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Para una crítica de la noción de raza
 
Carlos López Beltrán

 
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Raza es una de las palabras más difíciles de criticar, no sólo en el idioma castellano sino en casi todas las lenguas occidentales. Ha echado raíces profundas en ellas y es innegable que ha conformado la manera cómo vemos a los demás y somos vistos. A principios del siglo xviii el famoso médico Boerhaave escribía (siguiendo en esto a algún autor de la antigüedad clásica) que en la historia de la humanidad más personas han muerto debido a la mala clasificación (y por tanto mala cura) de enfermedades, que todas las que han caído en los campos de batalla. Un efecto similar —podría afirmarse— ocurre cuando se acude al concepto de raza para clasificar a los seres humanos: engendra tales prejuicios y malos entendidos que tiene el efecto de cegar a sus usuarios.

La noción de raza está vinculada históricamente a la de estirpe, pues se confunde con la genealogía y el origen histórico y biológico de los seres. Remite a sus “lazos de sangre” que hoy día se han convertido en sus vínculos de genes. El pensamiento llamado tipológico (o esencialista) hasta el siglo xix solía ligar pertenencia a familia, tribu, grupo y nación con un sustrato material, transmitido de generación en generación a través de la sangre y reflejado en los rasgos físicos y morales de las personas y colectividades. De ahí surgen, por un lado, la idea de pureza de raza y, por el otro, la idea complementaria de hibridación o mestizaje. La mezcla de razas ha sido vista alternativamente como algo nocivo o deseable, según tiempo y lugar, pero parece llevar siempre implícito el ir contra una tendencia “natural”, el romper un orden preestablecido (Tomaré a una mujer salvaje, hará a mi raza morena y rara, escribió Tennnyson).

En los diccionarios etimológicos encontramos desacuerdo sobre la manera en la que se incorporó la palabra raza a las lenguas romances. Una versión nos habla de la incorporación al francés, a fines del siglo xv, de razza, una forma poslatina, meridional, del italiano que se refería a una “especie o grupo de gentes”, o del provenzal antiguo rassa, que indica una “banda de individuos que se organizan; un complot o conjura”. Otra versión hace de raza una deformación del latín ratio (cálculo). Paradójico sería que fuese pariente cercana de razón. Una tercera historia es que proviene del latín generatio, pasando por formas intermedias como generace o naraccia (en el veneciano), para referirse a una familia o banda de gentes al servicio de alguien. Esta asociación con familia, casta, grupo consanguíneo, se refuerza durante los siglos xvi al xviii.

En la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert se asocia la palabra raza con la ciencia de la genealogía. Sinónimo de extracción, línea, linaje. “Lo que se dice tanto de los ascendientes como de los descendientes de una misma familia: cuando se trata de una familia noble, la palabra es sinónima de nacimiento”. Un segundo y notable sentido de raza en esa obra es el de “especies particulares de algunos animales”. Este doble alcance, hacia la genealogía humana y hacia la tipología animal, habría de fusionarse poco después con la “cientifización” del término.
Raza ha estado así teñida por la connotación genealógica, que pide que los miembros de una raza pertenezcan a un mismo árbol de descendencia, sean de la misma familia, casta o linaje. No eran rasgos físicos en un principio los que determinaban la pertenencia a la raza, sino los parentescos. Debido, claro, a la vieja observación de que lo similar engendra lo similar es posible que muy pronto la palabra raza se asociara con similitudes físicas. Lo importante a destacar es que desde su introducción en idiomas como el francés, el inglés o el español, raza fue siendo usada cada vez con mayor frecuencia en sentido peyorativo (para denostar a los otros, los extranjeros, los diferentes) que en un sentido positivo (para elogiar la procedencia familiar o tribal de alguien) o neutro. “Ningún cuerdo quiere muger con raza de judía ni de marrana”, se dijo en España en el siglo xvi.

La utilización del mismo vocablo por los estudiosos de los seres vivos que, desde Linneo en adelante, intentaban encontrar clasificaciones naturales para la diversidad animal y vegetal, ayudó a extender el uso de raza, y a producir la confusión. Podríamos decir que la construcción en el siglo xviii de un poderoso sentido científico en torno al término raza se conjugó con los prejuicios originales que ya acarreaba éste para darles una apariencia de objetividad a las diferencias genealógicas. Eso se debió en parte a que aun dentro del espacio científico, raza se siguió usando con bastante ligereza y vaguedad (lo mismo para referir variedades geográficas naturales, que linajes o pedigríes de ciertos animales domésticos). Los problemas clásicos de la taxonomía y la historia natural (¿cuándo una variedad es tan diferente como para ser considerada otra especie?) se complicaron cuando, después de Darwin, se estableció que finalmente el único criterio real de unidad de un grupo biológico a que podemos aspirar es genealógico: la ascendencia (o descendencia) común.

Para mediados del siglo xix la situación respecto a las llamadas razas humanas estaba bastante embrollada. Décadas atrás, en aquel viejo e imperial continente, bajo el celo clasificatorio ilustrado de varios autores, como Blumenbach, Buffon o Kant, se había decidido que existen cinco tipos humanos básicos (y no dos o dieciséis), cada uno con su lista muy peculiar de características físicas, intelectuales y morales, de las cuales (¡sorpresa!) la “raza caucásica” era la más perfecta. Las otras, en su versión geográfica, eran: la asiática, la americana, la africana y la malaya. Al mismo tiempo, la palabra raza se siguió usando para referir otro tipo de grupos humanos, por ejemplo aquellos con historias nomádicas y tradiciones endogámicas (que suelen inducir gran rechazo y recelo) como los gitanos o los judíos, o la de pueblos que se dispersaron dejando islas de su influencia cultural en muchos sitios, como los celtas o los árabes.

Uno de los efectos profundos de la “cientifización” de las razas humanas fue la tipologización de las mismas, que con el espíritu clasificatorio y esencialista bajo el que se hizo implicaba que a cada una correspondía un conjunto bien atado, indivisible, de rasgos. Quizá una de las discusiones más cargadas de ideología en la historia de la ciencia sea aquella que se dio durante las décadas decimonónicas sobre la genealogía humana. El poligenismo contra el monogenismo. La primera posición hacía de las razas humanas cinco especies biológicas distintas, sin ancestros comunes; cada una producto de un acto de creación independiente. Por su parte, los monogenistas defendían, unos con bases bíblicas, otros con científicas, la idea de que los humanos venimos todos de ancestros comunes, esto es, que somos de la misma especie. Fue sin duda una gran fortuna para el género humano que los segundos hayan tenido los hechos de su lado, pues bastantes atrocidades ya han cometido nuestros congéneres basados en la repulsión hacia lo diferente. Pero la lengua no ha tenido tiempo (ni deseos) de ponerse al día. Una herencia de la disputa sobre el origen y la importancia de las razas para el conocimiento científico de los seres humanos es que esta palabra, raza, ha quedado impregnada de un sentido que insiste en la diferencia, de un modo esencialista y determinista. Se tiende a pensar que la pertenencia a un grupo racial es algo fundamental, biológicamente y espiritualmente, que hace a la persona ser lo que es.

II

Desde hace varias décadas ha crecido el número de voces que insisten en que habría que eliminar por completo el vocablo raza del lenguaje. En el habla cotidiana —se afirma— es una aglutinadora y transportadora de prejuicios xenófobos, y en el ámbito científico “el término raza ha sido tan sobrecargado de significaciones superfluas y contradictorias, conceptos erróneos y reacciones emocionales que ha perdido casi por completo su utilidad” (palabras de J. P. Scott). Pero no ha faltado por otro lado quien, como Buettner-Janusch, abogue por la preservación del término, afirmando que “aquellos que sostienen que las razas no existen están exasperados por la inadecuación e inconsistencia de las clasificaciones publicadas, por los males de la intolerancia y por lo aburrido de la mayoría de los escritos acerca de la raza. Sus corazones se hallan en un lugar idóneo, sus cabezas, no […] raza es un término perfectamente útil y válido […] es una comunidad reproductora de individuos que comparten una misma dotación de genes”.

La posibilidad, o imposibilidad, de establecer la existencia de grupos raciales atendiendo a las características genéticas, y dejando de lado la pura superficilidad de algunos rasgos fenotípicos, se halla así en el centro de la disputa científica actual, y a mi ver inclina la balanza contra el uso del término raza.

Aclaremos: la discusión contemporánea en torno a las razas humanas toma dos formas. Un debate científico, en el que participan principalmente antropólogos, genetistas de poblaciones, demógrafos y algunos observadores cercanos de la ciencia. Otro debate popular, abierto, sobre si sigue cumpliendo algún fin la clasificación de los humanos en razas, y sobre si está de algún modo presupuesta en el esquema clasificatorio mismo la jerarquización racista de los grupos humanos. No está claro cómo están vinculados ambos debates, pero pareciera que del desenlace del primero dependerá la fuerza que en lo sucesivo tendrán los argumentos de los bandos enfrentados en el segundo. Es decir, si los científicos llegasen a concluir que no hay ninguna realidad objetiva que pueda ser capturada con una división de la especie humana en variedades o subespecies geográficas-genealógicas que puedan agruparse en el esquema racial, entonces quienes se oponen a que tales distinciones se sigan haciendo en el habla común, sobre todo por sus estelas racistas, verán reforzada su posición. Y si el consenso científico se inclinase hacia conservar la racimación racial, el bando que apela al “sentido común” heredado obtendría los bonos. Es por lo mismo importante evaluar el estado de la discusión entre los científicos.

III

La disputa en las comunidades científicas se despliega en torno a la pregunta de si tiene sentido o no seguir conservando la clasificación racial para Homo sapiens. Con la reformulación de la noción de evolución biológica en términos de cambio de frecuencias génicas en poblaciones, y con la exploración por la biología molecular de los polimorfismos en las poblaciones humanas, se reformula también la idea de que existen grupos humanos genealógicamente establecidos e identificables por las divergencias genotípicas y fenotípicas acumuladas durante los periodos de aislamiento geográfico entre los grupos, debido a un proceso evolutivo de divergencia que dio origen a lo que pueden considerarse subespecies o razas.

