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Clara Janés      
               
               
A Emilio Lledó      
Leonardo da Vinci, sin duda uno de los mayores genios
que ha dado la historia de la humanidad, nace en Anchiano, muy cerca de Vinci, en 1452. Hijo natural del notario Piero, se traslada con éste a Florencia contando diecisiete años. Allí se forma en el taller de Verrocchio, donde trabajan ya Sandro Botticelli, Pietro Perugino y Lorenzo di Credi. En dicho taller, las materias de enseñanza, además de arte, son artesanía, ingeniería y técnica mecánica, de modo que, cumplida la estancia, el aprendiz no sólo sabe dibujar, modelar y esculpir, sino idear máquinas, proyectar puentes y edificios, o construir obras públicas.
 
En Florencia, con todo, la vida cultural está dominada por la academia platónica y los literatos no aprecian a los investigadores de las artes mecánicas. Leonardo, que no sabe latín y dice ser un omo sanza lettere, no tarda en enfrentarse a ellos. Su inteligencia no conoce fronteras y se abre a todos los campos, lanzándose hasta los orígenes de la razón humana y de la vida. Así, del mismo modo que afirma que la pintura es una verdadera ciencia o discorso mentale, su pensamiento intuye lo que luego tardará siglos en desarrollarse, centrado en la existencia: ser y no ser, ser y nada, vida y tiempo, movimiento y vida... Por ello, aunque domina pintura, escultura, arquitectura, ingeniería y música, no desdeña la escritura, que puede acercar más al pensamiento e incluso a la obra. Con el tiempo, por ejemplo, partiendo de La última cena, de Milán, escribe el Tratado de luz y sombra; como consecuencia del proyectado caballo para el monumento a Sforza, hace lo propio con el Tratado sobre la anatomía del caballo y sobre los métodos de fusión en bronce, y en torno a obras de arquitectura civil y militar, redacta los Tratado sobre los pesos y los movimientos y un estudio sobre hidráulica. Ahora bien, motivos personales lo llevan a una máxima cautela y a escribir de modo especular. El texto y su reflejo generaban así la perfecta forma de una esfera. Él sigue la lógica inductiva y no ceja en sostener lo que la experiencia pone ante sus ojos.
 
Tras indagar sobre la naturaleza, Leonardo plantea y resuelve problemas fundamentales, adelantándose a Galileo (con el Trattato del moto locale y el Della percusione e pesi e delle forze tutte, se adelanta al Dialogo delle nuove scienze, de Galileo, afirma Edmondo Solmi) y a Bacon; observa que la Tierra no es el centro del Universo, que la Luna, con sus elementos, gira como lo hace la Tierra; estudia el origen y la importancia de la fuerza —hoy diríamos energía— y cómo se manifiesta; y, más que nada, el movimiento. El punto de partida es una ley universal: “toda acción necesita que se lleve a cabo por movimiento”. Y es que “el movimiento es causa de toda vida”.
 
Pero todo ello es necesario comprobarlo: “la experiencia, intérprete entre la artificiosa naturaleza y la especie humana, nos enseña, es decir que la naturaleza adoptada por los mortales, por acción de la necesidad, no puede obrar de otro modo, sino bajo la forma de razón —que es su timón y le enseña a actuar”. “La sabiduría es hija de la experiencia”.
 
A lo largo de su vida, Leonardo no ceja: hay que ir siempre hacia las causas remotas de los acontecimientos, liberando el pensamiento de servir al dogma, porque, para él es inconcebible una teoría sin práctica y a la inversa. Esto conlleva no tocar cuestiones como el alma y dios, que no son objeto de ciencia porque son cosas improvabili, que él deja para los padres del pueblo, ya que, dice con ironía, “por inspiración saben todos los secretos”.
 
Con este rigor a ultranza —de hecho no “quiere indagar la naturaleza de lo que escapa a las demostraciones matemáticas”— llega a resultados decisivos en muchos campos de la ciencia: meteorología, geografía, botánica, astronomía, hidrostática, anatomía, fisiología, matemáticas, física —donde, por ejemplo, se adelanta a la ley de conservación de la energía, o al estudio de la velocidad constante de las ondas generadas al caer una piedra en el agua, ondas que compara con las del sonido... Todo ello, además de su maestría en las artes y de sus pensamientos filosóficos.
 
De gran interés son sus reflexiones sobre la gravedad: “—El peso ¿por qué no se queda en su sitio?
 
—No se queda porque no tiene resistencia.
—¿Y adónde se moverá?
—Se moverá hacia el centro.
—¿Y por qué no siguiendo otras líneas?
—Porque el peso, que no tiene resistencia, descenderá hacia abajo por el camino más breve, y el más bajo es el centro del mundo.
—¿Y por qué sabe el tal peso hallarlo de este modo con tal brevedad?
—Porque no va —como cosa que no tiene movimiento propio— vagando por diversas líneas”.
 
