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María Luz Lencina, María Virginia Barrios y Fernando Bermejo      
               
               
Imaginemos que estamos frente a una pelota. Una pelota
roja, brillante, suave, blanda, pequeña y liviana. Ahora preguntémonos: ¿cómo es que llegamos a conocer todas estas características? El color y el brillo pueden relacionarse con la sensibilidad de nuestros ojos y la manera específica en que la pelota nos refleja la luz. Su textura y dureza con la sensibilidad de nuestra piel y con la forma en que podemos tocar y presionar la pelota. Mientras que el tamaño y el peso se asocian a nuestras capacidades y posibilidades de agarrarla y sostenerla. ¿Siempre tendrá esas mismas características la pelota?, ¿qué sucedería, por ejemplo, si cambia la luminosidad del lugar?, o bien ¿si la observan dos personas con diferente agudeza visual?, ¿qué sucedería si sólo tenemos la posibilidad de acariciar la pelota o simplemente darle golpes con el pie?, ¿y si sólo podemos verla desde lejos y no tocarla? Sin duda, las propiedades de la pelota no dependen sólo de nuestra sensibilidad para percibirla, sino también de nuestras posibilidades de examinarla.

La manera como conocemos nuestro ambiente y sus propiedades, por tanto, está íntimamente ligada a nuestras habilidades para explorar. Podemos decir que conocer, lejos de ser una tarea pasiva, es una actividad. Tales nociones, si bien son compartidas por muchas corrientes teóricas en el campo de las ciencias cognitivas, representan muy bien la propuesta enactiva de la mente. Veamos. El enactivismo invita a concebir la cognición de una manera diferente a como se hace tradicionalmente. Los fenómenos cognitivos, en lugar de hacer alusión estrictamente al ingreso, procesamiento y salida de información en nuestro sistema nervioso, están vinculados con el cuerpo, el entorno y otros organismos o agentes en continua interacción. En este sentido el enactivismo ofrece una lectura más integral y dinámica de la cognición.

Las ciencias cognitivas son un campo interdisciplinario en el que confluyen diferentes ciencias como psicología, lingüística, inteligencia artificial, filosofía, neurociencia y antropología. Su objetivo, consensuado en un histórico reporte de Fundación Sloan, es “el estudio de los principios por los cuales las entidades inteligentes interactúan con su entorno”. Desde su surgimiento, a mediados de los cincuentas, se han orientado hacia la búsqueda de explicaciones de diferentes fenómenos mentales. Una estrategia frecuentemente utilizada es el estudio de tales fenómenos en términos de procesamiento de información, a partir de la cual ha surgido la analogía con el procesamiento computacional que compara el funcionamiento de la mente humana con el de una computadora. Para la teoría del procesamiento de información, la mente operaría por medio de la manipulación de algún tipo de representación simbólica, formada a partir de la “información de entrada” (input en inglés) provista por los órganos sensoriales y que, como resultado de diversos cómputos, ofrecería una “salida de información” (output) a través de mecanismos efectores como son los músculos.

Las principales explicaciones generadas en las ciencias cognitivas han ido variando a medida que el campo se desarrollaba. Sin embargo, más allá de su complejidad, cualquiera de ellas plantea que el funcionamiento mental o cognitivo se debe a mecanismos propios de nuestro sistema nervioso. De manera metafórica, Shapiro se refiere a tales explicaciones como “cerebro-centristas”, en donde la “mente” o el funcionamiento cognitivo sería básicamente un sistema de procesamiento de información alojado en el cerebro y que manipula representaciones simbólicas. La cognición sería esencialmente un proceso computacional, como lo describen De Bruin y Kästner.

No obstante, hace algunas décadas surgieron propuestas llamadas “corporizadas”, las cuales van más allá de la analogía computacional y proponen nuevas lecturas de la cognición. El enactivismo es una de ellas, y tiene su piedra fundacional en 1991 cuando Francisco Varela, Evan Thompson y Eleanor Rosch publicaron el libro The Embodied Mind: Cognitive Science and Human Experience, en donde brindan una visión de la cognición como proceso activo, corporizado y situado, que no es posible reducir al procesamiento neuronal del cerebro. En el mencionado libro, los autores intentaron articular un nuevo programa de investigación, haciendo confluir varias corrientes de pensamiento como la fenomenología, la biología evolutiva, la filosofía y la psicología budista. Luego de treinta años, los desarrollos teóricos han fortalecido su posición al interior de las ciencias cognitivas y la filosofía de la mente, logrando que la etiqueta “enactivista” sea cada vez más popular, como señalan Ward, Silverman y Villalobos. 