La pregunta es si existen subespecies (razas) descriptibles por cúmulos de rasgos (genes y su expresión fenotípica) estables, típicos, constantes, de modo que, dejando de lado híbridos incómodos, a cada individuo corresponda uno y sólo un sitio en la clasificación. O, en términos actuales, si la divergencia histórica logró constituir conglomerados discretos de genes típicos, asociados a las poblaciones que estuvieron geográficamente aisladas durante los siglos de la prehistoria.

Otra manera de formular la pregunta es resolver si raza es, digamos, como “volcán”, una palabra que puede indicar y separar con relativa verdad una clase de cosas o de sucesos, y se refiere a aspectos que encuentran su apoyo en la manera como el mundo está de hecho armado, o si por el contrario el uso de raza se parece cada día más al que hacemos de “humor” o de “temperamento”, que son residuos de viejas clasificaciones médicas, otrora objetivas, y que nos siguen sirviendo como modos de significar ciertas apariencias superficiales (que las antiguas teorías tomaron durante un tiempo como esenciales) pero que han perdido por completo su agarre referencial con el mundo, al haberse mostrado como ilusorias sus premisas teóricas. La ciencia podría así decidir si raza es sólo una reliquia lingüística. Restaría la pregunta de si la queremos conservar.

Desde la década de los cincuentas del siglo xx podemos encontrar tanto a científicos que defienden como a otros que atacan el uso de raza. Es claro que la incomodidad ética respecto a la noción esencialista de raza se extendió rápidamente después del nazismo y sus devastaciones. Un argumento que se usó en aquellos años fue que las condiciones que privaban durante el periodo de formación de las razas humanas (pequeñas poblaciones prehistóricas separadas geográfica y genéticamente y sometidas a presiones de selección particulares vinculadas a ciertos ambientes) dejaron de prevalecer con el paso de los siglos, y que con la situación actual de migraciones y mestizaje ha perdido el sentido hablar de razas.

En 1962 S. L. Washburn se quejaba de que la “discusión de la raza parece engendrar discusiones y confusiones sin fin”. Para criticar a las “personas [que] piensan que las nuevas condiciones —de la especie humana— son tan diferentes que resulta mejor ya no utilizar la palabra raza ni la palabra evolución”, pues creía que “esto confunde más de lo que aclara”, ya que “la evolución no se ha detenido puesto que las nuevas condiciones cambiarán las frecuencias génicas” aunque “las condiciones que produjeron las viejas razas se han ido”. Para Washburn entonces la actitud correcta a adoptar es reconocer que nuestro pasado produjo inicios de divergencia biológica en nuestra especie que dieron como resultado los conglomerados de rasgos adaptativos distintos que caracterizan a los humanos con orígenes geográficos varios (típicamente africano, asiático, europeo, americano o australiano). Que para nuestra fortuna la divergencia no alcanzó a producir disrupciones en el proceso de fecundación y desarrollo de modo que toda la especie humana sigue siendo 100% interfecunda y fértil (lo cual posibilita la proliferación actual de mestizajes). Que no conviene negar la existencia de las razas (ya que es un hecho histórico y biológico, y ayuda a conocer la variación entre los hombres de, por ejemplo, proclividad a ciertas enfermedades, o adaptación superior a ciertos ambientes). Que lo más importante es saldar las diferencias externas entre los hombres, económicas y políticas, que son el verdadero origen de guerras y xenofobias.

Esta percepción de que negar la existencia de las razas es caer en una distorsión ideológica de signo inverso al racismo, en la que por pruritos éticos o de otra índole se ignoran los hechos, es común. Esta subordinación de la ciencia a la visión política o social, se arguye, es muy peligrosa, debido a que se pierde el asidero de la objetividad, y se cae en el territorio donde terminan dominando los sectores que usan la demagogia y no la razón, como lo hacen los racistas mismos. El lenguaje en el que Washburn planteó el problema se ha vuelto, sin embargo, un tanto obsoleto.

Dejando de lado la corrección política, ha sido el avance en el conocimiento de la variación genética en poblaciones humanas lo que ha inestabilizado más la noción de raza. La redefinición de población en términos de acervo genético compartido por organismos de la misma especie y geográficamente cercanos (de modo que sea factible que compartan descendencia próxima) desvió abiertamente la atención de los rasgos fenotípicos notorios que habían sido el fundamento decimonónico de la división racial. Bajo esa descripción, de comunidad reproductora y su peculiar coctel de diferentes genes, la discusión se vuelve en torno a si, de hecho, en las poblaciones humanas concretas encontramos discontinuidades, distancias genéticas y agrupamientos de genes que señalen la existencia clara de variedades biológicas discretas en nuestra especie.

Así, en las décadas de mediados del siglo xx, con la idea de que una raza es una población reproductora local, se intentó enterrar la noción esencialista. Raza devino un término taxonómico dirigido a agrupaciones dentro de una especie, de mayor generalidad que la población local. Se afirmó que lo que define a las razas es la diferencia en la frecuencia de algunos genes. La cuestión a aclarar, en todas las especies, pero crucialmente en el caso humano, no fue ya si existe variabilidad genética asociada a la distribución geográfica, sino si esa variabilidad se acumula y agrupa, conformando bolsas o cúmulos discretos que puedan delimitar una subespecie o raza.

En 1953 Wilson y Brown hicieron la propuesta de desechar el concepto de subespecie de la biología, pues, según ellos, los hechos lo invalidaban. La variación local entre poblaciones locales, alegaron, es discordante. Es decir, que los distintos caracteres que difieren entre poblaciones cercanas no lo hacen de una manera correlacionada, salvo en situaciones muy especiales. Así, si “se usa un solo carácter genético es posible dividir a una especie en subespecies de acuerdo a cómo varía dicho carácter. Si se usan dos caracteres puede seguir siendo posible hacerlo, pero se tendrán algunas ‘poblaciones problema’ que un antropólogo llamará compuestas o mixtas. A medida que incorporamos más caracteres al análisis se va haciendo cada vez más imposible determinar ‘cuáles son las verdaderas razas’”.

En los años sesentas hubo intentos de resolver los dilemas de la visión neodarwinista en torno a raza. Se argumentó que la variación genética y su distribución respaldaban la objetividad de la idea de subpoblaciones raciales. Es ése el contexto de la afirmación citada de Buettner-Janusch: “raza es un término perfectamente útil y válido” que sigue diciendo “es una comunidad reproductora de individuos que comparten una misma dotación de genes. El nivel en que se defina la comunidad reproductora depende del problema que a uno le interesa investigar. No hay un nivel absoluto, definitivo o “verdadero” en el que se definan estas comunidades “reproductoras”. Es una visión relativista y pragmática la que ahí se defiende. Las poblaciones biológicas permiten, para ciertos fines particulares, ésta o aquella división subespecífica, y es útil y hasta necesario hacerla, siempre y cuando no la queramos generalizar y sacar del contexto de investigación específico.

El célebre genetista T. Dobzhansky defendió una posición similar. El concepto de raza, afirmó, tiene dos aspectos. Por un lado es una categoría de clasificación y por el otro es un fenómeno biológico. “La clasificación es una necesidad […] Hay más de tres billones de personas en el mundo hoy, y nadie puede conocer a todas individualmente; es necesario agruparlas, clasificarlas, denominarlas. Si las razas no existieran habrían tenido que ser inventadas”. Dado que existen, este autor pensaba, nuestra tarea es entender qué son. Partiendo de que hay diferencias genéticas entre dos individuos cualesquiera (exceptuando gemelos univitelinos), Dobzhansky afirma que bajo el enfoque poblacional neodarwinista “las diferencias raciales son diferencias genéticas entre poblaciones mendelianas, no entre personas. Y sin embargo las razas difieren en los mismo rasgos que difieren las personas”.

Dado que entre cualesquiera dos poblaciones humanas encontraremos siempre algún grado de diferencia en las frecuencias génicas, habrá siempre la posibilidad de distinguirlas y nombrarlas distinto. Si esto resulta conveniente (si por ejemplo coincide con una división histórica o etnológica) no hay razón para no darle nombre a esa diferencia. Raza es tan bueno como cualquier otro, con la ventaja de que es el nombre usado y entendido por todos. El único peligro —piensa Dobzhansky— es asociar al nombre un pensamiento tipológico (esencialista), que ignore el carácter estadístico de la realidad racial, y el carácter convencional de la estipulación. Para él, las razas difieren entre sí más respecto a la frecuencia de algunos genes, que debido que ciertos genes estén presentes en todos los individuos de una de ellas y ausentes en los de otra. Esto, dice Dobzhansky “desautoriza la concepción tipológica”. Pero “también desautoriza a ciertos autores modernos, quienes pretenden que, dado que las razas no son cajones herméticos, no existen”. Esta última y caprichosa propuesta, piensa nuestro autor, necesita como antagonista la noción caduca de raza para ser adecuada. Pienso que, con todo, no deja de haber una apelación al “sentido común” en Dobzhansky: puesto que los habitantes de distintos países son diferentes las razas existen; su utilidad es respaldar lo preconcebido.

Es importante notar que no todos aceptan la redescripción del problema de la raza en términos neodarwinistas. El imperativo clasificatorio ha sido defendido de una u otra manera, por encima del puro esquema genético, por algunos antropólogos y biólogos con intenciones a menudo bastante ladinas. La idea es que independientemente de las frecuencias génicas, que sin duda son el sustrato de la variación entre las poblaciones humanas, hay un subconjunto especial de rasgos adaptativos, morfológicos, fisiológicos y conductuales que distinguen nítidamente a los subgrupos que requieren el estudio especializado de las razas humanas. Los científicos contemporáneos que se siguen abocando a esta tarea típicamente correlacionan propiedades varias (cuya elección misma, creo, es criticable dada su inexplicable sesgo descalificador de uno u otro grupo) con la pertenencia a supuestos grupos raciales. El ejemplo más notable y controvertido es el del coeficiente intelectual (iq). Otros menos conocidos son la tendencia a la poligamia, a la violencia sexual, a tener partos múltiples, concentración de testosterona en los varones, etcétera. Otro tipo de estudios, sólo un poco menos dudosos, tienen como objetivo utilizar las divisiones raciales para conocer la distribución en éstas de predisposiciones, genéticas o de otra índole, a ciertas enfermedades.