Todo, todo es movimiento, lo cual estimula su impulso a investigarlo, así el vuelo de los pájaros, el viento, las nubes, las bombardas, el galope de los caballos, o, por motivos múltiples —relacionados no sólo con la belleza y la mirada, sino con las obras de ingeniería e hidráulica— las innumerables posibilidades del agua.
 
Pero, de hecho, Leonardo, sin apartarse del rigor científico, no queda libre de la influencia neoplatónica, y siente que una fuerza espiritual mueve cuanto existe. Afirma rotundamente: “Digo que la fuerza es una virtud espiritual, una potencia invisible, la cual, por violencia externa accidental, es causada por el movimiento y colocada infusa en cuerpos, los cuales, por su natural son quietos y ella les da vida activa de maravillosa potencia”.
 
Sí, esta “virtud” afecta, entre otras cosas, al movimiento, por ello lo hay “de dos naturalezas, de los cuales uno es material y el otro espiritual, porque no lo comprende el sentido de la vista; o diremos mejor el uno es visible, el otro invisible”.
 
Por otra parte, ahí están las enseñanzas de Platón que, en su Fedro, expone como debe ser la escritura para que llegue a “definir cada cosa en sí y, definiéndola, sepa también dividirla en sus especies hasta lo indivisible”. Esto es lo que analizan Sócrates y Fedro en dicho Diálogo. Dice Sócrates: “es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras. Podrías llegar a creer como si lo que dicen fueran pensándolo; pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo que dicen, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier”.
 
Y sigue el diálogo: “Sócrates: Entonces, ¿qué? ¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de discurso, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más fuertemente se desarrolla? [...]
 
Fedro: ¿Te refieres a ese discurso lleno de vida y de alma, que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?
Sócrates: Sin duda”.
 
Y todavía: “Sócrates: [...] Pero mucho más excelente es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y buscando un alma adecuada, planta y siembra palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre”.
 
Pero en esta conversación, Sócrates ha mencionado antes las primeras palabras proféticas, que “provenían de una encina. Pues a los hombres de entonces, como no eran sabios como vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían, que se conformaban con oír a una encina o a una roca, sólo con que dijesen la verdad”.
 
Leonardo escucha también la encina y la roca y capta que su ser se identifica con su expresarse, diríamos que percibe sus ondas de materia. Esta identidad de ser y expresión la aplicará a su escritura y, en concreto, en su relato del Diluvio. Ha estudiado ya la cuestión del agua bajo distintos aspectos, sea con motivo de sus trabajos de hidráulica, hallándose en Milán, en 1482, al servicio de Ludovico Sforza, o de regreso a Florencia al investigar la canalización del Arno en 1500. Y vuelve a interesarse hondamente en el tema, cuando en 1516 deja Roma y parte hacia Francia, invitado por François I, que le asigna como vivienda un castillo cerca de su propia residencia en Amboise. Allí, la contemplación del curso del Loira lo impulsa a proseguir sus reflexiones. Es entonces cuando escribe un ensayo y sus extensas notas sobre el Diluvio, adelantándose casi dos siglos a la geología moderna.
 
En el libro de Martin Kemp, The marvellous Works of Nature and Man, el autor reproduce este sugerente pasaje: “considero que la montaña más alta que hay en la tierra está tan alta encima de la superficie de la esfera de agua como la mayor profundidad del mar está debajo de la superficie del mar. Como consecuencia se sigue que si hubiera que llenar la parte carente en el mar con el exceso de tierra, la tierra seguiría siendo completamente esférica y cubierta por la esfera de agua”.
 
Con esta cita, Kemp destaca uno de los intereses de Leonardo que subyace en su descripción del Diluvio, pues las mencionadas transformaciones de altura y descenso explicarían los estratos altos de conchas marinas y fósiles. Dice concretamente: “en sus primeros pensamientos sobre la cuestión escribió que ‘debido a los dos lechos de conchas es necesario decir que la tierra estaba indignantemente sumergida bajo el mar y generó el primer lecho, y el diluvio hizo el segundo’ (escrito en torno a 1481)”. Pero más adelante añade que Leonardo cambia de opinión al comprobar que “la relativamente breve duración del Diluvio no habría dejado tiempo para que los lentos berberechos se hubieran movido tan rápido desde el mar; el retiro del Diluvio hubiera debido encallar las criaturas marinas en los lagos altos; y no se podría argumentar que los fósiles eran animales bañados allí por el Diluvio, porque los estratos contienen evidencia de que las criaturas estaban vivas”.
 
