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Ciencia y racismo  
Pierre Thuillier
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Recientemente nos enteramos de la muerte de Pierre Thuillier, filósofo de formación, agudo estudioso de la ciencia, profesor de epistemología e historia de la ciencia en la Universidad de París vii y editor de La Recherche durante su mejor época. Su pasión por los temas que trataba se transluce en sus textos y estallaba en sus clases y en las pláticas informales que de buena gana mantenía con sus alumnos alrededor de una mesa de café y una copa de buen vino blanco. Su espíritu crítico le valió la animadversión de los miembros más conservadores del establishment científico francés, quienes no entendían que una revista como La Recherche dedicara tanto espacio a temas que cuestionaban lo que entre ellos se considera como piedras angulares del quehacer científico.
 
Su obra comprende una enorme cantidad de artículos —publicados en su mayoría en La Recherche— que han sido compilados en libros como Jeux et enjeux de la science (Laffont, 1972 —hay traducción al español: La manipulación de la ciencia, Fundamentos), Le petit savant illustré (Seuil, 1980 —La trastienda del científico, publicado por otra editorial española), Darwin y C° (Complexe, 1981), Les savoir ventriloques (Seuil, 1983 —Los saberes ventrílocuos, fce) y D’Archimède à Einstein (Fayard, 1988 —De Arquímedes a Einstein. Las caras ocultas de la investigación científica, cnca, Los noventa).
 
Su obra consta, además, de textos de gran profundidad y perspicacia como Socrate fonctionnaire (Laffont, 1969), Les Biologistes vont-ils prendre le pouvoir? La Sociobiologie en question (Complexe, 1981), L’Aventure industrielle et ses mythes.
 
Savoirs techiques et mentalités (Complexe, 1982) y La grande implossion (Fayard, 1995).
 
La publicación de este texto, aparecido en Le Magazine Litéraire en marzo de 1987, es un pequeño homenaje a un gran estudioso de la ciencia, cuya pasión, lucidez y espíritu crítico constituyen un ejemplo a seguir.
       
El racismo se encuentra entre nosotros, multiforme y muy vivo. Los problemas que crea son tan numerosos y tan brutales que, desafortunadamente, la única pregunta seria que podemos formular es: ¿cómo hacer para poder vivir en un mundo sin racismo? Pregunta desafiante que los “intelectuales” no pueden responder, me parece, sin temor y aprehensión, pues la gran novedad, si existe alguna, se resume con facilidad: ha quedado muy claro que el racismo no será vencido con palabras. La efectividad de los discursos ideológicos, científicos, e ideológico-científicos que tienen por objetivo atacar al racismo, es muy endeble, casi nula. Cien veces, mil veces, el racismo ha sido criticado, denunciado, cuestionado, pulverizado verbalmente. ¿Se ha ganado la partida? Por supuesto que no. “Eso” vuelve a comenzar, una y otra vez, de manera profunda e insidiosa. ¿Qué es entonces esta lucha ideológica?
 
Más precisamente, ¿cómo ubicar al adversario? Algunos observadores lo han puesto en evidencia en el caso de países como Francia: mientras más virulento y omnipresente se hace el racismo, la ideología racista se vuelve más difícil de aprehender. En los años treintas la ideología de los militantes racistas poseía un contenido, era abiertamente proclamada. Bastaba con abrir el Larousse del siglo xx para saber que el racismo era la doctrina “del nacionalsocialismo alemán que pretendía representar a la raza alemana pura, excluyendo a los judíos, etcétera”. ¿Pero ahora?
 
Actualmente, incluso quienes representan políticamente al racismo real dicen no ser racistas y ganan juicios contra aquellos que se atreven a afirmar lo contrario. Y la negación se ha hecho casi ritual ante cualquier mención que los señale como racistas: “yo no soy racista, pero…” Este desvanecimiento del racismo doctrinal ha tenido al menos el mérito de poner en claro que el racismo real es una práctica, un conjunto de comportamientos que vienen de lejos, de las profundidades, en donde se conjugan el miedo, el odio y el desprecio. Pero al mismo tiempo, la gravedad de la situación queda cruelmente evidenciada: ¿cómo luchar contra un adversario que no se puede ubicar, que desaparece al ser señalado con el dedo? El racismo es declarado inmoral e ilegal. Pero estas palabras parecen perder su sustancia ante un racismo que no tiene ya rostro, que se ha vuelto una cosa, una incitación a la violencia que no se puede reconocer pero que al mismo tiempo se expresa públicamente. Así, hay racismo, pero no hay racistas. Cuando un debate, que merezca tal nombre, se vuelve imposible, ¿qué puede hacer un “ideólogo”?
 