IV

La decisión de cómo entender la variación genética en poblaciones humanas, aunque no pueda obligar a que todos se alineen (es decir aunque deje abierto el terreno para que alguno decida enfocar su atención sobre subconjuntos de caracteres y arbitrariamente decida basar su clasificación racial en ellos) es importante porque al menos puede darnos un marco de referencia para mostrar el nivel de absurdo, o de prudencia, que tienen los estudios focales.

Frank B. Livingstone propone que la manera de entender la variación en poblaciones humanas es cambiar la noción de raza geográfica por el concepto propuesto por Ernst Mayr de clina, que resulta adecuado para modelar la forma en la que se comporta la variación genética entre las poblaciones humanas. La idea central es que la variación génica no se agruma en paquetes discretos (candidatos a llamarse razas), sino que se dispersa como un gradiente en el que definir una frontera es siempre una arbitrariedad. La noción de subespecie tiene, Mayr reconoce, utilidad taxonómica, pero normalmente se trata de una apariencia que no responde a ningún sustrato biológico real, y de ningún modo puede considerarse, como lo hacen algunos, una unidad de evolución. Una población subespecífica es parte de una clina cuando forma parte de un gradiente que la vincula con una o varias otras poblaciones cercanas. Livingstone concluye que la mayor parte de la variación genética entre las poblaciones humanas puede describirse y explicarse sin utilizar el concepto de raza, ni algún sucedáneo de éste que aluda a discontinuidades claras. “La variabilidad en la frecuencia de cualquier gene puede graficarse de la misma manera en la que la temperatura es graficada sobre un mapa de climas, y esta descripción de la variabilidad genética puede describirla toda y no presupone ninguna explicación”.

Recientemente, los estudios de la historia genética de las poblaciones humanas, basados en exhaustivas mediciones de las distancias genéticas, de Luigi Luca Cavalli-Sforza y varios otros, han dado un contundente respaldo a la posición de Livingstone. Basadas en una investigación a nivel planetario de la manera en la que varían las frecuencias de genes con relación a la geografía y a la historia de los movimientos migratorios de las poblaciones, Cavalli-Sforza y sus colaboradores han hecho ver que la idea de definir grupos geográfica y genéticamente separados, así sea convencionalmente, comienza a rayar en el absurdo. Contra lo que Dobzhansky creía, no es posible en la mayoría de los casos tener casos claros en los que se justifique el establecimiento de nombres, de definiciones basadas en frecuencias genéticas. Suponiendo que una raza la conformen un grupo de individuos cuya suma de características nos permita reconocerlos como biológicamente distintos a los demás, dicha diferencia debe demostrarse estadísticamente, sobre todo respecto a las poblaciones cercanas. Dado que lo que se encuentra siempre son continuidades de variación de frecuencias, que se dan a distintas “velocidades” en distintos tipos de genes (v. gr. los genes neutros difieren de los genes sujetos a algún tipo de selección), y de diferente manera en distintas direcciones, resulta arbitrario fijar un criterio estadístico de cuándo se ha acumulado suficiente variación para decir que ya se trata de otra raza. Al hacerlo tendremos siempre situaciones absurdas, como que habrá más variedad genética entre dos individuos de la misma raza que entre dos de razas distintas, y tendremos poblaciones vecinas, las de Perote y Jalapa, por ejemplo, que “se enterarían con sorpresa que pertenecen a distintas razas”. Sin duda, nos dice Cavalli-Sforza, las barreras geográficas han dejado huellas en las frecuencias genéticas, al frenar la migración y difusión de genes en ciertas direcciones, pero jamás han sido completamente impenetrables (y menos en tiempos modernos), de modo que las migraciones siempre han terminado por establecer continuidades casi perfectas. Contrario a lo que sucede en otras especies, en las que hay subespecies biológicas que sí se aíslan en términos reproductivos, la fecundidad entre los seres humanos de todos los grupos fue siempre completa. Para Cavalli-Sforza, un reconocimiento importante para esclarecer la discusión en torno a las razas es el de que las diferencias morfológicas que dieron origen en los siglos pasados a las clasificaciones raciales esencialistas se debieron históricamente a adaptaciones epidérmicas (en sentido literal y metafórico) a distintas situaciones climáticas. “Los caracteres de adaptación climática son, típicamente, caracteres de la superficie corporal”, casi como tautología “la superficie del cuerpo es muy visible” y sus características pueden provocar en nosotros impresiones duraderas. Sobre todo si se trata de la percepción de diferencias, de extrañamientos. “El error consiste en hacerlas extensivas a todos los demás caracteres”. La inmensa mayoría de los caracteres humanos son invisibles, y sólo definibles y demarcables a través de estudios biológicos, fisiológicos o moleculares. Las adaptaciones locales, climáticas, de salud, nutricionales, etcétera, tienen una importancia relativa al conjunto de todo los genes, así como relativa a todas las funciones fisiológicas y sicológicas humanas, tan menor que apenas pueden considerarse como un accidente. Adaptaciones que además han perdido completamente significación en las nuevas condiciones demográficas y sociales de la especie.

A mi entender, el problema básico no está en la decisión de si estudiar en el nivel genético, u otro, las características de las poblaciones humanas, sino en si hemos de invocar el espectro de la noción de raza. Pero debemos tener claro que una parte importante de la confusión actual deriva de que mientras algunos biólogos y antropólogos han dejado completamente atrás la vieja imagen de las cinco razas fenotípicamente distantes, y trabajan en un mundo donde lo que hay que atender sobre todo es a la distribuciones de frecuencias génicas (cuya dinámica de cambio puede además modelarse matemáticamente), hay todavía demasiados científicos interesados en privilegiar la superficie fenotípica y en usarla como fuente de criterios clasificatorios, que de ese modo siguen abierta o implícitamente afectados por las nociones heredadas, esencialistas, de raza.

Es una inferencia bastante lamentable en su llana calidad lógica la de pasar de unos cuantos rasgos llamativos al establecimiento de estancos definitivos que quieren capturar todos los rasgos de una persona bajo su pertenencia a una raza. Se necesita, entre otras cosas, el lubricante de una pasión xenofóbica o racista para que pésimas inferencias como ésas asuman la apariencia de obviedad que para algunos tienen. Bajo una perspectiva así resulta injustificado seguir manteniendo con algún grado de seriedad investigaciones con pretensiones científicas basadas en correlaciones entre grupos de rasgos y pretendidas razas humanas. Lo único a lo que contribuyen es a aumentar la confusión y el prejuicio.

V

¿Debemos eliminar el uso de la palabra raza? Paul T. Baker piensa que no nos toca decidirlo. “Las razas, escribe, no tienen más o menos realidad que las sillas, puesto que ambas son entidades informativas humanas que persistirán lingüística y conceptualmente en tanto sirvan a los propósitos de quienes las utilizan”. Pero podemos cuestionar dichas intenciones, y con ello la pretendida objetividad a la que conducen. En la biología, salvo las categorías taxonómicas con objetos bien definibles, como phylum, especie, y por supuesto individuo, todas las demás son claramente arbitrarias y dependen de convenciones revocables. Sobre todo aquellas, como subespecie, variedad o raza, que están por debajo del nivel de especie y por encima del de individuo.

Los heterogéneos agrupamientos de caracteres, en grupos de individuos relativamente aislados, que dan origen a las llamadas variedades geográficas, parecen ser superficiales e inestables comparados con los muchísimos y más determinantes rasgos que los miembros de una especie comparten. Las diferencias genéticas entre seres humanos clasificados como de “razas distintas” es por lo general del mismo orden de magnitud que las diferencias entre individuos de la misma raza. No hay discontinuidades abruptas. Por ende, la idea de que hay algo así como la raza a la que cada ser humano pertenece (o la cruza de razas, dada en partes proporcionales de sangre según los ancestros) carece de objetividad. Ése parece ser el consenso hacia el que se mueven los científicos. La reciente propuesta para cambiar la declaración de la unesco sobre las razas de la Asociación Americana de Antropólogos Físicos así lo muestra.

A pesar de que la genética de poblaciones nos indica una dirección clara: (el abandono del concepto y la palabra misma de raza), su dictamen no tiene por qué regir autoritariamente el uso en todos los contextos. El debate ético y político en torno al uso del vocablo tiene que seguir sus propias dinámicas. A pesar de lo dudoso que pueda ser, si alguno toma la decisión de privilegiar las diferencias superficiales en la morfología de los grupos humanos, ninguna norma legal deberá prohibirlo. Está claro que si los hablantes de nuestras lenguas deciden que les va bien seguir usando para algún fin las “diferencias” que demarcan las categorías raciales heredadas, lo harán. Se trataría entonces de convencerlos de su error. El debate se traslada así a la región menos objetiva y más controversial de los valores, la corrección o incorrección ética (que no política), y la sanidad en las relaciones entre los grupos humanos. Personalmente creo que el caso contra seguir usando raza es fuerte y debemos tratar de eliminar el vocablo.

Aunque claro que hay muchos usos menos problemáticos del término raza fuera del contexto humano (perros, conejos), y que también podría alegarse que muchos usos de raza en contextos humanos son inocuos y superficiales, el asunto se torna grave cuando se transporta el sentido de raza hacia el espacio donde se dirimen las identidades culturales, nacionales, tribales. Creo por eso que identificar una raza, con todas las connotaciones seudobiológicas y genealógicas, con una nación es un acto no sólo de ignorancia, sino que, en el sentido de Boerhaave, puede llegar a ser criminal.

Tengo la convicción de que el lema “Por mi raza hablará el espíritu” que utiliza la Universidad Nacional Autónoma de México desde hace décadas ha perdido su sentido; se ha vaciado. José Vasconcelos, su creador, vivió inmerso en una visión del mundo fosilizada, heredada del siglo xix, en la que hablar de la “raza cósmica”, o pergeñar el lema que se nos ha fosilizado en la unam resultaba “natural”. Es cierto que muchos de nuestros contemporáneos se resisten a salir de ese mundo en que un indio era un indio, y un blanco un blanco, y cada cual debía saber su sitio. Que es sin paradoja el mismo mundo donde la mezcla o mestizaje es un fenómeno biológico de una importancia fundamental, y hasta cósmica, que puede por sí mismo dirigir el curso de la historia. No debemos olvidar que ése es exactamente el mundo que da sentido al eugenismo, a las políticas de saneamiento étnico y tantas otras aberraciones. Quizá ha llegado la hora de que el espíritu hable por otra cosa más significativa que la raza.