Una incógnita más, que empujada por ese inquietante movimiento de las aguas, hace que Leonardo vuelva una y otra vez a analizar el Diluvio bíblico. Pero ¿qué respondía a una probabilidad real y qué pertenecía al mito en su descripción? Podía haberse dado un diluvio que durara cuarenta días y haber subido el nivel de las aguas hasta cubrir los montes más altos; podía haber perecido cuanto repta por la tierra y los animales... “Todo cuanto respira hálito vital, todo cuanto existe en tierra firme murió. Y Yaveh exterminó todo ser que había sobre el haz del suelo”, se lee en el Génesis (7,23). Pero la historia de Noé era otra cosa.
 
Y, sin embargo, en los relatos antiguos del Diluvio siempre hay un elegido que salva los seres vivos inspirado por un dios. En el sumerio, recogido en una tablilla de Nippur que probablemente data de finales del tercer milenio a.C., a Ziusudra se le anuncia: “un diluvio va a inundar todas las moradas, todos los antros de culto/ para destruir la simiente de la Humanidad” y él hace una barca enorme y consigue salvarla, de modo que los dioses An y Enlil, al fin, le dan “vida como (la de) un dios”.
 
A partir de ahí, el Diluvio pasa a tener un papel en las sucesivas civilizaciones, la acadia y la asiria y hasta asoma en la egipcia donde se menciona en el Libro de los muertos: “han destruido secretamente cuanto has creado [...] esta tierra ha desaparecido con el alba de la existencia y en el océano del cielo (Diluvio)”.
 
Muy famoso es el Poema de Gilgamesh, en cuyo texto asirio, tablilla XI, copia de uno babilónico y derivado de la amplia tradición oral, leemos el relato de Utnapishtim que, interrogado por el héroe, le dice que Ninigiku—Ea, en nombre de los dioses, al anunciarle la destrucción que se aproxima, ha añadido: “Coloca en la nave la semilla de todos los vivientes”. Cuando el Diluvio amaina y la nave queda quieta, él suelta una paloma, que emprende el vuelo y regresa; después suelta a una golondrina, que igualmente regresa; finalmente envía a un cuervo, que “viendo que las aguas habían disminuido/ comió, chapoteó, graznó y no regresó”. También este texto acaba con la elevación a dios del héroe, Utnapishtim.
 
Lluvias violentas, acompañadas de vientos y relámpagos, se reflejan de un modo u otro en distintas culturas del orbe terrestre. En México, el dios de la lluvia, Tláloc, aunque por un lado es destructor y puede causar inundaciones, por otro es “dador de vida”. Este aspecto, por supuesto, no ha escapado a Leonardo, el cual elige el tema del Diluvio imaginando los trayectos del agua enfurecida, que dibuja bellamente, y se salta la tradición de Noé, aunque no el terror del hombre, pues el agua amenazante e indomable es lo real, cuando previamente ha observado: “el cuerpo de la tierra, a semejanza del cuerpo de los animales está tejido de ramificaciones y de venas, las cuales están todas juntas reunidas, y están constituidas para nutrición y vivificación de dicha tierra y sus criaturas [...] El agua que surge en los montes es la sangre, que mantiene viva esa montaña y asida a ella, y a través de la vena, la naturaleza que ayuda a sus vivos [...] ella no la priva de humor vital, hasta el fin de su vida”.
 
Lo que el agua lleva a cabo es, pues, plural. Tan pronto da fluidez a la tierra como, sometida a la furia del viento, anida vórtices o se eleva en columna; tan pronto se desliza lenta y penetrante, como se vuelve impetuosa y arrastra todo obstáculo. Para Leonardo, a través de su transcurrir, se pueden captar las fuerzas arcanas que rigen el cosmos y, por otra parte —y es fascinante—, la sinuosidad de las olas, los remolinos esféricos que surgen en la espuma, las gotitas que el viento elevaba casi como volutas de humo, los torbellinos, apuntan a las formas geométricas. Todo esto, en el momento del Diluvio, avivado por la furia del huracán y la abundancia desbocada del agua vertida por la tempestad, intensifica el cataclismo: el mar como fermento de náufragos, la tierra agrietada y descompuesta, hombres desubicados huyendo sin hallar refugio no solo de las aguas y el viento sino de animales aterrados —lobos, leones, serpientes...—, acusando además truenos y relámpagos, suicidándose de pavor y desesperación, mientras otros rezan sin que esto detenga el derrumbarse de los montes o el ascender de las aguas, mezclándose con tierra y cadáveres en los que algún pájaro enloquecido alcanza a posarse... Se trata de la energía cósmica en su plena manifestación, tal vez para regresar al caos inicial. Y toda luz es la luz de los relámpagos.
 
