede resultar evidente, un libro de tal magnitud, que además no sólo se limita al estudio de la diversidad de la vida, sino también a los aspectos teóricos de la clasificación de la vida y a la conservación de la biodiversidad, no puede ser el fruto exclusivo de una sola persona. El autor presenta una larga lista de agradecimientos —tres páginas y media— en las que se encuentran nombres de especialistas muy importantes de diversas disciplinas de la biología. Tudge es un veterano de la divulgación científica, pues ha publicado varios libros sobre otros temas importantes de la biología, algunos de los cuales también han sido traducidos al castellano. En resumen, este libro, escrito en un lenguaje muy ameno, puede usarse como una guía de estudio para aquellos que no entienden la cladística. Yo lo recomiendo, tanto para zoólogos como para botánicos y, por qué no, para micólogos, microbiólogos e incluso ecólogos, pues como dice el autor “me ha sorprendido lo poco que los zoólogos suelen saber sobre plantas, o lo poco que los botánicos saben sobre animales”.
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Óscar Flores Villela
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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Referencias bibliográficas:
Brusca, R. C. y G. J. Brusca. 2003. Invertebrates. 2a edic. Sinauer, Sounderland.
Judd, W. S., C. S. Campbell, E. A. Kellog, P. F. Stevens y M. J. Donoghue. 2002. Plant systematics, a phylogenetic approach. 2a. edic. Sinauer, Sunderland.
Mayr, E. y P. D. Ashlock. 1991. Principles of systematic zoology. McGraw-Hill, Nueva York.
Morrone, J. J. 2000. El lenguaje de la cladística. Fomento Editorial, unam, México.
Nielsen, C. 2001. Animal evolution, interrelationships of tye living phyla. 2a. edic. Oxford University Press, Reino Unido.
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como citar este artículo → Flores Villela, Óscar. (2005). Para aprender un poco sobre la diversidad de la vida. Ciencias 78, abril-junio, 74-77. [En línea]
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| del bestiario | ||||
| Un safari pleistocénico |
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Héctor T. Arita
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El África actual es el paraíso de los grandes mamíferos. Año con año el continente negro recibe miles de aficionados a los safaris de observación de animales silvestres. En los promocionales se habla de la posibilidad de observar hasta treinta especies de antílopes, además de elefantes, jirafas, rinocerontes, hipopótamos y, por supuesto, grandes felinos como el león y el leopardo. Muchos viajeros son capaces de gastar miles de dólares para tener la oportunidad de presenciar en vivo la gran maravilla de la evolución de los mamíferos, la megafauna africana contemporánea.
Esa megafauna es más escasa en otras partes del mundo. Incluso en un país megadiverso como México existe únicamente una veintena de mamíferos que, con un peso mayor de 10 kilos, podrían considerarse grandes y dignos de ser incluidos en una guía para un safari. Recordando que la fauna de mamíferos de México incluye poco más de 460 especies, resulta claro que la megadiversidad mexicana consiste principalmente en mamíferos de talla chica. Incluso las diez especies mexicanas de mayor tamaño —el puma y el jaguar, dos osos, el tapir, el bisonte, el borrego cimarrón y tres especies de venados y ciervos— no llegan ni de cerca a una tonelada, y palidecen ante la magnitud de los animales africanos de peso completo, como los elefantes.
Lo mismo sucede en otras partes del mundo. En Estados Unidos y Canadá, así como en Europa y en Australia, las faunas de mamíferos están constituidas por muchas especies de tamaño pequeño y muy pocas de gran talla, sin llegar nunca a los verdaderos gigantes de más de una tonelada. En Asia tropical existen algunas cuantas especies de gran talla —el elefante asiático, rinocerontes y algunos bóvidos—, pero no con la diversidad y espectacularidad de la fauna africana. Es por ello que las personas interesadas en un safari deben ir a África para saciar su gusto por la megafauna.
Sin embargo, esta situación no siempre fue así. Si un aficionado a los safaris pudiera escoger no sólo el sitio sino el tiempo geológico para sus excursiones, su abanico de posibilidades sería mucho más amplio. Por ejemplo, si se pudiera visitar la Norteamérica de hace 12 millones de años, al final del Mioceno, un viajero se encontraría con una sabana muy parecida a la del África oriental actual. Ciertamente habría algunas diferencias, como la presencia de coníferas y encinos en lugar de las acacias, o de mastodontes en vez de elefantes, o de enormes camélidos desempeñando el papel ecológico de las jirafas. Tampoco se podrían encontrar leones verdaderos, pero habría carnívoros dientes de sable que acecharían las numerosas manadas de berrendos, llamas ancestrales y caballos de diez variedades diferentes que ocupaban el lugar de los antílopes modernos.
Para no ir más lejos en el tiempo, el viajero podría escoger como su destino el oeste de lo que ahora es Estados Unidos al final del Pleistoceno, hace unos 12 000 años. Allí y entonces, se encontraría con un ambiente no muy diferente de algunos bosques actuales del noroeste de los Estados Unidos. Sin embargo, la variedad de grandes animales que podría observar superaría con creces las expectativas actuales. Caminando con sigilo en estos ambientes antiguos, el viajero podría llenar su cámara con impresionantes imágenes de manadas de mamuts haciendo retumbar el suelo con su paso lento y meticuloso. Su concentración se rompería solamente al escuchar en la lejanía el ronco y estremecedor rugido de un Smilodon —el famoso tigre dientes de sable. Tal rugido perturbaría también las manadas de berrendos, camélidos y caballos, que interrumpirían nerviosamente sus actividades de alimentación para prepararse contra un posible ataque.