El enactivismo considera que la cognición, más que procesamiento de representaciones, es un proceso de creación de sentido, que surge de la continua interacción dinámica o “acoplamiento” entre agentes autónomos y el entorno en el que están situados. El agente construye significados en forma activa a partir de experiencias que ocurren en un cuerpo con determinadas habilidades sensoriomotoras, en un contexto biológico, psicológico y cultural. En su forma de actuar, el cuerpo crea un mundo de significados —de allí proviene el neologismo “enacción”—, y la cognición surge cuando el cuerpo entra “enacción”; es decir, la información perceptiva no es recibida pasivamente y representada por nuestro sistema nervioso, por lo contrario, debe ser generada, “enactuada”.

Un famoso experimento filosófico que pone en relieve estas diferentes formas de entender la relación entre la cognición y el cuerpo es el del “cerebro en una cubeta” de Hilary Putnam. Brevemente, implica imaginar que su cerebro ha sido extraído de su cuerpo y colocado en una cubeta con nutrimentos que lo mantienen vivo. Las terminaciones nerviosas han sido conectadas a una computadora, que mediante impulsos electrónicos provoca la ilusión de que todo es perfectamente normal. Así podría creer que está en presencia de objetos, de personas, del cielo, incluso creer que está leyendo acerca del experimento. Ahora bien, ¿cómo podría darse cuenta si en realidad su cerebro está en una cubeta y que el entorno que percibe es una ilusión?

De acuerdo con Cosmelli y Thomson, la dificultad para responder a esta pregunta desde una perspectiva tradicional radica justamente en la centralidad que se le ha dado al cerebro para explicar fenómenos como nuestra conciencia. Por muy escalofriante que parezca el experimento, debemos decir que, en primer lugar, un funcionamiento mental así no sería ni remotamente posible. Los requisitos biológicos mínimos para la vida consciente incluyen, además de un conjunto de procesos neuronales, un cuerpo vivo; la percepción, la acción, la memoria o la emoción son procesos de todo el organismo. Por otra parte, si aceptamos las condiciones que el experimento plantea, tampoco podríamos hablar de la ausencia de una base corporal. Cualquier cubeta que realice de manera adecuada las funciones necesarias para garantizar la supervivencia de ese cerebro (nutrición, eliminación de desechos, etcétera) sería ya un cuerpo sustituto, por lo cual no estaríamos hablando ya de una simple cubeta sino de un agente corporizado en un entorno. Desde la posición enactiva no es posible pensar lo uno sin lo otro.

“No vemos las cosas como son, sino como somos”

El conocimiento de nuestro entorno requiere un cuerpo que se encuentre situado en él, es un requisito innegociable. Somos capaces de conocer las propiedades del ambiente gracias al efecto que estas causan sobre nuestro cuerpo; por ejemplo, el Sol nos ilumina, encandila, eleva nuestra temperatura y también quema nuestra piel.

Pero hay que aclarar algo: el cuerpo no es un mero receptor de información. Nuestra forma de estar en un ambiente no es en absoluto pasiva, más bien implica una presencia activa. Siguiendo con el ejemplo del Sol, la manera como lo experimentamos está supeditada a la forma en que nos exponemos y lo exploramos. En términos enactivos se diría que la experiencia está dada tanto por las propiedades del objeto o ambiente, las posibilidades que ofrece para explorarlo y la exploración que efectivamente hacemos. Preguntarnos por la esponjosidad de una esponja, tal como sugiere Erik Myin, puede ilustrar muy bien esta idea; la esponjosidad obviamente depende de las propiedades de su estructura, pero también de la posibilidad de que una mano con una musculatura y receptores sensoriales específicos la pueda presionar. Si no podemos presionarla es imposible que conozcamos esa cualidad. La capacidad de explorar activamente es imprescindible para construir un sentido del entorno.

En general, el rol de la exploración en la percepción no ha recibido mucha atención. Las explicaciones sobre cómo logramos percibir los diferentes colores, por ejemplo, no lo tienen en cuenta. Sabemos que los diferentes colores que percibimos se corresponden con la manera en que se refleja la luz en las distintas superficies. A las retinas de los ojos llegan ondas que estimulan receptores específicos y que nos permiten experimentar los diferentes colores. Típicamente, desde el enfoque tradicional, se piensa que la experiencia pictórica se debe exclusivamente al tratamiento neuronal que reciben estas señales de entrada. Ahora bien ¿es posible concebir otra explicación? El enactivismo considera la percepción a partir de las interacciones con el ambiente y, por lo tanto, sostiene que es una capacidad flexible susceptible de cambiar a lo largo del tiempo. Esta postura encuentra soporte en experimentos que modifican experiencias perceptivas introduciendo cambios en la interacción del agente que percibe y el ambiente. En uno de estos estudios, Bompas y O’Regan propusieron a un grupo de personas que durante cuarenta minutos usaran anteojos con unos lentes particulares: cada uno estaba coloreado una mitad amarilla y la otra azul, lo que hace que la persona que los lleva puestos vea la mitad izquierda de su campo visual amarillenta y la mitad derecha azulada (figura 1).