Los derechos humanos, teóricamente, han sido ganados. Pero se trata de una falsa victoria que deja un sabor amargo. ¿Para qué perseguir ideas que oficialmente han sido ya extirpadas de nuestra cultura? El artículo “racismo” del Dictionaire usuel illustré de Quillet-Flammarion va en este sentido: “El racismo, que atenta contra el derecho al respeto de la persona humana, debe ser totalmente eliminado y exige acciones determinantes contra las raíces mismas de su mecanismo (miedo, inseguridad económica, etcétera)”. Todo esto es parte ya de la educación común, pero “eso” continúa. ¿Para qué entonces obstinarse en una perorata como lo hago yo en este momento?
 
No obstante, hay una categoría de discurso sobre el racismo que se vende bien en estos tiempos: la categoría científica. Incluso escuchamos decir que los elementos nuevos se encuentran allí, en las declaraciones de algunos expertos en genética o en la teoría de la evolución que nos tranquilizan: la noción de “raza” carece de contenido, la “raza” es un mito, no existen las “razas”. Varios de ellos no dudan en inferir que, en sentido estricto, el racismo no puede existir y por lo tanto no existe. ¿Cómo ser verdaderamente racista si no existen las razas? A lo más, entonces, se puede creer que se es racista. La ironía de esta situación, como lo acabamos de ver, es que los militantes en cuestión están actualmente de acuerdo: “nosotros no somos racistas”. Mejor todavía, como bien lo ha mostrado Colette Guillaumin, ¡son “los otros” los únicos racistas!, racistas que practican un racismo antifrancés.
 
Pero regresemos a los expertos que desaparecen la noción de raza. Hubo una época en que esta propuesta crítica era bastante novedosa para el gran público, y uno se podía imaginar que sería eficaz. Contra un racismo que invocaba argumentos supuestamente científicos era oportuno poner las cosas en su lugar. Van a ser ya cuarenta años desde que la unesco publicó su primera declaración en torno a este tema (julio de 1950). En ella se podía leer, entre otras, estas afirmaciones tan claras: “en realidad, la raza es menos un fenómeno biológico que un fenómeno social […] Lo esencial es la unidad de la humanidad, tanto desde el punto de vista biológico como desde el punto de vista social […] Ni la personalidad ni el carácter derivan de la raza […] No existe razón alguna para creer que ciertos grupos humanos estén mejor dotados que otros en estos aspectos”. En junio de 1951, la unesco reiteraba: “No poseemos ninguna prueba de la existencia de razas supuestamente ‘puras’. Es cierto que, marginalmente, puede ser interesante continuar acumulando pruebas y demostraciones al respecto, pero no es nuevo ni eficiente, como hemos tenido tiempo de darnos cuenta. Es casi evidente que estas críticas teóricas, por justas y bien intencionadas que sean, pasan a un lado del problema real. ¿Para qué sirve demostrar la inexistencia de “razas” a quienes no quieren a los “amarillos”, a los “negros” y los “magrebinos” que encuentran por la calle, en el metro o las escaleras?
 
El vocabulario de los teóricos, en este caso, resulta dramáticamente desfasado en relación con la “vivencia racista” tan querida de psicólogos y sociólogos. De hecho, la noción de racismo puede ser perfectamente definida sin ninguna referencia a la noción de raza. Ésta es sociocultural y le importa poco la biología. Abramos nuevamente el Quillet-Flamarion; allí leemos que el racismo es una “actitud de hostilidad hacia grupos humanos de etnia, cultura, costumbres, etcétera, diferentes”. La palabra raza no aparece, y a pesar de ello, se percibe muy bien la naturaleza del “racismo”.
 
Sin embargo, es realmente más importante señalar que las críticas biologicistas contra el racismo corren el riesgo, a mediano plazo, de volverse peligrosas. Su postulado implícito, efectivamente, es que “la ciencia” puede resolver el problema de la legitimidad del racismo. Yo soy de los que encuentran esta pretensión exorbitante e inaceptable. El racismo es un asunto social, fundamentalmente exterior a los juicios especializados de genetistas y teóricos de la evolución. ¿Qué importa que existan o no genes “marcadores”? Incluso si la existencia de “razas” fuera categóricamente probada, incluso si una jerarquía “objetiva” afirmara la existencia de “razas inferiores”, el problema se mantendría intacto. Si no, ¿habría que concluir entonces que los racistas finalmente tienen razón de atacar a las poblaciones “objetivamente inferiores”? En materia de racismo, al igual que en el sexismo, no hace falta apelar al veredicto de los científicos. Si comenzamos a requerir argumentos científicos para justificar los principios éticos fundamentales, se pueden propiciar las peores aberraciones. Hacer creer que los biólogos pueden intervenir con pleno derecho en la definición de una ética buena y de una política buena es, con toda seguridad, favorecer la tecnocracia. En cuanto a reforzar el sentido de responsabilidad cívica, eso es otra cosa.
 