Desplazándose con cuidado para no toparse con un oso de rostro chato —peligroso carnívoro más grande que los osos polares— el asombrado viajero podría observar el chapoteo de un tapir en una poza cercana. Más adelante, después de sorprenderse por el penetrante y almizclado olor de un grupo de bisontes de cuernos largos, el viajero podría capturar con su cámara la inusitada y robusta silueta de un perezoso gigante, recortada contra el fondo de un espectacular atardecer. Al final del día, y como broche de oro para una jornada extraordinaria, se escucharían los primeros aullidos de unos lobos, de una especie más robusta y poderosa que la de los lobos grises actuales.
De regreso a casa, excitado aún por la intensidad de su experiencia, nuestro imaginario viajero se preguntaría por qué en los tiempos actuales uno tiene que viajar a África para encontrar la megafauna. De hecho, esa misma pregunta, expresada en un sentido solo un poco diferente está en el centro de una actual discusión sobre los procesos de evolución y de extinción de las especies. En un número reciente de Science, Anthony Barnosky y sus colaboradores presentan una revisión sobre los patrones y causas de la extinción de la megafauna del Pleistoceno en diferentes continentes. El grupo de Barnosky comienza recordando que hace apenas 50 000 años existían en el mundo 150 géneros diferentes de megafauna —definida como los animales con un peso superior a 45 kilogramos. Esta fauna incluía los animales descritos en nuestro safari imaginario, además de especies de otras latitudes, como el Megaloceros o gamo gigante europeo, los perezosos gigantes de Sudamérica y el Diprotodon, un marsupial australiano del tamaño de un rinoceronte. Hace 10 000 años, 97% de estos géneros ya no existía. ¿Qué causó la extinción masiva de los grandes mamíferos pleistocénicos?
La evidencia reunida por el grupo de Barnosky muestra que la presencia del ser humano fue la causa más importante de la extinción de 33 géneros en América del Norte y de 21 en Australia, con una contribución menor de los cambios climáticos. En el caso de Europa, donde sólo desaparecieron nueve géneros, parece que la causa principal fue el cambio climático. Para América del Norte, la llegada y desarrollo de grupos humanos, principalmente de la llamada cultura clovis, coincide con mucha exactitud con la extinción de los grandes mamíferos, entre ellos los protagonistas de nuestro imaginario safari. Es muy factible que los impactos directos, a través de la cacería, y los indirectos, a través del fuego, perturbación de hábitats naturales y la introducción de enfermedades y de especies invasoras, haya causado la desaparición de la enorme diversidad de grandes mamíferos que habitaban la Norteamérica pleistocénica.
Una pregunta, sin embargo, queda pendiente por resolver, ¿por qué la extinción de la megafauna no ha sido tan extensiva en África? Hace unos años, Jared Diamond propuso la idea de que, como el Homo sapiens tuvo su origen en África, su impacto sobre la fauna de ese continente fue menor debido a la coevolución que pudo haber tenido lugar durante cientos de miles de años. En cambio, el encuentro del ser humano con los mamíferos en América del Norte se dio en forma repentina —en términos geológicos— y el impacto pudo haber sido mucho más marcado.
En el mismo número de Science, Blaire Van Valkenburgh y sus colaboradores muestran cómo en varias líneas de mamíferos existe un ciclo que consiste en una tendencia evolutiva hacia el incremento en el tamaño —la regla de cope— y la eventual extinción de esas especies. Estos datos corroboran la noción de que, por cuestiones fisiológicas, ecológicas y biogeográficas, las especies de mayor tamaño son más susceptibles a la extinción. Como lo muestran las faunas de mamíferos de América del Norte de finales del Mioceno y de hace 12 000 años, el surgimiento y posterior extinción de faunas muy diversas de mamíferos de gran tamaño es un patrón que se ha repetido una y otra vez en la historia geológica de la Tierra.
Poniendo en la balanza todos estos elementos, es claro que aunque la extinción de las especies es un proceso natural, la presencia de un animal en particular —H. sapiens— ha exacerbado la tasa de pérdida de especies, de manera que procesos que en forma natural tomarían cientos de miles o millones de años están ocurriendo actualmente dentro del tiempo de unas pocas generaciones. Tratando de ser optimistas, el ser humano es también la única especie capaz de darse cuenta de estos procesos, y de actuar para revertirlos. Como ya no podemos organizar safaris de observación de grandes mamíferos en América del Norte, Europa o Australia, debemos al menos hacer un esfuerzo por mantener la posibilidad en África, el último refugio de la megafauna.
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Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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Referencias bibliográficas:
Barnosky, A. D., et al. 2004. “Assessing the causes of Late Pleistocene extinctions on the continents”, en Science, núm. 306, pp. 70-75.
Van Valkenburgh, B., X. Wang y J. Damuth. 2004. “Cope’s rule, hypercarnivory, and extinction in North American canids”, en Science, núm. 306, pp. 101-104.
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como citar este artículo → Arita, Héctor T. (2005). Un safari pleistocénico. Ciencias 78, abril-junio, 14-17. [En línea]
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