Posteriormente evaluaron a los participantes ya sin los lentes mediante una prueba que consiste en seguir con la vista un círculo blanco que se mueve hacia la izquierda o hacia la derecha. Los resultados fueron sorprendentes, los participantes informaron percibir “más amarillo” el círculo cuando el desplazamiento era hacia la izquierda y “más azul” cuando éste se movía en sentido inverso (figura 2).

Si percibir requiere simplemente recibir una entrada sensorial y procesarla, el círculo blanco ¿no debiera verse siempre blanco? Justamente el experimento demuestra que hay algo más que una entrada y una codificación de información. Los autores sostienen que durante el uso de los lentes los participantes establecen una relación entre las entradas sensoriales y los movimientos que hacen con sus ojos, lo que se denomina acoplamiento sensoriomotor. Cuando miran a la izquierda ven todo coloreado de celeste, mientras que si miran a la derecha ven todo coloreado de amarillo. Al parecer, el efecto persiste un tiempo en ausencia de los lentes, y es esperable que este acoplamiento pierda su efecto a medida que la persona nuevamente reaprenda a ver como lo hacía originalmente.

Este tipo de experiencias muestran cómo nuestra percepción se va construyendo y modificando a medida que interactuamos con nuestro entorno. Lo cual nos lleva a considerar que la realidad que percibimos no es algo dado, que existe acabadamente a partir de cualidades objetivas, sino como lo dice la frase de Jiddu Krishnamurti que da título a este inciso, la percepción de nuestro mundo es un proceso en permanente construcción.

Posibilidades corporales, posibilidades mentales

Las diversas formas de interactuar con el entorno están determinadas, en gran medida, por nuestra corporalidad. El cuerpo va a habilitar o impedir determinadas posibilidades de acción mediante su anatomía y sus potenciales movimientos; en otras palabras, cada cuerpo abre un abanico de percepciones posibles. Podemos pensar, por ejemplo, en las formas en que diferentes agentes con cuerpos distintos pueden interactuar con un objeto sencillo como una patineta o skate; para un animal pequeño como un ratón, podría significar un buen lugar donde refugiarse, mientras que para un animal de mayor tamaño como un gato, podría ser un lugar para buscar una presa, para un humano que lo mirara por primera vez podría significar un lugar donde sentarse, pararse y hasta para desplazarse unos metros, y para una persona que ha tenido cierta práctica interactuando con la patineta, ésta podría ser percibida como una interface para establecer nuevas interacciones con su entorno, por ejemplo, usarla para trasladarse cotidianamente.

Si bien en los dos últimos casos ambos agentes podrían contar con estructuras corporales similares, la experiencia de acoplamientos sensoriomotores previos puede hacer que el objeto se perciba de manera diferente. En este sentido, de acuerdo con el enactivismo, el cuerpo y su historia de interacciones va llevando a sintonizar de manera particular a cada agente con su entorno, una forma de entender la percepción que se encuentra relacionada con la psicología ecológica propuesta por James Gibson, en donde el término affordance se refiere a las posibles acciones que están disponibles para cada agente en una situación dada; la patineta, en nuestro caso, permite diferentes affordances a cada uno de los actores involucrados. En la actualidad existen grandes esfuerzos por establecer puentes entre la perspectiva enactiva y la psicología ecológica, como lo muestra el reciente número especial editado por McGann, Di Paolo, HerasEscribano y Chemero.