Siendo bellísimos los dibujos que Leonardo dedica al Diluvio, las páginas escritas tienen una fuerza superior. Esto es debido tanto a un don como a un empeño. Él es un gran conversador, lo cual se refleja en su escritura, pero ante todo, en cualquier texto busca la claridad y la intensidad expresiva. Edmondo Solmi, en su introducción a los Scritti scelti, aporta un interesantísimo dato: “en el Codice Trivulziano hay largas enumeraciones de palabras a veces agrupadas según la finalidad de su sentido, a veces acompañadas de una breve definición. Este catálogo de vocablos que ha sugerido las hipótesis más extrañas a los estudiosos de da Vinci, hasta la de considerarlo pedagogo del jovencito príncipe Maximiliano, no es más que el esfuerzo del fundador de la prosa científica italiana en pos de la precisión del significado exacto de los términos. Leonardo había comprendido que la ciencia, a diferencia de la poesía, exigía apoyarse en el uso constante y bien definido de las palabras”.
 
Y volviendo por un momento al Fedro de Platón, a aquel punto en que Sócrates afirma que hay palabras que “apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier”. Analizando este punto del Diálogo y la siguiente secuencia respecto a las primeras palabras proféticas, Emilio Lledó, en su obra Memoria del Logos, comenta: “sólo cuando entre la palabra y la cosa se interfiere la imposibilidad de identificación, comienza la escritura a rodar y, por consiguiente, a perderse”. Y más adelante: “nuestra sabiduría consiste en que hemos construido el entender, o sea, el hallazgo del sentido, a través de la misma ambigüedad de la lengua y a través del fecundo instrumento de la duda. Todo lo que está dicho está, sin embargo, por decir. No hay otra seguridad que la que se levante sobre un ‘discurso acompañado de ciencia’ (Fedro, 276e), o sea, acompañado de un código que ayude a descifrarlo”.
 
Leonardo no requiere código alguno, hace que la palabra lleve incluida directamente esa ciencia y se descifre por sí misma. Por ello, su descripción del Diluvio es tempestuosa, agitada, en apariencia desequilibrada, está llena de barrancos, de saltos verbales, de expresiones y hasta de la misma narración. Porque la palabra se transforma en lo que expresa, adquiere ese impulso y el del mismo pensamiento tan preciso, y con su tempo adecuado, ya que “música y geometría conservan las proporciones de las cantidades continuas”. Y continua es esa dinámica que nos transmite Leonardo; continua y llena a la vez de estratos, porque así sucede en lo relatado. Por ello podemos ver dicha escritura como una profecía de lo que llegaría a ser aquella que, rompiendo con todos los tabúes estéticos, abarcaría tanto el Strom des Bewusstsein alemán como el monólogo interior lleva a cabo por Joyce en el Ulysses, en el cual, escribió Curtius, “macrocosmos y microcosmos se fundan en el vacío mientras toda la humanidad deflagra y se convierte en cenizas como una catástrofe cósmica”.
 
La plasmación escrita del Diluvio, por su fluidez y fuerza motora, a veces sin puntos, donde se emplean simplemente comas, con sus repeticiones, sus cambios inesperados y variaciones de intensidad, hacen de Leonardo da Vinci un Joyce avant la lettre, cuya fuerza y eficacia en ningún momento deja de asombrarnos.
     
Referencias Bibliográficas
 
Da Vinci, Leonardo. 1952. Scritti Letterari, a cura di Augusto Marinoni. bur, Milan, 2001
     Eco, Umberto. 1962. Las poéticas de Joyce. DeBolsillo, Barcelona, 2011.
     Kemp, Martin. 2006. The marvellous Works of Nature and Man. Oxford University Press, Oxford, p.311.
     Lara Peinado, Federico. 1984. Mitos sumerios y acadios. Editora Nacional, Madrid, p.17.
     Lledó, Emilio. 2015. La memoria del Logos. Penguin Random House, Barcelona, p. 132, 2018.
     Platón. Fedro. 370 a. C. Traducción y notas de E. Lledó Iñigo. Gredos, Madrid, 1986.
     Solmi, Edmondo en da Vinci, Leonardo. 1966. Scritti scelti. Giuti Editore, Florencia, 2006.
     

     
Clara Janés
Escritora.
Miembro de la Real Academia Española

Clara Janés nació en Barcelona en 1940, es una escritora destacada principalmente por su poesía, así como por sus trabajos en traducción, particularmente del idioma checo. También ha trabajado otros géneros como la novela y el ensayo. En 2015 fue elegida como miembro de la Real Academia Española: se trata de la décima mujer asignada para ocupar una silla en esta institución. Ha ganado premios gracias a sus trabajos en traducción, como el Premio Nacional de Traducción en España, y otros relativos a su obra poética, como el Premio de poesía Jaime Gil de Biedma.
     

     
 
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