Referencias bibliográficas

 

Cavalli-Sforza, Luigi Luca. 1997. Genes pueblos y lenguas. Crítica, Grijalbo Mondadori.
Harding, Sandra, comp. 1993. The “Racial” Economy of Science. Universidad de Indiana.
Marks, Jonathan. 1995. Human Biodiversity; Genes, Race and Enlightermentt. Blackwell.
Mead, M., T. Dobzhansky, E. Tobach y R. E. Light, comps. 1972. Ciencia y concepto de la raza. Fontanella.
Rushton, J. Phillipe. 1995. Race, Evolution and Behavior. Universidad de Western Ontario.
Carlos López Beltrán
Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo

López Beltrán, Carlos. (2001). Para una crítica de la noción de raza. Ciencias 60-61, octubre-marzo, 98-106. [En línea]
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¿Se puede negar la existencia de las razas humanas?
 
Armando González Morales

 
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Todo pensamiento es un signo externo, prueba de que el hombre es un signo externo.
Vygotsky
   
El concepto de “raza” fue especialmente predominante en la antropología física del siglo xix y la primera mitad del xx. A partir de la segunda mitad del siglo xx, con la segunda revolución darwiniana (o llamada síntesis evolutiva), el concepto de población comenzó a reemplazar en importancia al de raza; sin embargo, este último no desapareció y sigue siendo utilizado tanto en la literatura científica como en publicaciones masivas. Un ejemplo de estas últimas es el volumen Hombre de un atlas publicado en España. En él aparece una definición biológica de raza: “El hombre pertenece a un solo género zoológico, a una misma especie y a una única subespecie, pero presenta una notable variabilidad entre individuos y poblaciones a las que convino en denominar razas”.

Quizá la mayor dificultad que persiste al tratar de comprender la verdadera dimensión de las razas humanas se debe a que se han tratado de explicar como un fenómeno genético, taxonómico, psicológico o ideológico, menospreciando, al parecer, el simple hecho de que todo comienza como un fenómeno de percepción; entre los estudiosos de las razas y el racismo se ha invertido el valor de los términos, debido a una visión que no ha permitido acercarse a otras áreas de conocimiento de utilidad para explicar el fenómeno racial, por lo que se continúa con explicaciones desde muy especializados campos de conocimiento, sin tomar en cuenta —como nos señala Peirce— que la percepción es ya una abstracción. El análisis semiótico podrá ser así un medio para comprender las razas humanas como signos visuales, los cuales nos llegan como bloques de aspectos culturales y lingüísticos, esto es, como signos indicativos, iconográficos y simbólicos, tal y como ocurre con la fotografía.

Fue Charles Sanders Peirce quien, a fines del siglo xix y principios del xx, desarrolló gran parte de los fundamentos teóricos de la semiótica y con ello ayudó, como lo dice Dubois, a superar el obstáculo epistemológico que consistía en considerar a la fotografía como una mimesis de la realidad. Peirce hizo la distinción de tres tipos de signos: los índex o índices, los iconos y los símbolos. Los índices los definió como signos que mantienen con su referente una relación de conexión real, de contigüidad física, de copresencia inmediata, mientras que los iconos se definen por una simple relación de semejanza atemporal y los símbolos son una relación de convención general. La fotografía es, fundamentalmente, un índice, una huella física de un referente único, un signo que atestigua la existencia de lo que da a ver, pero ello no implica que signifique, es decir, en palabras del propio Peirce: “el índex no afirma nada; sólo dice: allí”.

Una fotografía, al igual que la imagen de un tipo racial, de una raza, no explica nada, no interpreta, no comenta. Como diría André Bazin, en la característica esencial de la imagen fotográfica debe buscarse el porqué de su carácter polisémico y de esta manera encontraremos aquello en lo que debemos concentrarnos: no en el resultado sino en la génesis. Es decir, en una raza como en una fotografía el sentido más importante en que debemos fijarnos por ahora sería precisamente indicar, subrayar, mostrar su relación singular con una situación referencial determinada.

Cabe señalar que la ambigüedad de una fotografía y el reconocimiento de una raza son bastante similares. Peirce equipara la fotografía y la producción de las especies como algo muy semejante, porque no sabemos definir con precisión “las circunstancias de la producción de las especies y las fotografías”.

Por lo tanto, es posible pensar que las razas también son una especie de índice que no puede afirmar nada pero indica, como la fotografía, una contigüidad física. Las razas son incapaces de explicar algo y no prueban nada más allá de lo que permiten ver. Una fotografía como una medida antropométrica es un testimonio ontológico de la existencia de lo que da a ver, pero no logra significar nada.

Las razas, entonces, siguiendo a Peirce, son signos indicativos; son una cualidad material que se aplica de un modo puramente denotativo y no demostrativo, pero tienen la función de representar. Así, las razas tienen la capacidad de designar algo pero no de significar, existen, pero no pueden dar explicaciones más allá. Podríamos decir que un estudioso de las razas sólo debería dar cuenta de lo que se puede observar. Los trabajos racistas se distinguen fácilmente porque tratan de demostrar algún significado que objetivamente no tienen dichas diferencias. Es decir, las razas no pueden llegar a significar más allá de lo que es observable, es decir, una variabilidad enorme y difícil de determinar con precisión, como el hecho de tratar de definir todos los posibles matices del color rojo, sin que esto niegue la existencia de los colores.

Ahora bien, como Peirce lo analiza, un signo puede al mismo tiempo ser índice, icono y símbolo. El icono, como su nombre lo indica, es una imagen de su objeto; se le parece, exista o no. Imaginemos el rostro de una persona de origen africano, otra de descendencia asiática y una europea. Es casi seguro que nos figuraremos arquetipos dignos de cualquier libro que hable de las razas humanas. Serán construcciones visuales, muy probablemente personas que no existan, pero que cualquiera podría reconocer como miembro de cada uno de estos tres llamados troncos raciales básicos, que generalmente van de tres a cinco.

Así, como ocurre ante un color, cualquier persona puede distinguir un tipo racial. Mas los antropólogos físicos buscaron las bases científicas para establecer donde comienza y termina una raza, desarrollando toda una terminología iconográfica capaz de ser reducida a medidas antropométricas y hoy genéticas. Sin embargo, no ha sido posible asentar cuántas medidas son las indispensables para determinar las características biológicas de una raza. Por ello, el signo indicativo, en este caso un tipo racial, no logra llegar a ser un símbolo por sí mismo a pesar de que llegue a ser un icono, es decir, que los signos raciales no pueden llegar a simbolizar nada por sí mismos, debido a su carácter indicativo, y cuando llegan a elevarse a un nivel simbólico deben hacerlo auxiliados forzosamente por un contexto, por una ideología. Con esto podemos establecer una clara diferencia entre una práctica raciológica y una racista.

El antropólogo francés Louis Doumont ha señalado, precisamente, la transformación del símbolo racial indicativo al plano simbólico y por lo tanto racista. En su estudio “Caste, racisme et stratification”, Doumont dice que al racismo occidental hay que asociarlo con la tradición dualista del cristianismo: “Observamos que en algunas circunstancias que habría que precisar, se sigue estableciendo una diferencia jerárquica, pero esta vez se refiere a los caracteres somáticos, a la fisionomía, al color de la piel y a la ‘sangre’. Sin duda éstos han sido siempre los signos de la diferencia, pero ahora se han convertido en su esencia. ¿Cómo explicarlo? Recordemos que somos los herederos de una religión y de una filosofía dualista: la separación del espíritu y la materia, y la del alma y el cuerpo impregnan toda nuestra cultura, y especialmente a la mentalidad popular. Es como si la mentalidad igualitaria-identificadora se situara dentro de este dualismo, como si al referirse la igualdad y la identidad a las almas espirituales, la diferencia sólo pudiera residir en los cuerpos”. Al respecto, Peirce sostenía que el símbolo podría llegar a ser una suerte de índice, aunque de manera muy peculiar, siendo afectado de forma indirecta a través de la asociación u otra ley.

De la antropometría a la genética

Al interior de la antropometría, técnica que se desarrolló para medir el cuerpo humano o algunas de sus partes, la craneometría ocupó un plano central. El antropólogo francés Paul Broca fue uno de los artífices más fructíferos en la construcción de conceptos, métodos y aparatos para medir el cuerpo humano. Su honestidad y precisión científica han sido señaladas ya por otros investigadores, entre los que se encuentra Stephen Jay Gould. Sin embargo, ello no lo exime del etnocentrismo de su época y de su posición racista. Broca sostenía en un principio, en 1861, como una apreciación objetiva, que el volumen craneal determinaba la “inferioridad” o “superioridad” de las razas. Así, tanto las poblaciones antiguas como las supuestas razas inferiores debían tener un cráneo más pequeño que los parisinos del siglo xix. Broca trató de elevar a nivel simbólico la diferencia del volumen craneal entre las razas y para ello propuso diferentes medidas y formulas para medir el cráneo.

Algunas de las formulas muy utilizadas para valorar las diferencias raciales eran el índice facial morfológico, el índice facial superior, el índice cefálico horizontal, el índice nasal, el índice acromio-iliaco, etcétera —aquí cabe señalar que para Peirce una ecuación algebraica puede ser un icono. Así, la fórmula para obtener, por ejemplo, el índice cefálico horizontal es:

Diámetro transverso máximo X 100
Diámetro anteroposterior máximo
 
Esto representa la relación entre dos medidas absolutas, siendo generalmente la menor el numerador y la mayor el denominador; el cociente se multiplica por 100 para evitar resultados fraccionarios. Los resultados se ubican en tres tipos posibles de acuerdo a la clasificación establecida: dolicocéfalos (cabezas alargadas), hasta 75.9; mesocéfalos (cabezas medianas), de 76 a 80.9; braquicéfalos (cabezas redondeadas), 81 y más.

Las repercusiones del trabajo de Broca tuvieron alcance en gran parte del mundo. Así, en México, en su artículo “La antropología criminal y pedagógica”, publicado en las Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate en 1899-1990, el profesor normalista Prisciliano R. Maldonado equipara a Broca con el frenologista Francis Gall: “a Gall lo ridiculizaron cuando intentó localizar las funciones psíquicas en las diversas circunvoluciones del cerebro; pero más tarde Broca y otros muchos han demostrado que el estudio del cráneo puede revelar el poder intelectual de un hombre, y todas sus tendencias y vicios”.