Ya en 1973 François Bourlière sugería que se evitara “el empleo de algunas palabras engañosas demasiado cargadas de potencial emocional”. El simple hecho de no hablar más de razas no bastará para mejorar la situación. Pero tal vez sería bueno dejar de obsesionarse un poco con ciertas palabras y otorgar más importancia a la situación global. Pues, a fuerza de hablar de racismo como un objeto especial, a veces llegamos a creer que éste designa problemas susceptibles de ser tratados y resueltos aisladamente. Es posible que haya una trampa en ello: preocupados por denunciar ese “mal absoluto”, se termina elaborando una suerte de antirracismo bien pensante y moralizador. Es triste decirlo, pero, bajo esta forma, los programas antirracistas no parecen movilizar efectivamente a la gente. Tal vez convendría buscar la solución por el lado de una repolitización, en el buen sentido, por difícil e incierta que parezca la empresa.
 
Los males racistas, de hecho, poseen un carácter orgánico: son inherentes a un sistema socioeconómico y cultural global, y no desaparecerán a menos que este sistema y su funcionamiento sean reorganizados de otra manera. Para politizar en un buen sentido la situación en que se inserta el racismo, en primer lugar habría que tomar en cuenta que el racismo tiene sus raíces en nuestra manera de vivir, de organizar la producción, de dirigir nuestra política exterior, de aceptar (o no aceptar…) una verdadera cooperación con los países menos desarrollados, etcétera. Después hay que emprender una acción paciente y coherente que busque modificar ciertas relaciones económicas y culturales; relaciones que, incluso hoy día, giran alrededor de esos “polos” que son la dominación política, la ganancia, la explotación de los débiles, el placer de consumir, el individualismo excesivamente estrecho, etcétera. Entonces se podría esperar una reabsorción del racismo. Pero no se logrará con denuncias, por justificadas que sean, ni con tratamientos específicos y milagrosos, ni haciendo llamados a la Moral Pura, sino construyendo un mundo en donde, en sentido estricto, el racismo no tenga un lugar.
 
Pero estoy rebasando, a todas luces, los límites que me han sido asignados. Todo ha sido dicho, y los ideólogos llegan no solamente demasiado tarde, sino también con las manos vacías. Toca a los ciudadanos expresarse, querer esto y actuar. Si estas viejas palabras recobran vida, entonces algo podremos esperar. Touche pas à mon pote [“No toques a mi cuate”, lema de un movimiento antirracista en Francia], es un lema que vino de la base. Toca a “la base” prolongar el movimiento, darle vigor. En todo caso, el milagro no vendrá de la supuesta cima de la ideología.
Referencias bibliográficas
 
Billig, M. 1981. L’Internationale raciste. De la psychologie à la “science” des races. Maspero, París.
Guillaumin, C. 1972. L’idéologie raciste. Genèse et langage actuel. Mouton.
Hiernaux, J. 1969. Egalité ou inégalité des races? Hachette, París.
“La science face au racisme”, en Le genre humain, núm. 1, otoño de 1981. Fayard, París.
“La société face au racisme”, en Le genre humain, núm. 11, otoño-invierno de 1984-1985. Fayard, París.
Olender, M., ed. 1981. Le racisme. Mythes et sciences (Pour L. Poliakov). Complexe, Bruselas.
Paraf, P. 1964. Le racisme dans le monde. Payot, París.
Thuillier, P. 1974. “De Darwin a Konrad Lorenz: les scientifiques et le racisme”, en La Recherche, mayo. París.
unesco. 1973. Le racisme devant la science (edición revisada y completada de la obra de 1953).

Pierre Thuillier
 
Traducción
César Carrillo Trueba.
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como citar este artículo
Thuillier, Pierre y (Traducción Carrillo Trueba, César). (2001). Ciencia y racismo. Ciencias 60, octubre-marzo, 115-118. [En línea]
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