Un sistema dentro de otro sistema

Un sistema es un conjunto de elementos que se encuentran en interacción; en términos de la teoría general de los sistemas, el nervioso es un sistema que a su vez integra otro más grande, el cuerpo, y cada uno de ellos tiene una forma de funcionar específica; por ejemplo, la tarea que cumple el sistema nervioso es diferente a la que cumple el sistema digestivo. Sin embargo, esa tarea debe ser entendida considerando su relación con el sistema mayor que los contiene; lo que son y lo que hacen el sistema nervioso y el sistema digestivo se comprende por su pertenencia al cuerpo, de ahí que frases del estilo “el cerebro percibe que…” reducen artificialmente el fenómeno, ya que el sistema nervioso es sólo uno de los componentes de ese cuerpo entero que posibilita la percepción. Por otra parte, cada cuerpo a su vez está inmerso en un sistema mayor, su entorno, que contiene los objetos y otros cuerpos con los que puede interactuar. Siguiendo la misma lógica de antes, la forma que adquiere cada cuerpo y sus posibilidades de interacción deben ser entendida dentro de su entorno.

La continuidad de estos sistemas, el sistema nervioso, el cuerpo total y el entorno, está garantizada por la interacción dinámica que hay entre ellos. De no haber interacción, su configuración se rompe. Muchas veces son tan fluidos los intercambios que resulta dificultoso poder señalar los límites de cada sistema. Para ilustrar esto vale recordar el clásico ejemplo de Gregory Bateson sobre la persona ciega que cotidianamente utiliza un bastón para desplazarse: el bastón ¿es parte de su cuerpo o del entorno?

El enfoque enactivo recurre a la lógica de sistemas, ya que le posibilita pensar las distintas escalas de elementos involucradas en los actos cognitivos. A la vez, tal como afirma Beer, le permite considerar la cognición como un producto emergente de la dinámica de interacción de tales sistemas. Para comprender mejor la idea de emergencia, imaginemos a una persona caminando hacia una puerta, ¿cómo sabe cuándo debe detenerse para no chocar contra ella? Tradicionalmente, se diría que la persona realiza algún tipo de cálculo interno entre la velocidad de su movimiento y la distancia a la que percibe la puerta; no obstante, esto también se puede explicar de una manera más sencilla: cuando la persona se va acercando, la proyección angular de la puerta sobre sus ojos va aumentando y la imagen de la puerta va creciendo; pero este aumento se da de una manera particular ya que, a medida que se va acercando, la tasa de crecimiento del tamaño de la puerta va aumentando, es decir, se agranda de manera más rápida cada vez que está más cerca. A partir de su experiencia, la persona sabe que un crecimiento abrupto de la puerta significa que está muy cerca. Formalmente, dicha relación fue planteada hace tiempo ya por medio del parámetro de “tiempo para contactar” de Lee. Si entendemos el problema de esta manera, debemos considerar que la información que guía la decisión de frenar es dinámica, no está dentro ni afuera, emerge de la interacción del agente con su entorno.

Vida mental y vida social

A estas alturas es posible ir más allá y pensar: ¿qué sucede cuando interactuamos con otras personas? Saludar, señalar la presencia de un objeto, resolver una consigna en grupo, jugar, son todas acciones que llevamos a cabo con otras personas y mediante las cuales damos sentido al mundo. En la vida cotidiana estamos incorporando continuamente la perspectiva de los otros para modular nuestra forma de actuar. En esta dirección, Hanne De Jaegher y Ezequiel Di Paolo señalan que por medio de las interacciones sociales coconstruimos formas de conocer el entorno.

De acuerdo con el enfoque enactivo, la interacción social es una dimensión fundamental de la cognición. Nuestras formas de actuar y entender al mundo se construyen y evolucionan en interacción con otros; desde la primera infancia, nuestro mundo se va creando en conjunto con nuestros primeros cuidadores. En sus investigaciones entre madres y sus bebés en ambientes naturales, De Barbaro, Johnson y Deák retratan cómo a lo largo del tiempo se van desarrollando habilidades cognitivas como la manipulación y percepción de objetos y la atención, todas reguladas por la interacción social mamá-bebé. Tales estudios también muestran cómo a medida que las habilidades cognitivas se complejizan van emergiendo nuevas formas de organizar la interacción social, como las dinámicas de toma de turnos que dan lugar a actos sociales recíprocos. Así, interactuar con un otro habilita la generación de sentidos que no eran accesibles a cada uno por separado, modificando no sólo nuestra forma de comprender el mundo sino también la de los que interactúan con nosotros. Entender la cognición implica necesariamente dicha dimensión social.

A partir de tales argumentos, algunos autores enactivistas han comenzado a analizar diferentes procesos sociales relacionados con la cognición. Vale señalar al respecto los avances logrados en la comprensión de la emergencia y desarrollo del lenguaje desde una perspectiva social y corporizada, documentados en el reciente libro de Di Paolo, Cuffari y De Jaegher.