Sin embargo, Broca descubre posteriormente, en 1879, que la gradación de las razas no obedece a una ley uniforme y reconoce que los problemas de medir la inteligencia eran muy complejos. Poco a poco, a partir de 1873, con los avances paleontológicos que él mismo realiza —como fue el caso de los restos neolíticos descubiertos en Lozére, Francia—, va descubriendo el hecho de que los cráneos de ese sitio tienen un volumen tan grande o más que los parisinos del siglo xix, lo cual deshizo su hipótesis racista sustentada en equiparar las supuestas razas inferiores con poblaciones antiguas.

Broca reconoce entonces el peligro de caer en un determinismo cerebral como los frenologistas, y sugiere que son las condiciones sociales las que favorecen los poderes del cerebro. Se manifiesta a favor de la educación, ya que ésta era la causa de las diferencias que se dan entre los individuos. Broca —como lo señala Blanckaert— trató de darle coherencia al dogma craneológico, pero también fue el primer apóstata, al percibir, sino las contradicciones, por lo menos la esterilidad de los resultados. Sin embargo, sus contemporáneos no repararán en esta rectificación y proseguirán el estudio de estas diferencias humanas, como fue el caso de Alfred Binet —precursor de las pruebas de coeficiente intelectual (iq)—, quien en 1898 declaraba que “la relación buscada entre inteligencia de los sujetos y el volumen de la cabeza […] es una relación bien real, que ha sido constatada por todos los investigadores metódicos, sin excepción”.

Este falso paradigma —craneológico— fue puesto en evidencia por Franz Boas en sus trabajos Changes in Immigrant Body Form e Instability of Human Types, publicados a principios del siglo xx, en donde mostró que los marcadores clásicos raciales, como el ya mencionado índice cefálico horizontal —un icono para los antropólogos físicos—, no era fijo ni estable y que podía ser influenciado por las condiciones ambientales. El fracaso de la antropometría fue más claro cuando se puso en evidencia que no lograba precisar cuántas razas existen, y sobre todo cuando se llegó a la conclusión de que se necesitaban cada vez más medidas para efectuar mejores comparaciones entre ellas.

Sin embargo, con el descubrimiento de la genética y el comportamiento de ciertos genes para determinados caracteres se pensó, y se piensa hoy día, encontrar la forma en que los genes regulan los caracteres raciales. Así, en 1918, L. Hirszfeld y H. Hirszfeld comenzaron a trabajar con los grupos sanguíneos abo y sus distintas frecuencias en las poblaciones de diferentes áreas geográficas del mundo, y observaron que estos rasgos hereditarios variaba entre las diferentes razas. Con ello se afirmó que esta aproximación objetiva a la clasificación racial ofrece un número de ventajas sobre los caracteres morfológicos, los cuales son mucho más difíciles de analizar genéticamente. Se pensaba, entonces, que todos los sujetos vivos en la misma época, en las mismas condiciones y sometidos a las mismas presiones selectivas deberán tener el mismo patrimonio genético.

Los grupos abo están determinados por tres formas de un mismo gen, llamados precisamente a, b y o. Éste fue el primer polimorfismo genético establecido en los seres humanos. Los individuos o reciben un gen o del padre y de la madre, por lo que se les llama homocigotos oo; los individuos a pueden ser de dos tipos: aa o bien ao, los individuos aa han recibido un gen a tanto de la madre como del padre, mientras que los ao han recibido un gen a de la madre y el otro (o) del padre (o viceversa) y se les llaman heterocigotos. De la misma manera los individuos del grupo b pueden ser bb o bo. En un principio se pensaba que la selección natural eliminaría a los heterocigotos, para seleccionar a los homocigotos, ya que se pensaba que eran más ventajosos. Sin embargo, la realidad ha sido otra, pues los estudios de genética tanto en seres humanos como en plantas y animales han mostrado un enorme polimorfismo genético en las poblaciones naturales, donde existe una gran cantidad de genes que son equivalentes en la función que realizan. Estos genes no son preservados por medio de selección natural.

A partir de 1960 se hizo evidente que ninguna población era genéticamente homogénea, sino que ofrecía una gran variedad, y que en ningún grupo humano los individuos corresponden en su totalidad y de manera exclusiva a un solo tipo sanguíneo del sistema abo, sino que en todos ellos se presentan en proporciones sumamente variadas. Fue así que se buscaron otros marcadores sanguíneos, tales como el Rhesus (r), Duffy (fy) y Diego (di), pensando que con estos últimos se podría distinguir genéticamente a los negros, blancos, amarillos y otros. Con esto se mantuvo la idea de que se avanzaba en el descubrimiento del mecanismo de transmisión del tipo racial. Mas la práctica ha demostrado que no se puede afirmar la ausencia de un gen o de una combinación de genes en una población, a menos que se haya examinado a todos sus miembros, lo cual suena absurdo simplemente plantearlo. De esta manera, mientras algunos estudios de genética de poblaciones han demostrado que en Normandía o en la selva Lacandona se encuentran genes que se creían de razas lejanas, negras, blancas y amarillas, respectivamente, por otro lado se han encontrado que ciertas poblaciones o razas aisladas tienen una mayor frecuencia de ciertos genes que el resto de la humanidad.

Sin embargo, a pesar de que la genética no puede definir con precisión qué es una raza, algunos investigadores no pierden la esperanza de que ésta llegue a ser la mejor herramienta para ello. Observamos una especie de fe ciega en la genética, de la misma manera que se dio en la antropometría durante el siglo xix, e incluso se espera que a través de ella se revuelvan temas tan complicados como el comportamiento. De esta manera, en los últimos años hemos visto publicaciones en donde se afirma que se descubrió el gen de la homosexualidad, el de la criminalidad, etcétera. Este enfoque es sostenido incluso por genetistas como Cavalli-Sforza, quien ha mostrado con sus propias investigaciones la dificultad de hablar de razas humanas: “Al igual que existen genes que gobiernan el color de los cabellos ¿no podría haber otros que determinen la disciplina o el sentido del humor? Ignoramos si existen tales genes, y la genética moderna no puede trabajar sobre esos caracteres vagos. Tal vez será posible en veinte o treinta años”.

El gran problema con este tipo de enfoque es que se quiere ver en la herencia —en el adn— un programa de computadora que una vez encendido con la fertilización del óvulo, sólo tienen que leer su memoria. Se olvida que en numerosos casos la relación entre genes, medio y organismo es extraordinariamente diversa de una especie a otra, de un órgano a un tejido, de un enzima a otra, del genotipo de una especie a otra especie. Los ejemplos de autorregulación del desarrollo han mostrado que en algunos genotipos no todo esta preestablecido. Por ejemplo, el número de células en los ojos de las moscas Drosophila pueden incrementarse o decrecer con la temperatura. Y a pesar de que el ojo derecho e izquierdo se desarrollan en el mismo medio ambiente no tienen casi nunca el mismo número de células. Como lo explica R. Lewontin, se olvida que la relación entre organismos y medio ambiente es una relación dialéctica, porque no hay organismo sin medio ambiente ni medio ambiente sin organismos.

Una de las consecuencias de la enorme variabilidad biológica al interior de las poblaciones es la negación de la existencia de las razas como entidades reales, ya que los caracteres morfológicos —como el color de la piel— no corresponde a ningún carácter genético posible de determinar con precisión; o las características morfológicas propias de una población que pudiera definirse como raza no tienen ninguna relación con la conformación de sus rasgos genéticos. Así, el profesor de genética de poblaciones Jean-Luc Rossignol afirma que dichos estudios muestran que la noción de raza es difícil de definir genéticamente: “las grandes muestras observadas en la repartición de genes al interior de las poblaciones son tan diversas que sería más fácil definir la noción de raza sobre una base cultural que sobre una base genética”.

Sin embargo, el negar la existencia de las razas con base en argumentos biológicos, “objetivos”, es también una forma de reduccionismo, porque al no poder explicar algo genéticamente se niega entonces su existencia objetiva, dejando abierto un campo de investigación para todo aquel que quiera demostrar lo que se percibe por medio de los ojos. Incluso hay quienes llevan esta percepción al plano cultural, al añadir a las diferencias raciales las diferencias de los gestos, lenguaje, vestimenta o actividades. El carácter global de esta percepción ha llevado a algunos biólogos moleculares a fundamentar estas percepciones en un plano biológico.

Intelectualismo y racismo

Paralelamente a todo lo anterior, podemos observar el comienzo de una posición que parece presentar a todos lo antropólogos o genetistas que han trabajado en la clasificación de las razas humanas, como una especie de colaboradores con el racismo que no se dan cuenta de ello. Un ejemplo de esto es el trabajo de Jorge Gómez Izquierdo, “Racismo y antirracismo en el indigenista Juan Comas”, en donde analiza que al interior de la visión relativista cultural de Juan Comas y su lucha antirracista germina la semilla de un racismo en su indigenismo.

Jorge Gómez Izquierdo se basa fundamentalmente en los trabajos de André-Pierre Taguieff, quien con justa razón observa hoy día un ascenso del racismo y su intensa vitalidad fuera de las fronteras de los expertos, quienes habían pensado desde 1949, a través de los eventos y publicaciones de la unesco, haber asentado las bases para abolir el racismo. Sin embargo, Taguieff desarrolla un análisis ideológico donde plantea que toda diferenciación es a la larga una jerarquización. Reconocer la diferencia es jerarquizar lo que difiere, al mismo tiempo que se exige la separación o la exclusión de lo que difiere absolutamente, en razón de que esta diferencia es absoluta y natural. El nuevo racismo se oculta entonces en aquellos llamados por absolutizar las diferencias, como es el caso del relativismo cultural. Esta nueva manifestación del racismo —para Taguieff— se vale más de la ideología pluralista de la diversidad cultural que del determinismo genético.

