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Caligrafía de las cosas
 
 
 
Hermann Bellinghausen
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1. Los retratos de cosas, que no naturalezas muertas, ocurren en el suelo; a ras de ojo, repollo, rastrojo y carrizo. Lazo, escoba, comal y agua son, por delante de la creencia, la cosa misma, su poder de alma en la cosa. Su significado, la creencia, está en la imagen misma.
 
En este sentido, las fotos de Maruch Sántiz Gómez son iconografía, la representación de un conocimiento. En tzotzil, la imagen no necesita explicación, le basta llamarse. Tzu, o calabaza en el umbral, invoca al perro perdido.
 
 
No hace falta señalar la belleza formal de estas fotografías. Siguen la línea existencial de la comunidades chamulas, que con su aparente sencillez incorporan entorno. La obstinación de la mujer tzotzil por bordar su vestimenta, coser la lana de su falda, obedece a una joie de vivre, también manifiesta en las viviendas, en la disposición de las precarias pertenencias de su vida rural, la caligrafía que dan los objetos.
 
 
2. ¿Qué hace a la obra de arte? ¿Su construcción armónica en el espacio de gracia, donde nada falta, nada sobra? La soga de Maruch es un soneto de Quevedo, comparte la misma exactitud de sílabas, la misma entonación en el recuerdo. La fronda seca de una rama invertida es ya la historia toda de hechizos y casas barridas a deshoras, polvareda de la equivocación, lo que los clásicos llamarían un "drama rural", la fatalidad desatada.
 
 
Maruch registra en su código fotográfico las creencias habituales de su pueblo que llenan de calor los signos de la vida. Ni que fuera para tanto.
 
 
3. Si los puercos bailan, es que va a llover ese día. Lectura de los signos y sistematización de la fábula, el ánimo ejemplar, mas no moralista de las creencias tzotziles, respira lo que sí y lo que no se ha de hacer. Consideran la fatalidad, y la manera de prevenirla.
 
 
Es malo vernos en el espejo en la noche, porque se tapa uno de la vista. El espejo, el telar, el cesto, el chayote, la soga, la peineta, el perro muerto y las hojas de bejao son retratos al ras, vistos de la única manera que se mira al suelo: de arriba.
 
 
Los objetos parlantes que parecen mudos constituyen un pequeño cosmos, en la apretada extensión del predio familiar de Maruch Sántiz.
 
 
Le sirven de modelos su madre, su hermanito, sus borregos, perros, gatos, puercos y pollos. Es malo soplar en la boca de un niño porque nos muerde. Estas consejas ilustradas son a fin de cuentas un breviario del sentido común enfrentando al capricho de la fatalidad y la creencia.
 
Un manual de prevenciones prácticas que refleja la mentalidad de un pueblo familiarizado con lo sobrenatural.
 
 
La visualización de los temores, los sueños y las equivocaciones opera como un conjunto. Una negación. Estamos viendo lo que no debíamos ver, para que no lo veamos nunca.
 
 
4. El arte moderno se ha preocupado por las texturas, y hoy que busca materializarse en instalaciones, recibe las texturas por añadidura. Merced a los objetos que instala. La representación casi zen de Maruch, compuesta de suelo, una cesta con chiles secos (bek'ich) y la criba de su sombra remite, por el camino de la prohibición ("malo sonar las semillas del chile"), al crepitar de sombra que, en su mudez inmóvil, sentimos escuchar.
 
 
Las imágenes de Maruch Sántiz son hospitalarias, no nos andan regateando su sentido, y menos aún sus apariencias.
 
 
En el pensamiento tzotzil el concepto está en la cosa. Ni siquiera Dios es abstracto; por eso los misioneros, en su cerrazón colonial, los consideran paganos.
 
 
La prohibición va implícita entre el tarro del agua y las tortillas trazadas sobre el comal, un comal luminoso, lunar. El tizón y las cenizas sobre la tierra son el firmamento, un delicado apocalipsis sideral.
 
 
5. La esfera rural de los tzotziles aún no alcanza, pese a los esfuerzos públicos y privados, el paraíso de los desechos industriales. Aquí los objetos no son desechables. Una lata abierta dura años en servicio, una bolsa de plástico tiene ocho vidas.
 
 
La carga práctica y simbólica de cada cosa, como los parajes, es muy grande. El campo tzotzil, cada recodo del camino tiene nombre, su propia lumbre; ciertas piedras grandes, las lomas y promontorios, los agujeros del terreno. Y una vida. Cada cosa tiene vida propia. Las patas muertas de un pollo hablan de niños vivos, un pollo vivo y las garras inescapables del castigo.
 
 
6. Y dice la voz de la traición que si dejas la mazorca a medio desgarrar, el temible tzucumo (gusano azotador) pisará tus ropas. Y si pasas sobre el telar, se enredarán los hilos del bordado. Cada cosa un mundo. "Cada cosa es Babel" escribió Eduardo Lizalde: "Ésta es la cosa muda, el trino degollado / que me lleva por el nombre / dice el nombre, un aura, / y propala esta gloria, / esta razón de mago es la cocina, / denso estar de la cosa entre las cosas / por el mundo".
 
 
Si el niño babea, se le pasan por la boca tres libélulas. Si se sopla el fuego con un sombrero, el dueño sentirá mareo. Si una persona ronca, se le mete una cola de lagartija por las fosas nasales.
 
 
El mundo no tiene que ser más grande que el patio de una casa campesina para ser inmenso, poblado de presencias.
 
 
7. El lenguaje universal de la fotografía, como todos los instrumentos de la técnica (video, computadoras, cine, estudios de grabación sonara) llega siempre, más temprano que tarde, a la evidencia de no ser ningún esperanto.
 
 
En manos del verdadero artista, la técnica adquiere un acento único, nuevo y revelador; dice lo que nadie más podrá decir.
 
 
Maruch Sántiz Gómez, de Cruztón, chamula, no lejos del santuario de Tzontehuitz, accede, sola y su magia trae su firma.
 
 
Maruch Sántiz no es la primera en retratar las cosas, pero lo hace como si fuera. Tampoco Cézanne fue el  primer hombre que veía una manzana.
 
 
 
Nota
 
 
 
 
Texto que acompaña a las fotografías de Maruch Sántiz en el libro Creencias de nuestros antepasados.
Hermann Bellinghausen
Poeta, cronista y reportero del diario La Jornada.
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como citar este artículo

Bellinghausen, Hermann. (2001). Caligrafía de las cosas. La fotografía de Maruch Sántiz Gómez. Ciencias 60, octubre-marzo, 126-127. [En línea]

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