Últimas consideraciones

Hemos presentado brevemente la perspectiva enactiva de la cognición. Según esta, los fenómenos cognitivos deben entenderse extendidos en el tiempo y de manera dinámica, más que considerarlos como un procesamiento lineal y mecánico de información. Si bien el sistema nervioso es fundamental, no podemos reducir las explicaciones cognitivas a la fisiología de este órgano. Tal como está representado en la figura 3, además del cerebro las particularidades e historia de un cuerpo inmerso en un entorno físico y social constituyen nuestra cognición.

La forma de entender la naturaleza de nuestras habilidades cognitivas no es trivial, por el contrario, tiene mucho valor en cualquier intento por estudiar, simular, entrenar o rehabilitar habilidades cognitivas; incluso tiene injerencia en la manera como entendemos la naturaleza humana en tanto que inteligencia artificial. La propuesta enactiva invita a considerar a cada agente como un ser autónomo, que construye maneras propias de conocer su entorno; además, que las habilidades cognitivas no están programadas de antemano, sino que a medida que transcurre la vida, la interacción se va complejizando en función de potencialidades y restricciones corporales, ambientales, sociales y culturales.

Por último, es preciso tener en cuenta que la perspectiva enactiva está en franco desarrollo. Desde sus inicios, hace treinta años, los aportes enactivos han incrementado progresivamente en el estudio de fenómenos cada vez más complejos, como la percepción, la cognición social y el lenguaje. Muchas de las ideas aquí expuestas están asociadas a conceptos y formalizaciones específicas que no hemos abordado por cuestión de espacio. Actualmente, el enfoque enactivo abarca diversas áreas, de la neurociencia social al estudio y tratamiento de patologías como el autismo y la esquizofrenia, y tiene además aplicaciones en otros como la inteligencia artificial, el diseño de interfaces, el estudio de la apreciación musical y el lenguaje.
     
Agradecimientos

A Manuel Alvarez quien realizó las Figuras 1, 2 y 3.
     
Referencias Bibliográficas

Bateson, G. 1972. Steps to an Ecology of Mind: Collected Essays in Anthropology, Psychiatry, Evolution, and Epistemology. University Of Chicago Press, Chicago.
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     Bompas, A. y J. K. O’Regan. 2006. “Evidence for a role of action in colour perception”, en Perception, vol. 35, núm. 1, pp. 65-78.
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     Degenaar, J. y J. K. O’Regan. 2015. “Sensorimotor theory of consciousness”, en Scholarpedia, vol. 10, núm. 5, pp. 4952.
     De Barbaro, K., C. M. Johnson y G. O. Deák. 2013. “Twelve-month ‘‘social revolution’’ emerges from mother-infant sensorimotor coordination: A longitudinal investigation”, en Human Development, vol. 56, núm. 4, pp. 223-248.De Bruin, L. C. y L.
     Kästner. 2012. “Dynamic embodied cognition”, en Phenomenology and the Cognitive Sciences, vol. 11, núm. 4, pp. 541-563.
     De Jaegher, H. y E. Di Paolo. 2007. “Participatory sense-making”, en Phenomenology and the Cognitive Sciences, vol. 6, núm. 4, pp. 485-507.
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     Di Paolo, E. A., E. C. Cuffari y H. de Jaegher. 2018. Linguistic bodies: The continuity between life and language. MIT Press, Massachusetts.
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      McGann, M., E. A. di Paolo, M. Heras-Escribano y A. Chemero. 2020. “Enaction and Ecological Psychology: Convergences and Complementarities”, en Frontiers in Psychology, vol. 11, p. 617-898.
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María Luz Lencina
Facultad de Psicología,
Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.

Es una estudiante avanzada de Licenciatura es psicología de la Universidad Nacional de Córdova. Se desempeña como ayudante de alumna en las cátedras de neurofisiología y psicofisiología A y metodología de la investigación psicológica de la Facultad de psicología de la Universidad Nacional de Córdova.

Fernando Bermejo
Centro de Investigación y Transferencia en Acústica, CONICET, UTN FRC.
Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.


Es Licenciado y Doctor en Psicología. Es investigador del CONICET en el CINTRA. También es docente investigador en la Cátedra de Neurofisiología y Psicofisiología A en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba.

María Virginia Barrios
Centro de Investigación y Transferencia en Acústica, CONICET, UTN FRC.
Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.

Es Licenciada en Psicología egresada de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba. Actualmente se encuentra realizando su doctorado en Psicología con beca CONICET en el Centro de Investigación y Transferencia en Acústica (CINTRA) CONICET, UTN, FRC.

     

     
       

 

 

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