Sin embargo, Comas tenemos, por un lado, sus discursos antirracistas que desarrolló sobre todo para la unesco, y por el otro, una búsqueda para integrar y homogeneizar a los indígenas a través del indigenismo. El indigenismo de Comas es imperceptible para él como para la mayor parte de los indigenistas de su época que expresan el pensamiento moderno. Sin embargo, Juan Comas fue un intelectual destacado que nunca propuso un status de símbolo a las razas. Su “racismo” no es corporal, no existe —para él— ninguna relación entre los tipos físicos raciales y las aptitudes culturales o mentales de las razas.

La metamorfosis del racismo no descansa en su destreza de entremeterse y producir un nuevo racismo en el relativismo cultural, más bien pensamos que esta capacidad se encuentra en dotar a las razas de un sentido que va más allá de simples diferencias visuales, en llevarlas a un plano simbólico. Este hecho ha alcanzado su grado máximo en la cultura occidental, en donde, en un intento por elevar al grado de ciencia el racismo, se llegó al genocidio nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Esto es mucho más peligroso que cualquier tipo de relativismo cultural.

Es un error negar la existencia de las razas, por muy buenas razones que se hayan expuesto para ello. Al parecer, la especialización que sufren muchos antropólogos físicos y genetistas humanos no les permite acercarse a otros campos de conocimiento y salirse de los viejos esquemas mecánicos de la percepción, por lo que siguen considerando a las percepciones visuales como errores de juicio y se dedican a buscar “mejores” marcadores raciales a través de la genética molecular. En 1913, el fisiólogo Wolfgang Köhler demostró que la percepción no se limita a “procesar” los estímulos sensoriales, sino que es una creación activa de grandes configuraciones o gestalt que organizan el campo de la percepción en su totalidad. Para los años cincuentas y sesentas del siglo xx, David Hubel y Torsten desarrollaron la idea de que la visión tenía distintos componentes, y que las representaciones visuales no eran en absoluto “dadas”, por lo que debe de concebirse a la percepción como un fenómeno compuesto de una interacción de numerosos elementos, los cuales son integrados en el cerebro.

Las razas humanas no son solamente una realidad psicológica y social engendrada por la necesidad de sociedades y etnias de sentirse diferente y dotarse así de identidad. Las razas son antes que nada una realidad visual. El racismo es una práctica ideológica que busca establecer una jerarquía basada en lo corporal, por ello a los judíos, durante la Segunda Guerra Mundial, se les tuvo que marcar con la cruz de David, porque no siempre era posible distinguirlos visualmente por medio de sus caracteres morfológicos. Cualquier interpretación de estos signos con el fin de llevarlos a un plano simbólico debe ser considerada como racismo, consciente o inconsciente.

Es posible que todas las culturas tengan cierto tipo de manifestaciones que pueden ser consideradas racistas, pero ninguna ha llegado a crear un aparato represor, auxiliado por la ciencia, como lo ha hecho la cultura occidental. Debemos de deshacernos de todas esas ideas que ponen al científico como un hombre bueno por naturaleza y entender que son seres que también comparten, frecuentemente, los prejuicios que predominan en la sociedad, y que en su práctica, como lo ha demostrado Stephen Jay Gould, pueden tener un gran influencia. Así, es la ideología la que lleva a dotar a las diferencias visuales existentes entre los humanos, a las razas, algo que no poseen, un significado que va más allá de lo que son: el resultado de un complejo proceso de evolución que ha generado una gran diversidad morfológica que constituye a la especie humana. Elevar estas diferencias a un plano simbólico —en el sentido de Pierce— ha sido, es y seguirá siendo la génesis de todo racismo.

Referencias bibliográficas
Ayala, Francisco J. y John A. Kiger, Jr. 1984. Genética moderna. Omega, Barcelona.
Cavalli-Sforza, Luca. 1994. Qui sommes-nous? Une histoire de la diversité humaine. Albin Michel, París.
Dubois, Philippe. 1994. El acto fotográfico. De la representación a la recepción. Paidós, Barcelona.
Gardner, J. Eldon. 1971. Principios de genética. Limusa, México.
Gould, Stephen J. 1997. L´Éventail du vivant. Le Mythe du progrés. Seuil, París.
Heller, Agnes y Ferenc Fehér. 1995. Biopolítica. Península, Barcelona.
Lewontin, R. C. 1982. “Organism and environment”, en Learning, Development and Culture. John Wiley & Sons.
Peirce, S. Charles. 1995. “Logic as Semiotic: The Theory of Signs”, en Semiotics, ed. de Robert E. Innis. Bloomington, Universidad de Indiana.
Poliakov, León, 1985. La emancipación y la reacción racista. Historia del antisemitismo. Muchnik, Barcelona.
Rossignol, Jean-Luc. 1992. Génétique. Masson, París.
Sabater Pi, J., 1996. Atlas Temático: Hombre. Idea Books, Barcelona.
Taguieff, Pierre-André, 1995. “Las metamorfosis ideológicas del racismo y la crisis del antirracismo”, en Racismo, antirracismo e inmigración, coord. de Juan Pedro Alvite. Tercera Prensa-Hirugarren Prensa.
Armando González Morales
Museo Amparo, estudiante de posgrado,
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
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como citar este artículo

González Morales, Armando. (2001). ¿Se puede negar la existencia de las razas humanas? Ciencias 60-61, octubre-marzo, 107-114. [En línea]
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Teoría y práctica del racismo. Plantaciones y monterías en el porfiriato
 
Armando Bartra

 
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No era susceptibles los pueblos asiáticos de ser civilizados … Hubo que contentarse con obligar a sus individuos a realizar un tabajo útil, como máquinas animadas.
Joseph Arthur Gobineau
   

O
tto Peust era un sociólogo meticuloso, un hombre de ciencia. Era, también, un amante de las encuestas que otorgan precisión cuantitativa y sólido sustento empírico. En 1911 había organizado una, a través de los representantes de México en el extranjero, quienes debieron llenar un balconeador cuestionario sobre la situación laboral en el país de la embajada; interrogatorio que en realidad era un retrato fiel del trabajo forzado imperante en las plantaciones y monterías del sureste mexicano. La encuesta debía corroborar que México no era el único país donde prevalecían el peonaje por deudas, el trabajo forzado y los castigos corporales. La hipótesis sociológica era que en muchas otras naciones del mundo civilizado se empleaban sistemas laborales coactivos, pues ciertas razas son reacias al trabajo voluntario”.

“Operarios desocupados-causas económicas. ¿Qué proporción de individuos de la población es reacia al trabajo?

”Enganche de operarios. ¿Cuál es el número de enganchados anualmente? ¿Se hace en dinero en efectivo o en papeles de crédito (vales etcétera)? ¿Cuál es, por término medio, la diferencia entre los salarios pagados a operarios obligados y libres?

”Medidas para ligar a los operarios con los propietarios. ¿Hay restricciones al derecho de unión de los obreros?

”Conversión de los enganchados en operarios obligados. ¿Se dan anticipos a cuenta de salarios? ¿De qué medios se sirven los patrones para prolongar el tiempo del contrato?

”Medidas disciplinarias. Castigos corporales para hacer cumplir los contratos. ¿Se ejecutan sin autorización legal, según costumbre? ¿Hay prisión y en qué extensión?

”Deserciones y castigos relativos. ¿Interviene la policía para devolver al propietario el operario que desertó? ¿Se admiten castigos? ¿Se admiten azotes?”

En 1912 herr Otto realizó otra encuesta, esta vez de campo, en algunas regiones rurales mexicanas, destinada a establecer la proporción de personas “activas” y la de “indolentes” en la población étnica, estudio del que debía desprenderse una ley agraria. La estimación a verificar empíricamente era que los indios “aprovechables” no llegaban a 6%. Por desgracia ese año se generalizó la rebelión armada de los indolentes y la investigación se interrumpió.

El huevo de la serpiente

El desarrollo tardío y junker del capitalismo alemán incuba un pensamiento social que, rompiendo con el liberalismo proveniente de la revolución francesa, descree de la igualdad de los hombres ante la ley, emprende una crítica de derecha a la democracia burguesa y propone una visión imperial y racista de la historia.

Esta weltanschaung, que prolongada por Houston Stewart Chamberlain y Alfred Rosenberg dotará de ideología al nacional socialismo, funciona desde el último cuarto del siglo xix como justificación del orden neocolonial y coartada racista al carácter contrahecho del moderno imperialismo capitalista.

La renovada teoría de la desigualdad de las razas, que arranca del conde Gobineau y de Paul Anton de Lagarde, a fines del siglo xix se transforma en moneda corriente en las universidades alemanas. Se trata, en rigor, de un neorracismo, una concepción moderna que combina el reconocimiento de la globalización capitalista con el darwinismo social inglés de Karl Person y Benjamin Kidd. Un sistema de ideas que emplea teorías discriminatorias sobre la etnicidad para legitimar el sojuzgamiento imperial de la periferia y justificar el trabajo forzado de las razas subalternas, a las que se pretende rejegas por naturaleza.

Poner en duda la plena humanidad del colonizado, no en los tiempos de conquista armada sino en pleno siglo xix, es una forma de justificar el trabajo forzado y la negación de los derechos ciudadanos, fenómenos dominantes en el ámbito colonial. Relaciones sociales bárbaras, que chocan con el ideario del capitalismo teórico, pero que son imprescindibles cuando la acumulación periférica se despliega en un contexto de demanda laboral estacional, escasez de fuerza de trabajo y sobrevivencia de la comunidad agraria.

Negros, amarillos y cobrizos fueron el “combustible biológico” de ultramar, que alimentó a distancia la segunda revolución industrial: hule para llantas y correas de transmisión, sisal para engavillar las cosechas cerealeras mecanizadas, cobre para los conductores eléctricos. Las “razas de color” fueron también las “máquinas animadas” que hicieron posibles los lujos metropolitanos: muebles de caoba, enervante café endulzado con azúcar de caña, delicado chocolate, tabacos aromáticos.

La buena conciencia de Europa necesitaba una teoría que justificara la racialización de las relaciones laborales y otros desfiguros de la modernidad. Y también la necesitaban las oligarquías blancas —o talqueadas— de la periferia, los administradores locales de las potencias de ultramar. Surge así la imaginería del imperialismo, el sistema simbólico de la colonización; un orden de ideas con pretensiones de cientificidad que somatiza las relaciones sociales, que epidermiza la explotación.

“El fetichismo de la epidermis es un hijo político del capital”, ha dicho René Depestre, y si en Europa la arrogancia aria transmutada en antisemitismo diezmó a un pueblo “de razón”, el racismo colonial está detrás de otro gran etnocidio, quizá menos visible por disperso y prolongado, y también porque sus víctimas fueron hombres “de color”. Me refiero al holocausto de los “naturales”, a la sistemática aniquilación de coolis, felahs, negros, indios americanos y demás calibanes, consumidos en las hogueras laborales del imperio, en los campos de concentración de las minas, monterías y plantaciones tropicales, en los hornos crematorios de ultramar.

Un tecnócrata teutón

Cuando menos desde 1885, en que el periodista chiapaneco Ángel Pola escribió en El Socialista la serie de reportajes titulada “Los escándalos de la esclavitud en México”, el peonaje por deudas en las haciendas, y particularmente el enganche forzoso practicado en las fincas y monterías del sureste, estaban en la mira de los críticos del régimen y ensombrecían la imagen progresista que sus apologistas se esmeraban en proyectar. Para contrarrestar las persistentes denuncias, la administración de Díaz patrocinó a diversos expertos extranjeros que debían justificar con sus opiniones autorizadas el estado de cosas imperante. Uno de ellos fue el sociólogo Otto Peust, quien en 1903 realizó por cuenta del gobierno un viaje de estudios por el sureste. Tanto gustaron los juicios del alemán que fue incorporado a la administración y en los últimos años del régimen fungió como Director del Departamento de Agricultura de la Secretaría de Fomento.

Pero Peust no fue el único alemán que escribió sobre el trabajo forzado en el trópico mexicano. Ya Edward Mühlenpford, quien recorriera la región en 1835, había escrito que “la pereza y la embriaguez son los vicios nacionales de los chiapanecos […] los indios sólo trabajan cuando se ven obligados a procurarse lo muy poco que requieren para sus necesidades domésticas. En reemplazo a la antigua mita, los propietarios rurales han sabido establecer el trabajo por obligación judicial, dando a crédito a los indios bebidas alcohólicas y toda clase de objetos que les son útiles; y como los indios no tienen otro medio de pagarlos, desquitan su precio con trabajo”.

Carl Christian Sartorius, quien fuera finquero en Veracruz desde 1829, propuso que el trabajo de los “naturales” se organizara mediante un sistema policiaco: “todo criado permanente de campo se obligaría a tener su libreta de servicio autorizada por la policía rural. En la libreta se determinarían el día de entrada al servicio, el tiempo que se obligaba a servir, las cantidades que recibiera a cuenta, así como el día de salida del servicio”. Sartorius no oculta el sustento racista de su apología del trabajo forzado: “Porque no se puede negar que la raza caucásica sea dominante tanto por su inteligencia como por su riqueza”.

Pero la justificación más acabada del esclavismo corre por cuenta del terrateniente alemán avecindado en Chiapas, Paul Furbach, quien combinaba su condición de finquero con la de estudioso de las ciencias sociales. En su disertación de doctorado presentada en la Universidad de Heidelberg en 1912, el cultivado junker escribe: “A las naciones europeas les falta hacer uso del derecho caucásico con las razas del segundo y tercer grado [… las que] junto con su inclinación al ocio, tienen la inclinación al engaño y al robo […] Las naciones colonizadoras caucásicas tienen pues, desde el punto de vista de la raza, el derecho a quitarles a las poblaciones flojas la tierra en la medida que no la trabajan. Este derecho es por raza aunque no jurídico: esto exige la Ley del Progreso y del Desarrollo. Es forzoso imponer el trabajo moderno al indígena indolente, bajo la mera del desarrollo nacional-social, y más aún cuando se trata de razas a las que les falta el deseo de trabajo emprendedor, así como la persistencia”.

Los planteamientos de Peust son casi idénticos a los de Furbach, con la diferencia de que el finquero habla por él, mientras que el funcionario del Departamento de Agricultura expresa el punto de vista del gobierno porfirista. En un folleto titulado Investigaciones sobre el problema obrero rural en el extranjero, publicado por la Secretaría de Fomento en 1911, leemos lo siguiente: “Las razas se dividen desde el punto de vista económico [no etnológico] en tres grupos principales […] El primero comprende los pueblos de raza caucásica […] única que […] ha pasado del gremio agrario al manufacturero del cual ha salido […] la industria transformadora en gran escala […] El segundo grupo compuesto preferentemente de la raza amarilla, sólo ha formado el gremio agrícola y manufacturero, pero […] parece capaz de imitar el régimen industrial capitalista, como los japoneses chinos, etcétera. El tercer grupo comprende la mayoría de los pueblos indígenas del África, de América, de gran parte de Asia, etcétera, y dispone de un grupo tan reducido de hombres enérgicos y perseverantes que sólo ha logrado formar el gremio agrícola […] Los individuos de este grupo parecen incapaces de imitar, como los del segundo, la producción capitalista […] En relación con el grado de inferioridad de una raza […] los individuos que la forman resultan por su propia naturaleza, trabajadores libres, obligados o esclavizados”.

Declaración de principios que le permite entrar de lleno en la problemática laboral mexicana: “En los estados de Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas, según observadores competentes, el tanto por ciento de hombres activos y perseverantes entre los nativos no pasa de 5% a 6% [lo que confirma que …] solamente 2% o 3% de los indígenas a quienes se titularon terrenos gratuitamente, han conservado sus lotes […] el resto los enajenó inmediatamente, conformándose con reservar pequeñas porciones […] lo cual les da lo estrictamente necesario para su sustento físico […] El cultivo de henequén en Yucatán y Campeche tropieza con falta apremiante de obreros, que es para esta industria un obstáculo mayor que la disminución del precio de venta de la fibra. En Tabasco, el cultivo de las frutas tropicales que se ha emprendido con energía y con éxito lisonjero, parece contenido sensiblemente por la escasez de brazos […] las escasez de obreros en México, no reviste pues, como en Europa, un carácter puramente económico, sino que depende de la índole de la mayor parte de su población nativa […] La cantidad reducida de individuos activos y constantes […] es insuficiente para proporcionar a la agricultura los obreros necesarios”.

Enumera luego algunos buenos remedios, lamentándose de que no se puedan aplicar en México. “La mayoría de las naciones colonizadoras han procedido como los Estados Unidos, exterminando a los indígenas para reemplazarlos por operarios de razas superiores más activas. Procediendo más humanamente, la Argentina, en una guerra formal, rechazó hace cuarenta años a la población indígena a la Tierra del Fuego […] facilitando los terrenos a los inmigrantes europeos. En México se deportó a los rebeldes yaquis a los estados de Yucatán y Campeche. No obstante, el procedimiento radical de la República Argentina es irrealizable en México, por la gran mayoría que forma en este país el elemento de la población inferior, económicamente hablando, y por falta de terrenos adecuados para confinar a estos indígenas. La ejecución parcial del programa argentino en México, ha suscitado esa agitación injustificada que acompaña a todas las empresas que […] no pueden llevarse a cabo de modo debido y completo. [Existe, pues …] la imposibilidad material de deshacerse del elemento indígena [que …] parece a muchos inútil, [de modo que …] es conveniente reemplazarlos por la introducción de operarios pertenecientes a razas más activas […] Los cultivadores de henequén en los estados de Yucatán y Campeche prácticamente han tratado de hacer a un lado el elemento inerte, buscando operarios más vigorosos en Corea, Java, etcétera, y hasta cierto punto los resultados han sido ventajosos […] Del mismo modo en Tabasco, los obreros procedentes de España, Puerto Rico, así como algunos asiáticos, han sido ocupados con más o menos éxito [pero …] si no existe una migración espontánea resultan muy altos los gastos para introducirla, y sobre todo, los migrantes enganchados en otros países nunca bastan para fomentar debidamente las industrias rurales de un país ni menos proporcionan material bastante numeroso [pues …] es un axioma económico que la marcha prospera tanto en las industrias manufactureras como en las rurales, exige no solamente los obreros indispensables para los trabajos, sino un ejército de reserva de operarios siempre listos a ocuparse. Si no se hubiera satisfecho esta condición previa, las grandes industrias transformadoras de Europa y Estados Unidos no existirían […] No queda otro recurso que tratar de afrontar decididamente el problema obrero, utilizando la población rural existente de acuerdo con su índole”.

¿Cómo, entonces, utilizar conforme a su índole a una población de natural desidiosa? Fiel a su método comparativo, Peust se remite a las fórmulas empleadas en otros países: “El desarrollo industrial en grande escala, o régimen capitalista, hasta hace algunos decenios se limitó casi exclusivamente a las naciones de la Europa caucásica y a los Estados Unidos. Los principios dominantes y los preceptos legales son por tanto efecto directo de las exigencias del sistema capitalista, por una parte, y por otro de la naturaleza y modo de pensar y de obrar de la raza caucásica. Sin embargo desde hace treinta años el régimen industrial capitalista se va extendiendo rápidamente a otros países. Los principios de derecho de la raza caucásica son poco apropiados para regir las relaciones de dicha raza con las inferiores […] La imposibilidad de tener un derecho común para todas las razas se manifiesta principalmente en lo que respecta a la propiedad de la tierra y al trabajo obligado [… Así] la necesidad que se reconoce y practica generalmente, de quitar a una población indolente las tierras que no aprovecha, tiene como correlativa la de imponer a los nativos inertes cierta obligación al trabajo. La evolución económica mundial y la amenaza para la integridad de los pueblos que no saben desarrollar todas las fuentes de su progreso material originan una misma práctica de las razas superiores, no obstante las teorías que sostienen algunos académicos humanitarios obstinados en perpetuar los conceptos jurídicos del siglo correspondiente a la raza caucásica. [Así …] los ingleses en vez de suprimir en Egipto el trabajo obligado, lo han aumentado. [El gobierno] del virrey Lord Cromer ocupó en el río Nilo […] en 1898, a 19 045 felahs […], etcétera. Antes de que los ingleses ocuparan el país era menor el número de operarios obligados. En las colonias de África, que los alemanes adquirieron hace unos 25 años, los hacendados han llegado a establecer casi a la letra el sistema agrario y el modo de ocupación de los indígenas que se ha desarrollado en México desde hace siglos”.

¿Arrogancia aria? Sin duda, pero también una ceñida descripción del capitalismo contrahecho realmente existente. Sin eufemismos liberales, el alemán exhibe la igualdad ante la ley como una ilusión de la fase “caucásica” del capitalismo; apariencia transitoria que se transmuta en trabajo forzado cuando el régimen burgués se extiende a escala planetaria. Con rigor sociológico, Otto Peust demuestra que en un contexto de escasez de brazos y sobrevivencia de comunidades agrarias —de naturaleza “indolente”— la implacable lógica de la acumulación produce enganchados, acasillados o felahs; y concluye, contundente, que en su fase superior y mundializada el capitalismo deviene un nuevo esclavismo.

El problema es que no le escuece. Por el contrario, quitar la tierra y forzar el trabajo de las razas inertes le parece un mérito civilizatorio. Y en México, donde los indolentes son ominosa mayoría pues no se les exterminó a tiempo y no se les puede matar o desterrar a todos, uncirlos al trabajo, así sea contra natura, es hazaña del progreso.

Pesimista y decadente, el pensamiento teutón del xix y principios del xx racionalizó el colonialismo y sistematizó teóricamente la desigualdad en el trato a las razas; pero el “asalto a la razón” del que habla Lukács no está en la naturaleza prusiana, sino en la circunstancia social que Alemania compartía con otras metrópolis imperiales. A principios del siglo xx no hacía falta ser ario para ser racista. Pehr Olsson-Seffer, doctor en Filosofía oriundo de Dinamarca, quien visitó México en 1910 y escribió para el gobierno de Díaz un extenso texto titulado La agricultura en varios países tropicales y subtropicales. Informe presentado al señor secretario de Fomento, afirma que: “Si las razas blancas dominan en los trópicos, bajo el pretexto de que los naturales no están aptos para el gobierno propio, de suerte que su régimen sea satisfactorio para la política del mundo, esta misma preocupación reina […] en la agricultura. En efecto, la industria agrícola de estos naturales, lejos de ser eficiente […] está por el contrario muy atrasada […] y sucede que hasta en los cultivos que debían ser mejor comprendidos y practicados por esos mismos naturales, son los blancos los que sacan mejor partido […] Ningún país debe dejar de tomar parte en el progreso general de la humanidad, lo cual puede combinarse muy bien, como se observa en la práctica, con el hecho de que las razas blancas de Europa y América dominan al presente en los trópicos, perteneciendo a ellas por consiguiente todos sus productos, y estas razas no pueden consentir en que se desperdicien las regiones más ricas y más vastas del mundo [… Así pues] para que la agricultura pueda hacer rápidos adelantos en México, será necesario hacer venir al país a los agricultores procedentes de otras naciones”. Pero el darwinismo social que más ofende no es el del nórdico Pehr o el junker Otto, sino el del presidente mixteco al que asesoran.

Un mixteco talqueado

La minusvalía racial de los mexicanos “naturales” no es ocurrencia de tecnócratas importados sino acendrada convicción del gobierno porfirista y sus “científicos” autóctonos. Dicen que en sus últimos años el héroe del 2 de abril, el general nacionalista que fuera terror de los franceses, se talqueaba el rostro en un intento de blanquear su epidermis de mixteco. Verdad o no, lo cierto es que don Porfirio sí se propuso seriamente blanquear el país.

Aniquilar o trasterrar a los yaquis y mayos broncos; aplastar los rescoldos mayas de la Guerra de Castas refugiados en Chan Santa Cruz; atraer agricultores extranjeros para colonizar zonas indígenas; poner la fuerza pública, los gobiernos municipales y hasta la red de ferrocarriles al servicio de la captura y traslado al sur y sureste de trabajadores enganchados, y solapar la esclavitud por deudas y los castigos corporales, son aspectos de una política racista que veía en la resistencia y rebeldía de los indios una disrupción del orden, un obstáculo para el progreso.

La justificación de la esclavitud laboral de los naturales no deriva de la arrogancia del blanco colonizador ni del proverbial complejo de inferioridad del mexicano mestizo. El racismo es la cara oscura de la mundialización capitalista y se impone por la fuerza de las cosas. A muchos mexicanos indignaba el maltrato del indio y no faltaban finqueros compadecidos y hasta compañías transnacionales dispuestas a cambiar el cepo y los azotes por buenos sueldos, pero el trabajo forzado se sobreponía a las buenas intenciones. El que la mercancía fuera el hombre y no sólo su fuerza de trabajo, no era una ocurrencia de administrador, íntima crueldad o perversión ideológica, era una necesidad objetiva de la acumulación colonial. El comercio humano en pleno siglo xx responde a la racionalidad del capitalismo realmente existente; la esclavitud moderna es una relación de producción somatizada.

Pero es también un imaginario, un sistema de ideas y prejuicios que justifica la ignominia. Durante el porfiriato, la etnofobia era cultura. Los ensayistas preocupados por la nación, como Maqueo Castellanos, llegaban casi siempre a conclusiones racistas: “Si en vez de once millones de indios esparcidos en el campo y la montaña tuviéramos la misma suma de emigrantes extranjeros de todas o de cualquier nacionalidad, seríamos un país treinta veces más rico, más respetado, más fuerte. Luego, si es cierto, que sí lo es, es porque la raza indígena estorba nuestro progreso”.

Y es que los mexicanos “de razón” mamaban el racismo desde la escuela primaria. En la Geografía de México de Alberto Correa, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y director de la primaria anexa a la Normal de Profesores, leemos: “Cuatro razas distintas componen [la población]: la india o natural del país; la europea, la negra y la criolla […] La clase llamada principal está formada por las personas más ilustradas o que poseen el elemento vital de los capitales. En los individuos de esta clase reside el ejercicio del comercio, de las profesiones científicas, de las bellas artes y la literatura, pudiendo competir por su ilustración, con los moradores del viejo continente […] Los indios, por su carácter indolente, y más que nada por su falta de ilustración, constituyen en nuestro país un elemento casi nulo, siendo un factor insignificante en el consumo y producto de la riqueza pública […] De la raza indígena pueden hacerse tres grandes divisiones: 1. Indios de civilización primitiva, que son inteligentes y activos, conservan intactas sus antiguas costumbres y su idioma […] consagrándose particularmente a la agricultura y algunas manufacturas ordinarias como fabricación de sombreros, esteras, trastos de barro, etc. 2. Indios degenerados, cuyas costumbres, idiomas y hasta su constitución física ha cambiado por completo, siendo indolentes, desaseados y de torpe inteligencia. 3. Indios bárbaros, que son pérfidos, crueles, guerreros constantes, no reconocen las autoridades y viven del pillaje”.

El año que fue publicada, esta geografía era libro de texto en las escuelas públicas. En este ambiente intelectual ningún ciudadano bienpensante se escandalizaba por las expresiones racistas de los hombres públicos. En declaraciones al periodista estadounidense Elisha Hollingworth, publicadas en El Imparcial en 1910, el gobernador Torres, de Sonora, decía: “Los únicos seres en todo México contra quienes puede lanzarse el cargo de barbarie son los indios de Sonora y Yucatán, cuya resistencia a todo influjo civilizador parece haberles conquistado la simpatía de ciertos escritores. Estos indios han retrasado el progreso. No ha quedado al gobierno otro camino […] que imponerse por la fuerza […] En vez de exterminarlos como hizo el gobierno de los Estados Unidos […] nosotros los enviamos a Yucatán. De ahí volverán […] tan pronto se hayan reformado”. La última frase de Torres es de una ingenuidad racista desarmante: “Tampoco se ha deportado nunca alguna familia mexicana, sino solamente yaquis”. Seguramente el gobernador de todos los sonorenses debía pensar que los yaquis eran suecos.

Las declaraciones de Torres son una reacción de la cadena periodística del estadounidense Hearst y del gobierno porfirista, a la publicación en inglés del reportaje de John Kenneth Turner titulado Barbarous Mexico, que denunciaba la esclavitud por deudas prevaleciente en las plantaciones tabacaleras de Valle Nacional, Oaxaca, y en las haciendas henequeneras de Yucatán. A la misma contracampaña corresponde esta memorable declaración del presidente Díaz, publicada también en El Imparcial, en 1910: “Los yaquis son una raza admirable […] si se exceptúa su instinto sanguinario […] que desgraciadamente constituye el rasgo dominante de su carácter […] En cuanto a la deportación, esto fue una medida política exigida por consideraciones humanitarias”.

Racismo corriente

El racismo colonial moderno es un mecanismo de opresión y explotación, una estructura material sobre la que se edifica un orden espiritual que impregna también a quienes no lucran directamente con las supuestas jerarquías étnicas. Hay entonces un racismo light que no saquea ni violenta a los hombres “de color”, simplemente le son indiferentes, impenetrables, gente de otra dimensión.

De índole borrosa y fantasmal, los “salvajes” pueden ser odiados o temidos, pero como lo escribió Conrad, marinero mercante de la Malasia que algo sabía de eso, son siempre seres espectrales, sombras inasibles: “Aquellos hombres miraban cuanto se refiere a la vida de los indígenas como una mera exhibición teatral de sombras: una representación en medio de la cual podía pasar la raza dominante completamente indiferente, siguiendo en la persecución de sus incomprensibles fines”.

Espejo empañado por el vaho de la culpa colonial, neocolonial y poscolonial, las humanidades “otras”, los negros, los rojos, los amarillos y los cobrizos son rebaños insondables, socialidades esotéricas y escarnecidas, espejos trizados donde los “occidentales” temen reconocerse. Y en el fin del milenio, este vértigo culposo que aqueja a la gente “de razón” al confrontar a los “naturales” no ha desaparecido del todo.

Referencias bibliográficas
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Olsson-Seffer, Pehr. 1910. La agricultura en varios países tropicales y subtropicales, parte ii. Secretaría de Fomento.
Peust, Otto (atribuido). 1911. Investigación sobre el problema obrero rural en el extranjero. Secretaría de Fomento, México.
Secretaría de Fomento. 1911. Investigaciones sobre el problema obrero rural. México.
Armando Bartra
Instituto Maya.
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como citar este artículo

Bartra, Armando. (2001). Teoría y práctica del racismo. Plantaciones y monoterías en el porfiriato. Ciencias 60-61, octubre-marzo, 72-79. [En línea]
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